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Travelling. Blog de cine.

Los jóvenes problemáticos de Gus Van Sant.

Los jóvenes problemáticos de Gus Van Sant.

Gus Van Sant es sinónimo de sobriedad estética y experimentación, situándose al margen del cine de Hollywood, al menos del estilo mainstream, con un cine independiente, de bajo presupuesto y con una fijación temática por una juventud marginada. 

Su universo más personal está lleno de adolescentes desorientados, sumidos en su propia búsqueda existencial, un patrón de comportamiento o simplemente dejándose llevar por la atracción de lo diferente en una maraña social en la que se desenvuelven sus personajes. Gus van Sant suele insistir en estos patrones argumentales, como el prototipo de cineasta independiente que encontramos en su debut, En mala noche: rodado en blanco y negro, con una cámara de 16 mm., con el tema de la homosexualidad en el trasfondo de la historia. O en los drogatas de Drugstore cowboy, que no hacía sino huir del desamparo para ir a su particular universo, con la ayuda de todo tipo de sustancias. Encontramos aquí uno de los primeros y mejores trabajos del actor Matt Dilon.

- Al entrar en la sangre sentía un picor agradable que se extendía hasta llegar al cerebro y producía una suave explosión que empezaba en la nuca. Iba a más, hasta que la sensación de placer era tanta que el mundo se convertía en algo bello y delicado.

  Drugstore cowboy

 Mi Idaho privado

 Otro tanto puede decirse, de los personajes de Mi Idaho privado, una declaración de principios y de independencia, marcada por la necesidad de todo tipo de afectos, con la búsqueda obsesiva de padres y madres, y el ritmo recurrente de la narcolepsia que padece el protagonista. Este, River Phoenix, llevaría una vida como si de un personaje de Gus van Sant se tratase; al final, se terminó suicidándose con una sobredosis.

  - Yo puedo amar a alguien aunque no me haya pagado para eso.

  Su hermano, Joaquin Phoenix, interpretó a otro adolescente sumido en sus búsquedas y existenciales a las órdenes del director. En esta ocasión, para dar vida a un joven que se ve atrapado entre la marginación social y las garras de una “mujer fatal”, capaz de hacer cualquier por triunfar.  El título ya lo dejaba claro: Todo por un sueño.

  - Nunca me había interesado el tiempo hasta que conocí a la Sr. Maretto; ahora me lo tomo muy en serio. Tanto si llueve, si haya rayos o truenos como si nieva, tengo que cascármela.

 Todo por un sueño

Elephant

  Varios años después, se rinde a los pies de Hollywood, en cuya línea continua, a pesar algunas excepciones muy interesantes como Elephan. Sin embargo, sus personajes siguen movidos por los mismos resortes, aparentemente esquizoides y evidentemente de supervivencia. Sujeto al sistema de estrellas pero fiel, en el fondo, a su propia filosofía, en Descubriendo a Forrester la base central de la película era la simbiótica relación maestro/pupilo, entre un adolescente afroamericano (Jamal) que se esconde de sí mismo y un adulto (el escritor William Forrester/ Sean Connery) que se esconde del mundo. Gracias a la amistad que desarrollan, Jamal le supone a Forrester el redescubrimiento de un mundo del que se había desprendido durante años, mientras que Forrester se convierte en el catalizador de su talento literario.

  - La primera clave de la escritura es escribir, no pensar.

  En realidad, el filme no hace más que repetir un argumento muy similar a su premiada y exitosa película El indomable Will Hunting. En esta ocasión, se reparten el protagonismo Robin Williams y Matt Damon, para establecer la historia en torno a la amistad de un adulto excéntrico y un chico problemático, pero con un enorme talento oculto.

 - Si te pregunto por el amor me recitarás un soneto, pero nunca has mirado a una mujer y te has sentido vulnerable.

  El indomable Will Hunting

  La estrecha relación va más allá de la edad de los protagonistas, a los similares ambientes o a la manera de encuadrarlos. Observando la filmografía del director, podría entenderse el fiasco que cosechó con el remake de Psicosis, esa obra maestra de Alfred Hitchock, en la que su protagonista mantenía una particular relación con su madre; como también las imágenes de Last day, que ilustraba de manera superficial pero magnética la vida tortuosa de Kurt Cobain, músico, líder de un conocido grupo de rock, o aquellos adolescentes incomprendidos que arremetían con un acto de violencia en Elephan.

  - Quiero que no vuelvas, va a pasar algo gordo.

  Observando la carrera del cineasta, apenas podemos encontrar similitudes entre sus primeras películas y las últimas, aunque es cierto que en estas encontramos una cierta formalidad propia del cine independiente. Lo que sin duda es cierto es que Elephan es la película que tiene más concomitancia con Paranoid Park, el filme que cierra su filmografía hasta el momento. Vuelta a los jóvenes torturados y la presencia de la muerte, como cicatrices de una juventud que no sabe (o no puede) encontrar definitivamente su lugar en el mundo. Una reacción al cine convencional, con  una película pequeña, pero muy recomendable.

Bebés y tetosterona: canguros superduros.

Bebés y tetosterona: canguros superduros.

 A muchos directores les gusta poner a la tierna infancia en situaciones muy comprometidas. Imágenes tan conmovedoras como eficaces, que colocan a bebés en medio de un tiroteo, son tan antiguas como el propio cine. Ya aparecía en una de las secuencias emblemáticas del clásico del soviético Sergei Eisenstein, El acorazado Potemkin, en la escena de la escalera de Odessa, mil veces vista en la gran pantalla, por ejemplo en Los intocables de Elliott Ness (Biran de Palma).  De hecho,  pocos duros del cine se han librado de la necesidad de desnudar sus emociones ante la sonrisa de un bebé o ante los ojos de pánico de un niño que se enfrenta a una situación desesperada.

Este reportaje destacará esas relaciones, algunas veces muy sugerentes, como la presencia de niños que han superado la ausencia de sus progenitores. En el cine de animación era muy normal encontrarse con unos niños que habían perdido a sus padres al comienzo de la cinta, para observar cómo iban formándose su propia vida de manera independiente, siguiendo el mismo mensaje del Sueño Americano. Otras muchas películas han incidido en esos personajes que jamás tendrían hijos y que se vieron con uno, entre sus brazos, de manera inexperada. John Wayne, Harrison Ford, Swarzenegger, Bruce Willis y Vin Diesel son sólo algunos ejemplos. El mismísimo John Ford se atrevió a poner a John Wayne, Pedro Amendáriz y a Harry Carey Jr. en la difícil situación de cuidar a un bebé en mitad del desierto, con lo que desmitificaba a los héroes del lejano oeste. Tres bandidos se redimían al verse obligado a cuidar a un bebé, en Tres padrinos. Otro héroe de siempre a quien se le vio en un similar aprieto, fue  Harrison Ford. Su personaje se las debía ver en la misión de defender la inocente mirada de un niño Amish, que había visto cosas que nunca debía ver (Único testigo, Peter Weir).

 - Soy oficial de policía y tengo que hablar con el muchacho. ¿Cómo te llamas? ¿Me puedes decir qué es lo que has visto?

 El gran éxito cosechado por la película del australino Peter Weir hizo que el actual gobernador de California, se diera una pausa en su faceta de musculoso, de gatillo fácil, para mostrarnos su perfil más sensible. Eso sí, sin dejar a un lado su facilidad para dar en el blanco. En Poli de guardería, interpreta a un tipo duro que debe convertirse en monitor de una guardería para proteger a un niño y atrapar a su padre, un peligroso delincuente.

 - Quieto, quieto. ¡Dame el arma! ¡Rápido! ¡Rápido!.

- Si, ya está, ya está, pero deja al niño en paz.

- El niño es mío, es mi hijo. Tú puedes quedarte con tu maldita familia.

 Bruce Willis también tuvo su oportunidad de convertirse en el canguro de un niño autista, capaz de descifrar códigos secretos que podían poner en peligro la seguridad de un país, en Mercury Rising. Y contar con un actor de acción, como Vin Diesel, en un producto de consumo familiar, era el propósito de los Estudios Disney para la película Un canguro superduro (Adam Shakman) pero el resultado sólo es apto para una sesión de sobremesa del sábado.

 - Tomaremos la colina, metro a metro, sólo así podremos culminar con éxito.

- Se ha peído.

 En una línea próxima, dentro del cine familiar, encontramos las taquilleras sagas de los niños que se quedaban sólo en casa, capaces de reducir a cenizas a todo aquel que se atreviera asomar la cabeza, sin necesidad de ningún adulto que los vigile o proteja, ya fuera caco, espía o terrorista. Estos niños no necesitaban canguros, todo lo contrario, eran estos los que necesitarían de tratamiento físico y psíquico después de medirse con ellos. La serie de Sólo en casa, iniciada por Chris Columbus, es ejemplar en este sentido.

 - ¿A qué te dedicas exactamente?

- Soy limpiador.

- ¿Quieres decir, asesino a sueldo?

- Sí.

- Guay.

 ¿Puede una niña seducir a un asesino a sueldo? Después de ver a una jovencísima Natalie Portman en esta espléndida cinta de Luc Besson, El profesional, desaparece cualquier duda que se tenga al respecto. Tampoco hay dudas de que un gánster pueda ser un buen padre, el mejor de los canguros, siempre que sea Tom Hanks y sea capaz de controlar la incipiente curiosidad de su hijo, en Camino a la perdición (Sam Mendes).

 - ¿Estás herido? ¿Lo has visto todo?

 Puestos a elegir relaciones de canguros accidentales con cachorros inquietos, nos quedamos con una genialidad de los hermanos Cohen (Arizona Baby). El robo de un bebé es la única salida de un caco de tres al cuarto, para satisfacer a una mujer policía a la que parece no haberle llegado la hora de dar a luz.

 - Eso ya lo sé. Anda, vámonos.

- Vuelve allí, ahora mismo, y encuentre un niño, necesito a un hijo. Y ellos tienen demasiados.

- ¡Ay, cielo!

- No vuelvas aquí sin un niño.

 Y hablando de dar a luz, posiblemente el de esta película de los Cohen, una locura delirante muy al estilo de estos hermanos cineastas, sea uno de los mejores partos de la historia del cine, cuando el protagonista, Nicolas Cage, consigue salir del barro que le había cubierto por completo, como si fuese arrancado de la placenta. Otro de los más delirantes sería el de En el punto de mira, con corte del cordón umbilical a tiro limpio y revolcón entre Belucci y Owen, hasta alcanzar el clímax, en medio de un tiroteo.

 - ¿Quién eres?

- Trabajo como canguro y soy peligroso.

 Se trata de Clive Owen,  convertido en un canguro superduro, en un personaje que podría recordar al de aquel protector de un bebé, con tintes apocalípticos, dirigido por Alfonso Cuarón (Los hijos de los hombres). “Yo no tengo padre, yo no tengo madre, yo no tengo a nadie que me quiera a mí”. Con ese espíritu, propio de una conocida canción de Machín, concluímos un reportaje sobre niños desamparados en el celuloide, que sin embargo, pueden encontrarse con algunos inesperados ángeles de la guarda.

Carpe Diem: Juventud y muerte.

- Carpe Diem, aprovechad el momento. Coged una rosa mientras podáis, porque seremos pasto de los gusanos, porque lo creáis o no, todos lo que estamos en esta sala, un día dejaremos de respirar, nos enfriaremos y moriremos.

 El club de los poetas muertos. Peter Weir.

  Si existiese un subgénero sobre adolescentes marcados por la muerte, Nicholas Ray marcó las pautas en una serie de trabajos en la que destaca Rebelde sin causa, en donde sus tres protagonistas se encuentran perdidos, en un mundo que los asfixia y no les comprende. Todo un legado que sigue vigente.

  - Yo me dije: este va a ser un día fantástico, así que aprovéchalo, porque mañana quizás no vivirás.

  La ópera prima de Sofía Coppola, Vírgenes suicidas, exploró el camino tomado por cinco hermanas que reflexionan sobre la vida y la muerte, aunque no perdiendo por ello el sentido del humor.

 - ¿Qué haces aquí? Eres muy joven para saber valorar lo que es la vida

 - Obviamente doctor, usted no ha sido una chica de trece años.

 En el otro extremo, en el cine español encontramos interesantes reflejos de la adolescencia, como en el filme de Fernando León de Aranoa, Barrio, cuyos protagonistas pasaban las horas muertas paseando por las calles, descubriendo la mezquindad en cada recodo. Unos chicos que discuten sobre un futuro incierto.


 - ¿Te imaginas adelantar 10 años seguidos o 30, y tener 40 de golpe?

 - Sería de puta madre.

 - Ya casado, con curro, viendo la tele en tu casa.

 - O tirado en un albergue, no te jode, echo mierda, con el hígado reventado.

 - O en la piscina, rodeado de tías en pelotas.

 - O en la cárcel, con un tiro en la cabeza.

 - O en un yate, en Marbella tirándome a Claudia Shiffer.

 - No jodas, ya será una vieja.

 El recuerdo de la adolescencia nos lleva a veces a esa nostalgia, sobre todo cuando el deseo de "aprovechar el momento" se convierte en una necesidad ante la inminencia de la pérdida. Miguelito, personaje de El camino de los ingleses, -película de Antonio Banderas-, observa a los amigos, sabiendo que pronto los va a perder; con la misma emotividad con la que Alejandro Iñárritu, presentaba a la adolescente sordomuda de Babel. Son los amigos que juegan con los deseos más íntimos, como sucede a los chicos de Historias del Kronen, de Montxo Armendáriz, o de Tomates verdes fritos (Jon Avnet), que descubren el iniciamiento de la muerte, el amor e incluso la homosexualidad.

 En definitiva, se trata de una etapa de nuestras vidas en donde nosotros mismos vamos dándonos cuenta de nuestra propia identidad y en la que hay una mayor ánsia de libertad.

 - Soy un crío, estoy en la flor de la vida y sólo se es joven una vez. 

 Rob Reiner, en Cuenta conmigo, nos enseñaba que hasta alguien como Stephen King tuvo una infancia. Al fin y al cabo, estamos ante un momento único en nuestras vidas, por el pasamos todos y que siempre solemos recordar con cariño. También nos lleva a planteamientos existencialistas, que devienen en los problemas típicos de la adolescencia: la propia apatía o la soledad que lleva a la muerte. En definitiva, la fugacidad de la vida, la necesidad del Carpe Diem.

     

    

Queridísima mamá: relaciones materno-filiales en el cine.

Queridísima mamá: relaciones materno-filiales en el cine.

“Hijo, hay muchas cosas feas en el mundo. Me gustaría poder evitar que las vieras, pero no es posible”. Atticus Finch (Gregory Peck, dixit) en Matar a un ruiseñor

El séptimo arte ha demostrado que saltarse la ley es tremendamente agradecido, tanto que llega a ser una de las constantes en la gran pantalla, en la que encontramos a padres inconscientes y trastornados. Sí, han leído bien. Progenitores que parecen olvidar la premisa de cuidar adecuadamente a sus vástagos y con un sentimiento de propiedad de las madres sobre los hijos que puede llegar a no tener límites. Una cinematografía que quiere ilustrar con suficiente sugerencia el comportamiento materno-filial, que excede los propios instintos naturales de protección comunes a casi todas las especies animales. Las madres conflictivas han dado mucho juego en el celuloide y casi siempre como auténticos monstruos disfrazados de corderos, seres de compleja personalidad que transmiten sus frustraciones y sus armas de perfección en la figura, por lo general, indefensa y moldeable de sus hijos. 

El cine ha dejado constancia de la generalidad de este comportamiento, que no se puede asociar a nacionalidades o clases sociales concretas. Tanto en las más familias humildes reflejadas en la película Mamá sangrienta (Roger Corman) a los sectores de la alta sociedad de Queridísima mamá (Frank Perry), la madre puede llegar a simbolizar un sentimiento de posesión absorbente, próxima a la tiranía. 

- ¿Has dejado hoy limpio el suelo del cuarto de baño?

- Sí, mami.

- Sí, mami, ¿qué?

- Sí mami querida.

 Hay madres de baja extracción con desmesuradas e ingenuas ansias de notoriedad para sus criaturas, como pretendiendo llevar a cabo sus propios deseos de niñez o continuasen en sus hijos sus mismas apetencias. Un ejemplo lo encontramos en un título poco conocido de Luchino Visconti, Bellísima.

 - ¿Has visto las manos? Hija mía, pero si tú también sabes actuar, pero no balbucees, porque sino no nos van a coger. Tienes que hablar sin balbucear, ¿entendido? Tú si que puedes ser actriz, mi cara bonita, como yo si hubiese querido.

 Sofisticadas madres absorbentes e incestuosas, que encarnan la casuística y la mitología psicoanalítica. El director británico Joseph Leo Manckiewitz, acostumbrado a presentarnos a personajes femeninos intensos en algunas de sus obras maestras, nos acerca en De repente el último verano a un recorrido cambiante de los afectos en la figura de una madre posesiva en uno de sus mejores estudios psicológicos.

 - Mi hijo y yo compartíamos un único y maravilloso amor, había comprensión entre nosotros, una especie de contrato, un pacto entre los dos. Y él rompió el pacto y se la llevó a ella. E incluso cuando estaba conmigo había algo que le asustaba, pero yo sabía cuando y qué. Yo estaba en la mesa y me tocaba las manos, yo no decía ni una palabra y sólo unía sus manos con las mías.

                                                           

La belicosidad o la violencia de los hijos no son más que modelos de comportamientos alentados por las complejas características de sus progenitoras. Uno de los más clásicos gansters, -el personaje de Cody Garret (James Cagney) en el film Al rojo vivo de Raoul Walsh- mantenía una estrecha relación con su madre, al depender en exceso de ella.

- La cima del mundo, hijo.

- No sé lo que haría sin ti, mamá.

 Alfred Hitchcock fue uno de los mayores expertos en modelos dominantes y marimandones, al juzgar por el número de estas, que podemos encontrar en sus películas, por ejemplo en Los pájaros. Pero la sabiduría del mago del suspense se extiende inevitablemente a los efectos desbastadores de una madre pasada de revoluciones. Al llegar a imprimir en sus cachorros huellas indelebles que traspasan los límites de la propia identidad. El mejor exponente lo encontramos en Psicosis, en el personaje interpretado por Anthony Perkins, Norma Bates, el desquiciado propietario de un motel de carretera, con ínfulas de voayer y una psicopatía producida por su madre.

  - Es muy triste que una madre llegue a declarar contra hijo, pero no podía permitir que creyeran que el crimen lo cometí yo. Ahora le matarán, tuve que hacerlo yo misma hace tiempo. Siempre fue un malvado.

 Los resortes de dominación no discriminan, necesariamente, entre hijos e hijas, pero el grado de dependencia que se establece entre mujeres ha sido representado con una sobriedad impactante. Como ilustración extrema de que la realidad supera a la ficción encontramos el caso real de Hildegard Rodríguez Carballeira, reconstruido en el celuloide por Fernando Fernán Gómez (Mi hija Hildegard), niña prodigio a la que su madre quiso convertir en un modelo de mujer del futuro.

 - Si cuando vuelva esta noche y las firmas estén borradas, sabré que eres una perdida como tantas otras.

 Los excesos maternales también han sido representados por el cine español con un amplio espectro que abarca desde la elocuente expresión de los resortes más irracionales hasta la caricaturización del dominio más convencional. Un ejemplo en este sentido, lo encontramos en Belle Époque (Fernando Trueba).

 - Esta pulsera se la dieron a mi abuela, a mi madre y luego a mí. Oye, ¿le has dicho que cuando os caséis, voy a vivir con vosotros?

- Eso luego, mamá.

                                                         

Mi hijo, obra del debutante Martial Fougeron, es uno de los últimos referentes del tema. El cineasta nos acerca a un atrevido (y si se quiere, políticamente incorrecto) drama, ambientado en una pequeña ciudad de provincias y centrado en un personaje, que a pesar de reflejar corrección y virtud, presenta una situación patológica con su hijo en la intimidad. Galardonada con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, nos remite a una realidad, que lejos de la mojigatería de una sociedad que observa con preocupación y cierto tabú, la violencia doméstica, lo hace con ingenuidad y escepticismo cuando se trata del lado oscuro de este pilar fundamental de la institución familiar. Las situaciones que desfilan por la pantalla, manifestaciones de un amor obsesivo, transformados sin concesiones en un acoso agobiante y en una serie de ataques de celos, nos remiten a lo más parecido al terror, que además de miedo provoca evidente malestar e incomodidad.

El presidente de los Estados Unidos, qué personaje.

El presidente de los Estados Unidos, qué personaje.

"Señoras y señoras, con ustedes el presidente de los Estados Unidos".

 Desde que D. W. Griffith estrenara El nacimiento de una nación, el cine hollywoodiense ha estado mezclando política y espectáculo de forma continuada. Ya sea con fines reflexivos o puramente demagógicos, excitados por discursos propagandísticos, una buena parte del barniz ideológico con el que ha adornado su entretenimiento resulta muy sensible a esta política norteamericana. Una política en la que siempre ha estado presente un moralismo, una fe e incluso un sentido particular del patriotismo, sobre todo cuando la realidad del mundo se transforma a su antojo, y si es necesario, por la fuerza.

La figura de los Presidentes norteamericanos parece estar ligada a la evolución del cine desde sus comienzos. Ha dejado una larga estela de representaciones, más o menos dignas y por lo general idealizadas, de los que han jugado un papel relevante, presentes en los momentos claves de la historia del país. De hecho, son muchos los actores que han jurado el cargo en el celuloide.

 Jeff Daniels dio vida al primer presidente, George Whashington, en The Crossing; mientras que Paul Giamatti interpretaba a John Adams en una miniserie sobre el segundo mandatario nortemericano. Su aire bonachón no cuadraba con un personaje que pasó a la historia por su carácter sobervio, pero el aplauso fue unánime y la serie fue multipremiada con Emmys y Globos de Oro. Más trabajo nos costó ubicar a Nick Nolte como Thomas Jefferson en Versalles (Jefferson en París).

- En nombre de los Estados Unidos de América, tengo el honor de rendir homenaje a nuestra majestad como a los miembros de la corte francesa.

Por supuesto, Lincoln –que aparecía en El nacimiento de una nación, de Griffith, y del que Ford había hecho un retrato idealizado de su juventud- es uno de los mejores tratados en el cine. Como su título indica, El joven Lincoln, se centra en sus años de juventud aunque el actor Henry Fonda nos ofrece destellos de la honestidad que lo llevaría a la presidencia.

- Caballeros y ciudadanos, imagino que sabréis de sobre quién soy, Abraham Lincoln.
                            

        

 El primer Roosevelt, Theodor. El secuestro de un ciudadano americano por parte de un jefe bereber le sirvió a Roosevelt de excusa para tratar de deponer el gobierno marroquí, como recrea El viento y el león (John Milius). Él, claro, era el viento, una fuerza imparable y el personaje perfecto para meditar acerca del imperialismo de EEUU a principios del siglo XX.

 - Es mi política, mi política, proteger los intereses americanos y a los ciudadanos americanos, donde quieren y estuvieren amenazados.

Muchos otros fueron pasando por el celuloide para dar una lección de Historia, Woodrow Wilson – en el filme Wilson (Henry King); El otro Rooswelt, Frankling Delano, Truman o Lyndon B. Jonshon. Demasiado gris para que existiera una película centrado en él, Tom Hanks le enseñaba el culo en Forrest Gump.

 - Me han dicho que le hirieron, ¿dónde le han herido?

- En el pompis, Sr.

- Debe ser espectacular, me gustaría verlo.

Johnson pasó a la historia por su papel que tuvo en la Guerra de Vietnam, según la “teoría del dominó”: “Si permitimos que Vientma caiga, mañana estaremos luchando en Hawaii y pasado mañana en San Francisco” (recogido del documental Rumores de guerra);  pero una faceta menos conocida del presidente demócrata fue su papel que jugó en la carrera espacial. En Elegidos para la gloria, aparece como vicepresidente de Kennedy, retratado como un personaje gris empeñado en que se construya un complejo de la NASA en su Texas natal.

 Por supuesto, dos de los mandatarios más retratados en el celuloide fueron Kennedy y Nixon, quienes dieron lugar a una extensa filmografía. Por ejemplo, ambos habían coincidido –junto al demócrata Johnson- en Forrest Gump, pero tenían motivos suficientes para convertirse en personajes de cine, por ellos mismos. Oliver Stone dramatizó los esfuerzos del que fuese fiscal del distrito de Nueva Orleans, Jim Harrison, para resolver el asesinato de Kennedy.

 Del mismo modo, Richard Nixon mantuvo (y mantiene) todo el interés por no deshacerse de la imagen que dio a su pueblo –Vietnam y el caso Watergate-. Fueron muchos los que lo han interpretado en la gran pantalla, pero nos quedaremos con dos, el gran Anthony Hopkings (Nixon, Oliver Stone) y Frank Langella (Nixon contra Frost).

 - He defraudado al pueblo americano. Y tendré que llevar esa carga el resto de mi vida.

 Lo cierto es que todos ellos compartían algo en común, los actores nunca sabrían lo que pensasen estos personajes de sus interpretaciones, porque habían muerto antes que el séptimo arte decidiera llevar su vida a la gran pantalla. Lo que no le sucedió a John Travolta, pues a Bill Clinton no le hizo mucha gracia que le encarnase en Primary colors.
 
- Voy a hacer algo escandaloso, voy a decir la verdad.
 

 

La Casa Blanca: entre realidad y ficción.

La Casa Blanca: entre realidad y ficción.

Más conocida que los taxis amarillos y la Quinta Avenida de Nueva York es la figura del Presidente, sobre todo por esa rancia cinematografía patriotera y políticamente correcta que brota en el cine made in Hollywood como Gremlins en una piscina del inserso. “Juro fidelidad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una Nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Así versa el final de la Declaración de Independencia, dentro de unas constantes indicaciones en el cine americano, los mecanismos de la justicia inmersa en el sistema. Con una versión complaciente, que generalmente apoya su discurso ideológico en torno a una historia de amor o acción, para entretener al espectador mientras se le insufla los valores adecuados y presentar a la figura del Presidente como cabeza de un país triunfante.

Hay un sinfín de obras voluntariosas, pero menores, que constituyen una galería de ciertos retratos, que van desde la ridiculización hasta una desmesurada mitificación heróica. La carrera de Harrison Ford es significativa, en este sentido. Si interpretaba en algunas cintas al hombre duro del Gobierno, siempre honesto e incorruptible mientras se libraba de los enemigos de América, en otras películas se enfundaba el traje de un Presidente conservador, padre de la patria pero también padre de familia. Dos títulos en este línea eran El Presidente y Miss Wade, y Air force one. En la primera de ellas (Rob Reiner), interpretaba a un hombre viudo que preguntaba a su hija de diez años si era lícito salir a cenar con una mujer.

- Loosy, ¿te parece bien que vaya a cenar con una mujer?
- Papa, me da igual.

Mientras que en Air force one (Wolfgam Petersem) se convertía en un Presidente, yonki de adrenalina.

- Señor, póngase el arnés, es hora de irse.
- ¿Y el resto del equipo?
- No hay tiempo para el resto del equipo, sólo puedo sacarle a usted.
- ¡No, iremos todos!

En otras propuestas, centradas en el futurismo y catástrofes, se profetizaba la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca, nada menos que Morgan Freeman (Deep Impact, Mimi Leder). No por casualidad, Estados Unidos vivía una importante amenaza procedente del espacio exterior, un enorme meteorito que iba a chocar contra el planeta.

- Hemos preparado una red de inmensas cuevas, con una capacidad para un millón de personas.

Otra interpretación frecuente ha sido el de las parodias convirtiendo las figuras presidenciales en caricaturas sobre las que proyectar los traumas, profundas paranoias o las histerias colectivas que se han fraguado desde tiempos remotos. En Mars Attack (Tim Burton), Jack Nicholson interpretaba a un presidente dispuesto a tratar una alianza con los invasores de la Tierra, todo eso, claro está, en clave de comedia.

- Podríamos trabajar juntos, ¿por qué ser enemigos? ¿Por qué somos diferentes?

Sin embargo, la película más ácida y brillante de todas las que han querido sacar las cosquillas de la política norteamericana, con un poco de humor, era Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Stanley Kubrick).

- Hola Dimitri, oye no te oigo muy bien, ¿no podrías bajar un poquito la Internacial?



Una de las mejores representaciones de lo que se cocina en los grandes pasillos del poder, nos lo dejó El ala oeste de la Casa Blanca. En el formato de serie televisiva nos mostraba los entresijos de la política, con todo un presidente republicado interpretado por el demócrata Martin Sheen. Hay muchos actores que han jurado el cargo como presidentes más o menos reconocibles en la gran pantalla, pero muchos de ellos se han devancado como personajes ficticios. No podíamos terminar, sin embargo, sin una de esas curiosidades protagonizada por Ronald Reagan: cuando actor dio vida a un presidente en Abismo de pasión. Aunque nunca podríamos decir si valía más como político o como actor.

Otro artículos: Presidentes USA. 

El presidente de los Estados Unidos, qué personaje.

El desafío: Frost contra Nixon.

Muerte de un presidente.

Cine político. Las urnas y la campaña en el celuloide.

 


El desafío: Frost contra Nixon.

El desafío: Frost contra Nixon.

- He defraudado al pueblo americano. Y tendré que llevar esa carga el resto de mi vida.

Richard Nixon a David Frost.

Como todo en esta vida, los hay más o menos voluntariosos, triunfadores y fracasados, convertidos en mitos o caídos en desgracias. Richard Milhaus Nixon forma parte de los Presidentes de los Estados Unidos que podría encajar en la última categoría, todo un personaje gris que ha mantenido (y mantiene) no pocas antipatías. En uno de esos momentos transcedentales, se le vio sudar en una serie de programas televisivos que le forzaron a confesarse sobre su actitud ante el caso Watergate.

El cine recogió ese momento, de la mano de Ron Howard, quien adapta una conocida puesta teatral ambienta en la serie de entrevistas que realizó el periodista David Frost al presidente Nixon. Y no es lo habitual, pero los mismos actores que lo representaron en el escenario repiten personajes en la gran pantalla. No es la primera vez que vemos a un presidente de los Estados Unidos en el cine, pero tener al hombre más poderoso del mundo como personaje siempre es estimulante.

- Quería mantener a Nixon el juicio que nunca tuvo. Sin duda le haremos preguntas difíciles.

El escándalo político parece no tener fechas de caducidad, al  menos, es lo que provocan las intensas imágenes de El desafío: Frost contra Nixon, la nueva película de Ron Howard, que reproduce con minuciosidad unas entrevistas históricas en las que el ex presidente Richard Nixon pronunció en voz alta algo parecido a un reconocimiento de culpa sobre el suceso de espionaje conocido como Watergate.

   


- Oiga cuando se es presidente, en ocasioners uno tiene que hacer muchas cosas y no siemrpe son, en el estricto sentido de la palabra, legales pero son necesarias por que redundan en el interés general de la nación.

- Espere un momento, haber si lo he entendido bien. ¿Está usted diciendo que, en ciertas situaciones, el Presidente puede decidir que algo es conviente a la nación para entonces hacer algo ilegal?

- Lo que quiero decir es que si el Presidente lo hace es porque no es ilegal.

Escribía la revista Times, en 1977: “Por primera vez, Nixon se enfrenta a un inquisidor con mucho tiempo por delante y sin restricciones con respecto a lo que puede preguntar. El público, que ya podría haberse hartado de Nixon, no puede negar su fascinación con el hombre que se convirtió en el antihéroe americano por excelencia, y todavía sigue siendo”. Nixon, el 37º Presidente, se vio obligado a dimitir, pero Tricky Dicky (el apodo con el que le conocían, Dick el Tramposo), había evitado comparecer ante la justicia y prefirió tener una entrevista para la televisión, en la que aflorase los puntos flacos de su gobierno.

- ¿Va a usted aceptar que formó parte de alguna trama de espionaje y que inflingió la ley?

David Frost se trataba de un periodista inglés de segunda fila, (como si María Patiño decidiera entrevistar a Rodríguez Zapatero, para ponerle los puntos sobre las íes), un showman que presentaba un inexplicablemente popular concurso en el que se tenía que adivinar la casa de un famoso. El programa se llamaba Through the keyhole y era todo un éxito en el Reino Unido. Mientras que Frost esperaba triunfar en EEUU, Nixon veía en esa entrevista su oportunidad para poder rehabilitarse ante el pueblo americano y la clase política.

Los primeros compases iban como se esperaba (Nixon pensó –y quizás tuviera razón- que aquel periodista no sabría arrinconarle) y el ex presidente lograba incluso realzar su reputación. Times escribía: “Nixon muestra su mejor lado en los programas que se ocupan de la parte de su presidencia en la que su legado es más positivo: la política exterior”. Pero no sólo convencía a los redactores del Times, la película cuenta el comentario de un técnico de grabación que se haría célebre: “Si sigue hablando así, puede que le vote”.

                                

                            
Pero como apuntó el Times: “Bajo la artillería Frost, se derrumban las defensas de Nixon, en torno al Watergate”. El programa en torno al caso Watergate, dio sus resultados: “Se obró mal, ya fuera delito o no. Y sí, puede que haya sido delito. Se abusó del poder presidencial. El juramento del cargo no se respetó. El pueblo americano ha sufrido dos años de agonía. Necesitan oírlo. Creo que, a menos que no lo diga, le perseguirá durante el resto de su vida”.

- Ya no tendrán más a Richard Nixon para patearle el culo.

Desde esa gran interpretación de Nixon, a cargo de Anthony Hopkimgs –en el filme de Oliver Stone- hasta el filme del reportaje, Richard Nixon ha sido uno de los presidentes con mayor pedigrí de perdedor. Personaje, incluso encubierto, en numerosas películas. Alan J. Pakula, uno de los especialista del cine de conspiraciones (El informe pelícano), relataba en la gran pantalla, las presiones a la que se vieron dos míticos periodistas norteamericanos, Woodward y Berstein (encarnados por Dustin Hoffman y Robert Redfort) en su intento por aclarar una de las intrigas políticas más interesantes de los Estados Unidos, el caso Watergate.

- Tiene que tener en cuenta lo que dijo uno de sus empleados, el señor Howardhands.
- ¿Qué clase de información?
- Se trata de encajar en su personalidad. Sabemos por ejemplo que trabaja o trabajaba como escritor. Dicen que es un novelista y parece que ha estado en la oficina del señor Colbson, en la Casa Blanca.

Hubo un tiempo en el que la televisión era algo más que un electrodoméstico del hogar, o al menos eso creía los que la hacían. En los tiempos de David Frost, se creía incluso que tenía sentido eso de las 5 W. Lo mejor de la película es que contesta a esas preguntas, jugando con la duda, con una buena lección de teatro que recupera este pie de página de la historia con un duelo interpretativo muy intenso. Desde este sentido, todo correcto pero no hay que perder de vista que se trata de una película de Hollywood y que Ron Howard no es un director con demasiada garra. Perdemos la ocasión de ver el falso cinismo de La reina o el desvarío genial de Il Divo, para mostrarnos una postura complaciente que se parece más a Bobby que A todos los hombres del presidente. Pero Nixon no es Robert Kennedy, y Howard no tiene el suficiente punch para rescatar el espíritu de una época, sino la caballerosidad de uno de los más grandes mentirosos de la historia.


Muerte de un presidente.

Muerte de un presidente.

Muerte de un presidente es una película de ficción que se presenta con el formato de falso documental, un género en auge tras Redacted y algunas otras propuestas anteriores, con la que asistimos al hipotético momento del asesinato del presidente Bush y las consecuencias que traerían tanto en el recorte de las libertades como en un proceso de inculpación, plagado de zonas oscuras. El principal interés de su director, Gabriel Range, es el de provocar una reflexión a través de meras hipótesis, utilizando el poder que le da la manipulación de imágenes reales de archivo, cuidadosamente mezcladas con otras pocas fabricadas hac-hoc e insertadas convenientemente. Cuando vemos un documental, el lenguaje y su estilo nos hacen reaccionar de una manera diferente que una película, suspendemos nuestra integridad de otra manera. Por eso, ha propuesto su realizador este formato, pues si lo hubiera presentado en una narrativa convencional sería más fácil que un espectador lo hubiera dejado de lado. Pero lo que hace Gabriel Range es tan antiguo como el arte de manipular testimonios gráficos con fines políticos o con intentos de reescribir la historia. Por ejemplo, esto mismo lo hacían los dirigentes soviéticos a la hora de dar una mayor relevancia de la revolución rusa o de figuras como Lenin, como también era moneda corriente en pleno franquismo cuando se reeditaban documentales sobre la Guerra Civil para dar una imagen favorable al Régimen. Pero esa manipulación no sólo se hacía bajo regímenes totalitarios, sino que países totalmente democráticos han ejercido de censores sobre acontecimientos más o menos puntuales.

 Actualmente la tecnología digital facilita la tergiversación de imágenes con altísimos grados de depuración, con lo cual nos encontramos con un problema que ya está esbozado en Muerte de un presidente. La credibilidad de las imágenes por televisión, de los informativos, tiene un alto grado de aceptación y, sin embargo, nunca fue tan fácil como ahora manipular, confundir o llevar a la opinión pública por caminos equivocados e interesados. En este sentido, la muerte del presidente -tal y como nos lo ofrece su realizador- provoca interesantes efectos colaterales, el espectador tiene la ventaja de que todo es un montaje, lo cual nos lleva a preguntarnos sobre todos los montajes que esconden su falsedad. En definitiva, este es el punto crucial de la reflexión sobre el documental, la manipulación -incluso la inconsciente-que dirigen los mass media. Una buena prueba de ella fue la docilidad, ingenuidad o complicidad con la que muchos medios de comunicación secundaron las tesis de la Administración Bush a favor de la invasión de Irak. Sobre el poder de la prensa y cómo absorbemos las noticias, especialmente por televisión y en tiempos de crisis; porque deberíamos darnos cuenta que cuando leemos una noticia en un periódico, no es el reflejo fiel del acontecimiento sino la opinión substraída por su autor. Igualmente sucede con la televisión. Cuando vemos imágenes en el telediario, tenemos la tendencia de que lo que recoge la cámara es lo real. Este tema de la manipulación de los mass media ya lo había propuesto Barry Levinson en Cortina de humo, en donde unos ejecutivos de un importante medio de comunicación utilizaban la televisión como medio de ocultar un escándalo que afectaba al presidente, manipulando unas imágenes relacionados con el conflicto de los Balcanes.

 En el séptimo arte como en la vida real, la idea de matar al Presidente es más que recurrente, marcada -por supuesto- por los casos de Lincoln, Gardfield y Kennedy. En el primer magnicidio, Abraham Lincoln murió en manos de un asesino que le disparó en su palco en plena representación teatral, de manos –nada menos- que de Raoul Walsh, quien interpretó a este personaje en la película de Griffith. Mientras que Kennedy, ha propiciado numerosas películas que han articulado casi un subgénero centrado en el asesinato y posterior investigación. Destaca, en este sentido, JFK (Oliver Stone): “El presidente es lanzado hacia atrás y hacia su izquierda, por un disparo de frente y de la derecha”.



 
Entre otros títulos que han tomado parte del caso de Kennedy, merece la pena citar En el punto de mira (Wolfgam Pettersen). Sin embargo, la película -inserta en el género del thriller de acción- pretende ser una especie de juego del gato y el ratón, entre el agente secreto y guardaespaldas de altos mandatarios (Clint Eastowood) y el asesino de turno (John Malkowitz).

 - Gracias a ti, el juego sube un nivel mucho más alto, el destino nos ha unido, Frank. No puedo sobreponerme de la ironía.
- ¿Qué ironía?
- Tú, estando relacionado con el asesinato de dos presidentes.

Este subgénero ha aparecido en contadas ocasiones como el magnicidio visto como un sacrificio, dirigido a cuestionarnos por la responsabilidad de este tipo de mandatarios. Un filme interesante, en este sentido, era La zona oscura (David Cronemberg), en donde un profesor con poderes adivinatorios llegaba a matar a un gobernador, porque en una de sus visiones lo veía como Presidente en el momento de detonar la bomba atómica.

Lo más sustancioso de Muerte de un presidente viene después del asesinato de Bush, el proceso de investigación, esclarecimiento e inculpación, tal y como nos lo hubiera contado un reportaje o un documental hecho para la televisión. En la nebulosa de incertidumbre, medias verdades, intoxicaciones varias, etc., introducir matices que vayan moldeando la perfección de la conciencia del espectador es cuestión que se reserva a los expertos en la materia, creadores de opinión, asesores de imagen, analistas varios, gente que -en cualquier caso- nunca dan la cara pero que tienen una importancia decisiva en nuestras vidas.