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En 1972 aparecieron películas como El Padrino; Aguirre, la cólera de Dios; El último tango en París o el cortometraje de Antonio Mercero La cabina. Pero también este año se celebra el cuarenta aniversario de otra gran película Sleuth (La huella), la obra final con la que Mankiewitz cerraba una impresionante filmografía. 

La huella (Sleuth) es una de las grandes películas de todos los tiempos, un auténtico tira y afloja entre sus dos personajes, un combate de boxeo - al más alto nivel interpretativo- entre el veterano Laurence Olivier y el joven Michael Caine. Fue el gran éxito del cineasta, otro de los grandes genios del séptimo arte, y su gran reto, plasmar en el celuloide la obra homónina del dramaturgo Anthony Shaffer (autor literario y cineasta bastante conocido en su momento, del que se habían adaptado algunos de sus trabajos al cine).

- ¿Y usted a qué se dedica?
- ¿No lo sabe? Soy peluquero, Casa Tindolini.
- ¿No le preocupa que le confundan con una tienda de helados?

                 La huella (Sleuth)

Milo Tindel, un apuesto peluquero, interpretado por Michael Caine, llega con su Alfa Romeo a la mansión campestre y muy inglesa de Andrew Wyke, un decadente escritor de éxito a cargo de Laurence Olivier. La mujer del escritor quiere divorciarse de él y unirse al peluquero, por lo que se produce un duelo dialéctico, en el cual el veterano escritor propone urdir una trama para humillar a su contrincante, a través de una curiosa propuesta:

- Me alegro que hayas adivinado que lo que quiero es que robes esas joyas.

El argumento se podría resumir en una sola línea: las veladas de un peluquero y un escritor, obsesionado por los juegos. La idea fundamental. Un escritor de aventuras detectivescas, al estilo de Agatha Christie, con la aficción de poner en práctica todo tipo de juegos de ingenio.

-¿Ha tenido ya alguna experiencia? Me refiero a... si ha cometido antes algún otro delito.

-Señor Lord Merridew lo hubiera pasado muy mal si yo no hubiese ideado crímenes para que él los resolviera. 

 -Señor Lord... ¿qué?

-¿Está bromeando?

-¿Por qué?

-¿No sabe quién es Señor Lord Merridew? ¡Es mi detective conocido por millones de lectores!

La huella, de Joseph Leo Mankievitz tenía un origen teatral, la obra del dramaturgo Anthony Shaffer, quien sería el encargado de adaptar el guión cinematográfico. Pero el caracter teatral lo vemos en toda la película: el escenario y los dos personajes, únicos; aunque también la esencia del teatro aparecía en los originales títulos de créditos (las maquetas de las novelas de suspense), cerrándose la película con el telón de una de ellas. La idea era mostrar el desarrollo del filme como si de una más de sus historias se tratase. 

         

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En La huella encontramos una multitud de temas, la literatura y la autosaficción del creador, el juego, la figura del doble o el asesinato; pero también existen otros  como la temática social y el matrimonio (ambos muy brittish). 

-Entre Margaret y yo no existen secretos.

-Ni los míos, por lo que veo. Taya es una diosa de carelia, sus dorados cabellos y sus ojos color cobalto poseen el secreto de los lagos de Finlandia.

-Tenía entendido que era una rubia corriente con el mismo sex a peel de un jeep de segunda mano. 

El tema del matrimonio, las maquinaciones de un excéntrico millonario y el coqueteo con el juego ya habían aparecido en otras películas de Mankievitz; por citar una, en la maravillosa Mujeres en Venecia. Por su parte, el asesinato "es un un problema muy inglés", como decía Alfred Hitchcock. De hecho, el detective creado por Andrew Wyke se parece mucho a las creaciones de Agatha Christie (ese detective belga de nombre Hércules Poirot), sin embargo, una opinión personal me llevaría a relacionarlo más con la creación de la también escritora inglesa Dorothy L. Sayers. Amiga de A. Christie, Checerton, C.S. Lewis y Tolkien, creó la figura de Lord Peter Wimsey, un aristócrata inglés que resolvía crímenes retorcidos de forma amateur. 

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"Andrew, debes convencerle de que todo ha sido un juego". Uno de humillación, en donde el disfraz y los juegos de identidad cobraban protagonismo. En una partida en el que vemos la participación de un nuevo personaje, un inspector de policía.

-Ya ve que los policías auténticos no somos tan imbéciles como nos describen los escritores como usted. Quizás no llevemos monóculos ni orquídeas en las solapas, ni lupas, ni esos ridículos bombines. Pero somos razonablementes eficaces, a pesar de todo.

-Parece que conoce a fondo las novelas policíacas. 

-Sí, señor, y he llegado a la conclusión de que son la recreación intelectual de las mentes nobles. 

La huella peresenta con una narración sencilla y clara, una sugestiva caza del gato al ratón, -aunque con un sentido semiculto si se quiere, similar a la conversación de cualquier velada, como la que muestra la película- visualizada con firmeza, un tratamiento próximo al cine de Hitchcock (sorpresas, situaciones ambiguas, engaños). La huella tiene la dosis de elementos encontrados (placer - dolor) que tanto gustaba al cine de Alfred Hitchcok o la narrativa de suspense de Patricia Highsmith, pero también a los cineastas británicos en general, considerándose la perversidad como un juego que no hay que tomar nunca demasiado en serio. El problema es que esa especie de contradicción entre mostrar inteligentemente la perversión / asesinato y luego pedir al espectador que lo vea sólo como un juego, hace que uno no sepa a lo que atenerse. Aunque el principal escollo de La huella, como ocurre con el cine británico, es que se sacrifica todo, incluso la inteligencia, por mostrar el ingenio. Pero sobre todo esta última película de Leo Mankiewitz, plantea la cuestión de si es posible rodar una historia con giros inesperados, con pocos personajes y un escenario único.