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Travelling. Blog de cine.

El psicópata, el protagonista del splatter ochentero.

El psicópata, el protagonista del splatter ochentero.

 Si los llamáis por su nombre, levantarán la mano, pero si os encontráis con ellos sería mejor salir corriendo y gritar. Porque ya no habrá esperanza para vosotros. Son unas criaturas para la eternidad, sin las cuales el cine de terror llamado splatter, sería papel mojado. Diferentes personajes que componen el rostro del psicokiller, brutal, sanguinario y adorado psicópata de los 80, locos matarifes que viven una nueva edad de oro.

 Es verdad que el personaje del psicópata que persigue a sus víctimas de manera obsesiva hasta darles caza, no corresponde a ninguna época determinada, pero desde los años setenta surgió toda una familia de psicokillers que han llegado hasta hoy. Así, algunos que nacieron al calor de la Guerra de Vietnam, como el carnicero Leatherface (La matanza de Texas), Michael Myers (La noche de Halloween) o el aristócrata del clan (Hannibal Lecter), están viviendo una segunda juventud. En los ochenta, la popularidad de estos personajes hizo que se creara el Splatter Movies. Carne de culto, de secuelas e incluso de parodias, el splatter llegó a definirse como género: filmes con gran crueldad hacia las víctimas que se pusieron de manifiesto gracias a la no necesidad de justificar sus fechorías. En este sentido, las películas derivaban en una violencia, a veces gratuita, a veces como símbolo de una sociedad demencial, en donde se repetían una y otra vez los mismos códigos, las mismas historias y tópicos. Sobre todo porque se describen pesadillas crueles proporcionalmente inversas a la calidad de los guiones, con una carencia supina de originalidad. Como todo aquello que goza de una denominación de origen, tiene sus propias reglas.

 Un empleo cada vez más demoledor de la violencia, haciendo gala de un mayor instrumental, aunque es cierto que los clásicos contaban con sus propias herramientas, mitificadas dentro de esta vertiente cinematográfica.

 - La sierra es la familia.

 Ese era el lema del clan de Leatherface (Cara de cuero), el sanguinario personaje de La matanza de Texas (Tobe Hopper) que hizo de la sierra mecánica todo un símbolo de la violencia psicópata. Luego, habría también cuchillos de cocina, mazos, las garras de acero y la manipulación mental de Freddy Krueger; las técnicas sadomasoquistas de Pinheud (Hellraiser) y la automutilación inducida por Jigsaw, el extraño psicópata de la brutal saga de Saw

 Otra característica común es que suelen emplear máscaras para ocultarse o aparecen desfigurados. Michael Myers usa la mítica máscara blanca; Freddy Kruger viste un sombrero que cubre su desfigurado rostro; Leatherface tapa su cara usando la piel de sus víctimas. ¿Quién puede olvidarse de la famosa máscara de hockey de Jason o el bozal –la mar de cuco- que acompaña al pijama carcelario de Hannibal Lecter? Chucky es un adorable muñeco; Plutón (Las colinas tienen ojos) aparece con un aspecto horrible a causa de unas pruebas nucleares; y Pinhead, a medio camino entre el Infierno y el mundo real, lleva unas características agujas en la cara.

 - El sexo es un no, un gran no. Y no digas eso de querer ir por ahí sólo, porque aparecerás muerto.

 Ya lo decía uno de los secundarios de Scream, las víctimas potenciales suelen ser jovencitos en flor de piel, a punto de desfogarse sexualmente y con un propenso interés por quedarse solos e investigar por su cuenta. Eso sí, la persecución entre los protagonistas y el psicópata acaban por lo general en tablas, mientas se despliega a su alrededor una sanguinaria carnicería. Puritanismo, grandes temores colectivos y un viaje a la América Profunda: estas son las claves para entender este subgénero. Encontramos desde La matanza de Texas a lo que se llamó giallo (amarillo, en italiano, por referencia a las revistas de terror) de Mario Bava y Darío Argento; e incluso a los llamados video nasties (repugnantes) de Wes Craven. Ya es clásica la definición de John McCarthy (Splatter Movies: Breaking the last taboo) dado a este subgénero del terror. Lo consideraba brutal, primitivo, una carnicería atroz, pero también tremendamente humana. Mal que les pese a los moralistas, las Splatter Movies explota el complejo tema del placer asociado con el dolor que subyace en lo más profundo del subconsciente, como señaló Sigmund Freud.

 Si fue Viernes 13 el primero de esta gran saga de personajes, John Carpenter sería el padre de uno de los más celebrados en la gran pantalla. En La noche de Halloween, colocaba a una adolescente Jamie Lee Curtis en pos de una pesadilla casi abstracta, dirigida por un psicópata que salía casi de la nada. La actriz sobrevivió a la primera entrega y a algunas más, hasta convertirse en la reina del grito. Por primera vez se incorporaba la figura del villano implacable que resulta invencible.

 - Has fracasado, Michael, ¿y sabes por qué? Por que no te tengo miedo.

 Otra de las claves la aportaba esta saga, porque solía ser la noche de Halloween la idónea para este tipo de lindezas. La imaginación del séptimo arte no podía pasar por alto la sugerente idea de adaptar una serie de historias en la que los muertos salían de sus tumbas para encontrarse con los vivos. Pero del talento que surge frente al bajo presupuesto, se pasó al susto previsible para seguir haciendo caja en taquilla sobre todo de quienes disfrutan de los despiadados vapuleos que estos personajes acometen entre secuelas y remakes.

 - ¡Fredy ha vuelto! ¡Fredy ha vuelto!

- ¡Kruger!

- No puede ser otro.

 Otro personaje que no podíamos olvidar es el de Freddy Kruger. Su creador, Wes Craven, siempre tuvo a mano unas afiladas cuchillas para dotar los miedos adolescentes representados en ese especie hombre del saco que era su personaje estrella: la iniciación sexual, la relación con los padres, la vida real. Todo ello, enmarcado en una época de puritanismo propio de los años ochenta (gobierno de Ronald Reagan), en donde descubrir los desórdenes hormonales propios de la pubertad dentro de sus pesadillas en Elm Street.

 Bicho demente nunca muere. De hecho, las secuelas surgen como Gremlins en una piscina del inserso, para que la masacre continúe. Un festival de muertos conviviendo con los vivos, que derivó en un sinfín de lugares comunes, en donde seguiría esa mezcla desigual entre sadismo y hemoglobina.

 

La parada de los monstruos en la Universal.

La parada de los monstruos en la Universal.

 - Creo que les estremecerá, puede que les asuste, incluso podría horrorizarles.

 El Doctor Frankenstein. James Whaler.

 El hombre lobo, el jorobado de Notre-Dame, Drácula, el hombre invisible o Frankenstein son algunos de esos grandes personajes que el cine supo rescatar de la literatura para la mayor gloria de los amantes del género del horror. De hecho, todos ellos coincidieron en una major que siempre tuvo en su punto de mira, este tipo de historias.

 Algunos exploran temas tales como la moral científica, la creación y destrucción de vida y la audacia de la humanidad en su relación con Dios (Frankenstein); otros se acercan al enfrentamiento entre la luz y la oscuridad o el tema de la pérdida de la inocencia, (Drácula); el enfrentamiento contra su propio yo y la búsqueda de la identidad (el Hombre-lobo); o la representación de culturas exóticas y milenarias (la momia). Desde las visiones más gores a las más humanistas, pasando por el psicologismo y la comedia, el género los ha ido reinventado, una y otra vez, hasta hacer de ellos las columnas vertebrales del terror tradicional y algunos de  los elementos omnipresentes, con causa justificada o no, de todo un género.

 Con la llegada del sonido, el cine de terror cambió sus formas con respecto a la tradición del género dentro de las claves del cine mudo. Sería la Universal, la major que transformaría el terror en las salas, influidos  por el cine mudo alemán, y por Murnau, en especial. Desde entonces, estas criaturas se convirtieron en auténticos mitos del séptimo arte.

 Pero tanto protagonismo tenían los personajes como los decorados. Como relato fantástico gótico e incluso como parte de las llamadas murder stories (cuentos criminales), eran filmes reducidos a esquemas narrativos primarios, que solían aparecer junto a leyendas enraizadas en la imaginería popular. Sin embargo, la atmósfera y la ambientación solían reforzar la historia gótica: las noches de tormenta, las apariciones o las manifestaciones violentas de la naturaleza (el oleaje golpeando los peñascos) y los lugares inhóspitos (las entrañas de una cripta o los caminos estrechos al borde de un abismo). Un decorado gótico al servicio de paisajes nebulosos, llamas oscilantes en las chimeneas, árboles secos con ramas retorcidas, subterráneos y todos aquellos escenarios que invitan a las manifestaciones del terror. Los castillos erigidos a orillas del mar o al borde de un abismo cobran protagonismo, apareciendo casi como un mausoleo: las estancias son bellísimas y sofocantes,  con un mobiliario como reducto del pasado y unos espesos cortinajes movidos por el viento.

Sin embargo, son los personajes los que quisiéramos destacar. Drácula y la hipnótica interpretación de Bela Lugosi, cambiaron el panorama del género, siendo Tod Browning uno de los primeros artífices. Este es el personaje más célebre de todos ellos, explotado en pantalla hasta la extenuación y el que representa como ningún otro el sentido romántico del amor y el tema de la inmortalidad.

- Yo soy Drácula.

- Mucho gusto conocerle.

 El hombre lobo  de George Stevens, interpretado por Long Chany Jr amplió la galería de monstruos de la Universal, sumándose a Bela Lugosi y Boris Karloff. Pronto se convertiría en uno de los más populares de todos los tiempos, junto a Drácula, existiendo –de hecho- una íntima relación entre el lobo y el vampiro. Muy conocida es la frase común en las distintas versiones del Drácula, de Bram Stroke, desde Tod Browning hasta Francis Ford Coppola, o lo que es lo mismo desde Bela Lugsi hasta Gary Oldman: “Es la música de la noche”, ante los aullidos de unos lobos.

 - ¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Está vivo!

 Pero pronto se sumaron otros, esa criaturita que surgió de la imaginación de Mary Shelley, conocido como Frankenstein. Quién no recuerda ese perfil tan característico, interpretado por Boris Karloff, o la Momia, otro de los clásicos que alcanzaría fama universal y que nos llegó de la mano de uno de los colaboradores de Murnau, Karl Freund. Años más tarde, la major convertiría al personaje en un monstruo cubierto de vendas, en películas como The Dummy Gosth (Reginalg Le Borg). 

 - Muerte, castigo eterno, plaga,  a cualquiera que abra este cofre.

 En los años cincuenta, la amenaza de una guerra nuclear sustituyó en el género clásico del terror las anteriores criaturas de la noche por alienígenas y seres más o menos zoomórficos, aunque continuasen vivos gracias a la productora británica Hammer. Fueron carne de cañón de parodias, algunas muy interesantes como Abott y Costello contra los fantasmas, surgiendo aproximaciones acertadas con un sentido global al atraer en un mismo largometraje a diferentes criaturas (La zíngara y los monstruos), dando cabida desde Drácula a Frankenstein o el Hombre-lobo. Es decir, se llegó al esplendor de los crossover o cócteles de monstruos como paso previo a la degeneración del género.

 Pero sería la Hammer, quién tomó el testigo de la Universal, en este sentido. Regresaron a sus dominios estos y otros personajes, con un estilo propio y en tecnicolor. Aparecieron otras estrellas como El jorobado o el hombre invisible, como fiel adaptación del original de H. G. Wells y que puso a prueba los efectos especiales de la época. E incluso, apareció la llamada criatura de la laguna negra, en películas como la clásica La mujer y el monstruo (Jack Arnold).

 Más de tres décadas, los monstruos de la Universal se recuperaron en el llamado fantaterror español, con dos nombres propios: Jesús Franco y Paul Nashy, que revelarían su afición por estos personajes. Frakenstein, el Hombre-Lobo, Drácula y otros tantos, dejarían una indeleble huella en la memoria de todo cinéfilo, amante del terror más clásico.

                       

                        

 

El despertar de la sexualidad: la juventud dentro del mito vampírico.

El despertar de la sexualidad: la juventud dentro del mito vampírico.

- Ahora por fin entiendo todo esto, cómo ha sido posible. Ahora sé cómo defendernos de sí mismo. Nuestra adicción es el mal, nuestra atracción a este mal subyace en la debilidad.

 En los años setenta, títulos tan extravagantes como Drácula (Andy Warhol), Martin, de George A. Romero o Adicción de Abel Ferrara, sirvieron para redefinir la mitología vampírica en el cine. La película de Ferrara no se refería precisamente a las drogas, sino al ser humano como vampiros adictos al caos, incapaces de controlar el placer por el dolor ajeno. Olviden, por tanto, la estética propia de la Hammer o la Universal, el personaje de Drácula y sus múltiples representaciones a cargo de Bela Lugosi.

 En el campo del puro entretenimiento, Katheryn Bigelow hizo un importante cambio estático en Los viajeros de la noche, vampiros mugrientos, con chupas de cuero, que recorren Estados Unidos por carreteras sin terminar. Un filme que dejaría momentos míticos como el espectacular final o la inusual relación entre una vampiresa y un vampirizado.

 - ¿Echas de  menos la luz del día?

- ¿El día? No, veo mejor de noche.


 Otro trabajo en este sentido fue Jóvenes ocultos, de Joel Schumaher, película que explotaba el mito desde el punto de vista adolescente.

 - Eres una criatura de la noche, cómo sui hubieras salido de un cómic. ¡Mi propio hermano es un vampiro! Ya verás cuando se enteren papá y mamá.

 El cineasta alemán descubre a los vampiros como una transposición perfecta de los delirios de grandeza y las fluctuaciones típicas de la pubertad: La concepción de no pertenecer al mundo de los adultos, la iniciación sexual y la exploración de las propias cosas. Son concesiones de la imaginería juvenil, construidas sobre estereotipos como el gusto por el rock and roll, el humor desenfadado o el nihilismo propio de la juventud: “vive rápido, muere joven y serás un bonito cadáver”. Una reinvención juvenil de la que tomó buena nota Josh Weldom, el creador de la serie Buffy, la cazavampiros e incluso, Stephanie Meyers, la directora de Crepúsculo.

 - He estado soñando con algunas cosas, arañas, proyectiles y criptonitas.

- Todo lo relacionado con superhéroes, pero y si no fuera el héroe sino fuera el chico malo.

 Si la primera, hablaba de la moral, redención, autoridad femenina y del sentido de la vida; en la saga creada por la escritora Catherine Hardwicke, el vampiro adolescente ha completado su transformación, para convertirse en chavales a los que admirar e incluso enamorarse.

 - ¿Lo has visto?

- Sí, es la criatura.

 Una de las rarezas del cine sobre vampirismo, fuera del cine comercial americano, la encontramos en Suecia. Quizás, la película menos convencional y conocida del maestro Dreyer, Vampyr, recoge el mito del vampiro desde una de las fuentes literarias más clásicas, los relatos de Sheridan Le Fanu, - que por cierto, también influyeron en el Drácula de Bram Stoker-. Decididamente realista y con amplias resonancias oníricas y expresionistas, a caballo entre los mundos paralelos entre lo físico y lo intangible, pretendía alcanzar una dimensión poética.



 Pero volvemos a la Meca del séptimo arte, para seguir profundizando en esta gran tendencia que el cine ha dedicado al género de este personaje: el vampiro como un adolescente o como un ser infantil. Una de las más contundentes de estas versiones la encontramos en Neill Jordan quien reflejó el despertar de la sexualidad en Entrevista con el vampiro. La que nos atrae la atención es Claudia (Kirsten Dunst), compañera de correrías de los vampiros Lui (Brad Pitt) y Lestat (Tom Cruise). Representa la figura de Peter Pan, otra eterna niña que vive siempre sin las obligaciones de la vida adulta.

 El cine y la literatura no han vacilado en mostrar la relación entre las connotaciones sexuales entre el mundo del vampirismo y la infancia. Si es verdad que el niño suele aparecer como un ser asexuado, no es menos cierto que el vampiro es uno de los personajes que mejor han representado el erotismo, la fogosidad sexual, y por tanto el despertar sexual. 

Bienvenidos a Zombiland.

Bienvenidos a Zombiland.

Como existe un cine de terror movido por el miedo a las consecuencias de la Ciencia (Frankenstein) o por la subyugación sexual y el tema de la inmortalidad (Drácula), también la industrialización, el consumismo y la sociedad de masas han generado sus propios temores: el mundo cinematográfico del zombie.

 Es verdad que sus comienzos aparecieron como parte de la temática del vudú y con el despegue de la lívido sexual de la Universal, en los años treinta. La obra seminal del género correspondía a Victor Halperin, con La legión de los hombres sin alma (White zombie); cinta que surgía –no, por casualidad- en los años de la Gran Depresión. Todo un precedente de ese clásico que fue Yo anduve con un zombie (Jacques Tournert). Pronto, sin embargo, tuvieron un replanteamiento político o social, como reflejo del miedo atómico o como parte de una sociedad desquiciada, fruto de las consecuencias surgidas de la guerra.

Existe un ancestral miedo a la muerte, escribía Stephen King en su novela Salem´s Lot: “la muerte empieza cuando te alcanzan los monstruos”. El cine lo ha reflejado en una multitud de ocasiones, representándolo en la figura de psycokillers, agrupados en desnaturalizadas familias o en zombies caníbales que, momentos antes, eran familiares o amigos. Es la cotidianidad que se rompe de una manera brutal, atávica y primitiva, al observar que el hombre puede llegar a ser el peor enemigo de sí mismo.

Era la descripción introspectiva dentro de su salvajismo, con la cual George A. Romero creó todo un subgénero a base de revisitar una y otra vez la temática zombie en estado puro. En sus películas, observamos una jauría humana dispuesta a devorarse a dentelladas, mientras contempla la descomposición de los valores de un país. Desde el consumismo más abyecto propio del capitalismo a su ideología propiamente de izquierdas, Romero definió el zombie moderno en diversos filmes (La noche de los muertos vivientes, Zombie, La tierra de los muertos vivientes, etc). Conforme a las ideas del director, presentaba una serie de parábolas sobre la situación política y social de los Estados Unidos, mientras que establecía las señas de identidad del género.

 - Ya saben que estamos aquí.

 La noche de los muertos vivientes fue uno de esos films que marcaron toda una época, rodada en un sobrio banco y negro, y con una acertada puesta de escena con la que supo retratar un pequeño microcosmos humano recluido en una tétrica mansión. Sin embargo, se caracterizó por su enfoque de la seriedad, sobre todo por no tomarse el género demasiado en serio (si en El día de los muertos, mostraba la socialización de un zombie a través de la música, en The survival of dead los hacía montar a caballo).

 Influidos por el cine de Romero, se dieron aportaciones patrias bastante interesantes, como No profanar el sueño de los muertos (Jorge Grau), El espanto de la tumba (Carlos Aured) o La noche del terror (Armando Osorio), hasta llegar Rec (Paco Plaza y Jaume Balagueró) y mezclar el género con la telerrealidad.

 En clave de serie B, el género llega a dotar unos códigos a base de citar otras películas o tramas argumentales. La base primaria de estas historias se acoge al llamado survival movie, en las cuales los personajes prueban diferentes formas de salir del acoso de los zombies. Esto se integra tanto en la narración que la acción se convierte en lo esencial, ocupando la totalidad del tiempo y el espacio del relato. De hecho, la información sobre la historia y sus detalles argumentales suelen ser muy básicos. Los personajes son meras proyecciones del propio espectador, quien focaliza sus emociones no en ellos, sino en la situación tan terrible, sumergiéndose en un territorio hostil plagado de enemigos deshumanizados.

                                

 El género del cine de zombies llegó a degenerar como fórmula, con el gore, el humor y otras rarezas, así como algún que otro remake más que interesante. El amanecer de los muertos (Zack Snyder), revisión del clásico Zombie de George A. Romero, sublimaba la crítica social con uno de las más espectaculares trabajos en este sentido. Como pesadilla, hecha realidad, presentaba un cruento retrato de la transformación de una plácida vida familiar y cotidiana. Bastaría recordar esa escena inicial en la que Ana (Sarah Polley) huía de su marido e hija, convertidos en violentos muertos vivientes.

 Pero pronto se dieron cuenta de que todo esto de tripas, sangre y zombies eran un terreno ideal para el humor. Raimi, Jackson, Wright y otros muchos vieron el cine zombie en su versión más estricta, aunque sin tomárselo muy en serio. Terroríficamente muertos, Braindead, Zombie party eran de lo mejorcito en esta línea; luego llegaría el gore: Stuart Gordon, Brian Yuzna (Reanimator). Hasta alcanzar el cine de acción, más convencional: zombies histéricos y sociópatas de gatillo fácil.

 Observamos cómo, cuando este subgénero parece haber alcanzado una determinada consistencia, se contenta con abrazar las convenciones del cine comercial y el de acción hollywoodiense más prototípicos. Muchas películas se limitan a orquestar las peripecias de un grupo de supervivientes, junto a los temibles tics de los films para adolescentes. El subgénero se ha aprovechado de los propios recursos del cine de acción para explotar estas escenas en donde el ataque o la supervivencia se convierten en un parámetro en este mundo maniqueo de buenos y malos. En donde estas criaturas representan lo mortífero, lo extraño al que se debe aniquilar si se quiere sobrevivir. La taquillera pero mediocre adaptación del popular videojuego Resident Evil, es uno de los referentes en esta línea. Franquicia protagonizada por una heroína con sobradas dosis de adrenalina, enfrentada a devastadores zombies y a una gran multinacional, Umbrella Corporación.

- ¿Qué es La Colmena?

- Rancoon city, el centro urbano más próximo; la mansión, en donde os hemos encontrado, desde la cual hemos tenido acceso al tren, que nos ha traído hasta La Colmena. La Colmena, en sí, está situado bajo tierra, a bastante profundidad bajo las calles de Rancoon city. La Colmena es un complejo secreto de investigación, que dirige Umbrella Corp. y aloja a más de quinientos científicos, que viven y trabajan bajo tierra. Sus investigaciones son de vital importancia, su naturaleza es confidencial.

 Seguramente muchos quedaran defraudados al ver cómo, desde Matrix, el mundo seguía intacto. De hecho, las visiones apocalípticas se han sucedido desde entonces, con algunas versiones dentro de este subgénero. Como parte de la guerra bacteriológica, los zombies aparecen como fruto de todo tipo de experimentos y de reacciones víricas. Así surgía tanto en la saga de Resident Evil (con el T-virus), como en la superior  28 días después, en la que Danny Boyle ambientaba un cataclismo zombie en Gran Bretaña.

- Y no lo veías por la tele, sino en las calles de la ciudad, lo veíamos por la ventana. Era un virus, un virus contagioso. No hacía falta que nos lo dijeran ningún médico, se trasmitía a través de la sangre. Se intentó evacuar la ciudad, pero ya era demasiado tarde, la infección ya se había extendido.

 Al final se pretende extraer una extraña atmósfera de unas ciudades pobladas de muertos vivientes, tal vez como una certera metáfora de nuestro tiempo. El gusto por los zombies no parece terminar, como demuestra el éxito de la televisiva The walking dead (Frank Darabont). Todos deseamos una larga y sangrienta no-vida.

La forja de los héroes: humanidad y justicia en el séptimo arte.

La forja de los héroes: humanidad y justicia en el séptimo arte.

- Dichosa edad y siglo, dichoso aquel, en que llegasen esas hazañas mías, dignas de tallarse en bronce, esculpirse en mármol y de pintarse en tabla.

 Estas palabras en off, con las que comenzaba la versión del Quijote de Orson Welles, nos lleva a ese personaje universal del caballero andante, surgido de la imaginación de un español de Alcalá de Henares. Un personaje de la literatura que representó como nadie esa lucha constante contra “los molinos de viento” que eran las injusticias.

 Caracterizados por luchar por quienes sufren, por aliviar su dolor, encontramos un genuino ejemplo en el bosque de Sherwood, en pleno siglo XIV. Es la eterna lucha entre el bien y el mal, el villano y el héroe, con el personaje de Robin Hood y su enemigo, el Sheriff de Nottingham. Todos le conocemos por su seña de identidad: “Robaba a los ricos para dárselo a los pobres”; la frase la habremos oído en más de una ocasión, en este justiciero universal con tantos rostros en la pantalla como nuestro Don Quijote. Aunque si tuviera que quedarme con uno, este sería Errolt Flint.

 - Sois un hombre extraño.

- ¿Extraño? Porqué siento compasión por esa pobre gente?

- Sois extraño por que queréis remediarlo. Os enfrentáis con el mismísimo Príncipe Juan, aún a riesgo de vuestras vidas. Y uno de esos hombres era normando.

- ¿Normando? ¿Qué importa? Odio la injusticia, no a los normandos.

                        

 Pero el cine no sólo ha mostrado a individuos, a los llamados héroes, sino también a pueblos enteros que luchan por prevalecer la justicia.  Si no, que se lo digan a los habitantes de Fuenteovejuna, los vasallos de la localidad cordobesa que se enfrentaron al comendador Fernán Gómez, según lo recogía Lope de Vega en la obra teatral y alguna que otra adaptación al cine, como la de Fernando Morán, en los años cuarenta. Parecerá cosa de la literatura o de tiempos ya remotos, pero el siglo XX, también ha conocido este tipo de personajes. La modernidad ha traído a un justiciero vestido en látex y con habilidades propias de superhombres, próxima a la figura del vigilante, aquel que solía enfrentarse con violencia a los delitos comunes, que a veces no se resuelven por los medios tradicionales. Sin embargo, quisiera destacar aquellos hombres, más o menos anónimos, que se preocuparon de salvar vidas humanas dentro de grandes conflictos. Los que surgieron en el seno de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío, dieron lugar a todo género cinematográfico, y de destacar, sería el Oskar Schindler de La lista de Schindler (Steven Spielberg). Pero me gustaría recordar a otro que tendría como escenario una embajada española. Nos encontramos en Budapest, en donde el italiano Giorgio Perlasca se convirtió en cónsul español para salvar a miles de judíos de manos de los nazis.

 - De aquí no pasará nadie, porque esta es la embajada española y yo les prohíbo la entrada en ella.

- ¿Quién demonios eres tú?

- Yo soy Jorge Perlasca y yo soy cónsul español, ¿no habéis visto la bandera española en la entrada?

 

   

 Junto a la justicia, la libertad es el otro gran valor que aparecerá en todos estos personajes y que permite relacionar a algunos tan curiosos como dispares: El esclavo Espartaco, un judío de nombre Ben-Hur y el escocés William Wallace.

 - Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, no estaréis dispuestos a cambiar todos los días de vuestra vida, desde hoy hasta entonces, por una oportunidad. Sólo una oportunidad, de volver aquí y matar a nuestros enemigos. Pueden que nos quiten la vida, pero no nos quitarán la libertad.

 Esta es una de las arengas más famosas de la historia del cine. Mel Gibson interpretaba a otro de los heroicos defensores de la justicia y libertad, una que tenía un trasfondo histórico. William Wallace representaba el sentimiento independentista escocés del siglo XIII, que no contaba ni con gafas de sol ni con pulseras, como sucedía en esa mítica escena de El guateque (Blake Edwards), que retrasó mucho el rodaje. El mismo año de Braveheart, llegaba otra cinta con un parecido argumental, Rob Roy, a pesar de que la historia estaba ambientada unos cuantos siglos más tarde.

 - Mi padre pasó largos años en esa prisión por causa de hombres como vos, pero yo no iré allí.

- ¡Llamad a la guardia!

- No llaméis a nadie o le corto el cuello.

- Condenado McGregor, os mandaré al infierno.

- Vamos, señoría, dejad trabajo al Diablo.

   

      

 La palabra freedom es una de las más citadas en la gran pantalla y siempre sabe despertar una emoción; como bien se aprecia en la película Amistad, de Steven Spielberg, como uno de esos derechos inalienables del hombre:

 - Y lo afirmo que es una idea polémica, pero propia de todo hombre, la libertad.

 Estos sentimientos de empatía con el héroe pueden estar provocados por la valentía, aunque todo parezca perdido. Ningunos otros lo supieron mejor como aquel grupo de esclavos derrotados por los romanos en el filme de Stanley Kubrick: Espartaco. La veracidad histórica se fue un poco al traste, pero ¿importa algo?

- ¿Reconocéis el cadáver o al hombre, en el caso de que aún viese, del esclavo que responde con el nombre de Espartaco?

- Yo soy…

- Yo soy Espartaco.

- ¡Yo soy Espartaco!

                                                      

El Che, símbolo de una cinematografía revolucionaria.

El Che, símbolo de una cinematografía revolucionaria.

Ernersto Guevara, El Che, es una estación inexcusable en ese tipo de cinematografía revolucionaria. El séptimo arte, -entendido como archivo de mitos, arquetipos y héroes, o como ustedes prefieran- perdería buena parte de su magia sin este guerrillero que sumamos a la lista de revolucionarios de la pantalla que han querido cambiar su entorno con distintas armas, la palabra, el amor, la actitud. Sin embargo, ha aparecido en numerosas películas, aunque sea difícil de sustraerse a la tentación haiográfica o denigratoria.

 - Ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina que han decidido escribir ellos mismos para siempre su historia.

 Pero con el rostro de algunos actores más o menos conocidos, se ha querido sobresalir lo heróico de sus actos más que sus valores ideológicos.

 - La guerra de guerrillas es la guerra del pueblo, la lucha de las masas, tratas de llevar este tipo de guerras, sin el apoyo de la población, es correr hacia el desastre inevitable.

 Casi de manera inmediata a la muerte del Che, llegaba una producción norteamericana, muy maniquea, dirigida por Richard Fleisher y protagonizada por Omar Shariff. El propósito del filme no era otro que mostrar a la Revolución cubana como fruto de una serie de carambolas y casualidades del azar. En realidad, correspondía –perfectamente- con ese intento de descrédito de los Estados Unidos hacia el guerrillero revolucionario. De este modo, entre los años setenta y ochenta surgió toda una serie de referencias en el cine de Hollywood hacia él como a su mensaje, como sucedía en El Padrino II. Los intereses de la mafia en la isla caribeña encontraron como uno de los escollos, esta revolución que terminaría triunfando.

 A mediados de los noventa, surgieron otras reconstrucciones tanto de su etapa cubana como de su visionaria andadura sudamericana, a medio camino entre el entusiasmo confeso y las limitaciones narrativas, junto a desproporcionadas apuestas dramáticas y sus escasos logros cinematográficos. Incluso llegó a convertirse en una caricatura del famoso grupo humorístico británico, The Monty Phyton, y hasta Hitchock lo empleó como referencia obligada en su tergiversada visión de la revolución cubana en Topaz, uno de los títulos más mediocres de su filmografía.

 - Buenos Aires quedó atrás, quedó atrás también la bella vida.

 Habrá que esperar una visión más beneplácita del Che, en Diarios de una motocicleta, en la que aparece un retrato vehemente del personaje a cargo de Walter Alles. En esta, se reconstruía el viaje iniciático de Ernesto Guevara por América Latina, en donde el Che iba dándose cuenta de la realidad social, en compañía de su amigo Alberto Granados.

 - Constituiría una sola raza mestiza desde Mexico hasta el Estrecho de Magallanes, así que librándoles de cualquier carga de provincialismo, brindo por Perú y una América unida.

La última película sobre este personaje, es el díptico que realizó sobre su vida el cineasta norteamericano Steven Sorderberg con el actor Benicio del Toro como alter ego del Che. Los dos títulos que forman un bloque, Che, el argentino, y Che, el guerrillero, vienen a prolongar esta visión, imprimiendo a los hechos y actitudes una solvencia a cargo de sus responsables y el resto del equipo.

 - Nosotros no estamos aquí en el monte sólo para pegar tiros. Un pueblo que no sabe leer ni escribir, es un pueblo fácil de esclavizar.

 Sorderberg afronta el embite, fascinado por el personaje pero sin ocultar el lado más oscuro del Che, de este modo sabe diferenciar las escenas de la selva, -rodadas con planos generales- y las que tienen como escenario las Naciones Unidas, en donde apareció el Che, como rostro de la revolución. Su discurso fue provocador con frases lapidarias como esta: “Nuestros ojos libres hoy son capaces de ver lo que ayer nuestra condición de esclavos coloniales nos impedía observar: que la civilización occidental esconde bajo su fachada un cuadro de hienas y chacales”.

 - Quítate ese complejo de extranjero, tú te entrenaste con nosotros, tú estuviste con nosotros, has sido herido combatiendo con nosotros. Eres tan cubano y revolucionario como cualquiera que está aquí.

Jesucristo Superstar: El icono de la cristiandad en el cine.

Jesucristo Superstar: El icono de la cristiandad en el cine.

En el seno de la cristiandad, recordamos la imagen de Cristo, importante figura histórica y religiosa que nos ayuda a comprender muchos aspectos de nuestra civilización influida por el judeocristianismo. De ahí que vayamos a dedicar un repaso de las múltiples reencarnaciones de la imagen de Jesucristo en el séptimo arte.

La figura de Jesucristo da desde el punto de vista cultural, ya sea lacia o religiosa, una nueva ocasión para recordar a la figura histórica más importante de todo el mundo. Y que el cristianismo no prohíba la transmisión en imágenes de sus figuras relevantes y de sus objetos de culto, ha permitido que el cine se convirtiese en un excelente medio para difundir la palabra de Dios y para recrear en innumerables ocasiones –parafraseando uno de los títulos más emblemáticos- la historia más grande jamás contada.

 - ¿Cómo te llamas?

- Jesús.

- ¿Dónde naciste?

- En Belén.

- ¿No eres tú el que debiera bautizarme a mí?

En realidad, ya sea como figura cinematográfica como literaria, ha sido un Mesías que se ha visto cubierto de oro. No faltan argumentos para demostrar el indudable tirón comercial de todo lo relacionado con el personaje de Jesús de Nazaret. En primer lugar, nadie negará el éxito de El código Da Vinci, toda una ficción literaria que partía de una especulación sobre la descendencia de Jesús. En segundo lugar, también es reconocible el empuje mediático que ha tenido el supuesto descubrimiento de la tumba que podría pertenecer a la familia del Nazareno. O eso nos lo contaba, nada menos que James Cameron, ¿os acordáis? Y por ultimo, todavía debemos acordarnos del éxito de la torturada pero interesante visión cinematográfico que presentó Mel Gibson de la pasión y muerte de Jesús.

                     

La vida de Jesucristo, además de cinematográfica y sobrecogedora, contiene todos los ingredientes para recrear con espectacularidad y cinismo una de las historias más emocionantes y de mayor valor metafórico que se puedan imaginar. Historia y vida que instauró un pensamiento revolucionario que se extendió, y no sólo en sus aspectos formales, hasta nuestros días. Las primeras noticias de una adaptación al celuloide datan de los orígenes mismos del séptimo arte, con Ferdinand Zeca, director del cine mudo francés, posterior a Melié y demás padres de la cinematografía, que dedicaría uno de sus trabajos a la vida y muerte de Jesucristo, en una cinta de cerca de cuarenta minutos y por tanto, superior a muchas de las producciones que se hacía en ese momento. Pero destacaría la película del mayor especialista de las grandes historias y realizaciones, Cecil B. DeMille, e incluso la más espectacular de todo los tiempos, Intolerancia, de Griffith, recreaba la vida de Jesucristo, entre otros episodios históricos, para reflexionar sobre el amor a lo largo de las edades del hombre.

 - ¡Quítamela, quítamela, quítamela!

 - Tú le crucificaste, tú, mi amo y señor, pero con ello me has libertado. Y ya no más volveré a servirte.

 Al amparo del Cinemascope y el Tecnicolor, -como espectaculares reclamos para combatir la competencia de la televisión-, surgió un cine histórico o seudo-histórico en los años cincuenta, entre los que destacaba el cine de romanos, más conocido como pemplums, que sería uno de los géneros estrellas de la época. En algunos de sus títulos míticos aparecía la figura de Jesucristo. La Pasión era vista por personajes históricos o ficticios que lo contemplaban de una manera tangencial, algunas veces para adornar la historia de la película, pero también se dieron muchos filmes que lo centraban en el argumento.

Una de las primeras cintas que presentaron la historia sagrada de Jesucristo – y en concreto su muerte- era La túnica sagrada (Henry Kutter), que con la excusa de presentar la mortaja con la que se cubrió el cuerpo yacente de Cristo, nos cuenta su crucifixión y los años posteriores en Judea, aunque apariciones de este tema eran frecuentes en la filmografía de la época.

El director William Wyller puso frente a los ojos del personaje de Ben-Hur (interpretado por Charlon Heston), en Ben-Hur, la muerte de Jesucristo.

 - ¿Qué ha hecho para merecer esto?

  - Echarse sobre sí la carga de todos nuestros pecados. Para este fin decía que había nacido.

En este sentido, una de las propuestas más interesantes –pero no conseguida- lo constituyó la recreación de la historia de Barrabás, protagonizada por Anthony Quinn, quien al librarse del castigo máximo, gracias a Jesús, su vida mantiene un cariz similar, sufriendo la persecución y la muerte en la cruz, de la forma en que morían los condenados. Así, nos la presenta Stanley Kubrick para la muerte de Espartaco, el famoso líder de los esclavos que pretendió liberarlos, aunque para ello tuviese que enfrentarse al poder de Roma.

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 Dos grandes superproducciones centran la vida de Jesucristo, una Rey de Reyes, rodada en España y producida por uno de los mecenas más importantes del séptimo arte, Samuel Bronston, y dirigida por Nicolas Ray, cineasta que da una mayor expresión épica de la historia del Mesías, presentando a Barrabás como un cabecilla de la resistencia frente a la ocupación romana de Judea. De ahí que presentase de manera contrapuesta dos forma de luchar contra el poder establecido.

- ¡Habéis convertido en una cueva de ladrones la casa de mi Padre! ¡Fuera! Habéis profanado este lugar santo.

La otra película, La historia más grande jamás contada (George Stevens), tenía la vocación de convertirse en la película definitiva sobre la vida de Jesucristo. Para ello, sus credenciales se basaban en un reparto asombroso, encabezado por una estrella de la altura de Max Von Sydow, en el papel de Jesús, y la puesta de escena propia de las superproducciones.

- Tú, como hijo de Israel, sabes que hemos sido elegido por Dios, entre toda la Humanidad, para ser la Nación Sagrada y por eso nos dio la ley, la Toràh.

Siguiendo la misma tónica de las anteriores superproducciones, Franco Zeffirelli dirigió otro de los filmes más conocidos y taquilleros sobre su vida, Jesús de Nazaret (interpretado por el desconocido Robert Powell). Pero con una propuesta más sencilla tanto en medios como en los actores que intervienen en ella, se presentan algunas producciones que, sin embargo, reflejan una mayor frescura y autenticidad, como ocurre con El evangelio según San Mateo, película del director italiano Pier Paolo Pasollini e inscrita dentro del Neorrealismo, que trasmite mejor que ningún otro filme la contemporaneidad de Jesús.

- Mirad a las aves del cielo, ni siembran ni siegan, ni tienen graneros, pero vuestro celestial Padre las alimenta. ¿Es que vosotros no valéis mucho más que ellas? Y además, quien de vosotros, por mucho que se empeñe, puede alargar la duración de la vida.

 La película es un gozoso canto a la sencillez de espíritu, a la necesaria preeminencia de los valores inmortales y a un cine con un alto contenido social. No por casualidad, El evangelio según San Mateo (de autor promarxista y ateo convencido), estaba dedicado a Juan XXIII, el principal renovador de la Iglesia Católica, en su etapa histórica más actual, impulsor del II Concilio Vaticano y autor de una de las Encíclicas más significativas de nuestro siglo, Pacem in Terris. Su sucesor en la Curia, Pablo VI, bendijo el estreno de una de las más famosas óperas rock de todos los tiempos Jesucristo Superstar (Norman Jewinson), como una muestra de las inquietudes de las nuevas generaciones por acercarse a la figura de Jesús.

Pronto la película se convirtió en un considerable éxito, aunque ahora sólo se observe como el buque insignia de los años setenta, en el que se veían apuntes que llamaban la atención, como el hecho de dedicar una mayor identidad a los personajes aparentemente negativos y controvertidos que rodearon a Jesucristo, como el de Judas o María Magdalena.

Jesucristo Superstar: La visión contemporánea y polémica del Mesías.

Jesucristo Superstar: La visión contemporánea y polémica del Mesías.

 - ¿Quién eres?

 - Yo soy tu ángel, tu Padre es el Dios de la Misericordia, no del castigo, que te vio y dijo: ¿no eres tú su ángel guardián, pues ve a la Tierra y sálvale, que ya ha sufrido bastante?

Es evidente que la figura de Jesús sigue resultado hoy en día muy atractiva, a pesar de la mayor laicización de la sociedad porque parece que el personaje del Mesías se ha ido secularizando con el tiempo. De ahí que de la imagen del Cristo, hijo de Dios, que ha servido de objeto de adoración de los fieles, ha dejado paso a un nuevo Jesús más humano que nunca, al tratar los llamados "años perdidos" y fantasee con las posibles relaciones amorosas con María Magdalena.

La visión más arriesgada de Jesucristo nos la ofreció el sacerdote frustrado, reconvertido en director de cine, Martín Scorsese, adaptando la obra del cretense Nikos Kazantzakis, con guión de Paul Schrader (el habitual del cineasta norteamericano). En ella se retrata a Jesús (interpretado por Willem Dafoe) poniendo mayor énfasis a su naturaleza humana, con un tormento interior entre la duda y el sacrificio, que se impone a un hombre cuya existencia en la vida resulta de una dificultad sobrehumana. En la película, La última tentación de Cristo, Judas es un instigador frente a la dominación romana mientras que María Magdalena, es la mujer que representa los deseos y la pasión terrenal Jesús.

En realidad, la tentación que da título tanto al libo como a su adaptación cinematográfica es la de reflexionar en la posibilidad de la vida de Jesús lejos de la misión de Dios, en donde lleva una vida placentera y hogareña, en donde aparece Jesús como marido y padre de familia, con una vida anónima pero feliz.

Un capítulo interesante y que el cine ha abordado a cuenta gotas es preguntarse que ocurriría si el enviado de Dios hubiera nacido en nuestro tiempo. Delicado y polémico asunto que cuestiona si los mil años predicando la palabra de Cristo han servido para hacer un mundo mejor.

 - Pero bueno, ¿qué le harían si volviera otra vez?

  - Si Jesús volviera, no lo sé. Me temo que el mundo no haya cambiado demasiado.

El sueco Theodor Dreyer en su película Ordet (La Palabra) fue uno de los primeros en intentar responder a esta pregunta, mientras que ponía el dedo en la llaga acerca del anquilosamiento de la fe religiosa a base de convertirla en un ejercicio rutinario y en algo establecido.

- Malditos seáis por vuestra falta de fe, malditos seáis por no creer en mí, Cristo resucitado.

En Jesús de Montreal, del director Dennis Matred, pretende responder a una idea similar, pero partiendo, como recurso dramático creíble, de la puesta de escena de unos actores que montan una obra de teatro sobre su vida, sugiriendo que iba a ser tomado por un loco o un ignorante.

 - Todo el mundo sabe el final, señora, que muere en la cruz y luego resucita. No tiene ningún misterio, no es ninguna novedad.

En nuestro país, uno de los cineastas más hábiles de la postguerra, Saenz de Heredia,  realizaba una peculiar película con la pasión de Cristo como trasfondo, aunque el más destacado (y el más polémico) sea Luis Buñuel, en cuyo filme titulado Nazarín, un sacerdote pretende seguir los pasos de Cristo y dar una patada a un concepto del cristianismo acomodaticio.

-Llegó descalzo, igual que nuestro Señor Jesucristo, sálveme la niña padrecito, sálvemela.

 - Si no fuera por aliviar el dolor, aquí mismo la dejaba, pero, ¿cómo voy a hacer yo lo que no hace la ciencia?

- Si lo quiere puede hacer muchos milagros. Sí puede, sí. Haga la oración de Jesús sacramentado y sane a la niña, padre.

 La irregular película de Jean Luc Godard, Yo te saludo, María, que en su día provocó una gran contestación, es otra de las cintas que reflejan una reflexión de la espiritualidad en nuestro tiempo. Jesús nacería de una estudiante, empleada de una gasolinera, y un taxista.

 - ¿Es tu novia?

 - ¿Y a usted qué le importa?

 - Me importa un bledo, un bledo, pero vas a tener un hijo.

 - ¿De quién?

  - Yo no me acuesto con nadie.

 El acontecimiento mediático más importante de los últimos años vino marcado por la voluntad de un creyente en el mundo del espectáculo, Mel Gibson, quien arriesgó su propio dinero, enfrentándose a la opinión de los grandes estudios, para filmar La pasión de Cristo en arameo, el idioma de aquella época y aquel lugar. Más allá de la polémica que suscitó en su momento, se trata de una película impactante no sólo por la crudeza de las imágenes sino además por los valores estrictamente cinematográficos que presenta en pantalla. El filme, lujosamente ambientado y fotografiado se centra en un episodio concreto de la vida de Cristo, el extenuante castigo físico que sufrió el Mesías hasta su muerte en la cruz. Una de las influencias del director de fotografía procedía del pintor del Renacimiento italiano, Caravaggio. Acusada de antisemita o de bordear el sadismo, la película fue defendida a capa y espada por los estamentos del catolicismo, pues en última estancia retrata de una forma veraz la agonía de la figura central de la religión cristiana, al responder a la máxima de que al pagar por todos nuestros pecados tuvo que sufrir lo indecible. En cualquier caso, La pasión de Cristo, está llamada a convertirse en un clásico al que habrá que referirse con asiduidad.