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Estamos embriagados por la crisis, allí donde haya dos personas el fantasma del desempleo, la miseria y sus resortes hacen su aparición: menos mal que el cine está de nuestro lado para recordarnos esas películas que se han acercado a la crisis, para darnos una explicación y de paso, concienciarnos.

 - Mientras la moneda europea siga cayendo, fabrica exclusivamente billetes de dólar.

 Ya en los albores del séptimo arte, uno del los villanos más sofisticados, el Dr. Mabuse en Dr. Mabuse (El jugador), de Fritz Lang, desestabilizaba el sistema a través de la economía. Primero fabricaba moneda falsa para ponerla en circulación y luego manipulaba la bolsa con un ejercicio absolutamente premonitorio. El expresionista Mabuse presagiaba el Crack de la Gran Depresión, fenómeno que hizo correr litros de tinta y metros de rollos de celuloide. El famoso “Jueves Negro”supuso la caída de un sistema económico que tenía en Wall Street su sede financiera; el demócrata Rooswelt y su New Deal intentaron levantar el sistema del derrumbe, teniendo en Frank Capra su principal referente cinematográfico.

 - Quiero que sepan que vuestro dinero está seguro. La situación de este banco es excelente.

- Yo he oído otra cosa.

- No es más que un rumor malicioso.

 En La locura del dólar, más sugerente su título original, American madness, encontramos una parábola que no ha perdido vigencia. ¿Qué ocurre cuando se pierde la confianza? ¿Y cuando el banco se enfrenta a una alarmante pérdida de liquidez? El propio Capra en Viva como pueda, nos proponía la figura del banquero consciente de su propia relevancia social.

- El problema de este país es que el dinero está guardado. El dinero guardado no es un buen negocio. ¿Dónde está todo el dinero hoy? En los bancos, en bonos, acciones o metido en vigas viejas bajo tierra. Y les digo que tienen que poner el dinero en circulación si quieren que este país vuelva a reflotar.

No se trataba, en realidad, de cuestionar el modelo de libremercado, sino de reflexionar con el sentido moralista de la época. Eran fábulas o cuentos morales, apoyados en el maniqueísmo, para reflejar cómo el ciudadano medio podía sobrevivir a la Depresión, defendiéndose de la ambición de los hombres de negocio y su corrupción, gracias a la obstinación y a la ayuda de los amigos. Así sucedía en este clásico, en Vive como puedas, Qué bello es vivir o en Juan Nadie.

 - Son tiempos peligrosos, señor Beira, nos dirigimos a un orden nuevo. Se han hablado demasiado en este país, se han hechos demasiadas confesiones para que el pueblo se sienta confortado.

 Si en el mundo urbano, destacaba Frank Capra, la Gran Depresión en el mundo rural había sido tema para una diversidad de cineastas. El gran John Ford había adapatado una novela de J. Steimbeck para acercarnos al drama de la crisis entre campesinos. Muchas familias que habían perdido sus tierras salian hacia el oeste para encontrar en la recolección de la uva su medio de vida.

En este sentido la familila Joad, de Las uvas de la ira, es arquetípica. Con Henry Fonda y Jane Dawell (Ma Joad) a la cabeza, emprenden el éxodo desde Oklahoma a California, en una odisea hacia la “tierra prometida”.
 
- Pero nosotros estamos vivos, y seguimos caminando. No pueden acabar con nosotros ni aplastarnos; saldremos adelante, porque somos la gente.

Al final Henry Fonda descubría la crudeza de la realidad; nada más poner los pies en California, el sueño se hace trizas.

 A Ford tampoco le caían simpáticos los banqueros, siempre solía aparecer en sus películas como uno de sus villanos peculiares, pero su mejor retrato lo consiguió en La diligencia, en donde reflejaba parte del eterno debate, propio del libremercado, sobre la intervención del Estado en la economía.
 
- América para los americanos, el gobierno no debe involucrarse en los negocios, ni reducir impuestos: la deuda nacional es algo más que sentir el calor de la gentuza. Lo que necesita el país es un hombre de negocios como presidente.
- Lo que necesita el país es más cogorzas.

 Una de las consecuencias de la crisis del capitalismo especulativo es que quienes toman las decisiones no dan la cara, no sabemos quienes son; idea ya esbozada en el clásico de los años 40, Las uvas de la ira.
 
- ¿Quieres decir que me echas de mis tierras?
- No hay que enfadarse conmigo, yo sólo soy el mensajero. Ya sabes que el dueño de las tierras es la compañía Sayland.
- ¿Y quién es la compañía Sayland?
- Una compañía.
- Pero tiene un presidente, alguien que sepa para que sirve un rifle, ¿verdad?
- Hijo, ellos no tienen la culpa, el banco les dice lo que tienen que hacer.
- Muy bien, ¿dónde está el banco?
-En Toolse, pero no vas a resolver nada, allí sólo está el apoderado. Y el pobre sólo trata de cumplir las órdenes.
- Entonces, ¿a quién buscamos?
- La verdad, no lo sé, si lo supiera te lo diría.

Una esquizofrenia perpetua en la que vivimos, dos realidades paralelas, con el discurso oficial y otro sometido a censura, como refleja otro clásico por derecho. Porque como sabrá más de uno, no hay mejor forma de llegar al ciudadano que a través de las miserias cotidianas. En El político, Robert Rossem nos presenta a un gobernador que quería ganarse el voto de los desheredados en el momento de mayor miseria del país. Es decir, la radiografía de un político que hace campaña de las necesidades.

- Tú, ese de allí, mírate los bolsillos. Tienes agujeros en las rodillas. Escúchate el estómago, ¿no está protestando de hambre?