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Muerte de un presidente es una película de ficción que se presenta con el formato de falso documental, un género en auge tras Redacted y algunas otras propuestas anteriores, con la que asistimos al hipotético momento del asesinato del presidente Bush y las consecuencias que traerían tanto en el recorte de las libertades como en un proceso de inculpación, plagado de zonas oscuras. El principal interés de su director, Gabriel Range, es el de provocar una reflexión a través de meras hipótesis, utilizando el poder que le da la manipulación de imágenes reales de archivo, cuidadosamente mezcladas con otras pocas fabricadas hac-hoc e insertadas convenientemente. Cuando vemos un documental, el lenguaje y su estilo nos hacen reaccionar de una manera diferente que una película, suspendemos nuestra integridad de otra manera. Por eso, ha propuesto su realizador este formato, pues si lo hubiera presentado en una narrativa convencional sería más fácil que un espectador lo hubiera dejado de lado. Pero lo que hace Gabriel Range es tan antiguo como el arte de manipular testimonios gráficos con fines políticos o con intentos de reescribir la historia. Por ejemplo, esto mismo lo hacían los dirigentes soviéticos a la hora de dar una mayor relevancia de la revolución rusa o de figuras como Lenin, como también era moneda corriente en pleno franquismo cuando se reeditaban documentales sobre la Guerra Civil para dar una imagen favorable al Régimen. Pero esa manipulación no sólo se hacía bajo regímenes totalitarios, sino que países totalmente democráticos han ejercido de censores sobre acontecimientos más o menos puntuales.

 Actualmente la tecnología digital facilita la tergiversación de imágenes con altísimos grados de depuración, con lo cual nos encontramos con un problema que ya está esbozado en Muerte de un presidente. La credibilidad de las imágenes por televisión, de los informativos, tiene un alto grado de aceptación y, sin embargo, nunca fue tan fácil como ahora manipular, confundir o llevar a la opinión pública por caminos equivocados e interesados. En este sentido, la muerte del presidente -tal y como nos lo ofrece su realizador- provoca interesantes efectos colaterales, el espectador tiene la ventaja de que todo es un montaje, lo cual nos lleva a preguntarnos sobre todos los montajes que esconden su falsedad. En definitiva, este es el punto crucial de la reflexión sobre el documental, la manipulación -incluso la inconsciente-que dirigen los mass media. Una buena prueba de ella fue la docilidad, ingenuidad o complicidad con la que muchos medios de comunicación secundaron las tesis de la Administración Bush a favor de la invasión de Irak. Sobre el poder de la prensa y cómo absorbemos las noticias, especialmente por televisión y en tiempos de crisis; porque deberíamos darnos cuenta que cuando leemos una noticia en un periódico, no es el reflejo fiel del acontecimiento sino la opinión substraída por su autor. Igualmente sucede con la televisión. Cuando vemos imágenes en el telediario, tenemos la tendencia de que lo que recoge la cámara es lo real. Este tema de la manipulación de los mass media ya lo había propuesto Barry Levinson en Cortina de humo, en donde unos ejecutivos de un importante medio de comunicación utilizaban la televisión como medio de ocultar un escándalo que afectaba al presidente, manipulando unas imágenes relacionados con el conflicto de los Balcanes.

 En el séptimo arte como en la vida real, la idea de matar al Presidente es más que recurrente, marcada -por supuesto- por los casos de Lincoln, Gardfield y Kennedy. En el primer magnicidio, Abraham Lincoln murió en manos de un asesino que le disparó en su palco en plena representación teatral, de manos –nada menos- que de Raoul Walsh, quien interpretó a este personaje en la película de Griffith. Mientras que Kennedy, ha propiciado numerosas películas que han articulado casi un subgénero centrado en el asesinato y posterior investigación. Destaca, en este sentido, JFK (Oliver Stone): “El presidente es lanzado hacia atrás y hacia su izquierda, por un disparo de frente y de la derecha”.



 
Entre otros títulos que han tomado parte del caso de Kennedy, merece la pena citar En el punto de mira (Wolfgam Pettersen). Sin embargo, la película -inserta en el género del thriller de acción- pretende ser una especie de juego del gato y el ratón, entre el agente secreto y guardaespaldas de altos mandatarios (Clint Eastowood) y el asesino de turno (John Malkowitz).

 - Gracias a ti, el juego sube un nivel mucho más alto, el destino nos ha unido, Frank. No puedo sobreponerme de la ironía.
- ¿Qué ironía?
- Tú, estando relacionado con el asesinato de dos presidentes.

Este subgénero ha aparecido en contadas ocasiones como el magnicidio visto como un sacrificio, dirigido a cuestionarnos por la responsabilidad de este tipo de mandatarios. Un filme interesante, en este sentido, era La zona oscura (David Cronemberg), en donde un profesor con poderes adivinatorios llegaba a matar a un gobernador, porque en una de sus visiones lo veía como Presidente en el momento de detonar la bomba atómica.

Lo más sustancioso de Muerte de un presidente viene después del asesinato de Bush, el proceso de investigación, esclarecimiento e inculpación, tal y como nos lo hubiera contado un reportaje o un documental hecho para la televisión. En la nebulosa de incertidumbre, medias verdades, intoxicaciones varias, etc., introducir matices que vayan moldeando la perfección de la conciencia del espectador es cuestión que se reserva a los expertos en la materia, creadores de opinión, asesores de imagen, analistas varios, gente que -en cualquier caso- nunca dan la cara pero que tienen una importancia decisiva en nuestras vidas.