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Travelling. Blog de cine.

Perdidos en la nieve: Enemigos forzados a entenderse.

 

 John Boorman estableció las reglas del cine de supervivencia en un contexto bélico, en Infierno en el Pacífico, una historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial con dos únicos supervivientes de una batalla naval, un norteamericano (Lee Marvin) y un japonés (Toshiro Mifune) quienes tendrían que convivir en una isla desierta, si querían sobrevivir.

 -¿Qué vamos a hacer?

-Iremos hacia la costa, encontraremos a nuestro ejército y volveremos a la guerra.

 La historia de Boorman la repite Peter Naess, el director de Elling –película nominada al Oscar a la Mejor película de Habla no Inglesa-, quien parte de unos hechos reales, con cinco supervivientes como protagonistas, -tres aviadores alemanes y dos ingleses-, mientras que el escenario no es una paradisiaca isla del Pacífico sino el inhóspito desierto helado de Noruega: “¡Vayan a fuera y vivan la preciosa campiña noruega!”.

 Perdidos en la nieve está inspirada en una historia real: un avión británico de la RAF ataca a otro de la Luffwafe con tal mala fortuna que ambos terminan estrellándose en la nieve. Desde entonces, el grupo de soldados británicos y alemanes tienen que convivir y el azar hará que ambas tripulaciones se refugien en una misma cabaña, pero a pesar de ser enemigos les será difícil mantener la animosidad día tras día.

-Supongo que no será posible tomar una taza de té.

-Desde ahora sois prisioneros del Tercer Reich.

-¿No debemos matarlo? ¿Por qué no?

-No somos unos salvajes.

                

Perdidos en la nieve remite a un subgénero tan estimulante como necesario, al plantear una reflexión muy de actualidad, pero muy repetida en la historia del cine: cómo más allá de las ideologías, creencias o nacionalidades pesa una humanidad soterrada que sale a la luz en circunstancias muy diferentes. Porque, aunque no lo parezca, la gente que combate en una batalla son seres humanos y como tales tienen miedos y dudas que resultan universales. La más clásica de estas historias la encontramos en La gran ilusión (Jean Renoir).

-Los niños franceses aprenden alemán y los niños alemanes, francés, pero cuando crecen aprenden a matarse entre ellos.

De hecho, el director de Perdidos en la nieve termina haciendo esas mismas observaciones. Durante la convivencia forzada a la que deben someterse, los soldados llegaban a olvidar su condición de enemigos para centrarse en lo que realmente son: hombres que se necesitan mutuamente, para su propia supervivencia. “¿Qué pasaría si dos enemigos se viesen forzados a convivir y a sobrevivir juntos? En el mundo actual me parece de suma importancia contar historias como esta”, comentó el director que contó a la hora de preparar la película con el testimonio del único superviviente vivo de la tragedia: el centenario Horst Chopis.

-¿Por qué no podemos sentarnos y hablar como personas civilizadas?

-¿Una conversación? ¿Y sobre qué quieren que hablemos? ¿Sobre política?

Lo mejor de Perdidos en la nieve son las sólidas interpretaciones, en la que destaca el papel interpretado por el joven Rupert Grint, muy conocido por la saga de Harry Potter, demostrando que es mucho más que un mago en prácticas, en el cocholegio de Howarts, el Ron Weasley de la citada saga. Pero el reparto de este film noruego lo completan Stig Henrik Hoff, David Kross, Florian Lukas y Lachlan Nieboer.

-Le sugiero que se disculpe.

-¿Qué me disculpe, por qué? ¿Se ha vuelto loco?

-¡Deme ese arma!

                      

  

Tiempo de amar, tiempo de morir.

Tiempo de amar, tiempo de morir.

El amor en tiempos de guerra ha sido uno de los temas predilectos del cine, amar en tiempos de la barbarie, siempre tendrá el beneplácito de la gran pantalla. El séptimo arte ha quiero brindar escenas míticas en las que se conjugaba amor y guerra, pasiones desenfrenadas junto a melancólicas despedidas y cálidos reencuentros. Incluso en películas tan desosegantes como Johnny cogió el fusil (Daltom Trumbo) o Apocalypse Now (Francis F. Coppola) tenían cabida el amor: "Somo dos personas, una que mata y otra que ama". Sin embargo, sería el cine clásico americano el formato propio para presentar los encuentros más románticos y prolijos en medio de la destrucción y muerte. De aquí a la eternidad (Otto Preminger) nos mostraba un fundido y cálido beso entre Burt Lancaster y Deborah Kerr, en una emotiva escena de playa y Pearl Harburt, como telón de fondo. De un beso a la despedida, el final del amor sujeto a un contexto de guerra. El puente de Waterlo (Melvin Leroy), que estaba protagonizada por Robert Taylor y Vivian Leigh, sería uno de esos ejemplos.

 - ¿Qué iba a decir?

- ¿Le gustaría ver el ballet? Sería un recuerdo muy agradable para las trincheras.

- ¿Y usted qué iba a decir?

-  Iba a decir que no conozco a nadie en el frente, pero ahora le tendré más cerca, conociéndole usted.

            

 Pero, quizás, la secuencia preferida por los espectadores sea la despedida entre Ilsa (Ingrid Bergman) y Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca (Michael Curtiz):

 - Y es cierto que perteneces a Victor. Eres parte de su obra, eres su vida. Si ese avión despega y no estás con él, te arrepentirás. Tal vez no ahora, tal vez ni hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida.

- ¿Nuestro amor no importa?

- Siempre tendremos París, no lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca. Pero lo recuperamos anoche.

 El séptimo arte es una fuente inagotable de historias amorosas, que llevan al límite el concepto de la pasión, pero el amor en el cine es todo un campo minado y enamorarse de quien tiene que matar o capturar resulta sugestivo en la gran pantalla.  Desde la gitana contrabandista que roba el corazón del sargento francés, que la debe detener, en Carmen; hasta el capitán que se entraga al amor de la pirata, que persigue (La mujer pirata, Jaques Tournert).

-Eres una mujer.

-¡Tú me enseñaste a ser una mujer!

Pasando por la dulce esposa a quien le cuesta creer que ha elegido como marido a un peligroso fugitivo nazi (El extraño, Orson Welles).

-¿Por qué quieres que vea estos horrores?

-Todo esto que está viendo es producto de un solo cerebro, el cerebro de un hombre que se llama Franz Kidler.

 Pero la verdad es que los caprichos del amor son tan inesperados que ni incluso el propio James Bond ha podido evitar caer en la pasión por la mujer menos adecuada. Son amores complicados, imposibles, fatales. Tan fatales que, con frecuencia, conduce a sus protagonistas a un mismo e inevitable final. Así sucede en una multitud de películas, desde Lust, Caution al thriller protagonizado por Donald Sutherland, interpretando a un espía alemán conocido como "la Aguja", con la misión de desvaratar los planes de una ofensiva aliada desde Gran Bretaña. El ojo de la aguja (Richard Marquard) presentaba a dos amantes predestinados a un final fatal.

              

Deseo, peligro: Amores y traiciones.

Deseo, peligro: Amores y traiciones.

Uno de los aspectos habituales del último cine es reutilizar los viejos motivos argumentales y cambiarles el género de sus protagonistas.  Lo que sucede no sólo en el contexto europeo ni en el nuestro más inmediato, sino ahora en ámbitos más globalizados: se está teniendo pretensiones de avanzadilla social, insistiendo en cuestiones extráidas del panorama político como la preocupación por el medio ambiente, el sufrimiento de los inmigrantes, la memoria histórica o la crítica hacia una sociedad patriarcal o sometida al yugo masculino.

 Ocurría con Belle Epoque, en la que Fernando Trueba juntó todos estos aspectos en una misma película. Si contásemos esa misma historia, invierténdo los papeles -una chica llega a una familia de cuatro hermanos, que se la tiran sucesivamente; la madre de los chicos permance fiel a su marido huído porque a pesar de sus múltiples amantes, sólo disfruta haciendo el amor con él- el resultado sería menos divertido, pero además menos moderno. En realidad, nos encontraríamos con los estereotipos machistas -la mujer abusada por hombres-. No obstante, lo políticamente correcto no es el cuerpo desnudo de la mujer desde el punto de vista comercial-publicitario, sino lo que está bien visto es que aparezcan hombres enseñando abdominales y asumiendo el lugar de cuerpo objeto.

 Es cierto que cada vez más se hace un cine hecho por y para las mujeres, en donde la mirada femenina está ya dirigida a la inspiración del equipo cinematográfico, lo que ha sabido bien el realizador Ang Lee en su nuevo proyecto. En esta ocasión, el cineasta twaivanés abandona los pechos planos masculinos en la soledad de las praderas americanas para trasladarse a una historia con trasfondo histórico en donde teñir su relato de la feminidad de un personaje imbuído en las dificultades de un conflicto.

 Punto de vista de la Historia.

Ang Lee regresa a una época y un contexto que ha sido perfecto para retratar historias trepidantes en un escenario exótico. El Imperio del Sol (Steven Spielberg), El último Emperador (Bernardo Bertolucci), Devils on the Doorsstep (Jiang Wen) o La condesa rusa (James Ivory) han sido algunos de los títulos más destacados que han centrado, con mayor o menor profundidad esta misma temática.

Uno de los puntos novedosos de Lust, caution es ver la dominación nipona en la que vive China, de un modo más objetivo. En esta ocasión, Lee toma un relato de la invasión japonesa a China, para hilvanar una preciosista tragedia en tres actos. La obra literaria de la que parte la película, de una de las escritoras más estimadas en su país de origen, se centra en historia evocadora de las relaciones humanas, sobre la psicología sexual femenina, en pleno época de la ocupación japonesa.  Ser una espía y un torturado en la Shanguai ocupada por los japoneses es casi tan axfisiante como ser homosexuales en el medio Oeste americano. Después de todo, Brokeback Mountain y Deseo, peligro no son tan distintas. Ambas están protagonizadas por seres humanos que deben representar un rol específico a su pesar o a su disgusto, pero al mismo tiempo, mostrar una imagen diferente cara a la sociedad, lo que les condena a la clandestinidad. También Sentido y sensibilidad (la adaptación de Jane Austen) podría verse en esta nueva incursión por su China natal. En la anterior, el diálogo se establecía entre la obligación social y la libertad personal, mientras aquí el conflicto moral se debate entre la parte más cerebral y más instintiva del ser humano. Así podemos entender el título de la película. El deseo es lo que hay oculto en nuestro interior, mientras que la sensación de peligro es lo que utilizamos para conseguir convivir en paz con quienes nos rodea.

 "El hombre es un animal, envuelto en luto profundo, con un abrigo negro, forrado de piel negra". Son palabras de W. G. Sebald en De Natural. Si no fuera porque la obra fue escrita a finales de los ochenta (del siglo XX) se diría que el autor alemán había saboreado la visión del verdugo encarnado por Tony Leung, en Lust, Caution. Pero Deseo, Peligro, es una historia de amor, a pesar de todo, entre una joven e inexperta aprendiz de espia y su amante circunstancial, en el momento en el cual, el Imperio del Sol Naciente invadía parte de China. En este sentido, estamos ante una nueva genialidad del realizador. Una película que retrotrae el cine de espionaje en su clave más negra, lo que podría recordar a una filmografía entre Encadenados (Alfred Hithcock) y Los verdugos también lloran (Fritz Lang); pero plagados de agujeros argumentales de los que el espectador está obligado a imginar. E incluso no nos alejamos demasiado de títulos actuales como Promesas del este o Zodiac, pues estas muestran esbozos, fragmentos, piezas de un puzzle que no terminan de recomponerse al final. Lee es mucho menos críptico que Cronemberg o Fincher, pero aún así no esconde la realidad macabra tras el relato; en especial todo aquello que envuelve al colaboracionista y torturador Mr. Yee, centrando su atención en los intentos de una infiltrada Wong Chai Weng, que le seduce.

 Con esta idea, Lee, -un director con fama de metódico y dotado de un ojo clínico-, se deleita en el aprendizaje sexual pero también emocional, de la jovencita encarnada por la debutante de nombre Wei Tang, en marcado contraste con el personaje interpretado por su partenair. Un alma sin luz con una única fidelidad dirigida a su patria, que se ve arrastrado a amar, a desear sin control, a lo que no está acostumbrado y Ang Lee lo deja muy claro en la película. Un derroche de pasiones orientales que en un contexto desasosegante, está muy bien.

 Es la fascinación que demuestra la narración por los entresijos del mal, el que llena la mirada de Tony Leung y se observa incluso en el primer encuentro sexual de la pareja; el que llama la atención en este filme: todos sabemos cómo va acabar esta historia y a Lee no le importa dilatar el tiempo para recrearse en ese inevitable final. Lust, caution no alcanza el nivel de Brokeback mountaint. Quizás se deba a la cadencia china, hay algo de relamido, de corografiado en esas dos horas y media. Incluso en las escenas de sexo, abundantes y realistas (cositas       escandalosas que gusta mucho en los festivales), asoma a veces el cartón del mal cine porno.  De hecho, nos presenta un thriller de contenido erótico de casi tres horas de duración. Una superproducción, lujosa, potente y rica, exageradamente larga. El director pierde demasiado tiempo en contar cómo la heroína del filme  Wong Chia Chi (la debutante Tang Wei) diseña la máscara de hierro que va a ocultar las verdaderas intenciones del personaje. Su fascinación por los rituales, las reuniones y los espejos terminan deteniendo la acción hasta tal punto que la película se ensimisma y se atasca en un arranque que dura la mitad del metraje. Tanto minutaje acaba perjudicando al filme que, pese a los elementos empleados por Lee, carece de escenas corales y evita la opción de crear un gran tapiz sobre la China de su época. El alma de la película se esconde en las habitaciones cerradas donde transcurre la mayor parte de la acción: un grupo de mujeres que juegan obsesivamente al mahjong (un pasatiempo con características del bridge y del dominó) y una pareja de amantes.

 A medio camino, la película toma un interesante giro. Como se veía en el trayecto final del recorrido inicial, la historia llegaba a un callejón sin salida: Mr Yee abandonaba Hong Kong dejando sin objetivo a los jóvenes contrarrevolucionarios. La narración se detiene para estallar la violencia en una memorable secuencia en la que los jóvenes acuchillan al chofer del personaje interpretado por Tony Leung. Para este momento, Lee recurre a la violencia desaforada, en la que todos -excepto Wong- participan, acuchillando a un cuerpo ensangrentado que se niega a fallecer. Entonces, la secuencia torna a un tono casi tragicómico, que recuerda a la vertiente asiática del género -Park Chan-Wook (Simpatías hacia Sr. Venganza), Bong Joon-ho (Memorias de un asesino)-, en la que la protagonista femenina sale corriendo y se pierde en la oscuridad.

 El jefe de la policía secreta, un colaboracionista, es interpretado por el galán del cine chino. Al ver una película asiática de época protagonizada por Tony Leung parece imposible no pensar en el Sr. Chow y en Deseando amar (Wong Kar-way). Ese es el personaje que durante años ha representado en más ocasiones este actor, un hombre frágil y apuesto, diametralmente opuesto al de Deseo, peligro. Del mismo modo, en el filme de Lee encontramos detalles que lo asemejan con la anterior más allá del actor fetiche de Kar-way. Hay una toma calcada de Deseando amar, aquella en la que Leung acompaña a Tang Wei a su piso y le vemos caminar de espalda, en donde caminaba junto a Maggie Cheung (protagonista de la cinta anterior).

 El reencuentro en Shanguái de Yee y Wong centra la segunda parte del relato. Siguen las mujeres, las partidas de majhong y la resistencia que aparece organizada (aunque Lee retrata la crueldad en ambos polos). Ahora, lo que destaca es el desenfreno sexual, en largas secuencias en tomas cenitales de un hardcore que palidece los intentos transgresores de Winterbottom, Medem y Chéreau.

                                    

  El tercio final, lo mejor de la película, se va dirigiendo lentamente a la conclusión que termina dando el film. De cómo los hombres osamos, nos atrevemos a creer que podemos cambiar a alguien. Es donde yace el corazón de Deseo, peligro, un corazón al que le sobra estilo, pero le falta tensión, rebosante de belleza, pero negra como el carbón. Por eso, el aroma de tragedia se toma sin sorpresas, sin efectismos. Sólo dos planos finales donde la oscuridad es la principal fuerza plástica. El abismo de Wong cobra forma en su vertiente más literal, aunque sea del Mr. Yee -menos tangible- el más demoledor: enfrentado a las sombras de la habitacvión que ocupaba su amante toma conciencia de que acaba de perder lo poco que le convertía en ser humano. Una conclusión tan devastadora y al mismo tiempo tan bella, en donde se contempla el sacrifico como algo inevitable, y sin embargo, inútil.

 

La muerte tenía un precio.

La muerte tenía un precio.

 La muerte tenía un precio es uno de los grandes títulos del spaguetti-western a cargo del cineasta que creó este subgénero: Sergio Leone. Segunda parte de una trilogía mítica, con esos elementos que ya son inconfundibles en su cine y junto a sus cómplices habituales como Eastwood o Ennio Morricone. Curiosamente, la película fue una coproducción italiano-española y durante muchos años, uno de los mayores éxitos de taquilla en nuestro país.

-Dieciocho, diecinueve, veinte y cuatro veintinueve.

-¿Que te sucede, muchacho?

-Nada viejo, que no me salían las cuentas.

Entre otras muchas cosas, sirvió para dar a conocer a un joven actor que se convertiría en una de las leyendas vivas del séptimo arte: Clint Eastwood, un personaje parco en palabras, acompañado de su poncho, música de Morricone y unos diálogos escuetos y contundentes, sobre todo cuando iban a liquidar a alguien.

-¿Qué nos jugamos?

-El pellejo.

También sería de justicia referirnos a los dos compañeros de viaje, formado un trío de actores que te dejan petrificados por su impactante mirada: un intérprete de carácter, imagen del western clásico en algunos títulos emblemáticos (Lee Van Cleeft) y el actor italiano, Gian Maria Volonté. La película narra las peripecias de dos cazarrecompensas que unen sus esfuerzos para poder atrapar a un peligroso delincuente –El Indio- y a su banda. Dos personajes con motivaciones muy diferentes: “Me compro un buen rancho y me retiro”.

-A El Indio, déjamelo.

-De acuerdo.

                         

El spaguetti-western es un género europeo, inventado por italianos –en concreto por Sergio Leone- y que contaba como escenario el desierto almeriense de Tabernas. Un tipo de películas que lograron alcanzar un peso en la historia del cine con el paso del tiempo: “El western que hago yo está dirigido para un europeo y creo que es auténtico porque soy un director que va a un país extranjero y me obliga a ser más indagador. Lo que no se suele dar entre los de su propia tierra”. Más allá de las palabras del propio Leone o de las influencias que tendría su estilo en diferentes cineastas (Quentin Tarantino, John Woo), lo cierto es que marcó una ambigüedad moral que se alejaba del western clásico bastante que cuenta con una referencia muy clara: Robert Aldrich. “Estos personajes estaban interesados en sí mismos, en contraposición al héroe del western clásico, que era el buen tipo frente al malo”.

-Cuando acabe la música, recoge el revólver y dispara, si puedes, inténtalo.

                                      

Entre sus referencias encontramos desde Kurosawa (Johimbo) al western más clásico (Ford) y sobre todo Aldrich. El Oeste decadente, sin componendas épicas o sentimentales, de Robert Aldrich, sentaría las bases del spagutti-western, en general, y de Leone, en particular. Sólo parece existir violencia y exceso; y sus personajes parecen estar en consonancia a este tempo. Se tratan de unos particulares héroes que tratan de sobrevivir de una forma inmoral y violenta; unos asesinos y ladrones que llegan a hacer un uso de la violencia casi como una metáfora deportiva.

 De hecho, prácticamente todos sus personajes están condenados a morir. "Algo que ver con la muerte", es un título de una de sus biografías, pero se tratan de muertes muy cuidadas, pues sus duelos se ritualizan. Comienzan con la partitura musical y continúa con la característica fotografía de Leone, entre el paisaje y los primeros planos. Los andares, los sombreros, las botas, las armas y un estupendo juego de miradas. El bueno, el malo y el feo presentaba un duelo con un ritmo frenético, mientras que el de Hasta que llegó su hora, un ritmo muy lento. Pero ambos heredan el tempo del duelo de El último atardecer, de Aldrich, entre Kirk Douglas y Rock Hudson.

La homosexualidad en el cine: una relación de amor y odio.

La homosexualidad en el cine: una relación de amor y odio.

La comunidad gay ha visto crecer su presencia, sin tapujos, en el séptimo arte, acompañando un largo camino ansiado: el de la liberación sexual y la igualdad social, ante una sociedad que se considera igualitaria y libre, aunque no siempre lo refleja realmente. La homosexualidad empezó a cobrar importancia en el más influeyente de las manifestaciones artísticas a través de una película de cine mudo, Distinto a los demás (Richard Oswald, 1919). Eso sí, durante muchos años aparecerá en la gran pantalla con una visión deformada de la homosexualidad.

"Distinto a los demás" fue rodada en la Alemania de entreguerras, una época de miserias sociales pero también de liberación sexual como quedó reflejada en la película Cabaret (Bob Fosse). Aunque como vaticinaban los personajes del film, de la libertad se pasaría al horror del nazismo. Quién sabe si por esta circunstancia, Alemania abanderaría la vanguardia social en cuanto a la homosexualidad, lo que se reflejó en el cine en el Festival de la Berlinale, al ser el primero que dedicaba un gran premio a películas centradas en esta temática. Tampoco parece ser casualidad que la primera en recibir dicho galardón fuese la española La ley del deseo (Pedro Almodóvar) sobre todo, teniendo en cuenta las preferencias del cineasta manchego.

-¿No tendrás una enfermedad venerea?

-¿Por qué me preguntas eso?

-Porque eres tan promiscuo.

                           

 Pero es Hollywood de donde vienen la mayor parte de la producción cinematográfica sobre esta temática y, desde sus inicios, se manifestó por una marcada ambigüedad.

-¿Cómo es posible comprender la idea de poder compartir la vida con un hombre?

-¿Y eso está bien, magestad?

Fue introducida en el argumento de un puñado de obras maestras, aunque quedase en un segundo plano, de forma velada. Así aparecía desde La reina Cristina de Suecia (1933) a La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks) o De repente el último verano (Joseph L. Mankiewicz), dos películas basadas en obras teatrales de Tennessee Williams; pero el tema de la homosexualidad aparecía a través de personajes atormentados.

-Hace cinco horas teníamos una vida decente, ahora no nos queda más que la basura que nos ha echado encima.

-La basura que vosotras mismas se han echado.

E incluso se dieron casos de cineastas que repitieron temática como sucedió con William Wyler, con Esos tres y La calumnia. En estas películas se llegaba a demostrar cómo el reproche social era tal que incluso se instalaba en el propio personaje, a través de un deseo sexual que no podía reprimir.

-¡No puedo soportar que me toques, no puedo soportar que me mires! Todo ha sido culpa mía, he destrozado tu vida y también la mía.

En otro extremo, encontramos los personajes de Richard Burton y Rex Harrison presentados como un matrimonio convencional en La escalera; una atrevida tragicomedia de temática gay rodada por Stanley Donen.

-Te casaste, tuviste a una hija y ahora me tienes a mí, a Harry la fregona que vive, come y desayuna cuando quiere el señorito, aunque preguntale a alguien, un poco más y volveré a estar en la cumbre.

-¿Vas a dejar la vida que llevabas?

-Pues claro, ya lo verás.

-¿Te vas a vivir al Hilton?

-O a un ático con terraza.

-Me dejas sin respiración... mientras tanto, baja la basura, amor mío.

Toda una excepción, debido a que la política mantenida en los grandes estudios era la autocensura, lo que quedó demostrado en Espartaco (Stanley Kubrick), con una memorable secuencia que fue eliminada en el montaje final:

-¿Consideras que comer ostras es moral y comer caracoles, inmoral?

-No, por supuesto que no.

-Es cuestión de gustos, ¿verdad?

-Sí, amo.

-Y el gusto no es lo mismo que el apetito. Por lo tanto no es cuestión de moralidad.

Sin embargo, en el contexto americano existe otra tendencia, marcada por el cine underground fuera de las márgenes comerciales, que no iba dirigido precismente a mostrar la denuncia sino a dar riendas sueltas a las fantasías. Andy Warhol y Jack Smith dirigían unas películas que luego se proyectarían en museos y en salas de cine de arte de y ensayo. Hasta llegar, en los setenta, a producciones bastante extravagantes muchas de ellas de la mano de John Watters y de su cine escatológico. En este tipo de películas, se exponen todo tipo de estereotipos acerca de la comunidad gay, con unos aspectos que pueden provocar el rechazo por parte del espectador. Eso sucede con Pink Flamingos una de las películas más conocidas del controvertido realizador.

En los noventa, el cine empezó a tratar el tema de la homosexualidad en una serie de películas que incidían en el transformismo, la figura de la drag queen y la libertad sexual -Priscila, la Reina del desierto o Wong Foo (Gracias por todo)-. Hasta que se hace frecuente encontrarnos en cartel personajes y situaciones que antes eran censuradas, incluso en producciones hollywoodienses de consumo familiar (Los chicos están bien, Lisa Cholodenko) con sentimiento buenrollista propio del nuevo milenio (In & Out, Frank Oz)

-¡Dios mío, díos mío!

-¿Qué te pasa, jovencita?

-Tambíen he estudiado con el profesor Bracket, y me está pasando... soy gay.

Podemos concluir el reportaje con el mayor problema que acompañado a la homosexualidad, la aparición de la enfermedad del SIDA. La irrupción del Sida, a principios de los años ochenta, se perfiló como todo un terremoto de imprevisibles consecuencias que vino a cambiar los ámbitos y costumbres no sólo de los grupos de riesgos, sino de todos los individuos, sin diferencia de raza, nacionalidad, sexo y posición social o sexual. De todo esto, levanta acta notarial, el director francés André Techiné, con un puñado de películas sobre esta temática (Los testigos).

- ¿Qué ocurre, es que tengo la peste?

Fue en los años ochenta, cuando el también francés Ciá Collant se atrevió a hablar alto y claro sobre el tema, en una pantalla de cine, adpatando una novela autobiográfica, Las noches salvajes, en la que daba buena cuenta de sus propias experiencias como seropositivo. Todo un tabú, en los noventa, como refleja la interesante película Filadelfia (Johnathan Denme).

- Este caso no trata sólo del SIDA, ¿sabe?, ¡así que hablemos de lo que trata realmente!: del odio del público en general, de nuestra repugnancia, nuestro temor, a los homosexuales. Y de cómo ese clima de odio y temor desembocó en el despido de este homosexual en particular: mi cliente, Andrew Beckett.

Pero no quisiera terminar con un drama, sino trasmitir una sonrisa al lector, con un divertido guiño a cargo del genial Billy Wilder.

                            

-¡Soy un hombre!

-Nadie es perfecto.

 

 

El Gatopardo: cincuenta años de una obra maestra. Curiosidades de un rodaje inolvidable.

El Gatopardo: cincuenta años de una obra maestra. Curiosidades de un rodaje inolvidable.

Luchino Visconti. 1963. Italia.

Reparto: Burt Lancaster (Príncipe Don Fabrizio Salina), Claudia Cardinale (Angelica Sedara/Bertiana), Alain Delon (Tancredi Falconeri), Paolo Stoppa (Don Calogero Sedara), Rina Morelli (Princesa María Stella Salina), Romolo Valli (Padre Pirrone), Terence Hill (Count Cavriaghi), Pierre Clémenti Francesco Paolo), Giuliano Gemma (General Garibaldi), Ottavia Piccolo (Caterina).

Se cumple cincuenta años de una obra maestra del séptimo arte, El gatopardo de Luchino Visconti. Todo un fresco histórico sobre el nacionalismo italiano, el acontecimiento político más importante en la Italia del siglo XIX, convirtiendo a la película en el mejor film de ambientación histórica del cine, junto a Barry Lyndon de Stanley Kubrick.

                               

Así pues, El gatopardo es una película que debe considerarse de Viconti, pero también de otros muchos profesinales que dotaron al film de una grandiosidad inconfundible. De Nino Rota, porque el film trascurre como una narración musical que pende en muchas secuencias, dotándola de brillantes matices, como ya habían planteando en El trabajo. Por citar unos ejemplos, queda magníficamente el tratamiento de la música en la despedida de Tancredi para partir a la guerra, su paseo con Angélica por las habitaciones vacías del palacio, y en la marcha a Donnafugatta. De Guiseppe Rotunno, el director de fotografía habitual de Visconti, en sus principales películas. Del productor Godofredo Lombardo quien convencería al cineasta para buscar a Burt Lancaster, frente a su propia opinión, que prefería a Laurence Olivier. Así hasta medio centenar de nombres, más o menos conocidos, que hacen de El gatopardo una película-río, en donde el simbolismo puede estar presente en muchos de los detalles del film, por ejemplo, en el cuadro La muerte del justo, de Greuze, que adorna una de las habitaciones en donde el personaje principal se refugia del bullicio de la fiesta y que sirve para reflexionar en su propia desaparición física.

                           

Hay tres figuras claves para comprender esta grandísima película: Giuseppe Tomasi de Lampedusa, el autor de la novela; Luccino Visconti, seguramente el cineasta más apropiado por sus orígenes aristocráticos y, por supuesto, la estrella, Burt Lancaster. Actor que bordaría el personaje, a pesar de las reticencias del director y de algunas circunstancias que surgieron en torno al actor. Lo cierto, es que el inolvidable personaje del principe de Salina supuso un giro en su meteórica carrera. 

-La mía es una generación desgraciada, a caballo entre dos mundos, sin encajar en ninguno.

 Sobre el autor, se ha dicho: "Siempre pensé en el libro como una proyección de los deseos de mi primo [Lampedusa], quien vivió una juventud dorada, pero luego su vida fue un constante declinar hasta llegar a la situación casi de miseria".

                                 

El productor  Godofredo Lombardo, defendió la película como un proyecto que no debía olvidar la obra original, ni la particularidad del acontecimiento histórico: "Debíamos hacer comprensible una situación histórica desconocida, incluso para los italianos, y a día de hoy sigo pensado que fue una gran idea. Vivir la sensación de la muerte, de la decadencia, del amor, lo que permitió que uniéramos el estilo de Lampedusa con el ritmo de la película, sin traicionar la novela. La novela es, en el fondo, la historia en la que por primera vez se unen las clases sociales, la historia de un aristócrata que se casa con la hija de un donnadie". También es interesante lo que aportó Giuseppe Rotunno, el director de fotografía del film: "Yo elegí el formato de la película, mejor que el cinemascope porque la proporción en lugar de ser 1:1,2 era 1:1,5. Es fundamental para la calidad fotográfica poder ver la imagen bien grande y como los espacios, en El gatopardo, eran grandes habitaciones de época, con techos muy altos, con lámparas de araña en los techos, conseguimos meter las lámparas en cuadro, lo que hubiera sido imposible con el cinemascope".

Claudia Cardinale comentó parte de la forma de trabajar del cineasta con los actores: "Hasta un parpadeo o un pequeño gesto, debía calcularse y decidirse junto al director. El siempre me decía cosas que eran muy importantes para mí. Me enseñó muchas cosas del tipo: cuando entres en una habitación, no des pasos pequeños, sé dueña del espacio. Y me enseñó otras cosas: recuerda, los ojos dicen lo que la boca no dice, para remarcar así, el contraste entre la mirada y las palabras".

Sin embargo, las curiosidades más interesantes del filme nos acerca al personaje del príncipe de Salina, interpretado magistralmente por Burt Lancaster.

-Soys más que un gran bailarín, soys un acompañante delicioso. 

La elección del protagonista Burt Lancaster fue uno de los episodios más singulares en la preproducción de la película, porque se hizo a propuesta de los productores. "La primera elección de Visconti provocó un pánico generalizado porque quería al actor que había interpretado a Ivan el Terrible, y luego supimos que estaba completamente borracho en algún lugar de Siberia. Así que pensamos en Laurence Olivier pero no podía hacerlo por problemas de salud. Después de esto, la fox y yo [Lombardo] elegimos a Burt Lancaster, aunque Visconti no lo supo entonces. Fue una complicidad a espaldas de Visconti. Luccino era un director que le gustaba estar siempre al mando y tomar todas las decisiones, así que no se puso muy contento y dijo: ¿qué voy a hacer con este ganster americano? Alguien le comentó a Burt Lancaster lo que había dicho Visconti, pero el actor era una grandísima persona y no se ofendió".

Claudia Cardinale señaló sobre este tema que rodeó a su compañero de reparto: "Burt Lancaster llegó solo a Silicia, le presentamos a la poca aristocracia que quedaba e hizo amistad con ellos. Intentó comportarse como ellos, ver y absorver todo lo que pudo, hasta que comenzó el rodaje y le surgió una idea genial: se fijó en Luccino Visconti, no había nadie más aristocrático que él. Tengo el modelo que necesito, justo delante, decía el actor". Pero la paradoja de esta inmensa interpretación reside en que fue doblado al italiano, mientras que en la versión americana (rodada por el entonces, el novato Sidney Pollack) conservó la voz doblada y no la original del actor. Sydney Pollack contó, en alguna ocasión, esta curiosidad de la película: "Como Visconti no hablaba inglés, me dijeron que me hiciera cargo de la versión americana. El caso es que la voz italiana, funciona. De alguna manera, ver la película ambientada en un escenario italiano, el escuchar una voz americana resulta incongruente y produce una sensación extraña e incluso el acento de Burt no suena bien para ese personaje. Yo creo que, en el conjunto de su obra, consideraría El gatopardo, la mejor de sus interpretaciones a pesar de que no es su voz la que se escucha en la película. En la versión perfecta, él no hablaría".

Al fin y al cabo, se trata un relato-río dedicado a desglosar la caída de la nobleza siciliana y el ascenso de la burguesía del XIX, retratando sobre todo a los que se llamaban “gatopardos, hienas y chacales”. Al príncipe de Salina, representado como un Maquiavelo inmerso en este embrollo; el padre Pirrone (Romollo Valli) como el jesuita que aún defendía al Antiguo Régimen; Don Calogero Sedara (Paolo Stoppa), que se presenta como modelo de la nueva burguesía enriquecida, obsesionado por conseguir un título nobiliario, lográndolo tras el matrimonio de su hija Angelica (Claudia Cardinale) con Tancredi; e incluso vemos a Don Ciccio, el pobre organista de Donna Funggata, que no cree en las bondades de los nuevos tiempos. Por lo que deja a las clases oprimidas como mera comparsa de estas élites. Tan sólo aparecen simples pinceladas de los grupos populares: las persecuciones y fusilamientos en la toma de Palermo por las tropas de Garibaldi; la mujer y el bebé sentados en plena calle, cuando pasaban por delate el príncipe de Salina y el enviado del nuevo gobierno, Chevalley; los campesinos en plena faena; la gente que se atropella en el control a las afuera de Palermo; etc...

Pero sería significativo citar uno de los detalles finales del film de Luchino Visconti, por su aproximación al mundo de la futura sociedad mafiosa y a la saga de El padrino. Tras el baile que cierra la película, se escuchan disparos en off, oídos desde el coche que lleva a Tancredi, a su prometida Angelica (Claudia Cardinale) y a su padre, Don Calogero (Paolo Stoppa): un terrateniente había ejecutado a algunos de los que pretendían seguir con la lucha armada, el anarquismo según lo veían estos protagonistas, como representantes del nuevo poder que se hacía un lugar entre los políticos emergentes. Un sucesor de la aristocracia y de los nuevos latifundistas enriquecidos, que habían logrado una gran posición gracias a diversos trapicheos comerciales, enlazándose con la lealtad al clan familiar y al carácter “maquiavélico” de sus protagonistas. Esto se observa sobre todo, en el personaje encarnado en Burt Lancaster, un príncipe siciliano que llevaba a cabo cualquier mecanismo con el pretexto de ascender a su sobrino en medio de ese mundo convulso que supuso el nacionalismo italiano. A parte, existen otros matices y particularidades que lo conectan con aquella saga sobre el mundo de la mafia.  

El Gatopardo: un fresco histórico del nacionalismo en la gran pantalla.

El Gatopardo: un fresco histórico del nacionalismo en la gran pantalla.

Excelente ambientación histórica para un film de culto que narra con profundidad y dramatismo quizás el episodio fundamental de la Italia del XIX, su nacionalismo. Pero retratado desde la visión de una aristocracia decadente, de una nobleza en las puertas de su desaparición; desde la perspectiva de su protagonista, el príncipe de Salina, Don Fabrizio (Burt Lancaster). 

Una película con mil detalles muy destacados: la banda sonora del grandioso Nino Rota;  su reparto, en donde podemos reconocer a un actor de segunda fila que protagonizaría disparatadas comedias de acción, Terence Hill. Otro éxito del cineasta fue retratar la decepción de la condición humana, como ya hiciese en Muerte en Venecia, y aquí en numerosos momentos, desde el inicial rezo del rosario, con los balcones abiertos, que se ve interrumpido por el hallazgo de un soldado muerto en el jardín, hasta el cierre de la película, con el paseo del protagonista después de que hubiera visto pasar una pequeña procesión matutina por las calles desiertas.

                       

Entre estos innumerables detalles, todo está presente con gran maestría: las tierras secas, los caminos polvorientos, las viejas calles, el retrato de una Sicilia que luego utilizaría Coppola para describir el pueblo de Corleone. Los salones, los corredores donde discurre la gente, los rezos, los bailes; sobre todo la larga danza que protagonizarían don Fabricio (B. Lacaster) y Anjelica (Claudia Cardinale), sirviendo como preludio a la visión de su propia muerte en la imagen de un cuadro, como reflejo de la muerte de su propia clase. Una película en donde se habla de revolución, de política, en salones cuidados, partidas de cartas entre la aristocracia y el pueblo, o en confesionarios; pero lo que amenaza con destruir ese mundo, también se ve en peligro. Sería acertada, la sincera precisión del sobrino del príncipe, Alfonso Tancredi (Alain Delon), cuando dijera la ya famosa cita: “si queremos que todo siga como esté, es preciso que cambie todo”.

             

Fabrizio de Corbera, príncipe de Salina, par del reino de las Dos Sicilias, señor de Donnafugatta y Querceta, es el protagonista de una de las mejores y más tristes novelas del siglo XIX. El poder de la historia de El Gatopardo es que a pesar de celebrar la vida en una prodigiosa recreación, no hace más que conmemorar la muerte desde su frase inicial: "Nunc et in hora mortis nostrae. Amen". Ese "cortejo de la muerte" es el asunto principal de la historia, el único reverbero que acompaña al protagonista y, por añadidura, a la magnífica troupe de secundarios. La variante del proverbio "mientras hay muerte, hay esperanza", que cita la novela, pero no la película, merece mayor atención que la cansina y malinterpretada: "si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie".

                                 

La historia empieza cuando el príncipe se siente algo fastidiado por el desembarco de tropas de Garibaldi en el inicio de la unificación de Italia. A esto se le une la necesidad de enlazar a un miembro de la familia con la pujante y paleta burguesía terrateniente. El oportunista y arruinado Tancredi Falconeri es el elegido para acercar a los Salinas a la prosperidad mercantil. Don Fabrizio es un aristócrata de los de antes, pero fuera del tópico, de la caricatura o arquetipo. Su modo de valorar el mundo que le rodea, los hombres y las cosas, es producto de una visión que podríamos denominarla implacable. Al mismo tiempo, es un personaje que percibe el final de una era.

-Fuimos los gatos salvajes, los leones, los que nos sustituyan serán chacales, alimañas, y todos juntos, alimañas, leones, leopardos y gatos salvajes, seguiremos creyendo la sal de la tierra.

 La burguesía ocupa el lugar que, hasta ese momento, detentaba la aristocracia. Acontecimiento que se representaría con la unión entre el sobrino del príncipio, partidario de la antigua clase, y la hija del alcalde, defensora del cambio. Don Fabrizio piensa mucho y piensa bien, se deleita en amenas y refinadas meditaciones para luego equivocarse. La intuición de ese continuo error, nunca asumido es lo que hace que el espectador, no sólo le profese simpatía, sino una especie de amor filial. Y no nos llevemos a engaños, Don Fabrizio nos resulta conmovedor por el hecho de ser noble.

- ¿Qué tramabas anoche?

- Estaba con unos amigos, en una noche inocente, no como un cierto conocido mío que fue a divertirse un poco nada menos que a Palermo.

- ¿Y quien es ese misterioso desconocido?

- Eres tu tío, tu mismo. Y con venerable compañía. ¡Vaya con los libertinos!.

- ¿Yeso, para un banquete? ¿No será para un duelo?

- ¡Sí, un duelo, con Franquescier! Lo que Dios mande, no, tío, no.

- ¡Bah! La tricolor, horrenda policromía.

Así cuando Tancredi justifica el enrolarse en las filas garibaldinas con el exitoso lema, podría haber dicho: "la bellota no cae lejos de la encina" y ahora sería eso lo que los cínicos de salón andarían repitiendo como unos papagayos. Tancredi es huérfano de una familia arruinada y ve una oportunidad de prestigio en la revuelta liberal. Es Don Fabrizio y su propensión por enredarse en juegos mentales, lo que convierte en ley esta simple frase. Este autoengaño es el motor de la historia. Todas las meditaciones del príncipe, y no pocos de sus actos, llevan el marchamo de una frase ajena, dicha casi por decir algo. En realidad, el príncipe se da cuenta, al menos en el aspecto político, que esa idea es errónea. A fin de cuentas, generación tras generación algo cambia siempre y sólo permanecen Sicilia y nuestra condición mortal.

De este modo, la película trata de ser un retrato de clases, muy propio del director. Luchino Visconti había realizado un episodio de Bocaccio’70, en el cual también participaron otros cineastas italianos de la talla de Federico Fellini y Vittorio de Sicca. Lo tituló El trabajo con un retrato de la clase dirigente para mostrarnos cómo se transformaban las estructuras sociales, con el objetivo de detentar el poder. Ocurre, en realidad, lo mismo que en El gatopardo, que a diferencia de otro de sus filmes más conocidos: Rocco y sus hermanos, es el reflejo de un estrato social y no de una lucha de clases. En la última película citada de Visconti, encontramos un fresco histórico sobre la inmigración y la pérdida de las raices en la postguerra.

                            

De ahí que los tópicos existentes del protagonista se repitiesen, con una gran simpatía por el personaje principal, quizás por el origen aristocrático tanto del cineasta como del escritor Giussepe Tomasi de Lampedusa, cuya obra literaria fue la base de la película. Pero si nos quedamos con algunas ideas claves debemos señalar ciertos puntos. El cambio de mentalidad sería una de ellas, lo que se refleja de manera patente en el protagonista, un noble huraño y misántropo que sale de sí mismo para encontrarse con un mundo en plena transformación, como por ejemplo en el descubrimiento en el príncipe de su propia privacidad, concepto que fue inventado por la burguesía, frente al lado público que había exhibido en sus anteriores relaciones sociales. Y de la privacidad a la intimidad, que en la cinta queda reflejada en los inicios del concienciamiento, del yo, tanto del yo como clase como del yo personal. Parte de la filmografía de Visconti, que tanto influyó en Coppola, reflejaba a esta doble condición que resulta del capitalismo, con un infrahombre opuesto al superhombre, condenado a un continuo deambular en busca de beneficio económico, pero también entregándose al vacío ocioso, que en el caso del príncipe de Salina se ve en el vagabundeo durante la escena de baile e incluso en las secuencias finales con un solitario y polvoriento pueblo de fondo. En realidad, el personaje de Burt Lancaster no puede recurrir a su pasado ni el presente le pertenece de ahí ese vagar sin fin: mientras otros se divierten y bailan, el contempla su rostro cansado y demacrado en el espejo, conversa desganadamente con otros espectros como él, e incluso busca refugio en las habitaciones solitarias o sus búsquedas de sexo eventual entre las prostitutas. 

Este adulterio aparece expresado en términos afines a los del film de Kubrick, Barry Lyndon, aunque en esta ocasión nos encontremos con una explicación. En realidad, resulta ser la contraposición a este tema de la citada película de Visconti, El trabajo, en donde una aristócrata exige a su marido la misma remuneración económica que ofrece a las prostitutas con las que se acuesta.

- Ella es la pecadora, sí, la pecadora. He vivido más treinta años con ella y me dio cinco hijos, pero nunca la he visto más allá de las pantorrillas.

Sin el ser el demiurgo, es cierto que su intervención modificaba el devenir de los demás personajes, sobre todo desde que Tancredi (Alain Delon) propuso esa divisa del cambio sin cambios, cuando el Principe de Salina quiso perpetuar su línea hereditaria, al menos de bienes. Sin embargo, como habíamos apuntado, él ya se sentía fuera del nuevo orden social –por ejemplo, rechazó la oferta del Caballero milanés para ser miembro del Senado recientemente constituido-; lo que se reflejó de manera sobresaliente en la escena del baile. Su intervención parecían ser duetos con el resto de los personajes, como si fuese una ritualización de su propio suicidio como ente social. Entre tanto, los demás bailaban y charlaban de habitación en habitación. Moviéndose a ritmo de vals, mazurcas y polkas, con ese realismo musical de Nino Rota, que en ocasiones podía recordar a Verdi. Mientras que el príncipe de Salina se dejaba llevar entre reflexiones que enmascaraba su propia soledad y una aproximación al impresionismo fúnebre de Marcel Proust, de “En busca del tiempo perdido”, obra que Visconti admiraba y que nunca pudo dirigir su adaptación a pesar de haber preparado el guión. El cineasta se tuvo que contentar con filmar en la escena del baile lo más cercano a la obra de Proust.

Mientras que el tema del nacionalismo italiano Luchino Visconti lo presenta en otro film clásico, Senso pero desde una perspectiva diferente, vista desde el bando de los vencidos. Los austriacos que fueron derrotados, entre otros, por Garibaldi y sus “camisas rojas”, con una imponente imagen de la ciudad de Venecia, con su famosa Ópera, pero retratada como una opereta, más poética si cabe. El protagonismo pesa entonces en una mujer, actriz que acompañó al príncipe de Salina en la anterior cinta, Rina Morelli, quien también coincidiese con Burt Lancaster en Novecento, de Bernardo Bertolucci, una de las grandes películas del cine italiano que retrata otro de los episodios importantes en la Historia de Italia. En esta ocasión, el ascenso del facismo, presentado como una lucha de clases y, quizás, como una referencia a la contestataria década de los sesenta.

Phillipe Marlowe: una creación de Raymond Chandler, maestro del cine negro.

Phillipe Marlowe: una creación de Raymond Chandler, maestro del cine negro.

- El estilo no se consigue preocupándose por el estilo, sino a través de la capacidad de transmitir su emoción y su percepción, es lo que convierte a uno en escritor. Él mismo.

Una de las figuras más sobresalientes que han fusionado literatura y cine, es el maestro del género policíaco o cine negro: Raymond Chadler. Con su primera novela, lograba un éxito tremendo que luego se repetiría en la gran pantalla: El sueño eterno. De esta grandísima obra, rescatamos su principal creación, que ha contado con un estrecho desarrollo junto al séptimo arte: el célebre detective Phillip Marlowe. Así, le queremos rendir un sentido homenaje, en nuestro estilo.

                         

A pesar de que nació en Chicago, se crió en Inglaterra y sólo al volver a los Estados Unidos y ver que su escrupuloso inglés británico no tenía nada que ver con el inglés norteamericano, se decidió tanto por la escritura que llegó a ser una de las figuras principales de su literatura. Esto le obligó un poco a convertirse en una especie de buscavidas, pasando por una gran variedad de oficios, desde empleado en una fábrica de envasado de albaricoques a directivo de empresas petroleras. De hecho, se erige como el principal autor de novela negra de su época, creador, ante todo del incomparable Phillip Marlowe.

“Enseñadme un hombre o una mujer que no soporte las novelas de misterio y yo os enseñaré un tonto. Un tonto mañoso, pero un tonto, al fin y al cabo”.

Después de la Primera Guerra Mundial, en una sociedad con graves problemas sociales, la novela de detectives derivó a la llamada novela negra. La corrupción, la autoridad de los gánsters de las calles y la crítica social, provocó un sentimiento de repulsa que se tradujo en la creación de un detective duro, que respondiese con violencia a la violencia. Personajes escépticos y marginados tuvieron en Dashiel Hammet su creador, con Sam Spade, mientras que Chalder sería el magnífico continuador de su estilo. portando una evolución psicológica de sus personajes, sus protagonistas representaban la defensa de los valores esenciales amenazados por la sociedad. 

                   Phillipe Marlowe

Phillip Marlowe ha aparecido con diversos rostros en el cine, e incluso dando pie a una serie televisiva, en los años ochenta. George Montgomery, Robert Mitchum, Elliot Gould, Danny Glover, James Caan y James Garner, son quienes lo han interpretado en la gran pantalla, pero ninguno de ellos ha transcendido tanto como Humphrey Bogert en El sueño eterno. 

 - Cómo entró, sino tiene la llave.

- Adivínelo. Por cierto, ¿cómo es que lo tiene usted?

- ¿Es su problema?

- Podría serlo.

 En la televisión fue Powers Boothe quien hizo el papel del personaje de Chandler en la serie de la HBO Philip Marlowe, Private Eye. Pese a todo, el escritor siempre tuvo a un actor en mente que según él encarnaría a la perfección a  Marlowe. (En Raymond Chandler, Cartas y escritos inéditos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1976), dejo escrito: "Si alguna vez hubiese tenido la oportunidad de elergir a un actor de cine que representara mejor la imagen que yo tengo de él, creo que tendría que haber sido Cary Grant".

                   

“Yo llevaba dos billetes de cien en el bolsillo, que pedían a gritos un hogar” En Adios, muñeca, película de Dick Richards, Robert Mitchum era el actor encargado de interpretar al personaje de Raymond Chadler.

 - La casa, en sí, no era gran cosa. Era más pequeña que el palacio de Buckinham y además seguro que tenía menos ventanas que el edificio Pricenston.

"Marlowe no despreciaba a las clases altas porque se tomasen baños diarios, lo despreciaba porque son unos farsantes". Marlowe, un detective muy privado (Paul Bogart)

- No le importará, Marlowe, porque es un detective barato, espía de cerraduras, un entrometido.

- ¿Quiere que me importe?

- Me encantaría, me encantaría.

- Pues no me importa.
Incluso en una película tuvo una cierta relación sentimental. (La dama del lago, Robert Montgomery.
- Yo no veía nada, pero lo sentía en el estómago, como un saco con una ropa mojada.

El último título que destacamos es Historia de un detective (Murder, my sweet), con la que Edward Dmytryk lograba un éxito para la RKO, con una nueva aventura sobre Marlowe. Marlowe apareció inicialmente en una historia corta, llamada Finger Man (El confidente), sin embargo, Chandler define a su personaje en El Largo Adiós (1953): "Soy un investigador privado con licencia y llevo algún tiempo en este trabajo. Tengo algo de lobo solitario, no estoy casado, ya no soy un jovencito y carezco de dinero".

                               

Y así aparecía en la obra más conocida, El sueño eterno: “Eran cerca de los once de la mañana. Estaba limpio, afeitado, sereno, y no me importaba que se me notase. Era todo lo que un buen detective privado debe ser e iba a visitar a cuatro millones de dólares”. Así comienza su primera gran novela, El sueño eterno. En esta aparecía su creación más célebre, Phillipe Marlowe. Temerario, inteligente y sensual, reunía todas las características del detective norteamericano, además de ser culto, leer a Hemminguey y a Flaubert, y soltar de vez en cuando unos chistes mordaces y diálogos ingeniosos.

- Me tiene sin cuidado que no le guste mis modales, ni siquiera me gustan a mí, me hacen llorar las noches y me importa tanto que se meta conmigo como que tome sopa con tenedor.