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Cine y superhéroes. Parte Primera.

Cine y superhéroes. Parte Primera.

El cine, que suele estar alimentado por la imaginación de los guionistas, también debe recurrir a otros medios adyacentes para encontrar la inspiración. Frente a la tradicional e inagotable fuente que ha dado la literatura, cada vez toma más fuerza entre las historias, el cómic y los videojuegos, estrella fulgurante en el entretenimiento de nuestra generación. Las grandes corporaciones, valedoras de las retroalimentaciones y de las que surgen estas fuentes de entretenimiento, han estimulado durante los últimos años para dar como resultado esta interrelación. De forma que los cómics generan películas, que a su vez generan videojuegos, y al mismo tiempo sirven para adaptarlas a la televisión.

 Mientras que en los años cincuenta y sesenta, el cine se preocupaba de realizar grandes superproducciones de carácter épico, al estilo del género del pemplum, la televisión se interesó por las folletinescas tramas del superhéroe del cómic. En este sentido, se inició una estrecha relación entre las narraciones de imágenes en papel y el séptimo arte, a partir del cual el cine americano vería influido por ella, de forma bien directa o a través de guiños. Pero el resultado ha sido poco conseguido, por lo general. Muchas series para la televisión se aprovecharían de estas narrativas dibujadas para encontrar la fuente de inspiración para guiones que no requerían de grandes gastos de realización. Y multitud de títulos aparecen en esta línea, que pasarían desapercibidas sino fuesen por sus adaptaciones al celuloide. Pero muchos procedieron de productos radiofónicos, como le ocurrió al Llanero Solitario, de la que resultaría una exitosa serie televisiva y algunas versiones cinematográficas, destacando la dirigida por William Fraker, en los años ochenta, con un desconocido Klinton Splisburry como protagonista. La primera de ellas en aparecer, sin embargo, fue la serie de Superman, como quedaba reflejado en la magnífica Hollywoodland, pero quizás alguien recuerde más a Batman, la casposa y extravagante serie norteamericana, de los años sesenta. Una colorista versión pop, por la que se había pasado un filtro catódico para atraer a la audiencia más joven. Un ejemplo sería la estrofilla que animaba a su fiel audiencia a continuar, semana a semana, tras la pista de esta pareja de superhéroes: “Descúbralo en la semana que viene a la bat hora y en el bat canal”.

                   

                Pero los primeros superhéroes del cómic surgieron en el cine a comienzos de los años setenta, cuando la Warner compró los derechos de la DC, editorial que poseía las historietas gráficas de Superman y Batman. Mientras que los personajes de la Marvel tuvieron que esperar a la década de los noventa para dar el paso a la gran pantalla. Con una psicología mucho más compleja que los héroes de la DC, los X Men, los Cuatro Fantásticos y Spiderman forman parte de la galería de personajes que tienen un universo común, el mundo Marvel. Sin embargo, las relaciones entre el séptimo arte y el cómic son bidireccionales, y así personajes como Robocob, Alien o Terminator, muy populares dentro del celuloide, tuvieron sus propias traducciones en las imágenes al papel. De ahí que el éxito de una película revitalice los beneficios de las novelas gráficas que inspiran sus guiones cinematográficos, y viceversa. Así, vemos como las ventas de cómics como V de Vendetta y Sim City, que estaban agotadas en las librerías, se multiplicaron por dos después de su paso por la gran pantalla. De hecho, este éxito ha permitido la repetición de fórmulas y no sólo en el personaje de Spiderman, sino que se espera las continuaciones de Sim City. En esto de las secuelas a Hollywood no le gana nadie.

 - Aquí tenemos a Superman, a Batman y a su compañero Robin. ¿Y tú qué, jovencito?.

- ¿Qué de que?.

- ¿De qué se supone que vas?.

 Los superhéroes son un fenómeno muy americano, fruto de una sociedad individualista altamente competitiva. La posibilidad de encarnar superpoderes para poder ajustar cuentas con los “villanos” del patio de colegio es uno de los sueños del niño protagonista de American Splendor, quien se refugia en el universo del cómic, en lugar de coger un fusil de asalto, y dar riendas suelta a su frustración.

 - Loosie, Dios me otorgó un don, manejo muy bien la pala, la manejo muy bien.

- Pero esto no significa que seas un superhéroe.

 La imaginería propia de estos tebeos no es potestad únicamente de los más pequeños de la casa, sino que pululan por nuestra sociedad y la pantalla, personajes adultos que se ven inmersos en misiones, con caracteres casi sagrados, o arropándose poderes propios de los superhéroes. El estereotipo en el caso de la película Mistery Man (Kinke Usher), con el personaje interpretado por William H. Macy, se cumple. El lector de los cómics de superhéroes suele ser un varón con limitadas habilidades sociales, en donde gastar la energía que ahorra en sus escasas interacciones con el mundo real. Esto mismo lo encontramos en otros personajes tan significativos de la pequeña y gran pantalla, por ejemplo, en el freaki del pueblo de Springfield en la mítica serie de animación de Los Simpson, o en el personaje interpretado por Samuel L. Jackson, en El protegido, un frustrado existencial a causa de su enfermedad que le obliga a buscar en los cómics un sentido a la vida.

                                

- Mira, no puedes ponerle número 77 de Superman al lado del 200. Aún no le habían atacado con Kriptonita roja. Ni tampoco puedes poner el 98 junto al 300. Loyse Laine todavía no había parecido en la serie.

- ¿De dónde has salido, de Krypton?.

 Para leerse un cómic clásico de la Marvel hay que empezar desde el principio, como señalaba el protagonista de la película Jóvenes ocultos (Joel Schumcher), porque la saga tiene un exceso de continuidad y porque muy habitualmente hacen referencia a lo sucedido en otra colección. De forma que para entender plenamente lo que sucede, debes leer lo que sucede en números pasados o paralelos.

 

 

Cine y superhéroes. Parte Segunda.

Cine y superhéroes. Parte Segunda.

             Las tramas folletinescas, llenas de venganza y dobles identidades, en ocasiones conforman un discurso que debía dar explicaciones para que resultasen coherente. Por ello, en los noventa, a través de la Editorial Vértigo, se crearon varias sagas cerradas, con un nuevo cómic de autor para adulto, impulsado entre otros, por Frank Miller y Alan Moore, quienes han creado una serie de novelas gráficas, con unas historias que no desmerecen al estilo de sus viñetas.

                El violento universo, teñido en el blanco y negro, monocolor, aunque con una apariencia al gótico escenario de Gotham City, que Frank Miller diseñó en Sim City, destruye el estereotipo del superhéroe para sumergirse en una ambigüedad moral del personaje. A una sola tinta, la negra, sus héroes se humanizan como nunca antes se habían hecho, para demostrarnos cómo las diferencias entre el Bien y el Mal pueden ser de matices. Literariamente, los oscuros universos urbanos de Frank Miller se acercan a los de Raymond Chadler y Daniell Hallsmett, los mayores creadores del cine negro en la literatura, y gráficamente algunas de sus viñetas, que luego serían adaptadas al celuloide, tenían la posibilidad de estar en el MOMA, de Nueva York, junto a las obras de Andy Warhol.

                También de Frank Miller es la novela gráfica 300, sobre la batalla de las Termópilas, que como cómic responde a las necesidades del pemplum, más que su adaptación cinematográfica, que en mi opinión, traiciona por ello a los códigos propios del séptimo arte, con una película que recurre en exceso a su parte digital. Más complaciente resulta ser V de vendetta. La obra de Moore sirve de catarsis de los universos negros del cómic de Miller. Aunque Estados Unidos y Hollywood, en particular, sepan sacar partido de las críticas al sistema, integrándolas comercialmente en el mismo, Alan Moore rompe con el servilismo político de los superhéroe de la Marvel o la DC y se une a los fanzine antisistema, sobrepasando con creces la frontera de la corrección política. Mientras que DC Comics genera universos paralelos, en donde Metrópolis (en el caso de Superman) y Ghotam City, son metáforas más o menos cercanas de la ciudad de Nueva York, la Marvel integra sus historias en nuestro universo real, lo que permite que los personajes de la Marvel lleven a cabo sus hazañas en conceptos históricos y geográficos concretos. Así, por ejemplo, la portada del primer número del Capitán América muestra al superhéroe propinando un puñetazo en la geta al mismísimo Hitler, pero si los personajes de DC, Batman y Superman se unen a la lucha contra el nazismo, una vez acabada la II Guerra Mundial, regresan a sus mundos paralelos. No es así lo que sucede con la Marvel, cuyos superhéroes patrióticos, y embriagados de una ideología políticamente correcta se embarcan en nuevas historias para enfrentarse al enemigo comunista, con unos valores declarados que serán la democracia y la libertad. “Luchamos por la verdad, la justicia y el modo de vida americano”, decía el protagonista de la película Jóvenes ocultos, de Joel Schumaher.

           Así pues, el Capitán América se enfrenta con su alter ego comunista, el Guardián Rojo, mientras que Hulk nacía del sabotaje atómico de un espía soviético y Los Cuatro Fantásticos surgieron para responder a la carrera espacial de los Sputnik rusos. Con el desmoronamiento del comunismo y el fin de la Guerra Fría, los superhéroes de la Marvel reinventaron mitología convirtiendo a los villanos soviéticos en alienígenas, neonazis o maleantes dotados de superpoderes. Estaba cantado de que a raíz del 11 M, con el surgimiento del Eje del Mal, la galería Marvel se movilizaría para apoyar la invasión de Irak y posar en pijama junto a Donald Ranfeld.  Frente a estos, el superhéroe de la Marvel, Spiderman es un personaje no politizado cuyo cariz adolescente le hace centrarse en su conflictiva vida existencial, que le acerca a las tragedias griegas.

                No obstante, existen en el desarrollo de las tramas e identidades de estos superhéroes, elementos que lo acercan a otro pilar en donde se sustentan estos personajes. Se inspiran en los filmes de los años setenta cuyo argumento central giraba en torno a la figura del “vigilante”, presentadas como unos westerns urbanos. El vigilante era alguien que aplicaba la ley por su cuenta de manera violenta, al margen de la policía. En definitiva, resultaba al trasladar la ley de la frontera a las calles de una ciudad, como ocurría en los conflictos legales del Oeste americano, cuando los asaltos de maleantes y bandidos se solventaban con una mano rápida y un Colt 45. Pero la figura del vigilante se encontraba a medio camino entre la realidad y la ficción –recordemos personajes salidos del cómic como Daredevil o The Punisher-. Muy popular, sobre todo entre las clases medias y barrios modestos, debido a la desconfianza generalizada por el aumento de los crímenes comunes, hacia las instituciones encargadas de poner fin a los pandilleros, ladrones y agresores sexuales. Fruto de esta experiencia, surgieron grupos civiles, reclutados en el propio vecindario, para velar por su propia seguridad, respondiendo con contundencia a las agresiones. Una de estas organizaciones, Ranch Rescue, hoy por hoy sigue patrullando la frontera con México en busca de los ilegales que cruzan Río Grande.

             La cruzada contra la de delincuencia de los superhéroes trasciende la mera venganza, como vemos por ejemplo en el personaje de Batman. Al constatar que la policía no hizo nada por detener a los culpables del asesinato de sus padres y que todo el mundo, a su alrededor, vive con miedo, la rabia y su frustración desemboca en un deseo de limpiar la sociedad de escoria. El personaje de Batman, por citar a uno de ellos, a pesar de enfundarse en una máscara, presentaría un rostro de pétreo estoicismo, de misteriosa inexpresividad, al mismo tiempo que se cierne en él toda una tragedia: cómo un ser humano convencido en las virtudes de la civilización se torna en un bárbaro. Mientras que presenta una respuesta, en definitiva, catártica. Pero también los superhéroes denuncian los males que abruman a una sociedad imperfecta, así como la inquietante ineficacia del sistema; además de una cínica postura de los conflictos planteados de forma reaccionaria, e incluso, teocrática, en donde el desprecio al ser humano y la imposibilidad para la redención marcan los destinos de estos “villanos”, tan corruptos como para mecer la libertad.

                Superman, Batman y Spiderman han trascendido de las viñetas y el cine, convirtiéndose en iconos de la cultura pop. Conforman por ello un triunvirato en el que comparten características comunes, como ser huérfanos y llevar una doble vida. Pero en el que también existen notables diferencias. Mientras que Batman y Spiderman son terrícolas, Superman es un refugiado de Krypton. Al margen de la kryptonita, ese ha sido su talón de Aquiles, porque Superman es un superhéroe por definición y humano por accidente. Su naturaleza es diferente a la nuestra  por lo que su parte humana no deja de ser la impostura de un extraterrestre con problemas de identidad. Pero lo mejor de Superman es su laca, porque el flequillo de su frente no se doblega ni volando a la velocidad de la luz.

                Este no es el problema de Batman, porque más que un superhéroe es un superhombre con sed de venganza. Batman no posee superpoderes, todas sus habilidades han sido adquiridas tras mucho esfuerzo y un duro entrenamiento. Y la fortuna de Bruce Weinn nace de su brillantez en el mundo empresarial. Es en definitiva, la quintaesencia del superhéroe, el superhombre de Nietzche, enfundado en látex negro. Por eso, nos solidarizamos con Burton y su simpatía por los supervillanos, lisiados e inválidos, expulsados a las alcantarillas de Gotham City, cuyas frustraciones emergen violentamente en busca de la dignidad que la sociedad les ha negado.

                Si los superhéroes made in Usa son fruto de una sociedad que, a pesar de todo, sigue confiando en el individualismo, los patrios son fruto de una sociedad escéptica, cínica y chapucera, pero con un alto sentido del humor. Superlópez y el Cálico electrónico son los máximos representantes del superhéroe español.

RAF Frente del Ejército Rojo.

RAF Frente del Ejército Rojo.

RAF es una de esas películas del cine alemán, empeñadas en revisar la historia contemporánea del país, en esta ocasión los sucesos que rodearon a la banda terrorista de Baader Meinhof, creada al calor de los años 60. Propugnaban por una sociedad más humana, pero los métodos violentos que empleaban deslegitimaban sus razones y las hacían perder su propia humanidad.

- La burguesía ha destruido las relaciones humanas excepto las del interés personal y la crueldad de pagar a tocateja.

Esto formaba parte de una grabación que se hizo hace cuarenta años, como referencia a los tumultuosos y revolucionarios años 60, pero no dudamos de su vigencia. Viene a cuento para entender al grupo terrorista Baader Meinhof, que ha centrado el argumento de la película. A finales de esa década, medio mundo pensaba en el cambio de las cosas, pensamiento que albergaba la juventud de izquierda, sobre todo, desde unos estudiantes que se lanzaban a la calle para escenificar su protesta contra el sistema y las clases dirigentes. En Alemania, junto a la indignación de la Guerra de Vietnam, el movimiento revolucionario –que partía de la Universidad- cristalizó en ese grupo terrorista llamado Baader Meinhof, por el apellido de sus cabecillas, o Fuerza del Ejército Rojo.

- ¡Tenemos que unirnos hasta la victoria o hasta la muerte!

- Formaremos un grupo y cambiaremos la situación política.

- Eso es una locura.

- Debo hacerlo, tenemos una responsabilidad con la historia.


En el reparto encontramos a lo mejorcito de la interpretación alemana más reciente, Martina Gedeck, Aquella Deliciosa Marta, es Ulrike Meinhof; Moritz Bleibtreu, es Andreas Baader, y Johanna Wokalek, interpreta a la violenta activista amante del líder. Todos ellos, arropados por un actor como Bruno Ganz. El que diera vida a Hitler en El Hundimiento, será uno de los principales responsables de acabar con la banda y quien formula, desde su despacho, una significativa reflexión:

- No es la policía, sino las autoridades políticas quienes deben cambiar las condiciones que dan lugar al terrorismo.

La banda terrorista ya había servido de inspiración para películas anteriores, mereciendo citar Baader (dirigida por Christopher Roth), pero la historia de Edel está basado en un libro de Stephan Aust, crónica sobre los pasos que llevaron que llevaron a la Facción del Ejército Rojo contra el Estado. Ésta ya había sido llevada al cine, por Reinhard Hauff, titulándola El proceso, sobre la caza y el posterior juicio de Baader y Meinhof. Uli Edel, conocido por Última salida: Brooklin, de la que se recuerda sobre todo la banda sonora a cargo de Marc Nofler, desvela las claves de un grupo que sirven para identificar un período de la historia lleno de expectativas y de postulados ideológicos, que partían de pastiches de sinergias e ideas, a veces, contradictorias.

- No se puede hacer política antiautoritaria y pegar a los hijos en casa, pero a la larga no se puede dejar de pegar a los niños, si se puede hacer por razones políticas. No se puede invalidar las relaciones dentro de la familia, sin tener que luchar –a su vez- por abolir las relaciones fuera de la familia.

                                           


Estas palabras, que resultan confusas, fueron pronunciadas por la auténtica Ulrike Meinhof en el mismo año que abandonaba el periodismo para dedicarse al terrorismo. La contestación que surgió del mayo del 68, encerraba toda una amalgama de intereses y tenencias, algunas retratadas en el séptimo arte. Desde la liberación sexual y una cultura de transgresores hedonistas (Soñadores, Bernardo Bertolucci), pasando por un estalinismo en horas bajas (Novecento, B. Bertolucci) y el coqueteo del maoísmo (La Chinese, J. L. Godard).

- A pesar de las tendencias revisionistas, rechazad las ilusiones y preparaos para la lucha.

En tal amalgama ideológica se vieron personajes tan señalados como el filósofo francés Jean Paul Sartrè, que llegó a visitar a los cabecillas de banda Baader-Meinhoft a la cárcel, poco ante de sus repentinas muertes.

- Es evidente que ninguna fuerza violenta puede desempeñar ningún papel decisivo y en ocasionar un cierto peligro de orden político, pero se subordina a la lucha fundamental. Tiene desde el punto de vista militar, un valor estratégico, puesto que fija la mayor parte del aparato represivo.

Lo que decía un documental codirigido por Godard, Un filme como los otros, es aplicable al caso de esta banda que pretendió cambiar el mundo a través del terrorismo. Uli Edel ha revisitado con la película ese pasado con una mirada realista, con una puesta de escena accesible en su condición de film comercial. Apuesta para ello por un discurso menos teatral, presentando los sucesos desde una óptica más dinámica.

El buen pastor.

El buen pastor.

Robert de Niro, gran actor de joven y menos bueno ahora, se embarca en su segundo proyecto como director, muchos años después de que nos dejara esa pequeña obra maestra que fue Una historia del Bronx, para contarnos los entresijos y secretos de los orígenes de la CIA. O bien ha aprendido el arte del buen cine después de cuarenta años en la interpretación, o bien ha sabido reunirse de los profesionales adecuados a la hora de abordar un proyecto. En cualquier caso, ambas cualidades están relacionadas. De hecho, se ha rodeado de un equipo de primer orden en el reparto, en la base técnica y en la producción, siendo Francis Ford Coppola uno los productores ejecutivos.

- Se ha notado su aliento, si nos descuidamos llegarán hasta aquí. Por eso le he dicho al Presidente que necesitamos de un nuevo servicio de inteligencia que se ocupe en tiempos de paz de lo que hacía la OSS.

Es el nacimiento de la Agencia Central de Inteligencia, más conocida como CIA, y todo está contado desde la perspectiva de Matt Damon, un joven universitario que es captado a finales de los años treinta para unirse a una sociedad secreta, que será su precursora. Los personajes que cuenta la película, como la propia historia de estos servicios secretos, procedían de la II Guerra Mundial o como el rol de Matt Damon, de universidades como Yale o Harward, hombres con gran sentido de la lealtad, hombres de negocio, correspondiendo a la clase alta y que sabían lo que era mejor para América. Y será la doble condición de De Niro, tanto como director y actor lo que le ha permitido compartir escenas con su reparto y cuidar al máximo el trabajo de sus actores.

La película hace un seguimiento del trabajo de un espía a lo largo de algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. El buen pastor es el reflejo del fin de un conflicto mundial que se metía en el período de Guerra Fría, como una partida de ajedrez, a escala internacional, entre los agentes de la CIA y de la KGB soviético. Pero además se da una preocupación por el control del armamento atómico, entre ambas superpotencias.

- Están ganando terreno llevándose a todos los científicos a su lado. Dentro de diez años tendrán la bomba. Hay que sacar de Berlín a cualquier persona que nos sea útil antes que ellos.

El protagonista de El buen pastor de familia acomodada, religiosa y blanca ve en la defensa de los valores y el estilo de vida americano las motivaciones incontestables que justifican sumergirse por completo en un constante juego de amenazas.

- Nunca harías nada por nadie.

- Eso es injusto.

- ¿Injusto? Abandonas a los tuyos cuando más te necesita.

-  Yo no abandono. He estado a tu lado. Y he lado todo lo posible por ser un buen padre para él.

- ¡Tú nos has hecho nada!

- ¡Me case contigo por él!

 Lo más novedoso del género, sea, quizás, la presencia de un espía lejos del estereotipo de personajes como el de James Bond, para aproximarnos a un sentido doméstico de este rol. Sin embargo, De Niro prefiere destacar otros aspectos en la historia, de ahí que canalice a través de este personaje el sentimiento nacional de un importante sector de la sociedad de su país. Retoma, por tanto, uno de los más clásicos pulsos que mantiene Hollywood consigo mismo, por mostrar las características del complejo sistema de valores norteamericanos envueltos en los colores de una América que no significa lo mismo para todos. En la película aparece reflejado en un diálogo entre los personajes de Joe Pesci y Matt Damon.

- ¿Quiero preguntarte una cosa? Los italianos tenemos la familia y la Iglesia; los irlandeses tienen su patria, los judíos tienen su tradición, pero y su pueblo, Sr. Wilson, ¿qué tiene?

- Los Estados Unidos de América; ustedes sólo estáis de visita.

Lo que hace Robert de Niro con esta película sobre la CIA, y por contexto, sobre el mundo del espionaje es acercarnos el agente secreto a la calle. Nos propone una visión más próxima a la realidad, más fresca y auténtica que esas películas de James Bond, dispuesto a salvar el mundo y sin despeinarse, e incluso a todas aquellas cintas que sólo destacan por la multitud de gadchets y artilugios del personaje protagonista. En el mundo real el espía es un hombre tan normal como cualquiera, nada de superhombre al estilo Bond, e incluso puede autodenominarse “funcionario”.

- Margaret nos ha contado que trabajas para la CIA.

- Mi mujer tiene demasiada imaginación. Soy asesor de comercio, un funcionario.

El film, basado en un guión de Eric Roth, responsable de Munich -otra lección de historia contemporánea- quiere acercarnos a la idea de que la vida de los espías es aburrida. John Le Carré ya nos lo había explicado bastante bien en sus novelas de la Guerra Fría, y antes que él, Graham Green.

Red de mentiras.

Red de mentiras.

Ridley Scott se embarca en una historia de acción y mentiras con dos de los actores más solventes de la industria que, como telón de fondo, presenta el terrorismo islamista y la guerra de Iraq.

 Red de mentiras es una nueva forma de presentar la guerra contra el terrorismo, en esta ocasión, desde la perspectiva de un soldado/espía que cumple misiones en zonas conflictivas siguiendo órdenes directas de un superior, que vive a miles de kilómetros una vida acomodada e ignorante. Y para ello, toma dos aspectos fundamentales en Estados Unidos, desde el 11-S, la superioridad tecnológica y la llamada Patrioc Act, ley que restringe los derechos constitucionales para garantizar la seguridad nacional. Pero Ridley Scott reflexiona si esa tecnología –cuyos satélites convierten al mundo en una war rooms- es realmente eficaz. 

 La película propone una sugerente respuesta al respecto: los agentes de la CIA como Roger Ferris (Leonardo DiCaprio) luchan y son torturados en Oriente Próximo, mientras su jefe, Hoffman (Russell Crowe) le va dando órdenes por teléfono, desde su casa, mientras ayuda al niño a hacer pis o anima a su otra hija en un partido de fútbol, inconsciente de sus consecuencias. En realidad, una nueva crítica de los métodos utilizados por la Administración Bush.

 Que en menos de un año Ridley Scott haya estrenado dos películas (American Ganstern y la que nos centra) y que estuviera enfrascado en sus siguientes proyectos (una versión de Robin Hood, una más, protagonizada por su actor fetiche; un filme ambientado en la Guerra Fría y una cinta de ciencia-ficción) no quiere decir que el director se haya arropado de fuerza sobrehumana, sino que ha encontrado la fórmula para fabricar a destajo películas que resultan buenas.

 De este modo, el que en su día podría haber sido el heredero de Kubrick y autor de culto con tan sólo tres títulos, se ha pasado por completo al cine comercial, con calidad, con algunas señas de identidad. Historias en apariencia enrevesadas, pero que delatan una trama argumental gastada por el uso –la especialidad de William Monaha, uno de sus guionistas fetiches-; la vinculación con el actor Russell Crowe y un gusto por el perfeccionismo, que a veces resulta pretencioso (Sigurney Weaver se llegaba a quejar en Alien, que el director se preocupara más del atrezzo que de los actores).

                             

 Hablamos de un publicista de talento que se convirtió en un cineasta de culto. No hay cinéfilo que no recuerde uno de los momentos más emotivos del cine, ese monólogo del Replicante Nexus 6 de esa película que fue todo un hito de la ciencia-ficción y del cine negro.

 - He visto cosas que vosotros no creeríais. He visto rayos C brillar cerca de la puerta de Tanhäuser, naves en llamas más allá de Orión. Todos estos momentos se perderán como gotas de lágrimas en la lluvia, es la hora de morir.

 Blade Runner fue su tercer largometraje después de una meritoria ópera prima, Los duelistas, en donde demostraba su capacidad por la fotografía. Le siguió Alien, una cinta de ciencia-ficción y terror, que sentó las bases del género como su siguiente trabajo. Ya tenía un hueco en el Olimpo de Hollywood, con un preciosista gusto por los detalles y el tratamiento de la imagen, por los que alguien le consideraba como el sucesor de Stanley Kubrick. Pero entonces, dejó dominarse por la taquilla. Thelma y Louise, un road movie de mujeres fugitivas, sería otro de sus títulos destacados, aunque lo más significativo sea el brillo de los tapacubos de las ruedas en el polvoriento desierto. Esto es parte de las imágenes impactantes de sus filmes, como sucede en Red de mentiras: Los helicópteros brillan en el desierto, como los coches de Al-Qaeda. Imágenes realmente impactantes, agotadoras, una acción trepidante, explosiones, persecuciones, para una historia que se centra en el funcionamiento de una red de espionaje. Una maraña de personajes con problemas de conciencia, que torturan, matan o son torturados, y que mienten.

 - Recuerde lo que dijo no se quién, en Italia del Renacimiento dieron los Borgias, Miguel Ángel y Leonardo; mientras que en Suiza, doscientos años de paz y democracia. ¿Y qué dieron? El reloj de cuco.

Este diálogo de El tercer hombre es un buen ejemplo de lo que pasa por la cabeza de los personajes principales.

 - Sadiqui está muerto.

- Lo sé, lo he matado yo.

- ¡Ah amigo, eso no es un suicidio! ¿vale?

                             

 Otra cosa es que convenza más o menos, que transcienda (¿qué más da el mensaje?), si la consideramos junto a otras películas con tramas similares, como por ejemplo, Syriana (Sthephen Gagham) o Juego de Espías (Tony Scott). Sin embargo, el filme termina decepcionando por su veloz ritmo narrativo, como thriller-laberinto político entre Qatar, Bagdad, Manchester y desayuno urgente en Virginia, como ocurría en Siryana, pero en esta ocasión nada emotivo interrumpe la velocidad de tramas de la película. Y sobre todo, la inclusión de “mentiras” en el título, nos muestra una obviedad: saber que ninguna información que nos de es de confianza, lo que transforma la historia en una simple espera de la próxima sorpresa. Porque parece que Ridley Scott sabe manejarse mejor en escenarios de historia antigua (Gladiator) y ciencia-ficción que entre conflictos recientes (Black Hawk derribado).

 

Espías como nosotros: las parodias del género.

Espías como nosotros: las parodias del género.

- ¿Maxwell Smart?

- Jovencita, debe tener más cuidado o asustaría así a un agente de Control, precisamente en la oscuridad.

- Pensaría que fui algo muy tonta.

- Peligroso, pude haberme asustado.

No sabría decir por qué, pero el espionaje ha tenido un gran protagonismo en el mundo del cine, será por ese juego de interpretar un papel y porque desde la butaca, todo espectador debe sentirse muy fisgón. Ahora bien, el séptimo arte y la televisión van llevando décadas diciéndolo, el espionaje, los agentes secretos y la Inteligencia (palabra, a veces, paradójica) pueden dar mucho juego en el terreno de la parodia. Las confusiones, las huidas a la carrera, la necesidad de disfrazarse, a cada poco, han servido para hacer reír con lo que debería ser algo muy serio.

- Otra película basada en una serie de televisión.

Sí, la verdad es que Superagente 86 o Los ángeles de Charlie, series de la tele que han parodiado este género, han tardado lo justo para saltar a la gran pantalla. Los años sesenta fueron los que desarrollaron el cine de espionaje tal y como lo conocemos, convertido en un fenómeno social y precisamente fue la década del agente 007. Cómo no van a surgir parodias del cine de espionaje, si el propio James Bond se toma, además de la de matar, la licencia de reírse de sí mismo; lo hizo Roger Moore, en La espía que me amó.

                    austin powers

También inglés hasta la médula, la saga de Austin Powers, aspiraba a convertirse en un sucesor humorístico del mayor agente secreto cinematográfico de todos los tiempos. Cómico y algo salido, Austin Powers jugaba con todas las claves del género para mostrarnos la cara más disparatada del MI6. Hasta llegar el tecno espionaje de los noventa, también con sus versiones más desenfadadas. James Cameron puso su conocido sentido del espectáculo, en Mentiras arriesgadas, con una comedia que derrocha acción, con la anodina vida familiar como uno de los temas:

- Puede que salvando al mundo o haciendo cosas de esas, pero no es más que un representante de ventas.

Quisiera terminar este pequeño repaso al género con una de las más descerebradas y divertidas incursiones desde la comedia. El cine de espionaje llegó incluso a lo mejorcito del sproof, con uno de los títulos más emblemáticos de ese trío de ases del género: Top Secret (Jim Abraham y David y Jerry Zucker). Un espía no sería nada sin el confidente. El agente Cedric (Omar Sharif) tenía como contacto un simple vendedor ciego, de souvenirs y artículos de coña, pero que proporcionaba una valiosa información. 

Garbo, el espía.

Garbo, el espía.

- El MI5 desarrolló un plan muy organizado para suministrar a Garbo, las más de 3000 libras que en última instancia acabaron pagando los Servicios Secretos alemanes.

El género documental español sigue pisando fuerte, en esta ocasión, con una película dirigida por Edmond Roch, aunque en el guión encontramos a todo un veterano del género como es Isaki Lakuesta. El filme cuenta la vida de Juan Puyol, un agente doble conocido como Garbo y cuyo éxito fue el de hacer creer a los alemanes que el Desembarco de Normandía tendría lugar en el Estrecho de Calais; “viendo grandes concentraciones en el sudoeste y este de Inglaterra”. Este sería el responsable de aquel logro, a través de la famosa clave “Enigma” trabajando como un agente doble, que los nazis creían estar a su servicio, cuando en realidad trabajaba para hacer creer una gran mentira. Pero, ¿quién fue ese individuo que respondía al nombre de Alair, entre los alemanes, y el de Garbo, entre los aliados? Personaje que fue finalmente localizado en Venezuela, después de haberse dado por muerto, en Angola.

En la película se maneja una serie de materiales muy diversos para este homenaje, catalán para más señas. Y la verdad es que, a parte de dos fotos de carnet – una de los nazis y otra de los ingleses – no existe casi ningún rastro de él. Eso sí, existen decenas de personas que afirman haberle conocido, e incluso algunos de ellos apuntaban en la película anécdotas curiosas. Una de ellas, sería la del nombre de Garbo. “Ese nombre se lo pusimos en el trayecto del campo de aviación, en el que aterrizó, al sur de Inglaterra, a Londres. Pasamos por una carretera en la que había anuncios de la actuación de un tal Bowling. Le pusimos Bobling, pero después cuando descubrieron la capacidad inventiva le llamaron Garbo”.

                                       

Juan Puyol, barcelonés de nacimiento, era un conserje de hotel y gerente de una granja de pollos, que montó una compleja estructura de espionaje… falsa, desde su estudio de Lisboa. Se convertiría, así, en el modelo de hombre que se reinventaba así mismo y vendía una vida que hoy en día falta saber si es cierta.

Al interés intrínseco del personaje, Edmond Roch añade un estilo narrativo original, ante la escasez de material de archivo. Se opta por introducir escenas de películas, así como diversas imágenes de la época. También es hábil al mantener el anonimato de los personajes hasta el ecuador del metraje y el reservarnos hasta el final el encuentro con el auténtico Garbo.

En una de las referencias cinematográficas más curiosas que aparecen en la cinta, encontramos a uno de los papeles menos conocidos de Peter Lorre. El actor austriaco entró casi de puntillas en Hollywood, gracias a una serie de films en los que encarnaba a un detective japonés, llamado Mr. Moto. La referencia sería de La última alarma de Mr. Moto (Norman Foster).

- Invadiremos Polonia y mañana veremos el nacimiento de un nuevo orden, seremos el Imperio Alemán del mundo.

- Esta noche darán el primer paso por un camino muy oscuro que no tiene retorno.

                         

Mucho más realista con el propio modelo de Garbo, fue el del personaje de Alec Guinness en un clásico del cine de espionaje de Carol Reed: Nuestro hombre en la Habana.

- El otro día me ofrecieron mucho dinero a cambio de información.

- ¿Qué clase de información?

- Secreta, naturalmente.

- Puede usted considerarse afortunado.

Ambientada en la Cuba de Batista, se basaba en la novela de Graham Greene, en donde destacaba la figura de un espía que se inventaba sus informes. En esta selección también podemos citar la versión de Mata Hari, en la que la actriz Greta Garbo se metía en la piel de una espía, ejecutada por los franceses durante la Primera Guerra Mundial. 

Se trata de un sugerente enfoque de la Historia, metiendo a un mentiroso compulsivo en medio de una serie de ficciones, referentes estudiados al milímetros colocados para que el argumento sea más interesante. De este modo, el director convierte a Garbo en uno de los espías más cinéfilos de todos los tiempos.                  

           

 

 


La calle, escenario de una niñez traumática.

La calle, escenario de una niñez traumática.

 El mundo de los niños, la infacia, no siempre es un camino de rosas por donde los más pequeños transitan con alegría y jocosidad. No todos son seres agradables, con carrillos rojizos y rostros sonrientes, cuya única preocupación sería la de estudiar lo suficiente como para tener unos padres contentos que, de tarde en tarde, les compensen con regalos y mimos. La pobreza, los conflictos armados, el SIDA, en definitiva la lucha por la vida de unos niños que aprenden a hacerse mayores antes de tiempo, como también el hecho de aquellos progenitores de ambos sexos que no están capacitados para traer niños al mundo y que tampoco cumplen la legislación vigente. El artículo 27, apartado segundo de la Declaración Universal de los Derechos del Niño (Naciones Unidas) lo deja bien claro: "A los padres u otras personas encargadas del niño les incumbe la responsabilidad primordial de proporcionar, dentro de las posibilidades económicas, las condiciones de vida para su desarollo".

 El retrato de unos niños cuyas vidas no son amparadas por instituciones públicas, niños que se sitúan al margen de la sociedad y que forman parte de las estadísticas del hambre y la violencia en el mundo. Niños que, sin el amparo de padres y adultos, deben coger las riendas de la vida con sus propios medios. Los niños abandonados a su suerte, niños soldados, delincuentes juveniles, la infancia desarraigada, desprotegida, sumida en el horror de las circunstancias y oprimidos por el yugo del abuso y explotación de los adultos, ha sido desde los inicios del cine, tema en un sinfín de películas con desigual resultado. Ya sea en forma de comedia, melodrama y, sobre todo, tragedia. Este tema fue la base de una de las mejores películas de Charles Chaplin, El chico, en su estilo particular que sabía aúnar dosis de comedia y drama, para contarnos como el vagabundo Charlot se convertía en el protector de un bebé encontrado en la calle. La idea del niño abandonado también aparecía en El padrino II, en la figura del gran mariscal de los Corleone que conoció de pequeño la violencia de las familias mafiosas y buscarse la vida cómo podía, cuando le enviaron a América.

 - ¿Cómo te llamas? ¿Tou nomen?

- Vito Andolini. 

- Corleone, Vito Corleone.

                              

 La mayor parte de los retratos de adolescentes, abandonados al flujo abigarrado de las calles, ha surgido en el cine americano y transcurre, sobre todo en los distintos barrios de Nueva York. De sus huellas indelebles quedaron unos personajes que de mayores destacarían por su profesionalidad mafiosa y criminal.

 - Este es nuestro barrio, Hellskitchen. Las calles del Westside de Manhhattan era nuestro patio privado. Aquí es donde nos sentíamos como reyes absolutos. En Hellskitchen convivían una mezcla incómoda de trabajadores irlandeses, italianos, puertoriqueños y americanos, hombres de clase media-baja.

 De los chicos de Sleepers (Barry Levison) a los de otros neoyorquinos carismáticos, como Martin Scorsese. Este cineasta basó buena parte de su filmografía en la vida en el barrio, en ambientes turbios. Así, lo reflejó en Malas calles, el relato de unos jovenzuelos atrapados en los mecanismos de la violencia y los complejos sentimientos de la culpabilidad, mientras que en Uno de los nuestros, los recuerdos de un niño dispuesto a adoptar los modelos que observaba a su alrededor.

 - Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. Ellos eran distintos a todos, me refiero a que hacían lo que les daba la gana.

 Necesariamente cercano a Scorsese se encuentra el actor Robert De Niro, quien debutó en la dirección con la estupenda Una historia del Bronx, en la que contaba los recuerdos de otro niño inclinado más por las actitudes arrogantes de los gansters de su barrio que por la honradez de su propio padre.

 - Este es mi padre, Lorenzo, conducía el autobús que pasaba por la calle 187. Me gustaba subir y hacer con él la ruta.

 Sobre los mismos temas y en geografías similares, pero desde su particular y combatiente perspectiva, Spike Lee se ha explayado instantemente en el retrato de los niños de la calle, a merced de sus instintos y de los intereses siempre ambiguos del Bien y del Mal. El sentido racial, la marginalidad y las drogas, suelen estar presente en su filmografía, con un título intersante en este sentido, Camellos.

                         

 Uno de los pioneros en esta cruda intromisión a los infiernos de la marginalidad fue Luis Buñuel en Los olvidados, un retrato cruento, descarnado y sin concesiones de la infancial marginal de México, que podía sublimarse de un modo universal. Mientras que en España, fue Carlos Saura el primero en sumarse a este sugerente apartado con Los golfos, en donde sus personajes mediatizados por la moda de la época, parecían más variopinto de lo que realmente eran.

 - Hay que hacer aquello del garaje, que preparamos hace tiempo. Lo he vuelto a pensar, a lo americano: Y hay que tenerlo previsto, paso a paso. Os voy a contar mi plan.

 Más estilizada y próxima en el tiempo, se sitúa Barrio (Fernando León de Aranoa), en torno a tres chicos abandonados al azar, en su lógica particular, del ambiente de la calle.

 - Con un bazoca.

- Sí, con un bazoca, con un tanque.

- No hace falta, cogeremos la pistola de mi padre y le ponemos la pipa en la cara, mientras le damos un tiro al otro y nos llevamos el camión.

- ¿Y si no sale?

- Seguro que sale.

- Igual no, ¡tú que sabes! Igual se caen mal y le da igual que le peguen un tiro al otro.

- ¿Cómo se van a caer mal? A ti, lo que te pasa es que te da miedo.

                             

  Siete Vírgenes (Alberto Rodríguez) viene a constatar con contundencia que la marginalidad es también un hecho consumado en las ciudades de tamaño medio, pretendiendo erigirse como una imagen premonitoria de ese momento sin retorno, para muchos, cuando se deja de ser niño y se toma conciencia de que la vida va en serio. Otras producciones más recientes surgen de la influencia en la infancia de una sociedad maltrecha. Seguramente la película actual más interesante, sobre este desolador asunto sea Ciudad de Dios (Fernando Mierelles), ambientada en Brasil.

 - En aquella época, yo creía que los chicos del Tío Ternura era los más peligrosos de Río de Janeiro. Pero en realidad sólo eran un atajo de novatos.

 Pero el cine latinoamericano ha sido prolijo en retratar estos asuntos de chicos engullidos literalmente por la violencia, sobre todo en Colombia, en donde basta poco menos que abrir el periódico para encontrar materiales equiparables con los que Barber Schreder encontró en la novela de Fernando Vallejo, para poner en pie La virgen de los sicarios. Como La vendedora de rosas, del colombiano César Gabiria, consigue emocionarnos, en esta ocasión con una historia de unos niños de la calle en Medellín, los gamines, los meninos da rua, que deambulan por las calles y duermen a la interperie, con mucho atributo a Los olvidados de Buñuel, e incluso a Pasolini, si se quiere, como una excursión al fin de la noche en los últimos barrios de una ciudad en donde el único lenguaje posible es el de la navaja.

 - ¿Así que vos soys “La laguna azul”? ¿Por qué matastes a Alexi?

                                             

Crecer en un territorio adverso y conflictivo ha sido un espectáculo muy recurrente y enriquecedor de la historia del cine. En esta línea, algunas obras maestras de la literatura han sido fuentes de inspiración para historias que tienen en una infancia maltrecha el centro del argumento. Lo que hace que cobre una clara importancia el famoso relato de Charles Dickes, Oliver Twist, en la mejor de las versiones cinematográficas a cargo de Carol Reed.

  Otros clásicos del séptimo arte, cuyo paso del tiempo no han hecho más que realzar su discurso, nos presentan a niños desarraigados de esa primera etapa vital y fundamental de toda persona. En Alemania, año 0, de Roberto Rossellini hacía hincapié en el Berlín de posguerra, desde el punto de vista de un chico que se reencontraba con su antiguo maestro de escuela.

 - Ya te lo he dicho, déjate de sentimentalismos, la vida es como es. Hay que afrontarla con valentía. ¿Tienes miedo que se muera tu padre? ¡Aprende de la naturaleza!

                               

 Eran los golpes que se recibían en la infancia: lo mismo daba que viniesen de una situación de guerra, que te obligase a afrontar la vida con valentía, o del propio seno familiar. Sentímos empatía con el protagonista de Los cuatrocientos  golpes (F. Truffaut) cuando se le malinterpretaba cada vez que llamaba la atención.

 - Tus padres dicen que mientes más que hablas.

- ¡Qué miento! ¡Qué miento! No es para tanto. Si le dijera algunas cosas que son verdad, no me creerían y prefiero mentir.

 En ocasiones, el séptimo arte se ha detenido en el caso de niños abandonados, lejos del calor del hogar y sus padres. Charles Laugthon nos presentaba en La noche del cazador a dos críos acechados por un ogro con la piel de cordero y los dedos tatuados con las palabras "amor" y "odio". Otras veces es el  niño de ocho años más listo del cine quien se defiende cuando unos desvalijadores amenazan su territorio. Sólo en casa, de Chris Columbus, nos demostraba que dejarse olvidado al niño en casa, cuando se van de vacaciones, puede ser el mejor sustituto de las compañías de seguridad. Uno de los abandonos más deslumbrantes del séptimo arte lo protagonizaba un niño robot que, en pleno bosque, ve que no sólo no es querido como el quisiera sino que, para colmo, se le deja tirado como un perro. La mejor escena de Inteligencia Artificial (Steven Spielberg).

                               

  Sin embargo, no todas las miradas inocentes de los más pequeños aparecen regidas por los insoportables y sabelotodos macaulyculkins. En el país del videojuego, en donde la cultura del trabajo y la competividad hacen estragos en las relaciones personales, una serie de cineastas recurren al tema de la infancia, porque en el Japón consumista, deshumanizado e hiperindustralizado del siglo XXI también suceden estas cosas. La mirada de estos niños queda reflejada en los ojos del pequeño Yang-Yang en la inolvidable Yi Yi (Un uno y un dos), del taiwanés Edward Yang; de Kikujiro, el pequñín que pasaba el verano como podía junto a Takeshi Kitano, o de los escolares chinitos que retrataba Zhang Yimou en Ni uno menos. También los clásicos siguen esa imagen de la infancia: las travesuras de los chavales de Buenos días, de Yasujiro Ozu, que era un remake de otra película con niños titulada I was Born, But. El maestro Kurosawa también trató este tema con un jovencito minusválido psíquico en Dodescaden.