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Cine político. Las urnas y la campaña en el celuloide.

Año electoral en Estados Unidos y España, lo que nos sirve de excusa para retratar la multitud de elecciones que han aparecido en la gran pantalla. Repasemos las principales campañas electores en el séptimo arte, en donde política, mítines y corrupción vendrán a combinarse en el séptimo arte. Lo que parece una tesis de la ambición mal entendida, en donde la felicidad y bienestar de los votantes es lo que menos importa.

Ya lo dijo Paul Valéry: "La política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo verdaderamente importante", o lo que es lo mismo, pero en otras palabras, el noble arte de vender humo. Un apoteósico desfile de banderas y un entusiasmo ideológico, un ritual de multitudinarios actos que dirige el líder, en representación de lo que piensan y sienten sus fieles acólitos. Lo más demoledor en literatura sobre el juego electoral fue escrito hace siglos por el dramaturgo inglés Shakespeare sobre las intrigas políticas en época romana, en Julio César. Adaptada al celuloide por Joseph L. Mankiewitz se presenta como la mejor representación de la metodología de un animal político, Marco Antonio (Marlon Brando) para destruir a su rival, Bruto.

A ellos les sobraba los diez minutos de un espléndido monólogo, a cargo de ese genial actor, para demostrar el maquievelismo y el efecto escénico de los políticos, mientras que los nuevos tiempos se ha hecho gala de toda una cinematografía, con todos los puntos de vista posibles de la democracia.

Es cierto que la democracia rige los destinos de no pocos países y una de las esencias de este sistema son las elecciones, como también es cierto que en ningún país como en Estados Unidos se vive con tanta pasión la carrera de las urnas por la presidencia. Una carrera de fondo, que al final sólo hay sitio para uno. En el caso del cine americano, actores y política han ido muchas veces de la mano. El mediocre actor Ronald Reagan llegó a la presidencia desde el Partido Republicano, como hizo Arnold Swarzzenneger, el último capítulo en este sentido como gobernador de California. También los hay que han sido alcaldes, como Clint Eastwood, del californiano pueblo de Camel. Que Abraham Lincoln muriese asesinado en un teatro es pura casualidad. Y de todos los candidatos del cine nos quedamos, sin duda, con Henry Fonda. El mejor hombre (Frankling. J. Shaffner), meritorio filme sobre la campaña electoral, es uno de los trabajos principales de Fonda, en este sentido, actor curtido en esos personajes desde que interpretase a Abraham Lincoln. Uno de los símbolos de la democracia estadounidense, cuya sombra inspira los máximos ideales del ciudadano medio, aquel que rigen los principios presentes en su constitución y que aparecen recogidos en la parte final de la Declaración de Independencia: Juro fidelidad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una Nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.

- El Gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, no desaparecerá de la Tierra.

Primero abogado, Abraham Lincoln conquistó la Casa Blanca desde Illinois, con sus buenas formas y su apariencia austera, en un momento en el cual la democracia norteamericana conocía los debates electorales, antes de aparecer la televisión. Años en los que aparecía el Oeste como la parte salvaje de ese país naciente cuando se descubrió un asunto turbio que sucedió en el Este, en un Nueva York, que todavía no era más que un embrión de lo que se vivía en Europa. Como lo reflejó Martin Scorsese en Gags of New Cork.

- Sólo dos, lo juro por Dios.

- ¿Sólo dos? ¿Y así cumples con tu deber cívico?

Se trataba de ganar -siendo mucho lo que estaba en juego-, y ya por aquel entonces, los protagonistas de ese particular juego democrático sabían bien lo que significaba el viejo dicho de "un hombre, un voto".

- Soy consciente de que algunos no me habéis dado todo el apoyo que había deseado, pero este año las cosas son más restrictivas: sólo un voto por persona.

El Oeste dejaba de ser salvaje y el Este entraba de pleno en el espíritu del siglo XX con un hombre a la altura de las condiciones, Charles Foster Kane (Orson Welles) quien era en realidad, el magnate Hearst, forjado en un imperio a su medida y que no sólo quiso acaparar los poderes fácticos, sino contar con el político.

- Todavía podía presentar más promesas ahora, pero estoy demasiado ocupado por mantenerlas.

Gracias al empuje de personajes como Hearst / Kane, Estados Unidos estaba destinada a convertirse en una gran potencia, que aún debía pasar por la prueba de la Gran Depresión, producida por la crisis bursátil de 1929. El hambre, la pobreza y el desempleo se adueñaron del país y cada uno sobrevivía como podía, tanto los de abajo como los de arriba. El cine, igualmente, sacó a luz todo un decálogo de lo que sería una campaña electoral. Lo primero, y más importante, era ganarse el favor de la mayoría, lo que se cumplía con argumentos dirigidos a llamar su atención más que a responder a las necesidades reales del pueblo. 

- ¡Y os digo que si los años de atropello han quedado atrás...! Es así, ¿no? muchachos.

- Sí, señor.

- Vale, vale... ¡Os digo que en virtud del poder que me ha sido conferido, estos muchachos quedan perdonados!.

En toda campaña, había que superar al contrario, con todo aquello que conocen del oponente como hicieron los hermanos Cohen en Oh, brother, e incluso echando mano del diccionario (El senador fue indiscreto):

- Parlson está contra la inflación, la deflación y a favor de la flación.

El populismo ha sido, es y será el objetivo fácil de todo político que anteponga el mero ejercicio del poder a la defensa de otros intereses de sus conciudadanos.

- ¡Amigos, alzad la mirada y contemplar la verdad con toda su crudeza! Y esta es la verdad, sois pobres y nadie ha ayudado más a los pobres, que los pobres.

                                 


De ahí que se empiece pidiendo el voto a los pobres contra los ricos y se termine con un peliculón, El político, de Robert Rossen, filme que sedujo al propio Sean Penn, porque a pesar de su pinta de progre, le va el populismo sureño de este remake titulado Todos los hombres del rey, dirigido por Steven Zazillian. Dicho de este modo, parece fácil, porque una promesa surge al juntar un grupo de palabras. Ya lo sabía Charles Foster Kane o Hearts, pero además de promesas, el candidato debía saber implicar a otros en su proyecto, pero la cuestión es cómo resultar convincentes.

- Estoy dispuesto a pactar con el diablo, si me ayuda a cumplir mi programa.

Integridad, carisma, sinceridad. Qué poco le duran estos valores a los políticos, sobre todo si un esperanzador Robert Rerdford en su escalada política a la Casa Blanca, porque ya se sabe, el poder termina corrompiendo incluso a los mejores.Demócratas convencidos perdieron así el buen rumbo como Warren Beatty, que transgredió todas las normas a ritmo de hip-hop en Bulworth, o Tim Robbins, dando vida a un candidato a la presidencia por las filas republicanas, con música a lo Bob Dylan, en Ciudadano Bob Roberts. Hasta encontrarnos con alcaldes que pretenden ser Presidentes como Spencer Tracy, en El último hurra (John Ford), y ex presidentes, Gene Hackman, que al retirarse a un pequeño pueblecito, creen que van a ser elegidos alcaldes (Bienvenido a Mooseport, Donald Petrie). En política se ve que es un error no contar con las fuerzas vivas de la localidad, como el hecho de resultar peligroso ganarse a la gente.

No es por ponernos serios, pero en España, la dictadura de Franco (guionista de alcoba que escribió Raza), hizo imposible representar el juego electoral en nuestro cine, porque para empezar, brilló por su ausencia durante cuarenta años. La Transición fue la que trajo las elecciones a nuestro país, pero su reflejo en el séptimo arte no pasó de las amenazas que recibía José Sacristán, por su condición de homosexual, en El diputado (Eloy de la Iglesia) y de la particular campaña que se hizo en un pueblo de Castilla con un solo habitante: El disputado voto del Sr. Cayo (Antonio Jiménez Rico).

 

Otro artículos: Presidentes USA. 

 

El presidente de los Estados Unidos, qué personaje.

El desafío: Frost contra Nixon.

Muerte de un presidente.

La Casa Blanca: entre realidad y ficción.

 

 

 

 


Recuerdo de un actor inolvidable

Recuerdo de un actor inolvidable

 Rendiremos un pequeño homenaje, en nuestro estilo, a este gran actor que ha sido Paul Newman, mucho más que un galán de Hollywood. El último mito vivo que perdurará, sin duda, en sus personajes, Butch Cassidy, Eddie Felson, Harper, Henry Gondordf, el juez Roy Bean y tantos, tantos otros.

 Debutó en la televisión, en la serie de ciencia-ficción de los cincuenta Tales of Tomorrow, en el episodio Ice from Space, luego llevó a Broadway una versión musical de Picnic y en el cine apareció por primera vez en el pemplum El cáliz de plata (Victor Saville), calificado por el propio actor como la peor película de la década.

 - Marchaos de aquí inmediatamente, ¿cuándo el esclavo es el dueño de la casa en que vive?

 Su primer éxito cinematográfico sería su personaje Rocky Graciano en Marcado por el odio, un film de Robert Wise ambientado en el mundo del boxeo. Desde entonces, toda una carrera de buenos papeles, algunos fundamentales como El zurdo (Arthur Penn) en la creación de un personal Billy el niño, o en sus incursiones en la América profunda, con ese sentir del melodrama propio de los dramaturgos norteamericanos y a las órdenes de Richard Brooks, Dulce pájaro de juventud y El largo y cálido verano. Película en la que conoció a quien fue su segunda esposa, Joanne Woodward, uno de los matrimonios casi irreales en Hollywood. 

 De esta primera etapa, destaca sin embargo, La gata sobre el tejado de zinq, también bajo la dirección de Richard Brooks, otra genial adaptación literaria, en esta ocasión de Tenesse Williams. Ella, Elisabeth Taylor, está en celo; él, enfermo de remordimientos. Un matrimonio roto por una mal experiencia, una homosexualidad mal asumida. De modo que poco puede hacer ella, a pesar de su ceñida combinación, de sus roces, de su ofrecimiento para un lascivo baño conjunto:

 - No, gracias, oleríamos igual a como olerían un par de alimañas.

 De hecho, nadie ha rechazado como él. Descreído, su personaje Harper (Harper, detective privado, Jack Smith) es acosado por una víbora de cuerpo caño, necesitada de adulación:

 - Tiene usted una forma de empezar las conversaciones que las pone término, su peor defecto son sus coqueteos.

 Fue uno de los rostros principales de Éxodo (Otto Preminger), un filme sobre los orígenes del Estado de Israel; un científico acosado en plena Guerra Fría, en Cortina rasgada (Alfred Hitchcock) y un literato, en ese divertimento hitchcockiano que fue El premio. Nunca un Premio Nóbel ha sido tan atractivo y aventurero. Perseguido por unos matones, se esconde en una convención nudista, en la que nos regala una secuencia vestido con una simple toalla. Debe avisar a la policía para que esta le salve, pero, ¿cómo? Provocando con su labia de escritor.

 - Les estoy diciendo que unos hombres quieren matarme.

 Cierto, un deja vú de Con la muerte en los talones, pero, ¿importa algo?

 Encarnó a Eddie Felson, en ese magnífico retrato del fracaso que fue El buscavidas (Robert Rossen).

 - ¿Se llama Felson? ¿Eddie Felson? Tengo entendido que estaba buscándome.

 El billar es un juego que requiere buena mano, pero también buena cabeza. Ahí es dónde el impulsivo Eddie Felson tiene todas las de perder Porque el Gordo de Minnesotta sabe esperar su momento, y al final el pardillo aprende la lección.

 - No basta con tener talento, también hay que tener carácter. Bola cuatro.

 También se sentó en la silla de director en más de una ocasión, sobre todo para el lucimiento de su esposa, Joanne Woodward, también salida del prestigioso Actor´s Studio. En su primera película, Rachel, Rachel, lograba nominaciones a los Oscars para la película y la actriz.

 - Una idea estúpida, morbosa. No debo hacer sitio en mi cráneo para cosas así.

 Volvió a la dirección con Casta invencible, pero sobre todo conquistó la atención de la crítica con Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas, un título personal y extraño, para otro dramón con espíritu teatral a mayor gloria de su mujer. Entre sus filmes que dirigió merecería la pena citar también una de sus creaciones más personales, Harry e hijo, con la que rendía homenaje a su hijo Scott, muerto por sobredosis.

 Como actor, Paul Newman se acercó al mundo del automovilismo, una de sus grandes aficiones, en 500 millas (Jerry Goldstein), fue presidiario en la Leyenda del indomable (Stuart Rosemberg) y el pistolero Butch Cassidy en Dos hombres y un destino (George Roy Hill). En dos ocasiones retomó algún personaje que le daría fama, el de detective privado Hasrper, en Con el agua al cuello (Stuart Rosemberg), que junto a su esposa, reflexionaba sobre un matrimonio que no era el suyo.

- ¿Gozas de la vida matrimonial fuera del matrimonio?

- Mi matrimonio no funciona desde hace años.

 Y el de Eddie Felson, en El color del dinero (Martin Scorsese). Ahora, está retirado y es el maestro de un joven jugador de billar, en realidad, su propia imagen juvenil reflejada en el espejo de los años. Alguien necesitado de lecciones sobre la didáctica de tahúr y la vida, de paso.

- El gran Henry Gondorf.

Y, por supuesto, Paul Newman daría el taquillazo, al regresar junto a Roy Hill y Redford, en la obra maestra que fue El Golpe.

- Señor Show, en esta mesa se exige llevar corbata. Si no lleva le ofreceremos una.

- Que amable es, señor Lornegan.

 Capaz de sacar de quicio al ganster que planeaba estafar, por venganza:

 - ¡Me llamo Lennegan!

 ¿O acaso Lonnigen? Doyle Lonnegan, de los Lonnegan de toda la vida, un Robert Shaw pletórico que encuentra su horma en toda una tropa de estafadores. Newman volvería a las órdenes de Gerorge Roy Hill en una comedia con tema deportivo, el hockey sobre hielo, en El castañazo.

 De hecho, ha podido trabajar con las más grandes, no solo con actores de primera fila, sino con importantes cineastas. Se puso a las órdenes de John Huston (El hombre de Makintoz y El juez de la horca), Sydney Pollack (Ausencia de malicia) o Sydney Lumet (Veredicto final).

 - Por favor, Señor, dinos que es lo correcto, dinos lo que es verdad. Y no hay justicia, los ricos ganan a los pobres, que están indefensos.

 E incluso, los hermanos Cohen le dirigieron en una ocasión, El Gran Salto, interpretando al Presidente de una gran empresa, sin escrúpulos, que contrata a un pardillo a quien utilizar a su antojo.

 - Necesitamos a un nuevo presidente que cree pánico entre los accionistas.

- Un pelele.

- Un cretino al que podamos manejar.

 En sus últimos años, supo transmitir sabiduría y experiencia a sus personajes en títulos como Al caer el sol (Robert Benton) y Camino a Perdición (Sam Mendes), su última película en la gran pantalla:

 - Un hombre de honor, siempre paga sus deudas y mantiene su palabra.

 Paul Newman es John Roony, un ganster que se ve obligado a matar a su ahijado porque su vástago biológico es un incapaz. El capo tiene una docena de guardaespaldas, pero un solitario Tom, Hanks es implacable. Lluvia, fotografía de Conrad Hall y música de Thomas Newman. Los grandes mueren en silencio.

- Me alegro que lo hagas tú.

 

Diamantes de sangre.

Con Leonardo DiCaprio y Jenifer Conelly, como principales reclamos, esta película sobre el cine-denuncia en suelo africano pretende concienciarnos acerca del precio que hay que pagar por conseguir estos diamantes, o lo que es lo mismo, el entramado dirigido por la industria de las piedras preciosas en los países productores. Nos presenta una reflexión acerca de la codicia occidental en el continente africano, pero además sobre prácticas aberrantes como el empleo de niños soldados. En realidad, es un típico producto que respeta al máximo las leyes del mercado, del director asiático Edward Zwick (Leyendas de pasión, El último samurai) que resulta ser el equivalente cinematográfico de la literatura de viaje: Bastan pocas páginas para intuir que la prosa no irá más allá de lo funcional y que las sorpresas no formarán parte de la ecuación. Como también bastan pocas páginas para adivinar como se repartirán los roles, quién suministrará el componente romántico y quien el centro ético. En realidad, Ziwck sabe muy bien apreciar la frase que dijesen los romanos con respecto al circo: Damos al público lo que realmente quiere ver.

Parece el título perfecto: literario pero efectivo, y lo suficientemente explícito como para llevar a gente al cine: Diamantes de sangre, expresión que hace referencia a los diamantes obtenidos en zonas de conflicto, en donde los Derechos Humanos brillan por su ausencia y la explotación de esta piedra preciosa estimula una y mil atrocidades. En este sentido, se observa la importancia de la empresa De Beers, la más importante de las que explotan las minas de diamantes sudafricanas, aunque bajo el telón de fondo de la ficticia Van Laer. Por otra parte, la película no se corta en reflejar situaciones tan provocadoras como las matanzas de la guerrilla Revolutionary United Front (FUR) o sus enfrentamientos con las fuerzas gubernativas que lo han convertido en una guerra civil que desangra al país.

El colonialismo, el racismo o el alcance los conflictos políticos en las decisiones vitales de la gente común, son temas recurrentes en el cine, cada vez que aparece África en la pantalla. Es la construcción de una cinematografía que muestra al continente negro como telón de fondo, donde se origina la tragedia de sus personajes. El cineasta recurre a imágenes que rozan el tópico, para ilustrar las guerras civiles, la pobreza y niños insurgentes que portan armas.

Uno de los aspectos más controvertidos de la película es la faceta de los niños soldados, que aparecen reclutados por la guerrilla y que refleja toda una realidad en el continente africano. En este sentido, Diamante de sangre sorprende por su sincero compromiso con una realidad muy cruda que al final de la película, en su última secuencia, se pretende cerrar cuando el personaje del humilde pescador, Solomon Vandy, decide testimoniar de los conflictos de su país a la comunidad internacional, presidiendo el popular actor de la serie 7 en el paraíso, Stephen Collins.

El guión de la película parte, al menos en su telón de fondo original, de la novela Okavango, escrita por C. Gaby Mittchell, que narraba las peripecias de un personaje similar a Indiana Jones pero cambiando diamantes por arqueología. Este relato había interesado a diversos directores: Michael Mann y Ridley Scott, entre otros, pero por problemas de financiación se tuvieron que suspender cada uno de esos proyectos, hasta que cayó en las manos del guionista de Diamantes de sangre, Charles Leavitt, aunque escribiese un argumento totalmente distinto. En vez del protagonismo blanco, el peso de la película recaía en Solomon (quien daba vida, Houson), un hombre que había perdido a su familia, su hogar y que hacía todo lo posible por recuperarlo.

Ambientada en Sierra Leona, en el corazón de los conflictos bélicos más sangrientos en la década de los noventa, la película propone la particular toma de conciencia en torno al personaje de un caza-fortunas, un mercenario sin escrúpulos. El personaje que interpreta Leonardo DiCaprio resulta muy cínico, un oportunista y desilusionado que quiere escapar de África a toda costa. La imagen del hombre blanco sudafricano en la era del nuevo apertheid, no es tan racista como pudo haber sido su padre, pero tiene todos esos fantasmas dando vuelta por dentro de su cabeza. Djimon Houson da vida a un pescador, que se ve obligado a trabajar en la obtención de los diamantes y a recuperar a cualquier precio a su familia. Por último, Jennifer Connelly será una intrépida periodista a la caza del gran reportaje.

- Sólo escribo sobre lo mismo, madres muertas, extremidades amputadas. ¡qué novedad!, bastaría para hacer llorar a algún lector y que enviase un cheque.

Jeniffer Conelly sigue siendo una de las actrices más prometedoras de su generación, modelo y portentosa actriz infantil con un aspecto a medio camino entre la sofisticación y la ingenuidad, por más que su carrera no hizo más que declinar debido a sus papales en donde no hacía más que explotar el lado erótico y sensual de su físico. En El secreto de los Abbott, por ejemplo, interpreta al putón de turno, siempre dispuesta seducir a un joven Joaquin Phoenix, e incluso compartió escenas de cama con Antonio Banderas, en otra película.

- Damos al mundo lo que realmente quiere. Estamos en el mismo negocio, ¡que te quede claro!

 - Sí, sí, claro. Pero no todas las americanas quieren una boda de cuentos de hadas, igual que todos los africanos no se matan como monos. Pero, ¿sabes qué? Todos los días se hacen cosas buenas.

Junto a ella y DiCaprio, el tercer protagonista de la película, Djimon Houson, es otro de los actores con una trayectoria ascendente, a pesar de interpretar personajes secundarios. Lo habíamos visto embarcado en el fiasco que supuso el barco Amistad, de Spielberg; en compañía de Russell Crowe en sus aventuras gladiatorias y, finalmente dentro de La isla, como uno de los caza-recompensas que perseguían a la pareja protagonista, entre otros registros. En esta película, mantendrá una peculiar relación con DiCaprio.

-¿Sabes que Solomon cree que su hijo llegará a ser médico algún día? Es posible que su bebé muera en ese campo, que quizás violen a su hija. ¡Quién sabe, que pase ambas cosas! ¿Eres consciente que ese diamante es la única forma que tiene de sacar a su familia?

-A ti, su familia no te importa nada.

 

 

 

En territorios del lobo. Una aproximación a la licantropía en el cine.

Desde las visiones más gores a las más humanistas, pasando por el psicologismo y la comedia, el cine ha reinventado, una y otra vez, el mito del licántropo, hasta hacer de ella una de las columnas vertebrales del terror tradicional y un elemento omnipresente, con causa justificada o no, de la evolución postmoderna del género. Aludiendo a una novela clásica, El hombre lobo en París, el primer título cinematográfico relevante que tenía como argumento el tema de la licantropía es El lobo humano (Stuart Walker), recreación particular del personaje del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, de Stevenson, pero también de la tradición criminalista británica, que no obstante presentó con brillantez las bases de la leyenda, al mismo tiempo que sorprendía por la audacia técnica de su metamorfosis.

Unos años después, El hombre lobo (George Stevens), interpretado por Long Chany Jr amplió la galería de monstruos de la Universal, sumándose a Bela Lugosi y Boris Karloff, pero en los años cincuenta, la amenaza de una guerra nuclear sustituyó en el género clásico del terror las anteriores criaturas de la noche por alienígenas y seres más o menos zoomórficos, aunque continuase el mito del licántropo en la productora británica Hammer. Recogiendo el espíritu de los anteriores, Terence Fisher filmó la primera aproximación existencialista de la leyenda del hombre lobo, a pesar de los decorados de cartón piedra, de los vestuarios de colores chillones y de la orgía de sangre en Tecnicolor, características inconfundibles de la Hammer. En La maldición del hombre lobo, el realizador nos acerca a la procreación, infancia y el paso a la vida adulta del hombre lobo. Todo sucede en una villa de España donde la hija sordomuda del carcelero es violada por un mendigo. Con los años la criatura, que nace en Navidad, intenta en vano luchar contra su naturaleza: transformaciones e impulsos asesinos que le suceden las noches de luna llena. Oliver Reed en la piel del licántropo. Con esto consigue transmitir el sufrimiento del hombre lobo su impotencia por detener la maldición.

Una curiosa versión del mito lo presentaba Jacques Tournert en La mujer pantera, una de las pocas películas grandes del cine fantástico y de ficción, que fue facturada por la RKO, imitaba los clásicos del terror de la Universal y de la Hammer.

- “Es preciosa.”

- “No es preciosa. Es una bestia. En la Biblia aparece mencionado como un ser maligno, como un leopardo, pero creo que se trataba de una pantera”.

La actriz principal, Simone Simon, encarnaba a una mujer que se enfrentaba a un conflicto personal al transformarse en las noches de luna llena en una pantera, de ahí que al ser un film derivativo del hombre lobo, presente elementos en común con la cinta anterior; mientras que Long Chaney dejaba huellas de pezuñas en la tierra, Simone de zapatos de tacón.


La cinematografía española también dedicó una interesante aportación a esta temática. Resulta de lo más ilustrativo hacer un esfuerzo memorístico para echar la mirada a los años setenta, cuando los exploits, que tenía buena parte de sus sugerencias argumentales en el género del terror, era la forma de trabajar de los directores españoles como Carlos Aured, León Klimovsky, Amando de Ossorio o Jesús Franco. Casi todas las producciones demostraban una torpeza narrativa crónica, estrepitosa, pero en cambio, en sus imágenes (algunas toscas) se apreciaba una ilusión por filmar y un descaro puramente mediterráneo que llegaba a suavizar sus defectos. De ahí, el carácter de culto de Paul Nashy o Jesús Franco, sobre todo en el extranjero. Figura controvertida de la cinematografía nacional y auténtico mito viviente fuera de nuestras fronteras, sobre todo en Japón y Estados Unidos, Paul Nashy será a través de su legendario hombre lobo Valdemar Zavinsky, el único licántropo valedor de esta categoría en las latitudes más bajas.

- La maldición me alcanzó en el Tíbet, allí me convertí en hombre lobo. Desde entonces estoy obligado a vagar, entre la vida y la muerte. El miedo y el odio me persiguen.

Después de la censura franquista, el cristianismo, en sus elementos más profundos y arraigados; el erotismo, latente de la Hammer, y el espíritu de Roger Corman, permitieron a Paul Nashy escribir e interpretar estos mitos del licántropo en numerosas cintas de terror de serie B, mientras que en España tan sólo encontrábamos películas sobre el folclore y comedias. Filmes de terror que luego se unirían al maestro patrio del género Narciso Serrador, con una gran pasión por las leyendas arraigadas sobre el hombre lobo, más allá de las carencias técnicas. Paralelamente a la obra de Nashy, Pedro Olea dirigió tomando como inspiración el caso de Manuel Blanco Romasanta, El bosque del lobo, primera aproximación desde el punto de vista psicológico del licántropo, asesino convencido de ser un homme lupus, de origen celta, muy arraigado en las creencias populares gallegas. Este mismo hecho inspiró la muy irregularRomasanta, la más actual versión que fracasaba en su esencia misma, al establecer una relación entre la licantropía y la enfermedad mental.

La inexplicable periodicidad temática de Hollywood llevaría a presentar en el mismo año 1981 dos producciones interesantes sobre el mito del licántropo, Aullidos Un hombre lobo americano en Londres, versiones muy diferentes, que sin embargo estaban unidas por patrones similares, por ejemplo, los espectaculares efectos del mismo diseñador artístico, Rick Baker.

- Tienes que creer, David.

- ¿Creer qué? ¿Que mañana por la noche me van a salir colmillos y me voy a comer a la gente? ¡Tonterías!

- Maldita sea, créeme David.

                             

En mi modesta opinión, la mejor obra rodada sobre el mito del licántropo, el film de John Landis, combina con admirable armonía el humor y la casquería de un hombre cuya única salida posible era el suicidio. Pero la cinta supuso la inauguración argumental de una de las versiones más interesantes de esta historia, al asociar pubertad y licantropía, cargada de tetosterona. En compañía de lobos (Neil Jordam), otra de las películas que surgieron en los ochenta sobre el mismo tema, metáfora del miedo adolescente por el sexo masculino, adapta el cuento de Caperucita roja y el lobo para establecer con una estructura narrativa de muñecas rusas, un paralelismo entre los instintos primarios y los instintos de animales. El cineasta enlaza adolescencia, transformación, miedo y licantropía, que llevado a la comedia dio resultados tan inquietantes y disparatados como la nefasta Team Wolf, en donde el cine teen de institutos y el atractivo que existía por los argumentos centrados en algún deporte –como el baloncesto- se unen con la figura del hombre lobo adolescente, interpretada por Michael J. Fox.

Menospreciada es otra de las interpretaciones que se ha hecho de la leyenda del licántropo, en esta ocasión a cargo de Mike Nichols con una pareja protagonista formada por Michelle Pfeiffer y Jack Nicholson, en donde interpretaba a un editor que tras caer en desgracia en su trabajo sufrió la transformación en hombre lobo. La cinta, Lobo, combinaba elementos propios del mito, la violencia y romanticismo del licántropo, junto a uno de los conflictos – el generacional en el mundo laboral y social – tratados en algunos papeles del actor.

- Entonces, mi campo a no será el de editor jefe de la editorial Barkish, tras la absorción.

- Mira, no es nada personal, tu ya lo sabes.

Que el hombre es un lobo para el hombre y que el ser humano cuando pierde la razón se convierte en un animal es la moraleja de una fábula que no, por obvia, deja de ser necesaria, más cuando es el instinto del lobo el que rige el consejo de administración de las grandes empresas, santo santorum del neocapitalismo imperante. Una lectura diferente lleva a plantear la temática del hombre lobo desde otra perspectiva, la siempre taquillera y explotada dicotomía entre el mundo del cine y el de los cuentos infantiles, con el trasfondo de algunos personajes emblemáticos como Caperucita y el lobo, junto a referencias a la caza del gato al ratón que se sublima en las películas de este subgenero. La idea de este planteamiento parte de una cultura basada en la sexualidad y, muy en concreto del disfrute femenino, enlazando con toda una tradición de cuentos que presentan a personajes malévolos muy bien aprovechados por el cine, como son los vampiros, tan fabulosos como irresistibles, capaces de hacer realidad nuestros deseos más ocultos, aunque acceder a sus tentaciones conllevan unas consecuencias terribles. No en vano, el Drácula descrito por Bram Stroken podía adoptar, entre otras alimañas, la forma de un lobo. Por su parte, la figura de la Caperucita -que parte del medievo- cuya inteligencia prescindía de la ayuda de un leñador para huir de su atacante, ha captado tanta atención de la cámara cinematográfica como el lobo en sí. De forma confesa o no, consciente o inconscientemente, numerosos directores han contado con féminas dispuestas a superar el papel de víctimas.Dentro de esta orientación, Hard Candy tiene una gran relación con el cuento original aunque le aporta un giro de tuerca. En un brillante esfuerzo por actualizar el mito, su director traslada el lobo a la figura de un pederasta que no parece serlo, mientras que la Caperucita es una chica de sobrada inteligencia y de dudosa salud mental. E incluso, su propia vestimenta, la clásica caperuza es uno de los símbolos característicos de esta ópera prima de David Slade. Una revisión del mito que no encontramos en el actual filme, Cry Wolf, en cuyo caso esta referencia sólo sirve para dar un cierto sabor a la trama. Sin embargo, el lobo, también ha sido amigo del celuloide. En la saga X Men, surgida de los comics de la Marvel, al personaje de Lobezno (interpretado por Hugh Jackman) le crecían bello y garras similares al del animal; en la épica y romántica película Lady Halcon, una maldición hizo separar a dos amantes convirtiendo a Ruther Hauer, en lobo, por la noche, mientras que Michelle Pfeiffer hacia lo mismo, con un halcón, por la mañana. Es también muy conocida la frase común en las distintas versiones del Drácula, de Bram Stroker, desde Tod Browning hasta Francis Ford Coppola, o lo que es lo mismo desde Bela Lugsi hasta Gary Oldman: “Es la música de la noche”, ante los aullidos de unos lobos.   

- Por Dios, me pareció... ¿ qué tenían esas copas que tomé en aquella fiesta?

- Estás alucinando, es normal en el período de transición. Tranquilízate.

- ¿Periodo de transición?

 En los últimos años, el género se ha caracterizado por la presencia de secuelas de algunos de los títulos más significativos y de una serie de elementos que fueron introducidos por ciertas sagas con el tema del licántropo. Entre las secuelas más interesantes habría que señalar un film derivativo de la película de John Landis, Un hombre lobo americano en París (R. Tharner). Trata de presentar los ingredientes de su predecesora, pero fracasa en su intento por que el gamberrismo de Landis es algo que no puede ser importado sin resultar algo artificial. Con esta y la crepuscular Licántropo (Paul Nashy) se concluye la leyenda moderna del hombre lobo. La postmodernidad nos ha traído a un hombre lobo digital y deshumanizado, que debe enfrentarse a vampiros, soldados o magos. El licántropo forma parte de una galería de seres mitológicos, preocupados por su supervivencia y definitivamente alejando de su condición humana. 

Tedio cavernícola: De los orígenes a 10,000.

Tedio cavernícola: De los orígenes a 10,000.

¿Os imagináis en qué idioma se comunicaba el cazador de mamut con su chica y su séquito ya en la Prehistoria? Acertáis, en inglés. La película nueva película del siempre taquillero Roland Emmerich, 10,000, ofrece espectaculares efectos especiales y unas bonitas ambientaciones, localizadas en Namibia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, pero un guión bastante irregular y una deprimente perspectiva histórica.

 Como dijo Julio César, Emmerich vino, vio y venció. El cineasta europeo supo meterse en el bolsillo tanto a espectadores como a la industria de Hollywood, pero si los cinéfilos de pro vieron en Blake Edwards un Billy Wilder exagerado con más floritura que talento, Roland Emmerich pretende postularse como el Spielberg europeo, aunque más áspero e hiperbólico. En este sentido, el cineasta alemán se encuentra a sus anchas en su condición de jefe de pista ante números mastodónticos capaces de dejar en taquilla un resultado inversamente proporcional a la huella que dejase en la memoria del espectador. ¿Qué podemos recordar de Independence Day o Godzilla a parte de la destrucción de la Casa Blanca y el enorme monstruito empeñado en destruir Nueva York?.

 Roland Emmerich hace películas cuya máxima reside en la espectacularidad de sus efectos especiales y de hecho, en 10.000 el realizador alemán sigue en la misma línea que sus anteriores proyectos, es decir, colecciona una sucesión de escenas técnicamente meritorias, hilvanadas gracias a un guión, casi siempre sin grandes alicientes en la historia. En este sentido, su último trabajo hace explícito esta característica del director, tan anticarismático como colosalmente aburrido: una cacería de mamuts en estampida, que seguramente marque un hito en eso que llaman los anglosajones state of art de la tecnología digital. El mismo panorama nos lo ofrece la partitura del compositor austriaco Harald Kloser, empeñado más en arrebatos percusionistas que en buscar líneas melódicas. Así, entre efecto y efecto, Emmerich pretende trazar el periplo de un cazador de mamut, en pro de la liberación de su amada, prisionera de unos esclavistas egipcios. No hay que buscar tres pies al gato en lo que respecta al argumento, es la historia mil veces vista en la gran pantalla aunque con la singularidad de que está ambientada en la prehistoria, en concreto hace unos diez mil años. En realidad, su director lo presenta como el origen de una leyenda, en cómo un hombre llega a convertirse en un héroe, pero más que fundacional, su epopeya se diagnostica terminal. Esta leyenda inventada de Emmerich  podría suponer una versión ficticia de los orígenes del americanito de pro, el WAPS (anglosajón, blanco, protestante), con el Sueño Americano en pleno tedio cavernícola como fondo y novio al rescate, de tema. En realidad, la propia actriz protagonista (Camille Belle) lo simbolizaría sino fuera por sus evidentes genes brasileños. Si el lector considera disparatada esta teoría, la propia Belle se reiría de la delirante aventura prehistórica concebida por Roland Emmerich. Pirámides, tipos feos y peludos, mamut lanudos y todo tipo de fauna prehistórica. Un cocktail  a medio camino entre Von Daniken y un tal Graham Hackoc, autor de un disparatado ensayo "Las huellas de los dioses" en donde defendía la teoría de que las pirámides eran pruebas de la existencia de la Atlántida y que su catástrofe histórica obligó la marcha de supervivientes a América y Egipto.

 O lo que es lo mismo, metalenguaje y metahistoria. Son dos ideas, tan modernas como vacías de significado -al menos para uno que escribe-, que parecen presidir las últimas producciones cinematográficas con un telón más o menos histórico. Hollywood no quiere repetir tropiezos como los de Alejandro Magno (Oliver Stone) y El Reino de los Cielos (Ridley Scott) y presenta productos más acordes a Apocalypto o Gladiator, film de R. Scott, una de romanos pero con los arquetipos maniqueístas de siempre, es decir con un bueno muy bueno y un malo muy malo. Y si a esto, le sumamos la idea de venganza, el éxito está garantizado.

 En esta ocasión, un cazador de mamut (que el mamut sea un animal extinguido dice mucho: estamos justo después de la Era Glaciar) se enamora de una joven, Evolet, una belleza prehistórica (mucho más delgada que la Venus de Dusseldorf, para que vamos a engañarnos) pero una tribu malvada la rapta, con unos jinetes que sospechosamente recuerdan mucho a los jinetes negros del Señor de los Anillos.

 El raro y poco prolífico subgénero de cine cavernícola conquistó la memoria de este cinéfilo mediante la evidente orquestación de la mentira: era aquel territorio donde podían convivir al mismo tiempo voluptuosas chicas con biquini de pieles y  criaturas animadas gracias a la maestría de Harryhausen, obviando toda verisimilitud evolutiva. 10.000 se desarrolla en este sentido hasta demostrarnos cómo esta involución no sólo aparece en un argumento aburrido por completo, sino en formas menos carismáticas de mentir, además de ser más caras y aparatosas.

 Estaba claro que la supervivencia del más fuerte junto con el comportamiento troglodita con el sexo débil atraería la atención de D. W. Griffith, quien inauguró este subgénero con unos cortometrajes sobre esta temática (Fuerza bruta y La formación del hombre).Más tarde, parodiando Intolerancia -de este mismo director-, Buster Keaton ambientó dos los episodios de Las tres edades en la época de las cavernas, pero la prehistoria no sólo fue un contexto pasado. La fantasía de que en un algún rincón virgen de nuestro planeta, la evolución se detuvo, estuvo muy presente en estas primeras aproximaciones cinematográficas. Basada en la novela homónima de Arturth Conan Doyle, El mundo perdido, dirigida por Karel Zeman, fue el antecedente de King-Kong, primera experiencia en donde la estética de las bestias se produjo gracias a la técnica del stop motion. Varios remakes en los cincuenta, sesenta y otras tantas producciones más recientemente, hacen de El mundo perdido uno de los pilares de un género que, fagocitado por la licenciosa serie B, tuvo su salvación en la reinvención que la Hammer hizo del clásico en Hace un millón de años, o lo que es lo mismo, en el escote y la pantorrilla de Rachel Welzt, luciendo bajo el sol de Tenerife. El trabajo del maestro Ray Harrihaussen, encargado de la animación de las bestias, es sin embargo lo mejor de la película y gana hoy por su aspecto orgánico, frente a la fría percepción de las técnicas digitales.

 Si la arqueología fuera tan simplista como la historia del cine, lo de Atapuerca serían prácticas escolares. Porque en el género que fuese, sólo hay que poner dos palabritas para entender la involución de este subgénero cinematográfico: Roger Corman. Sobre todo, porque este Rey de la Serie B, se empeñó en volver a aquellas remotas épocas de las cavernas en más de una ocasión. Títulos suyos fueron Yo fui un adolescente cavernícola y Viaje al país de las mujeres prehistóricas, aunque en esta ocasión aquel saco sin fondo que fue Corman, para la serie B, cediese la dirección a Perter Bogdanovich. Lo de dirigir es una forma de decirlo, porque si esta película pasaría a la Historia por algo es por su carácter de reciclaje: la mitad del metraje fue montado directamente de escenas de El planeta de las tormentas, filme del realizador soviético Pavel Klouchantsev. Sin embargo, mi preferida de este subgénero anterior a la mítica Hace un millón de años es Eagh! (J. L. Woltoch). Argumento basado en el típico triángulo amoroso entre un gigante, una jovencita troglodita y su novio. ¡Todo ello en musical!.

 Algunas de las más meritorias aproximaciones son las diversas incursiones de los cineastas checos, cuya depurada técnica de animación estuvo siempre al servicio de la docencia. A parte del stopmotion, otra de las técnicas clásicas para crear a los dinosaurios fue la de filmar lagartos con ópticas macro y cámaras de alta velocidad. El máximo exponente lo encontramos en Viaje al centro de la Tierra, de Henry Liven, en donde los personajes descubren una realidad paralela en donde perviven criaturas antidiluvianas.

 Pero en el universo troglodita hollywoodiense se había descubierto su Lucy particular, por lo que ya se había dictado sentencia de lo que se quería ver: más carne y pechuga y no precisamente de los animalitos. La productora Hammer popularizó una serie de películas que llegaron por subgénero el nombre de Cave girls (Chicas de las cuevas). Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (Val Guest) y Mujeres prehistóricas (Michael Carreras)  son algunos de esos filmes, tan olvidados como olvidables. Sin embargo, esta estética naturalista,  que se interesó por deformar la Prehistoria, encontró como máximo exponente la serie animada creada por Hanna - Barbera. Estos adaptaron con gran éxito el American way life de los años cincuenta a la Edad de Piedra, en la mítica The Fligstone, Los Picapiedras. Pero si los ingleses hicieron una versión sui géneris de la Prehistoria, hubo quienes presentaron su adaptación menos pudorosa ¿Se imaginan quienes fueron? Los italianos, con Sergio Corbucci a la cabeza y títulos tan sugerentes como extravagantes: Cuando las mujeres hacían din-don y Cuando los hombres usaban cachiporra.

 Y el homínido se hizo faber. Sólo le bastó unos minutos para contarnos Kubrick una visión revolucionaria de la evolución del ser humano, un genial referente cinematográfico de nuestros orígenes que, por otra parte, abría una tendencia naturalista que tendrá su colofón en la obra de Jean Jacques Annaud, En busca del fuego. Basada en la novela de Jean N. Weilt, El clan del oso cavernario, trata uno de los episodios más interesantes de la evolución humana, la complicada convivencia entre el neanthertal y el hombre de cromagnon. La historia hiperrrealista de la tribu Ullam, con un lenguaje gutural ideado por Anthony Burguess, presentaba a nuestros ancestrales antepasados comos sucios y contrahechos que pasaban las horas muertas despiojándose unos a otros.

 La más actual, 10.000, navega entre El clan del oso cavernario y Hace un millón de años, cuya película no sólo no oculta sus referencias sino que tampoco hace nada por alejarse de ellas; sus escenas de cacería humana nos recuerdan a las de El planeta de los simios y por el empeño del director de mostrarnos la construcción de las pirámides, a través de la trata de esclavos, Emmerich se aparenta con su anterior película Stargate y Tierras de faraones (Howard Hawnks).

 - Nuevamente trae numerosos cautivos, ¿acaso los esclavos no significan también riquezas, y por consiguiente mayor poderío?.

 Es más, el nuevo film se quiere presentar como una mala copia del King-Kong de Peter Jackson, sustituyendo tiranosaurios por mamut. De hecho, en la puesta de escena de 10.000 hay ecos retóricos de los peores rastros de la notable trilogía de El Señor de los Anillos, los insistentes planos aéreos que pretenden subrayar la majestuosidad de los escenarios naturales, junto a las extemporáneas ralentizaciones de las imágenes que parecen servir de recurso para tapar agujeros que verdaderas figuras de estilo. En su película, Emmerich hace uso de diversas licencias, adivinándose un pasado no demasiado lejano, a pesar de los 10.000 años antes de Jesucristo, época en la que el hombre debía enfrentarse con animales prehistóricos, en su lucha por su supervivencia, como avestruces carnívoras o tigres de cuatro metros de altura. Por ello, se aparenta con un género resucitado por Spielberg e inspirado, hasta la saciedad, en la última década. Es posible que el hombre de aquella época tuviese los mismos anhelos y una visión de la vida no muy diferente al actual, pero otra cosa es lo que plantea Roland Emmerich en su película, sobre todo cuando el séptimo arte se ha mostrado inclinado por acercarse a la Prehistoria más de lo debido.

 En este sentido, 10.000 destaca por abogar un cine que considera a la imagen sintética como la única expectativa de un realizador como Roland Emmerich, sobre todo cuando la película -al menos, suponemos- no dejará huella en el subconsciente de sus espectadores, más allá de aquellos que vayan al cine con el único propósito de consumir digitalización. Porque hay películas que no deberían dar ese salto evolutivo entre un resultón trailler y un insoportable producto acabado.

 
 

Caballeros medievales: De las leyendas artúricas a los templarios.

La cinematografía nos ha ido acercando cualquier período de la Historia, por lejano que fuese, aunque con mayor o menor profundidad y verismo histórico. En este sentido, la visión que el séptimo arte nos ha ofrecido de la Edad Media, se ha movido entre la imagen cuidada, limpia y heroica, típica de las películas de Hollywood de Robin de los Bosques, a las grandes producciones de los años cincuenta o las aproximaciones más realistas del cine moderno. Un viaje en el tiempo que nos acercará a reyes, caballeros, monjes, juglares o campesinos. Sin olvidarnos de otras grandes temáticas como la legendaria figura del Rey Arturo. Las leyendas artúricas han dado pie a una larga filmografía, siendo Excalibur (John Boorman)  la representación más conseguida en el séptimo arte. Aparte del musical Camelot, protagonizado por Richard Harris, Los caballeros del Rey Arturo, un film para la Metro de Richard Thorpe con unas caras muy conocidas (Robert Taylor, Ava Gadner, Mel Ferrer), sin embargo no llega a la calidad dramática de esta nueva versión, pareciendo más trovadores con armaduras resplandecientes y penachos de plumas, que el mundo mágico propio de las leyendas artúricas.

 Los caballeros de la llamada Tabla Redonda aparecen equipados llevando arneses militares propios de distintos siglos del medievo. Destacan las largas lanzas de torneo, las cotas de malla, los cascos y las testeras de las monturas, propias de la caballería francesa del siglo XV. Cuando abandonan estas funciones de guerreros, estos mismos personajes parecen acaudalados burgueses renacentistas, luciendo toda suerte de sedas y brocados.

- ¿Buscas lo que desea Arturo? ¿Eso que llaman el Grial?

 Por lo que respecta al plano ideológico, protegen a humildes, como no podía ser de otro modo, y defienden la Cruz o buscan los Sagrados Tesoros, como el Santo Grial. Personajes que participan en las cuitas de la gente de aquellas épocas, atormentados por la guerra, la peste o con supersticioso miedo que lo invadía todo. Estas historias suelen estar ambientadas en un mundo rural medieval, en donde el futuro Cristianismo no era sino la pátina de respetabilidad que envolvía muchas creencias ancestrales que la Cruz no conseguiría erradicar por completo.

 Otros de los caballeros medievales más cinematográficos fueron los Templarios. Lo cierto es que el séptimo arte no ha mantenido un gran acierto historiográfico, con ellos, que suelen ser confundidos con los cataros o los Hospitalarios. Los templarios, la orden militar más famosa del medievo, también han aparecido en la pantalla como cruzados, los soldados cristianos que formaban parte de una serie de expediciones para recuperar los Santos Lugares.

 Desde la versión muda de Cecil B. Demille hasta la versión de Ridley Scott, algunos cineastas han retratado a los cruzados con simpatía, como Steven Spielberg en Indiana Jones en la última cruzada.

- ¿Quién es usted?                                                                
- El último de los tres hermanos que juraron hallar el Santo Grial.

                                        Ultimo cruzado
Todo lo contrario que El Reino de los cielos (R. Scott), una película rodada en España, para versionar la historia de la Tercera Cruzada, presentando a los cruzados como unos personajes beligerantes, sin ningún aprecio por la espiritualidad.

 - Dame una guerra.
- Eso sé hacerlo.

 Pero se equivocan si creen que lo habían visto todo sobre tergiversaciones históricas, con respecto a las órdenes de caballería medievales. Nos faltaba Dan Brown y su inefable Código Da Vinci, en donde los templarios eran los más peligrosos, tanto en su relación con el Santo Grial, también llamado Tesoro de Jerusalén.

Elisabeth, la edad de oro. (2007)

Elisabeth, la edad de oro. (2007)

La película del realizador de origen hindú, Shebka Kabur, nos acerca a un tema histórico, la segunda mitad del siglo XVI, en Inglaterra, la enemiga de España de la época. La historia se centra en la Reina Isabel I, el título Elisabeth, la edad de oro, y la intérprete toda una garantía, la australiana Cate Blanche. Destacar la presencia en la película del catalán Jordi Mollá, en el papel del monarca español Felipe II.

- Yo firmé la ejecución de Maria, yo asesiné a la reina ungida ante Dios, y ahora su hijo predilecto declara la guerra santa para castigarme.

El director retoma su pintoresca vida de la Reina Isabel I de Inglaterra, dando relevancia a un episodio histórico fundamental tanto para España como para las Islas, la amenaza del catolicismo dentro y fuera de su nación.

 - Se avecina un fuerte viento, majestad, que se llevará vuestra soberbia.
- Yo también puedo dominar el viento, tengo un huracán dentro de mí, que destruirá España si os atrevéis a desafiarme.

Por un lado está Felipe II y sus pérfidos españoles, y por el otro, la traidora de María Tudor, católica heredera del trono inglés pillada en plena in fraganti en plena faena conspiratoria. La tensión entre protestantes y católicos en esa época convulsa es aprovechada por Kabur en un icono de la tolerancia religiosa, revisión oportunista con la que trata de ganar nuestra simpatía en un mundo cada vez más enfrentado.

- Si mis súbditos quebrantan la ley serán castigados, hasta entonces debo protegerlos.
- Majestad tenemos motivos fundados para temer que todo católico...
- El temor genera temor y eso no significa que ignore el peligro, pero no castigaré a mi pueblo por sus creencias, solo por sus actos. Sé que los ingleses aman a su Reina, mi mayor empeño es no perder ese amor.

 Ya el propio realizador, Shebka Kabur señalaba que no se podía hacer una película histórica sólo con los datos que ofrecía la historia, sino como una forma de interpretar el presente. Desde luego el cine es el arte de la subjetividad, pero dista mucho de hacer buenas migas con lo burdo, a pesar de alejarse por completo de la visión ortodoxa ofrecida por la Historia. En este caso, las revisiones históricas, y en concreto las dirigidas a recordar lña vida de la Reina, son muy propensas al maniqueísmo  y el endiosamiento de sus reales protagonistas.

 - Hace un momento quería escapar, todo cuanto deseaba me resultaba odioso entonces, pero ahora encontraré un modo de vencer.

                            

Incluso el gran John Ford flaqueó en la vida de María Tudor, en la película que llevaba por título su nombre y que estaba protagonizada por la estrella de la época, Katherine Herburt. Él, católico, la retrató como una mártir, sufridora inocente de las iras de Isabel y de las intrigas de la Corte, llena de bondad que -como son las cosas- ponderaba la armonía entre religiones.

 - Sí es cierto, soy hija de María de Guisa y que me mantengo en la religión de mi padre. Sin embargo, y a pesar de todo, respetaré la vuestra y os daré la misma libertad que exijo para mí.
 
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Era María Tudor una traidora o una santa?, ¿se vio obligada Isabel a decapitarla o lo hizo gustosamente?, ¿quienes eran los tolerantes, los católicos o los protestantes?

 - Te demuestra que un hombre puede ser católico y buen inglés.
- No al mismo tiempo, señora.

 Cada uno barre para casa, pero lo que en todos coinciden, sea la reina que se trate, es en la escenificaciónde unas privaciones, esfuerzos y penurias, a los que estas mandatarias están dispuestas a soportar altruistamente a favor de su pueblo. ¿De qué? Váyase usted a saber.

- Por que las necesidades de un pueblo están por encima que los de una mujer.
- Siento la voluntad del todopoderoso para que yo ocupe este puesto. Haré todo lo posible para cumplir con la obligación que tengo con mi pueblo.
- He dado a Inglaterra mi vida, ha de llevarse también mi alma.
 

Pero no hay película más subjetiva y distorsionada, en este sentido, que El halcón del mar, filme tan fantasioso como la novela de Rafael Sabatini, a la que no obstante sólo se parecen en el título, porque de creer  lo que nos contó tanto el escritor como el director de la película, Michael Curtiz, Drake había sido un gran patriota, preocupado por la supremacía naval de Inglaterra y siempre ávido por ayudar a su Reina, una Isabel I, a su vez, preocupada por el bienestar de sus súbditos, porque la construcción de una importante flota, los ahogaría en impuestos.

- El señor, Burlenson tiene razón, sois un pirata empedernido.
- ¡Oh no, majestad! Soy muy exigente en cuanto a las perlas, sólo puede ponerse sobre el cuello que sea capaz de reflejar su brillo.

El otro importante elemento de la ecuación era España, el reino católico por excelencia, y por tanto retratado como el intolerante, ambicioso y falto de bondad y de pudor, como el que más, el enemigo de la razón y de los deseos más puros y humanos. Esa era la visión que los ingleses del siglo XVI tenían de los españoles y que la cinematografía anglosajona recuperó en las películas del cine clásico de aventuras, que solían dignificar la figura del corsario, el pirata, hasta endiosarlo, siempre que estuviese a favor del triunfo de su patria -Inglaterra- frente al Eje del Mal -España-. Habrá llovido mucho hasta el día de hoy, pero parece que Hollywood se contenta con esta visión simplista, maniqueísta y distorsionada de la realidad, hasta tal punto que limita a presentar a los españoles como los malos de la historia y a los buenos, los ingleses de la reina Isabel.

 El gran malo de la aventura que cuenta El halcón del mar (Michael Curtiz) no es otro que Felipe II, cuya sombra se proyecta al principio de la película sobre un mapa del mundo mientras profiere una cruel amenaza: "Nosotros dominaremos el mapa del mundo, que será sólo España". Felipe II es presentado como un monarca ambicioso, como un tirano que pretende apoderarse del mundo y en cuya sombra se esconden los ecos de la tiranía. El contexto que parece girar la película tiene como elemento central el hecho de que Felipe II decide atacar una colonia inglesa en  América, por lo que contrata a un malvado embajador, Don Álvaro, que no es otro que la imagen del gran villano de los años cuarenta, Claude Rains. Frente  a ellos, la Corona de Inglaterra aparece laureada como símbolo de la libertad y de la luz, con una Elisabeth (Flora Robson) que no sólo encuentra la amenaza de enemigos exteriores -España- sino de los traidores que se refugian en los palacios de su corte.
 
Este sentido de la responsabilidad que les impide, por ejemplo, casarse con el hombre amado y el sentimiento que les genera al asumir su poder, es la clave para humanizar al personaje y hacerlos más cercanos.

 - ¿Desde cuando sentís miedo?
- Siempre lo he sentido.

Esta aracterización del personaje de Cate Blanche, pone de manifiesto las relaciones con Walter Raleigh, Clive Owen, como en la primera parte, veíamos a la reina enamorada de Robert Dudley (Joseph Fiennes). Sin embargo, en esta nueva ocasión, el personaje masculino decide dirigir su interés hacia otro miembro de la corte, una de las damas de la reina a la que deja embarazada (Abbie Cormish). Ella, despechada, mandará encarcelar a Walter Raleigh en La Torre de Londres, poco tiempo después de que él mismo le ofreciera dos regalos: el territorio de Virginia, en América, y hojas de tabaco.

 Algún espectador podría pensar que, gracias a los elementos del argumento anteriormente citados (las tensas relaciones con su prima, Maria Estuardo, las conspiraciones y su enfrentamiento con España) la historia no termina de desvirtuarse al estilo del cine comercial USA, pero desgraciadamente es así. En realidad, las frustraciones personales pueden entenderse como una influencia del entorno político actual. Así, la nueva Elisabeth deja de parecerse a Bill Clinton, cuyo affair con Monica Lewinsky es manifiestamente conocido, para embarcarse en una epopeya más cercana a la de George Bush. Sus motivaciones para invadir Irak y Afganistán resultan de lo más siniestras, así como que se postule con la posibilidad de su magnicidio. Pero lo que debería llamar la atención es su falta casi absoluta de rigor histórico. Reconozcámoslo, soy licenciado en Historia, pero también creo que un cineasta puede utilizar para una representación histórica ciertas licencias. Lo que incluso sucede en obras más serias como las de Jean-Marie Straub o Manoel de Oliveira. Pero de ahí que nos lleve al otro extremo, es otra cuestión. El cine comercial de los últimos años, seguramente influido por el éxito de El Señor de los Anillos (Peter Jackson) y el cómic, ha acentuado los elementos fantásticos, incluso en películas consideradas históricas. Véase como ejemplo, Troya (Wolgang Pettersem) o 300 (Zack  Zinder).

 

 

Belleza y trono: Reinas cinematográficas.

Belleza y trono: Reinas cinematográficas.

Hollywood como reino de la fantasía y el glamour era lógico que quisiera dedicar films a todas las reinas posibles. En este sentido, Isabel I de Inglaterra es la que más películas y más grandes actrices ha conseguido reunir. Máxime cuando ese universo es capaz de crear verdaderas heroínas tanto de ficción como reales, como Escarlata O´Hara o Erin Brockovich. Pero como esa es la práctica habitual, se propondrá el sentido inverso, un recorrido por los pecados de aquellas reinas que han pasado a la historia del cine más por ser pecadoras que por virtuosas.

 

- ¡La cabeza perderéis!.

 

La ira es una debilidad que caracteriza a muchas de las reinas de la literatura infantil, desde la malvada soberana de Blancanieves a la de Alicia, en el país de las maravillas, en sus versiones de Waltt Disney, lo que por supuesto también marca el destino del que hacen gala algunas reinas de carne y hueso.

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Sin lugar a dudas, el trono de Reina colérica por excelencia se lo lleva nuestra Juana La Loca, enamorada hasta el tuétano de un Felipe el Hermoso mujeriego, descarado en la versión más moderna de Vicente Aranda y, pobre sufridor de los delirios de su mujer en la de Juan de Orduña, Locura de amor, una versión llena del cinismo de una época en la que la esposa modélica era aquella que sabía llevar con ridícula dignidad las correrías de su marido.


- ¡Señora!

- ¿Con quien esperaban encontrarte ya que te asombra tanto verme?

- A ti, espera hallarte a ti, aquí y en cualquier otra parte. ¡Capaz eres de todo menos llevar con dignidad la Corona de Castilla! ¿O es que no te has dado cuenta de que te has rebajado a la altura del mesón al espiarme?

 

Vicente Aranda actualizaría la misma historia con la actriz Pilar López de Ayala, sumida por los celos.

 

Los textos bíblicos y la historia nos advierten del atractivo sexual de aquellas mujeres que ostentan coronas, quizás se trate de la mezcla explosiva entre el físico ineludible y el efecto hipnótico del abismo del poder. Nos referimos al pecado de la lujuria y King Vidor nos presentaba de manera sugerente a La reina de Saba, en su empeño de seducir al legendario Salomón, pero en la historia del cine se ha engrandecido la figura de Cleopatra, sobre todo, en la versión de Joseph L. Mankiewitzc.

 

- Eres capaz de mezclar la política con la pasión, ¿dónde termina la una y empieza la otra?


Greta Garbo, en el más famoso de sus papeles, La Reina Cristina de Suecia, era otra de esas mujeres de armas tomar. La película, de Rouben Mamulian, introducía sutilmente la supuesta homosexualidad de la Reina Cristina, centrándose en su difícil relación con el embajador español Don Antonio, Conde de Pimentel.

 

- ¿Me prometes que le confesarás que quieres casarte conmigo?

- Lo malo es que la Reina es muy dominante.

 

La notoriedad de una rival que se interpone, como muro infranqueable, entre su real persona y el afecto del pueblo aparecía en unos de títulos de referencia de los últimos años. Y nadie mejor que la actual Reina de Inglaterra, magníficamente interpretada por Helen Mirren, en una recreación muy digna de la soberana, La Reina (Stephen Frears) con la sombra alegada de la Lady Di, como telón de fondo.

 

- Venían a ver a la Reina, por su puesto, y al príncipe, pero sobre todo venían  a ver a Diana.

Hay otras reinas que pecan de orgullo y que se obstinan por ser el centro constantemente, como la que aparece en la película Los fantasmas de Goya (Milos Forman).

 

- ¿Cómo queréis que la historia os recuerde, majestad?

- Tal y como soy, joven y hermosa.

 

O de gula y pereza, dos pecados que se conjugan en una reina de lo más cinematográfica, María Antonieta, desde las versiones en blanco y negro, de W. S. Dyke hasta la más actual de Sofia Coppola, o lo que es lo mismo, desde Norman Shearer, reina de la MGM (entre otras razones porque su marido era Irving Thalberg, el principal ejecutivo de la compañía) hasta Kirstin Durns.

 

- Voy a ser la más despreocupada, la más ligera.

 

La adolescente despreocupada, alejada de las miserias que vive su pueblo, a tantos kilómetros de su realidad cotidiana, que es despachada con bondadosa ingenuidad. La historia de una incomprendida y apaleada reina, porque la moda y el amor ocupaban en su cabeza demasiado espacio como para que pudiera prestar atención a las intrigas palaciegas y a los problemas que sufría la sociedad de su época.

 

-La escasez de pan es grave.

- ¿Qué es lo que el pobre del rey puede hacer para aliviar tal sufrimiento? ¡Qué el joyero de la Corte no envíe más diamantes!.

 

Todos sabemos que esto, más adelante, le costaría la cabeza. Pero, según, Sofia Coppola, antes de que llegara ese momento, la vida de la Reina se repartía entre banquetes de dulces, compras desmedidas, sexo, y sobre todo, una gran apatía.