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Más conocida que los taxis amarillos y la Quinta Avenida de Nueva York es la figura del Presidente, sobre todo por esa rancia cinematografía patriotera y políticamente correcta que brota en el cine made in Hollywood como Gremlins en una piscina del inserso. “Juro fidelidad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una Nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Así versa el final de la Declaración de Independencia, dentro de unas constantes indicaciones en el cine americano, los mecanismos de la justicia inmersa en el sistema. Con una versión complaciente, que generalmente apoya su discurso ideológico en torno a una historia de amor o acción, para entretener al espectador mientras se le insufla los valores adecuados y presentar a la figura del Presidente como cabeza de un país triunfante.

Hay un sinfín de obras voluntariosas, pero menores, que constituyen una galería de ciertos retratos, que van desde la ridiculización hasta una desmesurada mitificación heróica. La carrera de Harrison Ford es significativa, en este sentido. Si interpretaba en algunas cintas al hombre duro del Gobierno, siempre honesto e incorruptible mientras se libraba de los enemigos de América, en otras películas se enfundaba el traje de un Presidente conservador, padre de la patria pero también padre de familia. Dos títulos en este línea eran El Presidente y Miss Wade, y Air force one. En la primera de ellas (Rob Reiner), interpretaba a un hombre viudo que preguntaba a su hija de diez años si era lícito salir a cenar con una mujer.

- Loosy, ¿te parece bien que vaya a cenar con una mujer?
- Papa, me da igual.

Mientras que en Air force one (Wolfgam Petersem) se convertía en un Presidente, yonki de adrenalina.

- Señor, póngase el arnés, es hora de irse.
- ¿Y el resto del equipo?
- No hay tiempo para el resto del equipo, sólo puedo sacarle a usted.
- ¡No, iremos todos!

En otras propuestas, centradas en el futurismo y catástrofes, se profetizaba la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca, nada menos que Morgan Freeman (Deep Impact, Mimi Leder). No por casualidad, Estados Unidos vivía una importante amenaza procedente del espacio exterior, un enorme meteorito que iba a chocar contra el planeta.

- Hemos preparado una red de inmensas cuevas, con una capacidad para un millón de personas.

Otra interpretación frecuente ha sido el de las parodias convirtiendo las figuras presidenciales en caricaturas sobre las que proyectar los traumas, profundas paranoias o las histerias colectivas que se han fraguado desde tiempos remotos. En Mars Attack (Tim Burton), Jack Nicholson interpretaba a un presidente dispuesto a tratar una alianza con los invasores de la Tierra, todo eso, claro está, en clave de comedia.

- Podríamos trabajar juntos, ¿por qué ser enemigos? ¿Por qué somos diferentes?

Sin embargo, la película más ácida y brillante de todas las que han querido sacar las cosquillas de la política norteamericana, con un poco de humor, era Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Stanley Kubrick).

- Hola Dimitri, oye no te oigo muy bien, ¿no podrías bajar un poquito la Internacial?



Una de las mejores representaciones de lo que se cocina en los grandes pasillos del poder, nos lo dejó El ala oeste de la Casa Blanca. En el formato de serie televisiva nos mostraba los entresijos de la política, con todo un presidente republicado interpretado por el demócrata Martin Sheen. Hay muchos actores que han jurado el cargo como presidentes más o menos reconocibles en la gran pantalla, pero muchos de ellos se han devancado como personajes ficticios. No podíamos terminar, sin embargo, sin una de esas curiosidades protagonizada por Ronald Reagan: cuando actor dio vida a un presidente en Abismo de pasión. Aunque nunca podríamos decir si valía más como político o como actor.

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