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Travelling. Blog de cine.

El truco final: espectáculo e ilusión.

Christopher Nolan aparece como prestidigitador para reconciliarnos con el sentido de la narración fílmica y el ilusionismo: el placer de ver, escuchar y dejarse embaucar. Una historia de dos magos rivales en el Londres victoriano del siglo XIX, un año después de aparecer ese intenso thriller llamado El ilusionista.

- Todo mago hace algo nuevo y sorprendente que deje desconcertado al resto de los magos.

- Para poder venderlo por una fortuna y supongo que tú tienes ese truco, ¿no, Border?

 Si hay algo común entre Nolan, Night Shyamalan o Spielberg es esa forma de crear películas que pueden despertar fascinación o todo lo contrario, pero que al menos alimentan la esperanza de asistir a un cine comercial de calidad.

 - Todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada. Este tercer acto es el prestigio, el truco final.

  Buena parte de su filmografía, se sitúa alrededor de la idea de la identidad, con una fascinación por el individuo, su cara y su careta. Así sucede con el personaje  con problemas de memoria en Memento, la doble vida del hombre murciélago, como Batman y Bruce Wayne; o esa especie de espionaje industrial de Origen, entrando los personajes en la cabeza de la gente para modificar los sueños a su antojo. En El truco final muestra la farsa en que se convierte la vida de estos personajes; a fin de cuentas, un nuevo ejemplo de la renuncia a mostrarnos cómo somos, presentando la realidad como una gran ilusión.

 - No se lo cuentes a nadie, te suplicarán que le cuentes el secreto, pero en cuanto lo descubran se acabó todo. Te ignorarán. El secreto no impresiona a nadie, el engaño que has empleado lo es todo.

Más allá de una rivalidad.

La película trata sobre la rivalidad entre dos magos (Robert Agier), o Gran Danton (Hugh Jackman) y Alfred Borden (Christian Bale). A parte de estar marcado por una tragedia con tintes romántico –la muerte accidental de la mujer de Agier- se encuentra la obsesión por dar con el truco definitivo, alimentado por los sacrificios que harán cada uno de ellos.

En su camino se encuentra una especie de Mefistófeles (Nikola Tesla), quién construirá la máquina para dicho truco: El Hombre Transportado. Un artilugio tan espectacular como letal, porque proporcionará  Angier un buen número de dobles que conducirá al asesinato/suicidio de  ellos. Al mismo tiempo, está la obsesión de Borden quién también realizará el mismo número pero sin la máquina, recurriendo a un hermano gemelo (manteniendo hasta el final el secreto de dicho hermano).


 

El enfrentamiento entre ambos personajes es también una expresión en otras facetas. Por ejemplo, representan una lucha de clases. Angier se revela como un aristócrata de los escenarios, llegando incluso a cambiarse su nombre para evitar avergonzar a su familia; por su parte, Borden, representa la clase trabajadora.

 Con esta historia de magos, regresamos a esa visión del cine como si una chistera mágica se tratase, en la que el director zarandea a sus personajes precipitando laberínticas estructuras de cajas chinas. Y lo hace, con un ojo puesto en la teatralidad y otro en el mundo onírico, propio del ilusionismo. La verdad es que entrar en película suya exige prestar una mayor atención y a pesar de lo complejo de sus tramas, consigue dejarnos sentado en la butaca del cine.

 Christopher Nolan no suele defraudar, da un buen espectáculo con grandes dosis de calidad, jugando con las estructuras narrativas. Estamos ante una película en la que el espectador debe estar muy despierto para no perder ni un detalle o los giros del argumento.

 Al mismo tiempo, se sabe rodear de buenos actores, algunos sospechosos habituales en su carrera. Entre los secundarios, encontramos pequeños papeles para Scarlett Johanson,  como la ayudante de Angier (Hugh Jackman); Michael Caine (como haría en su versión de Batman y en Origen) e incluso aparece David Bowie. Interpreta a Nicola Tesla, un excéntrico inventor, personaje real que colaboró con Edison.

 - ¿Le resulta conocida una frase que dice: el hombre puede ir más allá de su alcance? Es falso, el alcance puede ir más allá de su valor. La sociedad solo tolera los cambios cuando van de uno en uno. La primera vez que quise cambiar el mundo, me llamaron visionario; la segunda vez, me pidieron educadamente que me jubilara y ahora vivo de mi jubilación. Nada es imposible, lo importante es el precio.

 

Ilusión y espectáculo, la figura del mago en el cine.

Ilusión y espectáculo, la figura del mago en el cine.

- Son magos, artistas, viven adornado verdades sencillas y a veces brutales para sorprender y promocionar. Michael Caine, El truco final. Christopher Nolan.

Quién lo niegue, miente. A todos nos gusta que nos engañen, que nos deslumbren con unos trucos sorprendentes y que la magia lo embriague todo. Por la gran pantalla del cine han pasado brujos y magos de cualquier pelaje y condición, algunos reales como el mítico Houdini, pero sobre todo ficticios que han sabido sorprendernos con mucho más que con un conejo saliendo de una chistera.

-Toto… Creo que no estamos en Kansas.

Evidentemente la fantasía ha sido el reino que ha reunido a más magos por metro cuadrado. Y eso que todos deberíamos saber que en la magia, hay mucho de truco. En el cine, el más tramposo aparecía en uno de esos clásicos atemporales, el Mago de Oz de la película de Victor Flemming. Le buscan desesperadamente una chica de Kansas, un hombre de hojalata sin corazón, un león cobarde y un espantapájaros sin cerebro.

- Tienes trece horas para cruzar el laberinto antes de que tu hermanito se convierta en uno de nosotros... para siempre.

Otro mago del cine fue Jareth, el rey de los Goblins, una de las apariciones esporádicas de David Bowie con un pelucón y más paquete de lo recomendable. Una jovencísima Jennifer Connelly buscaba a su hermano pequeño en un laberinto lleno de trampas y de peculiares personajes animados por Jim Henson, en El centro del laberinto. Luego vendrían el pequeño Willow o el divertido mago de La princesa prometida, Milagroso Max, interpretado por Billy Cristal; un hechicero con las ideas claras: despertar a “un pirata muerto en su mayoría, no absolutamente”, y hacer triunfar el amor verdadero.

Quizás, el mago más famoso de la historia sea Merlín, uno de los personajes centrales de la leyenda artúrica. Resulta inolvidable en la piel de Nicol Wicalson en ese clásico que fue Excalibur (John Boorman), en donde no sólo se valía de las fuerzas de la naturaliza, sino sobre todo tutelaba al Rey Arturo, en cuanto a Camelot y la famosa espada Excalibur.

-¡Admirad la espada del poder, Excalibur!

De hecho, los magos en la fantasía han proliferado como las arañas de Mordor, pero de todos ellos gobierna el Gandalf de Tolkien sobre ellos cual Anillo Único sobre las fuerzas del mal. Lo cierto es que muchos cineastas se han acercado a estos personajes, sin olvidar sus temas de siempre. Así sucedía con Woody Allen, en El escorpión de jade o en Scoop, en donde una joven periodista (Scarlett Johanson) se ponía en contacto con un fantasma bastante charlatán en pleno número de desmaterialización, a cargo de un mago llamado Splendini.

- Si sois periodista, debo informarle de una exclusiva, una gran primicia: Michel Layeron.

Por cierto, uno de los personajes principales estaba interpretado por Hugh Jackman, quien aparecía en la trama de El truco final, como un elegante mago, Robert Angier, consumado artista en la puesta de escena que mantenía un duelo con Alfred Borden.

-Si quieres un buen truco, Angier, es necesario el riesgo, sacrificio.

-El sacrificio, me temo, será todo tuyo. A menos que me des lo que quiero.

-¿El qué?

-Tu secreto.

Robin Hood, de la leyenda al celuloide.

- ¡Una daga, una daga!
- Es natural, todos tenemos una. Estamos en el año 1183 y somos unos bárbaros.

El león en invierno. Anthony Harvey.

Se trata de un héroe universal cuyo origen no está en las viñetas de un cómic o en los videojuegos, sino un personaje rescatado de la tradición oral inglesa. Aunque los relatos de Robin Hood se remontan al siglo VIII, la imagen que seguramente tuviese todo hijo de vecino parte del siglo XVI. Los primeros poemas hablaban de un tal Robin el Decapitador, un tipo embaucador que vivía en el bosque y se dedicaba a cortar la cabeza de la gente que se cruzaba con él. Fue en el siglo XVI cuando se le situó en la época del mítico Corazón de León, como mayor defensor de los desfavorecidos. En esta línea, Walter Scott lo identificó con el sajón de Loxley en su novela Ivanhoe. Suficientemente conocido por la literatura, tendría que esperar al siglo XX para que ese medio, conocido como cine, lo hiciese universal. De las primeras versiones mudas, sólo quedaría la interpretada por Douglas Fairbacks, cuyo vestuario establecería el arquetipo.

- Bienvenida a Sherwood, milady.

La más clásica de todas ellas fue Robin de los bosques (Michael Curtiz), con Errol Flynn y Olivia de Haviland en los papeles principales. Sin embargo, se trataba de todo un reparto, lleno de conocidos actores de la talla como Basil Rathbone, Claude Rains o Melville Cooper. Con el permiso de Sean Connery y Audrey Herburt, son estos el Robin Hood y la Lady Marian en la memoria de todo cinéfilo.

                           


 Aprovechando el éxito cosechado por la Universal, la Hammer quiso para sí parte del filón y rodó una película sobre el personaje. En esta, Peter Cushing ponía rostro al Príncipe Juan y Robert Tayler se había aprendido de memoria los gestos de Errolt Flint. Desde entonces, habría versiones tan distintas en el que cada intérprete imprimía un rasgo propio a unos personajes tan universales como cambiantes. La más destacada fue una versión apócrifa, a cargo de Jaques Tournert, El halcón y la flecha, en donde Burt Lancaster interpretaba a un arquero de nombre Dardo.

- El que tiene verdaderos amigos, nunca morirá.

Pero encontramos rarezas tan variopintas como una adaptación en formato de serie televisiva, de los años cincuenta, con Richard Greene a la cabeza del reparto. O una versión animada, en la que Disney convertía al personaje en un zorro muy sagaz. Robin Hood ya era una de esas figuras legendarias sobradamente conocidas como para aparecer en todo tipo de registros. Desde productos televisivos a clásicos cinematográficos, han puesto la mirada en este personaje que representa al buen ladrón que ayuda a los pobres. Así, lo citaba Billy Wilder en Bandeja de plata.

- Quisiera que me contestaras a una cosa, ¿quién es Robin Hood?
- Es inglés, me parece. Llevaba calzoncillos verdes largos y hacía sus operaciones en el bosque.

E incluso fue carne de cañón de alguna que otra parodia poco afortunada: En su irreverente estilo, Mel Brooks hizo su propia lectura en Las locas, locas aventuras de Robin Hood. O aparecía en esa disparatada aventura infantil llamada Los héroes del tiempo (Terry William):

- Ese hombre es un tipo peligroso, un desequilibrado diría yo: Da a los demás, lo que no es suyo.
- Es uno de mis héroes.
- ¡Héroes, héroes! Los héroes no dan ni golpe.

En la década de los noventas, dos versiones compitieron en la gran pantalla. Ya casi nadie recuerda la de John Irving, con Uma Thurman como Lady Marian, mientras que Kevin Reynolds dirigió la más popular de todas las películas, tras el clásico de Errol Flint. Robin Hood, el príncipe de los ladrones fue como se tituló y la pareja protagonista, Kevin Costner y Mary E. Mastrantonio, resultaba de lo más insustancial. A pesar de ello, destacaron dos de sus secundarios: Alan Rickman, como el sheriff de Nottingham, y un sarraceno con el rostro de Morgan Freeman.

- ¿Cómo pudieron tus incultos contemporáneos conquistar Jerusalén?
 
                          
 
Al final, aparecía un glorioso Rey Ricardo (Sean Connery) dispuesto a reponer la justicia en Inglaterra. El actor escocés ya se había acercado a la iconografía de este personaje en un clásico por derecho, Robin y Marian (Richard Lester).

Un consternado Robin Hood, en busca de su retiro, se reencontraba con una madura Lady Marian, la elegancia de la madurez de Audrey Herburt. Lo más interesante, sin embargo, fue la desmitificación en torno al llamado Corazón de León.

- Cuando acabó con todos, tres mil cuerpos en la ladera, y ordenó que no se abrieran pues si en su interior se escondían piedras preciosas y gemas.
- ¿Porqué no te volviste, entonces?
- El era mi rey.

Esta misma visión aparecería en otras ocasiones. En El león en invierno, un joven Ricardo arrebataba a su pusilámine hermano Juan, el trono de su padre Enrique II; e incluso se insinuaba en ese gran clásico de Michael Curtiz:

- ¿Acusáis, pues al príncipe Juan?
- No, acuso a Ricardo, cuyo deber estaba aquí, para ayudar a su pueblo, en vez de luchar en tierras lejanas.

Y tampoco salía muy bien parado en la última de las versiones del personaje, una a cargo de Ridley Scott y con el rostro de su actor fetiche; cierto es que puede recordar demasiado a las peripecias del héroe romano Gladiator, para terminar constatando cómo la posmodernidad sigue recuperando a sus héroes universales e iconos de nuestra cultura.

- Las leyes de estas tierras someten a su pueblo, a su rey.


  

El alcohol seduce al séptimo arte.

 - Un trago es demasiado y cien no es suficiente.
Días sin huella. Billy Wilder.

La única sustancia psicotrópica culturalmente aceptada ha encontrado numerosas ocasiones para ser retratada en el cine. Sin embargo, hasta los años cuarenta los borrachos habían sido considerados figuras cómicas en la pantalla. Las payasadas que representaban se basaban en que no podían mantener el equilibrio, veían doble o no acertaban a meter la llave en la cerradura. Pero en los años cuarenta, Hollywood empezó a retratar la adicción. En este sentido, los clásicos por derecho sobre el alcoholismo, son dos destacadas películas que ocupan un hueco en la historia del séptimo arte.

- Tú, yo y la botella, vaya trío, ¿recuerdas? Aquello fue agradable mientras duró.
- Tenemos que volver a aquello de nuevo.
- Si volviera a emborracharme contigo,… no. ¡No lo haré! Se acabó.

Días de vino y rosas (Blake Edwards) es la historia de una pareja que sucumbe al licor de Baco, llegando hasta su autodestrucción, de una forma similar a lo que hizo Billy Wilder en Días sin huella. Ambas películas revelaban las claves de una enfermedad, mostrada como una adicción.

- ¿No le gusta beber?
- Como lo hace usted, no.

En numerosas ocasiones, el alcohol se ha entendido dentro de la búsqueda de una libertad creativa  que termina siendo engañosa y autodestructiva.

- Incluso en mis horas más bajas, siento las palabras burbujeando dentro de mí, tengo que volcarlas sobre el papel o se apoderará de mí, algo peor que la muerte: palabras.


Tanto en Factotum (Bent Hamer), biografía apócrifa del provocador escritor Charles Bukowsky, como en la filmada de John O´Brian (Nicolas Cage), la literatura se ofrece como una vía de escape a unas vidas torturadas empapadas en alcohol.  De hecho, nos cuenta la película de Mike Figgins, Leaving Las Vegas, que éste se suicidó entregándose a la bebida.

- Nunca me pida que deje de beber, ¿me has entendido?

El alcohol no siempre ha sido el tema central de la historia, pero su presencia es notable desde todos los puntos de vista y géneros posibles, como también para definir personajes.

- ¿Te olvidas de las condiciones con las que accedí a vivir contigo?
- Yo no estoy viviendo contigo, ocupamos los dos la misma jaula, nada más.

Del personaje de Paul Newman, en La gata sobre el tejado de cinq (Richard Brooks) pasamos a otro de los clásicos bebedores del celuloide, Bogart, en Casablanca (Michael Curtiz)

- De todos los cafés y locales del mundo, has tenido que entrar en el mío.

Beber para olvidar, pero también beber para reforzar una amistad como sucede en el cine de piratas con el ron, o  en el western, con el whisky. Si entre las tribus indias, la socialización se hacía en torno a una fogata, el pistolero encontraba el sosiego en la barra del saloon, con uno de estos brebajes entre los dedos. De este modo, el género dio grandes bebedores y el personaje del borracho fue seña de identidad de muchos directores en sus películas. ¡Quién podría olvidar ese Doctor Boone (Thomas Mitchell) en La diligencia (John Ford), dándole la réplica al ambicioso banquero!:

- América para los americanos, el gobierno no debe involucrarse en los negocios, ni reducir impuestos: la deuda nacional es algo más que sentir el calor de la gentuza. Lo que necesita el país es un hombre de negocios como presidente.
- Lo que necesita el país es más cogorzas.

Pero de todos los borrachos del western destacaremos a Duke, excelente Ricky Nelson en Río Bravo (Howard Hawks). De forma sencilla, habla de cómo rehabilitarse de la bebida, sin ayuda,  sin paternalismos, encontrando su autoestima a través de la utilización social.

- Un viejo lisiado y un borracho, ¿y nadie más?
- Esa era toda mi ayuda.

Para terminar, el alcohol ha sido y será una marca de clase, de distinción, para una sociedad hedonista. Una etiqueta del mejor gentleman, rodeado de mujeres y con licencia para matar. Seguro que saben a quién me refiero.

- Un martini seco con vodka, mezclado y sin agitar.




¿Sufre stress laboral? La terapia del séptimo arte.

¿Sufre stress laboral? La terapia del séptimo arte.

¿Problemas laborales? Si sufres mobing, el despido, la lacra del desempleo o si crees que en el mundo laboral, el acoso se expande como un virus, vaya al cine. Es un buen momento para buscar terapia en el séptimo arte. Secreatrias vamp, tiburones de bolsas, colegas envidiosos, factores que se pasan por jefes adictos al despido, todos les esperan en la gran pantalla. Así, tomando ideas de grandes filmes, resistirás el stress laboral.

Nos encontramos con la degradación del ser humano en el entorno laboral, los consentimientos -no ya cobardes- sino obligados a consentir por quien está  bajo un superarior en el escalafón de mando de cualquier puesto de trabajo. La bajada de pantalones por miedo de represalias, que tiene como mejor representante, en el mundo cinematográfico, la figura del apocado C. Baxter de El apartamento.

- Te hemos ayudado a subir, podemos ayudarte a bajar.

Tanto que Billy Wilder sólo pudo hacerlo a modo de comedia. Pero, ¿quién no se ha sentido en alguna ocasión como C. Baxter? Los que así se vean, formáis parte de una jungla ultracapitalista en la que el empleado de turno es ninguneado por prinicipio, a pesar de la posibilidad de ir en vaqueros o almorzar con el jefe, un día a la semana: el casual day de la película de Max Lemcke. El jefe. Ese tótem todopoderoso,  que mira atento a sus empleados como un Gran Hermano, al acecho de esa presa fácil, el trabajador más perezoso. La cámara-ojo que no pierde detalle de Charlot en Tiempos modernos, un obrero obligado al trabajo más inmundo dentro de una fábrica, como sátira del taylorismo, la fábricación en serie del Gran Capitalismo.

                           
Ahora, sin embargo, lo políticamente correcto es que las relaciones  entre el jefe y el empleado sean amistosas. Para ello, los americanos inventaron el Casual Day.

- Vamos a ver, el casual day es para que te olvides del resto de los días, para que no veas la realidad. Porque la realidad es el señor jefe López de Andrada, como señores de la sexta planta se están follando por el culo a los mil doscientos trabajadores de la empresa.

Es otra de las cosas que nos llega de Estados Unidos, por cierto, más malas que buenas; algo así como un día informal, siempre un viernes, en el cual los trabajadores de una empresa pueden vestirse como quieran, abandonar el traje y la corbata e incluso disfrutar de un día de campo con el jefe y el resto de sus compañeros. Y todo esto para cultivar el buen rollito y la confraternización entre los empleados, para ver si así mejora el resultado en el trabajo.

El séptimo arte ha descrito con éxito desde la producción en cadena, ejemplo de taylorismo del siglo XX, hasta la situación tan deprimente en la que viven los trabajadores de algunas latitudes en el siglo XXI, pasando por la alienación de las grandes compañías en las cuales el ascenso sólo se consiguen a base de pequeñas corruptelas. O los mundos paralelos en las que intentan rompen esta alieación laboral con estrategias tan revolucionarias como autodestructivas. Una de estas ideas interesantes aparecía en el filme El método, historia sobre el mundo laboral en la que se hacía incentivar la rivalidad de los trabajadores a través de unas extrañas pruebas, para poder ocupar un puesto vacante de ejecutivo, en una multinacional, que sería además una acertada metáfora de la sociedad.

- La primera prueba es la siguiente. Le hemos dicho que son los últimos aspirantes, pero no son los últimos siete aspirantes. Entre ustedes, hay un miembro de nuestra sección de personal.

              

Se han escrito historias que nos han acercado tanto al placer por el dinero como al prestigio profesional, en una sociedad en donde el trabajador se acerca a la idea del stajanovista soviético. Una sociedad  muy competitiva, en la que no hay reglas de juego y se siguen manteniendo esquemas jerárquicos tradicionales en plena era tecnológica. Ciertamente uno de los referentes de cualquier historia sobre las interioridades de una empresa y del mundo laboral es la genial película de David Mamet Glengarry Glen Ross. en la que un reparto de lujo nos dejaba con la boca abierta con ese retrato del infierno que se puede vivir en las cuatro paredes de una pequeña oficina. En este sentido, no hay que olviar al personaje interpretado por Alec Baldwin en el filme.

- Vamos a añadir un concurso de ventas en este mes y como todo el mundo sabe, el primer premio es un Cadillac gris dorado. ¿Alguien quiere ver el segundo premio? El segundo premio es un juego de cuchillos. El tercer premio es el despido.

Smoking room, la ópera prima de Julio Walovits y Roger Gual, seguía este mismo modelo de Mamet, desnudar la condición humana a partir de las relaciones de un pequeño grupo de trabajadores.

- No te conozco.
- Pero si compartimos mesa.
- Si, pero no te conozco, pichamos y compartimos mesa, pero no te conozco, no se quien eres. No sé si eres un violador, que vas detrás de la niñas. No, es un ejemplo.

Al fin y al cabo, son retratos  de la humillación en el puesto de trabajo, una carnicería humana y empresarial, en donde el machismo, la impostura, la estupidez o el instinto de supervivencia resultan más provechosos, a veces, que la honestidad y seriedad profesional. Un pequeño subgénero en el que salen a relucir los problemas laborales, conocidos por todos, que va desde la falta de reconocimiento profesional a la fauna propia de una gran empresa: el trepa ambicioso, el pelota, el sindicalista, etc. Donde se es humillado, pero también se puede humillar. Cómo la vida misma.


Sexo, tiros y rock & roll.

Sexo, tiros y rock & roll.

"Para hacer una película sólo necesitas una mujer y una pistola", lo que dijo Jean-Luc Godard ha servido para aderezar muchas historias de violencia, con mujeres diez y acción trepidante. De este modo, Monica Belluci, Sienna Miller, Salma Hayek o Jennifer López son algunas de las actrices que han desenfundado sus cuerpos al son de la música y balas a 24 fotogramas por segundo. 

En Asesinos natos, Oliver Stone nos presentaba a la pareja de psicópatas más mediáticos del celuloide, unos auténticos asesinos en serie embarcados en un viaje de destrucción, muerte y placer. También mediáticos era aquella pareja de delincuentes, Bonnie y Clyde (Warren Beatty y Faye Dunaway), en plena Gran Depresión.

- Caerán justos algún día, justos los sepultará, y aunque unos lo lamentén, muchos lo celebrarán. Para Bonnie and Clayd, habrá llegado el final.

Los violentos personajes de Stone, Woody Harrelson (Mallory) y Juliette Lewis (Mickey) son unos criminales estimulados por los medios de comunicación para pregonar sus fechorías través de un canal televisivo.  La escena erótica del filme es desenfrenado, tenso y violento, frente a una rehén aterrorizada y un sinfín de proyecciones atropelladas. El momento musical aparecía en los créditos de inicio, con la canción Shitlist, de L7, y con un riff de guitarra que amplificaba la explosión de rabia de Mallory. En cuanto al tiroteo, destaca la orgía de pólvora en el motín de la cárcel, con un Equilibrio Mexicano (todos apuntándose a todos) con la firma de Quentin Tarantino.

                          

Craig Wasson y Melanie Griffith protagonizaron otro filme de los que suben la temperatura, a cargo de Brian de Palma, Doble cuerpo. Jacke Scully, claustrofóbico mirón, se obsesiona con una preciosa mujer que aparece muerte y el se convierte en el principal sospechoso. Pero todo cambia cuando descubre esa mujer es otra. Brian de Palma regresa al suspense clásico para aderezar su película con guiños que recuerdan al Hitchcock de Vértigo y La ventana indiscreta. En este sentido, Jacke es de los pocos voayers que pasan a la acción, con una Melanie Griffith como una sensación porno de Los Ángeles, de nombre Holly. Pero, ¿quién necesita una pistola cuando tiene un taladro? Una de las metáforas freudianas por excelencia se convierten en un excelente señuelo para un final ya clásico. En la banda sonora, es Frankie Goes to Hollywood el que se lleva el gato al agua, en el momento en que Jack baja al submundo del porno angelino.



                              

Harlod Becker dirige a Al Pacino y Ellen Barkin, para embarcarse en Melodía de seducción en una historia propia que podría considerarse como un predecesor de Instinto básico. Al Pacino es Frank Keller, un detective que investiga una serie de homicidios que parecen relación entre ellos y con una mujer de bandera como principal sospechosa, Helen Cruger (Ellen Barkin). Convencido de su inocencia, Keller se une en una tortuosa relación con esa enigmática mujer, protagonizando un polvo que recuerda mucho al de Michael Douglas y Sharon Stone. Ella contra la pared y él con los pantalones bajados. La escena más violenta no desmerece a este thriller lascivo y oscuro, sobre todo con el enfrentamiento final entre Al Pacino y el culpable. La canción más destacada es Sea of Love, de Phil Phillips.

                                  

Desperado es el título latino que se ha escogido de esta temática, dirigida por Robert Rodriguez y con una pareja dinamita pura, Salma Hayek y Antonio Banderas. Él es el Mariachi que en su búsqueda de venganza, se enamora de Carolina, dueña del café del pueblo.  Hayek luce toda su artillería en los prolegómenos de este polvo, made in Rodriguez, con fetichismo de espuelas y velas incluidas. Este fetichismo le vemos también en la armería que lucen los mariachis, de guitarras-metralletas que disparan lo que sea, con la canción de Morena de mi.


                                 

Una de las propuestas más delirantes y arriesgadas es la de Shoot´em up. Clive Owen, junto a Monica Belluci. Sexo, fuego, rock and roll, una zanahoria y un bebé. Una comedia con alma de cómic protagonizada por un detective con 18 pistolas y una prostituta con instinto maternal, que junto a su bebé, es perseguido por la mafia. Entre tanto, uno de los polvos más ruidosos de la historia del cine y un asesinato con una zanahoria de por medio. Como suena.

John Huston: La épica de los perdedores.

John Huston: La épica de los perdedores.

 Los personajes a la deriva, sin comprensión, cuyas vidas aparecen apocadas al fracaso casi desde el comienzo es una de las claves para entender la filmografía de este grande del séptimo arte. Siempre se ha mostrado una especial predilección por las historias en las que la dignidad personal era la única justificación vital que le quedaba a sus desencantados y perdedores personajes. El cine y la literatura han sentido un apego por los derrotados. Esquilo lo expresaba así, en su obra Agamenón: “Solo a aquel que ha sufrido se le da la capacidad de comprender”.

 Huston supo sacar de lo mejor de estas letras, el espíritu del derrotado, de sus adaptaciones de Melville, Stephane Crane, Hemmingway, Tennesse Williams o Rudayard Kipling. De este último autor surgió una de las grandes películas del cineasta y la que mejor define el destino -siempre trágico- de  unos pícaros en busca de una mejor vida. El hombre que pudo reinar. “No somos dioses, pero somos ingleses, que es casi lo mismo”. Pocas frases como ésta definían la política del Imperialismo inglés del siglo XIX, pero del mismo modo, pocas definiciones encerraban una mayor ironía. Quienes así se describen eran unos pillos redomados, Danny Drabota (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine), quienes al servicio de Su Magestad, en La India, habían sido ladrones, estafadores o todo aquellos que les permitieran sobrevivir.

El ambiente de fatalidad en que se mueven sus historias tiene un punto en común, la ambición. Es el deseo, siempre frustrado, por la búsqueda de dinero, alguna joya, venganza o un legendario tesoro en forma de halcón, “del material del que están hechos los sueños”. De corte shakesperiano, El Halcón maltés evocaba la avaricia que siempre acababa trágicamente. 

- Tendrá suerte si te echan cadena perpetua, eso significaría para toda la vida. Te estaré esperando. Si te ahorcan, te recordaré siempre.

Ese ambiente de fatalidad de estos personajes ya estaban presentes en sus trabajos como guionista, anticipo de su gran Sam Spade cómo ese héroe romántico y fatalista. Sirva como ejemplo, esa obra maestra a cargo de Raoul Walsh que fue El último refugio, con un Humphrey Bogart anterior a El Halcón maltés. Pero su estilo lo definió, como nadie, en sus películas como director: El tesoro de Sierra Madre.

- Vaya broma nos ha gastado Dios, la naturaleza, el destino o como quiera llamarlo.

O aquel retrato de la obsesión que fue Moby Dick, con un grandioso Gregory Peck, interpretando a uno de los grandes mitos de la literatura el Capitán Acab. Perdedores también fueron los protagonistas de ese extraño western llamado Vidas rebeldes, filme que estaría marcado por la propia fatalidad del director por ser el último trabajo de sus dos actores: Carl Gable y Marilyn Monroe, además de coincidir con la muerte de Arthur Miller, el autor guión. ¿Y no encierra algo de ironía que la última película de Huston se titulase Los muertos?
                               El Halcon Maltes

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                               vidas rebeldes 

Elía Kazan en clave política.

Elía Kazan en clave política.

- ¿De dónde es usted?
- De Tenesse, anabaptista.
- Yo, de Nueva York, judío. Al menos, somos americanos.

El último magnate, Elía Kazan.

Recordamos a uno de los grandes, a Elia Kazan. Fue, entre otras cosas, el descubridor de grandes talentos, maestro de actores como creador de El Método y del Actor´ Studio, y el realizador de un cine popular y de gran calado artístico.

Ahora bien, ¿qué es lo más importante el creador o la creación, con independencia del primero? En el caso de Elia Kazan parece ser más importante su declaración al Comité que todos aquellos títulos fundamentales para la historia del cine. Un total de 21 películas, dramas desgarradores, rodados de forma realista en la que reflejó en pantalla sus preocupaciones y una mirada crítica sobre América y el modelo de vida americano.

- Me voy a América, con la ayuda de Jesús.
- ¿A pié?
- Como sea.

Algunos de sus películas han querido ahondar en su aventura personal, tomando ideas de su propia vida. Así rastreamos hasta sus orígenes en una Constantinopla,  parte del Imperio Turco,  que reconstruyó en América, América. La epopeya de un pariente suyo que viajaría a Estados Unidos, para luego traerse a su familia.

- ¿Quieres ser americano?
- Sí señor.
- Lo primero que tenemos que hacer es cambiar ese nombre, ¿quieres un nombre americano, muchacho?

El  propio carácter inmigrante del director lo reflejó de forma más o menos velada en algunos otros títulos, mientras ejercía de observador de una sociedad que paradójicamente se hacía llamar de la "Tierra de las oportunidades".

- En nuestro viejo país, un hombre puese ser más alto que la condición de su padre, pero aquí, en esta tierra, cada cual tiene la posibilidada de quedar tan alto como su esfuerzo y su talento le  permitan.

Sus primeras películas fueron realistas, impregnadas de una credibilidad fuera de lo común, ambientadas en espacios naturales y con un desigual empeño por personificar los temores de sus protagonistas. Sucedía así en Lazos humanos o en Pinky.

- ¿Desde cuándo tiene la costrumbre de despachar a los negros antes a los blancos?
- Perdone, pero seguro que ha sido una equivocación. ¡Violeta!
- Mil perdones, señora Bully, no la vi.

Elia Kazan se interesa pronto por sus ambientaciones más cercanas, pero también busca historias en distintos periodos históricos o en los espíritus colectivos, con lo que llegaba a recoger la idiosincracia del pueblo que le acogió. Un ejemplo sería El río salvaje.

- Dicen que el Presidente Rooswelt ba a crear algo así como un nuevo gobierno, ¿qué opináis de esto vosotros? ¿Vosotros sabéis algo en relación con el presidente Rooswelt?
- Sí, señora.
- ¿Si, señora? Pues sabed que el presidente Rooswelt quiere inundar esta islar. Sí, señor. El quiere coger la mejor parte de esta región y sumergirla, en el fondo de nuestro río. Porque ya sabéis, los políticos lo arreglan todo con los votos.



Pero las inclinaciones políticas de Elía Kazam, se materializaron en películas protagonizadas por su actor fetiche Marlon Brandon, como Viva Zapata.

- Esto es nuestro, pero debemos defenderlo. Si no lo hacéis, dejará de ser vuestro, debéis defenderla con vuestra vida y vuestros hijos, con la suya.

Los aspectos invariables y problemáticos de la vida de unos individuos, de la sociedad americana del momento. Racismo, antisemitismo, puritanismo, o el uso creciente del televisor, fueron algunos de los temas que aparecieron en las películas de Kazan. Su cámara ha rastreado el poder de los medios de comunicación; ha entrado en el mundo de la Bolsa, en El compromiso; o ha rememorado la época del mejor cine. Y lo hace a través de la figura carismática de un productor del viejo Hollywood, el legendario Irving Thaler. El último magnate era una adaptación de un relato de Scott Fidgeral, con Robert de Niro en el papel principal.

- Te voy a decir tres cosas, todos los escritores son unos niños, el 50% borrachos y hasta hace poco, unos morcilleros. La mayoría aún le llamamos, escritores.
- Pero siguen siendo los labradores de este negocio. Ellos cultivan el grano y no participan de la fiesta.

En sus películas, la psicología de los personajes se convierte en conducta, para lo cual necesitaba de sus actores pero también daba importancia de los pequeños detalles: una toalla que funcionaba como catalizador del deseo o un columpio erigido como la mayor arma de seducción con Baby Doll; o un huevo de paloma, de La ley del silencio.

- ¿Es un chico comunista?
- Sí, un comunista convencido.

Sin embargo, lo que marcará gran parte de su filmografía fue la llamada Caza de brujas, uno de los acontecimientos más traumáticos de la sociedad americana de los cincuenta. Fue la persecución paranoica de los comunistas, que afectó al mundo de la cultura, en general, y al cine en concreto; fenómeno que llenó de miedo entre los profesionales del séptimo arte, tanto que los que fueron víctimas acabaron en el ostracismo profesional. Elía Kazan, que había pertenecido al Partido Comunista, fue uno de los que se prestaron a declarar voluntariamente, delatando a sus antiguos "compañeros de viaje".

- Comité de Investigación de los muelles, ¿qués es esto?
- Solo quero hacerles unas preguntas. Realizar una investigación en los muelles y evitar la infiltración de elementos indeseables.
- Yo no sé nada.
- Todavía no le hemos preguntado.



Desde El último magnate a su mejor película, La ley del silencio, estuvieron marcados por los conflictos de conciencia para justificar su comportamiento que fraguaron en una película menor, abiertamente anticomunista, Fugitivos del terror rojo. Su obra maestra, La ley del silencio, aparecía concebido como una verdadera representación de la delación, velada en un drama de ambientes portuarios.

- ¡Nos has traicionado, Terry, nos has traicionado!
- ¡Desde donde estás, lo ves así, pero yo me estuve traicionando a mi mismo, sin darme cuenta!