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Travelling. Blog de cine.

¿Quién mató a Bambi? Gamberra comedia de enredo.

¿Quién mató a Bambi? Gamberra comedia de enredo.

¿Quién mató a Bambi? la última película del sevillano Santi Amadeo, nos traslada a una comedia de enredo, bastante gamberra, pero también alejada de toda lógica, porque la película es una divertida sucesión de situaciones surrealistas, narradas con un buen pulso narrativo.

-¿Por qué dejas de hablar como si secuestraras a millonarios cada semana?

¿Quién mató a Bambi?, con ninguna relación con el personaje creado por Disney, dicho sea de paso, es una versión a la española del film mexicano Matando cabos, una comedia negra, que Amodeo se encarga de adaptarla a nuestra situación. “Quería hacer una película sin un mensaje, cuyo objetivo es que estuviera bien rodada y que divirtiera al espectador. Hacer una película más al estilo de los Cohen, más comedia americana, coger las cosas útiles del original –desde mi punto de vista- y hacerlo como si no existiese lo anterior”.

-Me pasas a la señora, ahora, o el señor va a dejar de existir. ¿Me entiendes?

En esta ocasión, en ¿Quién mató a Bambi? su cuarto trabajo como director, traslada su particular mirada a su primera comedia auténticamente comercial; la historia de un secuestro disparatado: “Todo en lo que pasa en la película es una locura, pero se ha logrado unos personajes con mucha verdad y un punto friki, como la aparición de Iniesta”. Una película, rodada en Sevilla, sobre dos jóvenes que intentan llevar a su jefe, sano y salvo, de vuelta a casa, mientras que los empleados de una pizzería deciden planear su secuestro.

-Pero, ¿qué haces estás loco? ¿Por qué se te ocurre, dispararle?

-No le he disparado, se me ha ido el tiro.

-¿Lo que se te ha ido es la cabeza, Edu, la cabeza!

-¡Mi nombre, mi nombre! ¡Deja de llamarme por mi nombre!

-Señor… no se asuste, ha sido un accidente tonto.

-Pero no le pidáis perdón que le estamos secuestrando, no le estamos invitando a comer un antipasto. ¡Coño!

-Venga, Edu.

-Y deja de decir mi nombre de una puta vez.

Santi Amodeo y Alberto Rodríguez colaboraron en El traje, película dirigida por el segundo, pero escrita por ambos. Un film sobre la inmigración a través de un joven que busca un traje nuevo que le permite una vida mejor a la que vive. Esto viene a cuento porque ¿Quién mató a Bambi? Tiene un partida similar al de la película citada, a través de un traje de ejecutivo que pondría fin la vida gris de alguien que viste un mono de obrero. En esta ocasión el traje es el culpable de una serie de confusiones. Dos empleados llevan el cuerpo amoratado de su jefe, de un lado a otro, mientras que otros dos secuestran al padre de uno de ellos, creyendo que es el jefe en cuestión.

Volver a los inicios.

“Mi primera película era Factor Pilgrim que es una comedia y si se mira, esta es del mismo palo. Una comedia disparatada, una premisa algo loca y coral. Es cómo volver a mis inicios”. Santi Amodeo ha hecho tres películas –cuatro, contando con el debut junto con Alberto Rodríguez- y se ha establecido en la industria como un cineasta inclasificable, cuyo cine  -en tierra de nadie- se basa en un humor absurdo que nace de situación dramática o cotidiana. En este sentido, reconocemos en primer lugar, El factor Pilgrim, co-dirigida junto a Rodríguez, como  la primera incursión en el largometraje de Santi Amodeo, una comedia coral y fresco, con el personaje de Francisco (Alex O’Dogherty), un español en Gran Bretaña, que seguirá la pista de un tal David Pilgrim, un músico aficionado demasiado interesado por los Beatles.

-Creo que en la ciudad pollo, pasado un tiempo, todos pierden la capacidad de elección, la voluntad deja de existir.

                                                 

Después continuó en solitario con Astronauta y Cabeza de perro. Dos interesantes propuestas de un cine de autor, a cargo de quién seguramente sea el cineasta más particular de nuestra tierra, tanto en su forma como en su estética. En la primera, Nacho Novo es un solitario que se está desenganchando de la heroína, que un día conoce a una quinceañera (Teresa Hurtado) dispuesta a reencontrarse con un hermano al que no ve desde hace años.

-Soy como un astronauta a quién le han dejado en la Luna con ropa, comida, una casa y una televisión.

Hasta llegar a la historia protagonizada por Juan José Ballesta, Cabeza de perro.

-¿Qué sabes hacer?

-Todo.

-¿No me digas?, entonces eres un genio.

El sirviente: un clásico de Joseph Losey y Harold Pinter.

El sirviente: un clásico de Joseph Losey y Harold Pinter.

Una obra maestra en la que Joseph Losey y Harold Pinter reflexionaba sobre las diferencias de clases en una película que cumple cincuenta años. Un filme difícil de clasificar, dirigida por un cineasta americano que se instaló en Gran Bretaña tras el proceso de la “caza de brujas” del McCarthismo, adaptando una revolucionaria novela gracias al talento de Harold Pinter, un dramaturgo de gran prestigio que terminaría obteniendo el Premio Nobel de Literatura.

-¡Qué delicioso!

-Lo sencillo y clásico siempre es lo mejor.

-¿Esto es clásico? ¿Más que clásico parece prehistórico?

-Lo tenemos desde siempre y me gusta.

A parte encontramos una de las interpretaciones más destacadas de esos años sesenta, la de Dirk Bogarde, todo un ejemplo de actor capaz de transmitir emoción con la expresión corporal –especialmente con la mirada- como ya hiciese en ese otro canto a la grandeza cinematográfica que fue Muerte en Venecia.  Igualmente, esta película permitió al actor romper con el encasillamiento del personaje de galán que le ofrecía la THE RANK ORGANISATION (de la que citaremos, por ejemplo, una auténtica rareza: Moonraker, dirigido por Orson Welles en la que  Bogarde interpretaba al mítico 007). Tras El traje, habría que esperar sus otras dos grandes cimas interpretativas para encontrarnos con lo mejor de uno de los actores más sobresalientes del séptimo arte. Hablamos de Muerte en Venecia (Luchino Visconti) y Portero de noche (Liliana Cavani).

Un plantel de actores jóvenes arropó a Dick Bogarde. Tony (James Fox), el londinense de fortuna, de Susan (Wendy Craig), la novia de Tony, que sospecha de Barret y aborrece todo que él implica.

-¿Qué es lo que quiere de esta casa?

-¿Qué quiero?

-Sí, ¿qué quiere?

Entre otras cosas, la película alcanzó una cima dentro del cine británico de los sesenta, superando a los directores del llamado “free cinema” –el cine social en boga en aquellos momentos-, con una historia que lograría subvertir el orden establecido. El sirviente transcurre en una mansión del barrio londinense de Chelsey, en el cual el joven de clase acomodada contrata los servicios de un mayordomo, el personaje interpretado por Dick Bogard. Pero la relación entre ambos van dinamitando las jerarquías.

-Eres el sirviente, ¿no?

-¿Espera que me encargue de toda esta basura yo sólo? ¿De todo lo que deja tirado por todas partes sin ninguna ayuda? Necesito que venga una criada para que me eche una mano. No puedo trabajar en una pocilga, es imposible que haga mi trabajo en estas condiciones.

-Haga su trabajo y déjeme en paz.

Al final, Barret presentara a Vera (Sarah Miles) como su hermana, para optar a un trabajo como criada, pero resulta que en realidad Vera es su amante. Ambos comienzan un juego perverso de maquinaciones, que poco a poco van transformando sus papeles de una manera tan sutil como perversa, hasta reemplazar de hecho los de Tony y Susan.

Interpretaciones de un clásico.

Resulta evidente que cuanto más compleja sea una obra de arte, (no me refiero sólo al cine, sino a la literatura, al arte, etc.) da pie a que cada espectador la entienda o la vea de forma distinta. Esto sucede con el film que nos atañe, porque muchos críticos han sacado conclusiones muy diversas sobre El sirviente.

 En los sesenta fue considerado como el paradigma cinematográfico de la lucha de clases, en una de grandes tensiones sociales pero en los que también la rígida etiqueta social británica empezaba a deteriorarse. Precisamente se le atribuía a  Harold Pinter esta visión de la sociedad que quedó planificada en la última secuencia –idea suya- en la que el personaje del joven con porte aristocrático, Tony, intenta no perder la posición siempre un poco más elevada mientras juega con su sirviente, con una pelota de tenis, en la escalera.

Pero en la película encontramos una lectura más profunda, más allá de lo que la historia aparente a primera vista, con sus silencios, pausas y atmósferas inquietantes como parte del estilo cinematográfico de Pinter que compartía con buena parte del equipo de la película. Lográndose, al final, el juego de la ambigüedad. De hecho, el filme de Joseph Losey también ha reposado en la tesis de una lectura homosexual entre ambos roles, sobre todo teniendo en cuenta la mayor profundidad emocional de los personajes masculinos sobre los femeninos, algo extraño en el cine europeo de los sesenta - Recordemos, por ejemplo al cine de Ingman Bergman o el de Buñuel, cada uno en su estilo-. Como también sería relevante que para el año de El sirviente -1963- la homosexualidad estaba penada con la cárcel y toda aproximación al tema creaba resquemor en el ambiente.

-¿Lo ve? Todavía pienso en las cosas que le gusta, no encontrará a nadie como yo.

Pero aquí no terminan las teorías con respecto a la película. Otros críticos observan en el filme de Joseph Losey una versión moderna del mito clásico de Fausto. Barret, el personaje encarnado por Dick Bogarde, sería el Mefistófeles de la historia, fagocitando el alma de un joven –bastante dependiendo como Tony, como hemos podido comprobar por las líneas de diálogo-.

-Lleva una falda muy corta.

-¿Muy corta?

-Tiene un secreto que esconder.

No sería justo terminar con la película, olvidándose de otro de los grandes nombres del equipo que marcaría el estilo visual de El sirviente, el director de fotografía, Douglas Slocombe, trabajando la luz y la sombra, moviendo la cámara o sacando un gran partido a los espejos distorsionantes que definirían la película.

 

Sudáfrica y el apartheid en el cine.

Sudáfrica y el apartheid en el cine.

Hay historias que portan con ellas un seguro de vida, pues al narrarlas y materializarlas es difícil que pierdan interés. El margen del narrador es, sin embargo, amplio para poder dotar a estas historias de aliento poético o simplemente dejarse llevar por los planteamientos bienintencionados o correctos que llevan implícitos. Hollywood, que se caracteriza por reflejar todo tipo de conflictos e injusticias, sin importarle la latitud o la situación geopolítica, ha dedicado algunos títulos significativos al problema racial conocido como apartheid.  El tema ha sido tratado en el séptimo arte con profusión; no hay que quebrarse mucho la cabeza porque está bien claro su mensaje, sin dobleces de carácter ideológico.

 - El color negro se asocia con las cosas negativas, el mercado negro, la oveja negra de la familia. Todo aquello que se supone que es malo.

- Entonces, ¿por qué utilizan la palabra “negro”? ¿Por qué se autodenominan “negro”, me refiero a que vuestro color es más moreno que negro?

- Y ustedes, ¿por qué se autodenominan “blancos”?, su color es más rosa que blanco.

 Para quienes no lo sepan, el apartheid era un sistema político y social propio de Sudáfrica, en la que una minoría blanca (de origen holandés, los africaners) se imponía sobre una mayoría negra. Nelson Mandela sería la figura más representativa del conflicto, consiguiendo ser el primer presidente negro de África. Y la verdad es que el nunca necesitó recurrir a una novela original ni partir el guión, de una historia ficticia. El conflicto del apartheid dio sobrados episodios dramáticos, como para dotar cada uno de ellos de la emoción necesaria. Uno de los títulos clásicos de esta temática es Grita libertad (Richard Attemborugh) centrada en una de las personalidades más importantes que defendieron la conciencia negra en Sudáfrica, Steve Biko, interpretado por Denzel Washintong. La cinta más destacada sobre el cambio político de este país, junto con Un mundo aparte (Chris Menges).

 - Cuando cada uno de nosotros resista, cuando resistamos centenares, cuando resistamos muchos miles, cuando seamos millones, la victoria será nuestra.

El número de títulos aumentó de forma considerable, lo que posibilitó que muchas estrellas de Hollywood participasen en algún título significativo propio de esta temática. Donald Shutherland y Marlon Brandon destacaron en una película de denuncia del apartheid, Una árida estación blanca; y James Earl Jones y Richard Harris se dejaron ver en Llanto por una tierra amada. Remake de un filme de los años cincuenta, Tierra prometida, que contó con dos curiosidades, ser la primera película de esta temática y el distinguirse su protagonista, Sidney Poatiers, como sirviente de su director (Zoltan Korda) para poder entrar en Sudáfrica y participar en el rodaje.

 Entre los episodios que reflejó el séptimo arte, destacan dos por su dramatismo: la matanza de Soweto y la llamada Comisión de Verdad y Reconciliación. Los disturbios del suburbio de Soweto, en la capital Johanesburgo, fueron una serie de manifestaciones dirigidas por estudiantes que terminaron de forma dramática. Aparecieron en una serie de filmes como Safarian, con Woody Golpher; Bopha!, con Danny Glover y Grita libertad (R. Attemborugh). El otro hito del conflicto, la Comisión, iba dirigida a restaurar el honor a las víctimas y de retornar la paz social a un país desangrado por problemas raciales. El filme más interesante de este episodio fue In my country, de John Boorman.

 -¿Y qué concesiones han hecho los blancos? ¿Qué los negros puedan sentarse en el parque?

 ¿Cómo sería el apartheid en los tiempos actuales? A esta pregunta, respondió la ciencia-ficción en la película Distrito 9, dirigida por Neill Blomkamp.

 -El curso de la historia ha cambiado hoy. La nave parece detenerse sobre la ciudad de Johanesburgo.

 

 Un grupo de extraterrestres son acogidos en la ciudad sudafricana, alojados en el llamado Distrito 9, hasta que la expansión de su población hace peligrar el estado social. El Gobierno decidió trasladarlos a un lugar alejado de la capital. Asistimos  los mismos elementos de esta temática, la xenofobia y el racismo, esta vez en clave de la ciencia-ficción.

 -Gastan mucho dinero para mantenerlos aquí, cuando podríamos invertirlo en otras cosas. Al menos, nos mantienen separados de ellos.

 Dentro de esta temática cobra especial interés la figura de Nelson Mandela, líder de la lucha contra el apartheid, que paso media vida en prisión. Veintisiete años de cautiverio demuestran la entereza de todo un personaje que se convirtió en una leyenda, por la superioridad moral de un hombre que nunca se arrugó ante la adversidad y que supo transmitir su mensaje con firmeza y serenidad. El positivismo del personaje de Mandela, subraya, sin duda, lo mejor del ser humano. Han sido muchos actores los que le han dado vivo en la pantalla, tanto en el cine como en la televisión, como Sidney Poatiers en Mandela contra De Klerk; Denys Haybert en Adios Bafana (Bille August) y Morgan Freeman en Invictus (Clint Eastwood).

 La más reciente de las producciones norteamericanas nos lleva a los terrenos frecuentados por Clint Eastwood, la diatriba entre venganza y reconciliación. En Invictus se decanta por esta última con el tema del apartheid de fondo y la figura de Mandela, interpretado por Morgan Freeman.

 -  La reconciliación empieza aquí.

 Clint Eastwood se aproxima a esta temática, desde el momento en que fue liberado Mandela y se le escogió para dirigir a un país, con la dificultad de aunar dos posturas que hasta entonces parecían irreconciliables. Y lo hace con el deporte de rugby, en concreto con la final del campeonato como trasfondo. En esta, Sudáfrica se jugaba mucho más que un título de campeonato del mundo.

 - ¡Miradme, miradme a los ojos! ¿Lo oís? ¡Escuchad a vuestro pueblo!

 Como director, Morgan Freeman ya había reflejado este tema en Bopha!, a través de un policía (Danny Glover) que veia estallar un mundo que parecía casi feliz, mientras que en el filme La fuerza de uno (John G. Advildsen) entró en contacto con el apartheid.

 Al fin y al cabo, este tipo de temática representa en el espectador al europeo que en su andadura por África conoce las dos caras de una misma situación, la de una Sudáfrica en la época del aphartheid pero también lo que supondría convertirse en un país democrático y libre.

Cuentos de Tokio: viaje a la capital del Sol Naciente.

Cuentos de Tokio: viaje a la capital del Sol Naciente.

- Bienvenidos a nuestra visita turística a Tokio, a continuación haremos un recorrido por los sitios más pintorescos de esta preciosa y gran ciudad. A su derecha, pueden contemplar el palacio imperial, antiguamente llamado castillo Hiyoda, construido hace 500 años.

Hemos tomado como referencia el gran clásico del cine japonés (Los Cuentos de Tokio, Jasuhiro Ozu) para acercarnos a uno de los escenarios preferidos por el cine capaz de plasmar en imágenes todo tipo de historias, de amor, venganza o simplemente para distraernos con los silencios y los sonidos de Tokio. Algunos cineastas acuden a Japón y en concreto a su capital, buscando ese lugar donde todavía sea posible conseguir sensaciones únicas, pero sobre todo porque es una ciudad muy cinematográfica. Así, más allá del propio retrato que dedicaron los japoneses de esa gran ciudad, haremos un repaso a Tokio desde el punto de vista de cineastas foráneos.

- Con todo Tokio, me había causado una gran impresión. Tal representación de la verdad, tal arte, no se encuentra ya en el cine. En un tiempo lo hubo.

Win wenders, en los años 80, rodó el documental Tokio-Ga, rastreando lo que pudiera quedar de su admirado Yasuhiro Ozu. De sus reflexiones, surgió el asombro hacia una megalópolis que ha hecho de la posmodernidad una bandera que desentrañar. Lo mismo haría Sofia Coppola en una película que no supe apreciar: Lost in Traslation. Un maduro Bill Murray y una joven, Scarlett Johanson, comparten la complicidad y rutina de una noche tokiota. E incluso, la española Isabel Coixet, -recordar La vida secreta de las palabras y La vida sin mí- se acerca al País del sol naciente para una historia llena de sensibilidad, en donde el amor y la pasión, el dolor ante la pérdida de un ser querido son parte integrante de la filmografía de la realizadora.

- Imagina un mundo en el que mi hija haya muerto, en donde ese hombre sigue vivo.

- No se preocupe, yo me encargo.

Varios personajes son el centro en El mapa de los sonidos de Tokio, sin saberlo, de un entramado de amores y venganza, junto a lo que llena la noche de la capital japonesa de silencios y sonidos. Lo más estrafalario, quizás, sea ver a la directora con la cara anhelada de turista, en la presentación del filme, para decirte el porqué había elegido esa profesión para su personaje femenino. Una misteriosa mujer con una doble vida, por la mañana trabaja en el mercado del pescado y por la noche, acepta esporádicos trabajos como asesina profesional.

En muchas otras ocasiones, Tokio también trasciende el cliché de “escenario exótico” para convertirse en un símbolo de la alienación de los protagonistas. Así sucedía, en la reciente Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006), el director elige Tokio para narrar la furia de una adolescente sordomuda incapaz de conectarse emocionalmente con su entorno.

Y otras veces, sirve como escenario de venganza y de violencia, bajo el prisma del Tokio más moderno. En Kill Bill Volume 1 (Quentin Tarantino), la asesina Beatrix Kiddo, elimina una banda de criminales dirigida por O-Ren Ishii. Una versión más seria sería Yakuza, de Sidney Pollack. Un gaijin (“extranjero” en japonés) vuelve a la ciudad  para rescatar a la hija de un amigo secuestrada por los yakuzas.

              

                              

               

Grand Piano: Thriller de situación única.

Grand Piano: Thriller de situación única.

-¿Tienes miedo a tocar? Ya sabes lo que es el pánico escénico.

Elijah Wood –alejándose de su personaje Frodo en El señor de los anillos- y John Cusack –como el villano de la función, con unas apariciones más o menos breves- son los dos protagonistas de la película, una producción española, rodada en inglés y dirigida por Eugenio Miras. Ya no es noticia que el cine español albergue producciones de estas características, ni siquiera la factura técnica impecable de la que son capaces de lograr; pero habría que detenerse en la puesta de escena de esta película, un thriller al estilo del maestro del suspense, Alfred Hithcock.

La película fue estrenada en el festival de Sitges (2013), -primera vez, en los últimos años, que falto a dicha cita- aunque tuvimos ocasión de conocer a Eliah Wood en la anterior edición, a tenor de su filme Maniac (Franck Khalfoun). En Grand Piano, interpreta a Tom Selznick un pianista de gran talento, pero precozmente retirado, que regresa a las tablas para ofrecer un prometedor concierto: de ahí que deba templar sus miedos.

-No es posible tocar esa partitura sin fallar alguna nota.

Pero una vez comenzada la función, el pianista descubrirá un inquietante mensaje en su partitura, y en un palco, al francotirador que le amenaza. “La película se gira hacia un demiurgo que aparentemente está torturando a nuestro protagonista”, en palabras del director.

Cierto, un arranque inverosímil y un desarrollo increíble; pero, ¿no son así muchos thrillers de los 70 o las propias películas de Hitchcok? La primera diferencia sería que el maestro del suspense sabía dosificar muy bien las partes de la historia para sorprender al espectador en el último momento; de ahí que la promesa del giro final siempre se cumpliese. Con esto se explica que la principal referencia de la película, sea un film clásico del cineasta británico: El hombre que sabía demasiado.

Muertes entre bambalinas.

El clásico de Hithcock (hablamos de la versión norteamericana, por supuesto) llegaba a su clímax, con los personajes de James Steward y Doris Day en un concierto de música clásica (con el gran Bernard Herman, el autor de la partitura, al frente); una pieza musical, “Storm Clouds Cantata” y, concretamente, el choque de los platillos, marcaban la acción de un tirador oculto en un palco. En la película de Eugenio Mira se logra un ritmo similar, con una fusión entre la puesta de escena y la música, dirigida por una orquesta que acompaña al personaje de Eliah Wood.

Creo que fue necesario el magnicidio de un presidente americano, el de Abraham Lincoln, para que el teatro o una ópera se convirtiera en un escenario idóneo para llevarse a cabo el plan de un asesinato. De esto lo sabría perfectamente Alfred Hitchcock que lo ambientó en dos películas, la citada y Pánico en la escena, y por supuesto, no podemos olvidar el clímax de la trilogía de El Padrino (quizás lo mejor de la tercera entrega).

Como si fuera una maximización de estas películas, la originalidad de la apuesta de Eugenio Miras es llevar a lo máximo el clímax de estas películas, en un thriller claustrofóbico.

  El espacio único como puesta de escena.

Parece haber una obsesión entre los directores noveles españoles por querer demostrar en su ópera prima todo el potencial que pueden llegar a desplegar. De ahí que muchos debuts cinematográficos sean ejercicios sorprendentes y poco convencionales; podríamos quedarnos con algunos ejemplos: Las horas del día (Jaime Rosales), El habitante incierto (Guillem Morales); La habitación de Fermat (Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña) o The Birthday (Eugenio Miras). Y lo cierto es que salvo Jaime Rosales, al resto de los realizadores les ha costado continuar con su carrera o ni siquiera han transcendido. Así es la industria española, suele cobrarse un alto precio el atrevimiento con una obra tan personal en su primera película.

En cuanto al “espacio único”, pocos cineastas clásicos como Hitchcock han recurrido tanto a la teatralidad y a este marco espacial de rodaje, pero ahora parece que está de moda ya sea por una cuestión de estilo en la puesta de escena o por pura economía cinematográfica. La verdad es que cada vez son muchos los filmes que cuentan con esta premisa en su argumento: La habitación de Fermat sería un ejemplo, aunque sobresalgan dos películas sorprendentes firmadas por un realizar español: Rodrigo Cortés. Hablamos de la excepcional Buried y la menos interesante, Luces rojas.

La mención a Cortés no es baladí, por ser uno de los productores de Grand Piano y mantener la película una gran similitud con el segundo título citado. Luces rojas parece seguir la estela marcada por El truco final (The Prestige, Christopher Nolan), estructurada como un espectáculo de ilusionismo, a donde desembocan todos los temas presentados con el fin de desviar la atención y al final, engañar al espectador. Así, sucede con Grand Piano: Los planes del malvado personaje de John Cusak o la propia cita musical no sirven, en realidad a la hora de contar el desenlace, sería los McGuffin –como diría Hitchcock-.

Pero Grand Piano es también deudora de la ópera prima de Eugenio Miras. The Birthday (luego, rodaría el melodrama gótico Agnosia) era un film de terror, sustentado en una estética de los ochenta (semejanza con los filmes de la firma Amblin), una iluminación gótica y muy pocos elementos: Un hotel que recuerda al teatro donde trascurre la acción, sobre todo con una similar paleta de colores: predominancia por los tonos dorados y rojos.

El guión de Damien Chazelle hace partir a la historia con un nivel de tensión elevadísima y es el director quien debe lograr mantenerlo en pantalla. Será el espectador quién juzgue si esta apuesta lo logra el realizador español.

-Soy el tío del pánico escénico, al que mandas mensajes para que esté cagado. ¿Qué quieres de mí?

-Si sales del escenario lo sabré, si pides ayuda lo sabré. Si haces cualquiera de las dos cosas, tu mujer morirá. Si fallas una sola nota, serás tú quien muera.

Blue Jasmine: la caída tras la grandeza.

Blue Jasmine: la caída tras la grandeza.

Se suele destacar la longevidad de Manoel de Oliveira o de Clint Eastwood, pero Woody Allen con sus 77 tampoco está tan mal; e igualmente solemos remarcar su incontinencia fílmica pero con película anual, más o menos, también están el veterano Eastwood e incluso otros menos conocidos como el japonés Yoji Yamada. Entre otras cosas, le achacan al genial Woody Allen sus preferencias temáticas que suele desarrollar en todas sus películas y hay quienes no le perdonan su turbia vida, más allá de lo puramente cinematográfico; pero año tras año el realizador neoyorquino vuelve con una de las mejores citas de la temporadas y sus incondicionales sucumben a su cine.

Con 40 películas como director en los últimos 40 años de carrera, Allen, es un realizador tan prolífico como reverenciado o criticado. En su último filme, Blue Jasmine, deja a un lado la ligereza de su cine más reciente, por una crítica social a través de una mujer que lo ha tenido todo (Cate Blanchett) —parte de la cúspide de la élite económica neoyorquina—, para terminar viendo desaparecer su mundo de riquezas y privilegios cuando su marido (Alec Baldwin) es detenido por fraude. Una historia que podría remitir a Ruth Madoff, esposa de Bernard Madoff, protagonista del mayor fraude en la historia de EE UU, uno de los orígenes de la crisis que asola parte de Occidente.

Se trata de un viaje en caída libre, que traspasa clases sociales, de Jasmine, personaje que empieza a oler a Oscar, viuda tras el suicidio de su marido, un corrupto agente de bolsa, hace un viaje en caída libre de la opulencia de Nueva York al humilde San Francisco, donde le acoge su hermana, instalada entra la clase trabajadora. Del oropel baja a la arena de una cruda realidad, con un descenso que traspasa clases sociales.

-Me he gastado hasta el último centavo.

Una de las primeras referencias sería la Blanche DuBois de Un tranvía llamado Deseo; como ya han establecido mayoritariamente la crítica norteamericana. Blanche es un personaje que la propia Cate Blanchett conocía muy bien, al haberla interpretado sobre los escenarios. Como vemos, el cuarteto que se forma en el filme de Woody Allen es un fiel reflejo de la obra de Tennessee Williams, magistralmente adaptada al cine por Elia Kazan.

-Ansiedad, pesadilla y una crisis nerviosa, hay un límite de traumas soportables antes de que una salga a la calle y empiece a pegar gritos.

Regresa a casa después de una larga y próspera estancia en Europa, con película mejores que otras, por su supuesto pero una buena muestra de la longeva vitalidad del realizador. Testimonio de ello fue Match Point –su primer título en su periplo europeo-, llevando su cine a Londres junto a otras películas (Scoop, El sueño de Casandra y Conocerás al hombre de tu vida). Luego pasaría a otras grandes ciudades europeas: Barcelona (Vicky, Cristina, Barcelona), París (Midnigth in Paris) y Roma (A Roma con amor).

-En un partido hay momentos de gran envergadura, en los cuales la bola puede seguir hacia delante y ganas o no lo haces, y pierdes.

De las citadas, la presente película guarda una mayor relación con Match Point, que mantenía también unas diferencias sociales entre sus personajes, marcados igualmente por el dinero y la codicia. Así nos presenta Woody Allen el conflicto entre las dos hermanas, Jasmine, dispuesta a todo por mantener intacto su glamour y su estilo de vida aristocrático, y Ginger, quién mantiene una vida tortuosa precisamente no por el dinero. Lo vemos en el personaje del rudo mecánico (Chili) con quien Ginger mantiene una relación, mientras que Jasmine se mantendrá junto a un diplomático rico y de porte aristocrático (Dwight, Peter Sarsgaard).

-Vente conmigo a Viena, vivimos allí un par de años y te enseño a bailar el vals.

Pero por quedarnos con algo de la película, sería la inmensa interpretación de Cate Blanchett, sumándose así a otras actrices que pusieron rostros a personajes de Woody Allen: Dianne Wiest (Hannah y sus hermanas y Balas sobre Broadway), o las que recibieron Mira Sorvino (Poderosa Afrodita), Penélope Cruz (Vicky, Cristina, Barcelona) y, especialmente, Diane Keaton, musa en una multitud de películas desde Manhattan a Annie Hall.

 From left, actors Bobby Cannavale and Max Casella and director Woody Allen on the set of Blue Jasmine

En el nombre del padre: El drama del conflicto de Irlanda del Norte.

En el nombre del padre: El drama del conflicto de Irlanda del Norte.

-Creo que deberían quitar la palabra ‘compasión’ del diccionario inglés.

En el nombre del padre, película de 1993 basada en los casos de los Cuatro de Guildford y los Siete de Maguire, fue dirigida por Jim Sheridan y con un guión adaptado por Terry  George y el propio Sheridan de la autobiografía de Gerry Conlon, Proved Innocent. Rendimos un homenaje a la película, en su veinte aniversario.

The boxer, pero sobre todo En el nombre del padre –película a la que dedicamos el siguiente artículo- fueron sus dos grandes filmes sobre el conflicto del IRA, ambos protagonizados por Daniel Day-Lewis. Nos acerca a la historia trágica de una familia irlandesa, acusada erróneamente de un atentado y de pertenencia al IRA. Los amigos y familiares del personaje interpretado por Day-Lewis fueron detenidos, encarcelados y sometidos a un duro interrogatorio, pero fue su padre quien murió en la cárcel, sin poder limpiar su buen nombre. Como señaló el propio Sheridam, "el caso real de los cuatro inocentes encarcelados me sirvió para hablar de las relaciones teñidas de paternalismo entre Gran Bretaña e Irlanda".

Película llena de matices en la que destacan sus personajes principales, el Gerry Conlon de Daniel Day-Lewis que evoluciona de un joven medio atolondrado y sin respeto por sí mismo, y Giuseppe, Pete Postlethwaite, quien borda un prodigioso trabajo de actor secundario, entre otras cosas por ser un ejemplo de apoyo entre dos artistas frente a la cámara. También sobresale porque esta relación es el núcleo de la historia. E incluso perdonamos la licencia del propio Sheridam de emparejarlos en la celda –lo que no ocurrió en la realidad- pues habríamos perdido una de las parejas cinematográficas más vibrantes de los últimos años.   Descubrimos que nos cuentan el pasado de ambos personajes, padre e hijo, sin que lo veamos, y el progreso durante más de una década de una tortuosa relación basada en la incomprensión mutua. Los gestos,  los silencios, las miradas y los reproches.

-Nunca habíamos tenido ladrones en la familia.

-Nunca habíamos tenido nada, papá.

La relación paterno-filial de ambos personajes, una de las relaciones entre padre e hijo mejor reflejadas en el cine actual, es una de las claves del éxito de la película. La ternura del padre,  que ve en la cárcel la posibilidad de ayudar a su hijo, y los reproches que le dirige en gran parte del metraje.

Más allá de la relación padre-hijo, la película también está marcada por la evolución del personaje principal, un desclasado que no era consciente de lo que estaba ocurriendo, hasta la muerte del padre que es el punto de inflexión. Sirve para comprender el final catártico de la historia, pero también es verdad que cuando se pierde al personaje de Giuseppe cambia el ritmo narrativo de la película. Los acontecimientos se agolpan para producirse la salida de la cárcel de los protagonistas (lo que importa a los personajes) pero no desde el punto de vista cinematográfico. La película se dispersa, con un ritmo muy informativo, porque los guionistas no fueron capaces de seguir el rastro del personaje cuando pierde a su protector (por llamarlo de alguna forma).

-Soy un hombre inocente, me he pasado 15 años en la cárcel por algo que no cometí. Vi morir a mi padre, por algo que no cometió.

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La presencia de una gran Emma Thompson no hace más que enriquecer una película que, con sus altibajos, resulta conmovedora y genial, junto a una docena de brillantes secundarios. Todos ellos, intérpretes  en estado de gracia,  sacan el alma de la historia real de los cuatro de Guildford, falsamente acusados de pertenecer al Ira, a mediados de los setenta.

-Gerard Patrick Conlon. Es mi obligación preguntarme en voz alta porque no ha sido acusado de traición a la corona. Un crimen que conlleva la pena de muerte por ahorcamiento. Una sentencia que no hubiera tenido reparos en aplicar.

Pero la película cae en algunas veces en la tendencia de estos directores ingleses del free cinema, la excesiva teatralidad. Los actores son tan buenos y aman tanto sus diálogos que a veces sobreactúan, lo que vemos en el actor Daniel Day Lewis en la primera confrontación en la celda, junto a su padre. Sheridam lo planifica con primeros planos y planos medios, en la que hay una interpretación excesiva;recordándome una anécdota del rodaje de Marathon Mann sobre Dustin Hoffman contada por Laurence Olivier. En una secuencia, tenía que interpretar a su personaje tras una noche de farra y el actor se presentó al set con una pinta algo inadecuada, que llamó la atención de un actor tan brittish como Olivier:

-¿Qué te pasa? ¿Has pasado una mala noche?

-No, como tengo que interpretar a alguien que lo pasa mal, me he ido de copas durante muchas horas.

- Eso te pasa por no ser actor.

Una respuesta demasiado británica de alguien que dominaba los recursos interpretativos.

La secuencia de la película y final.

-Vivía de sacar chatarra, en Belfast era un ocupación díficlil. El Ira ya me había dado tres avisos, pero todo se complicó cuando una patrulla me confundió con un tirador.

La película arranca de forma demoledora en la que vemos la catadura de los personajes principales, pero también el conflicto de la película. Por una parte, vemos el lío que crea Gerry Conlon, a su alrededor, involucrando desde a su padre al  barrio, cuando  roba materiales de los tejados de Belfast junto a un amigo,  propiciando un tiroteo y una posterior huida de los soldados británicos; mientras tanto suena el ‘Voodoo Child (Slight Return)’ de Jimi Hendrix, y el caos se apodera de Belfast.

                                

La huída de dos ladronzuelos,  por un laberinto de callejuelas y casas, con la ayuda de vecinos del barrio. Forma parte de un comienzo prodigioso con un vigor narrativo y una claridad para exponer en una secuencia vibrantemente rodada la realidad de lo que se entiende el conflicto de Irlanda del Norte. Una película más reciente, Billy Elliot, la tomaba como referencia para una secuencia, una investigación casa a casa de la policía.

Una película revisada por los cinéfilos, año tras año, uno de los mejores trabajos interpretativos del actor principal y una ocasión para reivindicar la lucha a favor de la justicia y de la paz.

Alien 2: El regreso. ¡Esto es la guerra!

Alien 2: El regreso. ¡Esto es la guerra!

El canadiense sólo había dirigido una secuela de Pirañas, una flojísima película de terror, en un momento en el cual no todos los éxitos de taquilla demandaban una continuación. Sin embargo, su primer Terminator le daría sobrada solvencia como director. Eso sí, esta segunda parte de la famosa saga de Alien no puede hablarse de una secuela o una continuación, sino una película con identidad propia, sobre todo gracias al colosal trabajo de James Cameron.

 Cameron vs Scott.

 Encontramos ideas que relacionan esta película con la de Ridley Scott, como con la propia cinematografía de James Cameron. En esta segunda entrega, seguía manteniendo su protagonismo las sombras y el humo, e incluso muchos encuadres ya habían aparecido en el film original. James Horner compuso la banda sonora, sustituyendo a Jerry Goldsmith, aunque parte de la partitura original suena en el film. Aparecen fotografías del equipo de la Nostromos en la sala de interrogatorios en donde se investigaba el caso de Ripley, y el grupo de marines se despierta del mismo modo que lo hacía la primera tripulación. También el nombre de la nave deriva de un texto de Joseph Conrad, pues Sulaco era el nombre de la ciudad del relato Nostromos.

Sin embargo, las dos principales diferencias son el carácter feminista-maternal de la película y la estructura narrativa.

Sigurney Weaver vuelve a colocarse en el centro de la historia. Vemos a una Ripley que se engrandece con el peligro, incluso superando a los hombres que la rodean, como vemos en otros personajes femeninos de James Cameron como la Sara O´Connor de las dos primeras películas de Terminator o el papel de Rose en Titanic. Este feminismo, que aparece representado en el personaje principal, lo vemos en diferentes momentos de la película: en sus discursos materno-filial; la secuencia que se eliminó en la que se explicaba que su hija habia fallecido anciana, mientras que ella invernaba en la nave de socorro del Nostromos; en su intento de protección con Newt, como también en la propia Reina Alien.


 Pero uno de los principales logros es la evolución en los aliens. No solo nos encontramos con una especie de colmena, sino todo un ejército de aliens-soldados y la Reina, un auténtico reto para el equipo dirigido por el genial animador Stan Winston, la rival a la altura de Ellen Ripley (Sigurney Weaver).

  El comienzo de Aliens Return enlaza directamente con el final de Aliens, el octavo pasajero, con el rescate a Ripley y la secuencia del juicio, con las fotos de la primera tripulación y los ejecutivos, cuya nota futurista se observaba en los cuellos subidos y el mobiliario.

 Desde ese momento es todo Cameron, con una fuerte presencia militarista y el inicio de la guerra.

 Join to the Marines!

 Todavía llegaría en tardar, pero en esta película James Cameron introduce elementos que volverán a aparecer en otras muchas: aliens, avaricia corporativa y marines.

 En la película resuena el grito de Join to the Marines!, en la lucha entre los aguerridos marines, que hacen gala de un valor y de una inventiva táctica frente a lo desconocido, el enemigo monstruoso y deshumanizado.

  El primer Alien supuso una novedad, rompiendo la imagen de la tripulación uniformada de todas esas películas espaciales al estilo de “Star Treck”. Aquí se da un paso más, con estos soldados individualizados y representando cada uno de ellos, un arquetipo concreto. Pero la visión del ejército es totalmente deformada en esta primera incursión militarista del director, parecen formar parte de un comando de élite completamente indisciplinado o a punto de licenciarse.

 -¡Oh amigo, yo iba a licenciarme, cuatro semanas y fuera! ¡Y ahora voy a dejarme el pellejo en esta roca!

 Entre los que destacamos la figura del sargento.

 -Muy bien nenes, ¿qué esperáis? ¿desayuno en la cama? Otro glorioso día en el Cuerpo de Marines es como un día en el campo. Cada comida es un banquete, cada paga, una fortuna, cada formación es un desfile. ¡Me encanta el Cuerpo!

 Igualmente, habría que observarse la influencia de la Guerra de Vietnam. Los soldados de la película hacen un alarde armamentístico y tecnológico ante lo que se presenta como “una cacería de bichos”. En principio, unos enemigos inferiores, aludiendo a la derrota americana en Vietnam, cuando no supieron enfrentarse a unos enemigos a los que habían calibrado en función de su armamento. En realidad, este es el punto de arranque de otras muchas películas que siguieron el éxito de este film, destacando Depredador (John McTiernan).

  En esta trama principal descubrimos la camaradería y lealtad, propia de estos personajes (una  influencia del cine de Howards Hank en Cameron), como también el amor que siente Ripley por Newt. Newt es la niña, agarrada a una muñeca, superviviente que va como ida, toda una referencia de grandes clásicos, similar a la pequeña que había perdido la cabeza en Centauros del desierto (The Seachers, John Ford) o la niña de La humanidad en peligro (Gordon Douglas). También encontramos el tema de la avaricia (importantísimo para comprender una buena parte del cine de James Cameron), aquí representado en la empresa Weyland-Yutani y en concreto, en Carter Burke (Paul Reiser), el enviado por la Compañía junto a los Marines.  

 Una versión de Howard Hawks.

 James Cameron introduce en la película una estructura puramente hawkensiana. Lo vemos en la figura de Ripley, que llega a ser aceptada en un grupo cerrado de Marines de la nave Sulaco, debido a su experiencia ante la amenaza de las criaturas xenoformas del planeta Acheron. De ahí, que Cameron ya no recurre al terror gótico de la original sino al espíritu de camaradería propio del cine bélico o del western. Este esquema aparecerá en otras películas del realizador, sobre todo en Abbys (The Abbys) con el enfrementamiento de especialistas (científicos y militares) y una historia de amor, muy a lo Howard Hawks, entre Ed Harris y Mary Elisabeth Mastrantonio.  

 Al final nos quedamos con una magnífica película de género, con unos efectos especiales muy conseguidos que, sin embargo, no logran camuflar los mil y un fallos de continuidad o que algunas maquetas parecen demasiado maquetas. Eso sí, el film es toda una referencia en la ciencia-ficción y un hito en la saga de Alien.