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El conflicto racial en el cine

Nosotros. El miedo hacia nosotros mismos.

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Jordan Peele hizo historia con su primer trabajo como director, “Get Out”, un film de terror que lograba estar nominado al Oscar a Mejor Película, pero en su nueva incursión tras las cámaras está dispuesto a ir mucho más allá. Vuelve con sus tintes sociales con los que sacudir la cultura contemporánea a través de una sátira del sueño americano, en forma de pesadilla, y con el tema del doble como telón de fondo. El “Us” del título tiene un sentido ambiguo. Los “nosotros” son los Wilson –una familia afroamericana de vacaciones- pero también podría pensarse en los propios Estados Unidos (El título original marca esa referencia con los United States).

-Esto es lo que dice el señor: Les traeré un desastre del que no podrán escapar. Aunque me griten, no les escucharé. Jeremías, 11:11.

Con elementos de “Twilight Zone” y George Romero e incluso préstamos del “Jaws” (S. Spielberg), la película se inicia con una  niña que deambula con sus padres por el paseo marítimo de Santa Cruz. Se separa de ellos para pasear por la playa desierta, cuando divisa una atracción junto al muelle. Entra en lo que parece una sala de espejos abandonada, descubriendo algo aterrador: su propio doble. La historia se traslada a la actualidad, en el momento en el que la familia Wilson viaja en coche. La niña es una mujer, Adelaida (Lupita Nyong´o) y se encuentra junto a su marido Gabe, y sus dos hijos. Están expectantes por llegar a su lugar de vacaciones, la misma playa de Santa Cruz y reencontrarse con sus amigos, los Tylors, y sus hijas gemelas. Pero, llega la noche y vemos la silueta de cuatro figuras cogidas de la mano, delante de la casa; cuatro personas muy parecidas a ellos.

La película, en plan de Home invasión y de “La invasión de los ladrones de cuerpo”, se centra en el tema del doppelgänger, el doble, a través de unas terroríficas versiones de ellos mismos, “los ligados”. Dos episodios de míticos seriales han inspirado a Jordan Peele. En “The case of Mr Pelham” de "Alfred Hitchcock Presenta", Tom Ewell se encontraba a una versión de sí mismo, mientras que el mítico episodio de "Dimensión Desconocida", “Mirror image”, Vera Miles descubría una copia exacta de ella.

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La importancia del subtexto.

Gareth Marenghi dijo en una ocasión que el “subtexto era para cobardes”. Lo cierto es que el cine de terror se ha nutrido de él, hasta tal punto que ha llegado a describir el estado del mundo a través de una infinidad de historias. Si en “Get Out”, Peele, se centraba en la experiencia afroamericana, en su nuevo trabajo bucea en la experiencia americana, en la dualidad de un mundo privilegiado. Sin embargo, la clave está en que el “subtexto” nunca abruma al “texto”. Jordan Peele mantiene el control del encuadre y el tono, en todo momento, haciendo gala de un estilo que agradaría al propio John Carpenter.

Parte de su encanto lo encontramos en la forma en que Peele ha ido vertiendo la información, una parte de esta a través  de los “presagios” (los “foreshadowing”) que permiten adelantarnos muchas situaciones. Sin duda es una de esas películas que dará mucho de qué hablar. Hay juegos de citas bastante curiosas, por ejemplo, en el cartel de la atracción de feria. En los años 80 se ve a un nativo americano sobre la frase: “Busca la visión del chamán”; en la actualidad, se anuncia con un letrero mucho más amigable: “El bosque encantado de Merlín”. También las referencias al versículo de Jeremías, a las ambulancias o los guiños que encontramos en las camisetas de los personajes: desde el Thriller de Michael Jackson y Tiburón de Spielberg, a una en donde se explicita la necesidad de una América con las manos entrelazadas.

En definitiva, una parábola política que critica la Era Trump e incluso la de Reagan, en esa campaña “Hands Across America”, que aparece en una camiseta. También hay elementos sociológicos y psicológicos en la película, como el llamado “síndrome del impostor” –que sufren las personas que han luchado para alcanzar una posición  de prestigio, aunque nunca pierden la sensación de que no lo han merecido-.

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Green Book. Una guía para automovilistas negros.

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¿Recuerdan esa escena de “Paseando a Miss Dasidy” en la que el pobre chofer negro no podía parar en una gasolinera para hacer sus necesidades? Esa es la idea de “Green Book”, una road movie con prejuicios raciales de fondo, con  Vigo Mortesen y Mahersala Ali como protagonistas, y dirigida por Peter Farrelli, director que forma pareja cinematográfica junto a su hermano Bob.

Parece invitar a hacer una comparación con “Conduciendo a Miss Daisy”, pero  su origen es diferente. “Green Book” es una historia de amistad masculina interracial, toda una tradición cultural en esa América que busca la redención de aquel pecado original. Podríamos remontarnos a las comedias de Gene Wilder o Richard Prior de los setenta, o aquella película de fugitivos protagonizada por Sidney Poitier y Tony Curtis ("The desafiant one", "Fugitivos", 1958). Pero se trata de todo un arquetipo estadounidense, a través de unas parejas literarias bastante célebres: Huck y Jim, Ismael y Queequeg, o Natty y Chingachgook.

El blanco, Vigo Mortensen, es Tony, un hombre afable y leal hacia su esposa (una adorable Linda Cardellini) y sus dos hijos, que solo desea una cosa: permanecer en el barrio del Bronx donde siempre ha vivido. Trabaja como portero del Copacabana aunque suele ganarse un dinero extra como "arreglador". Un día recibe una oferta de trabajo que le diese una estabilidad a su familia, aunque permanezca fuera de casa, una temporada. Será el chófer y guardaespaldas de Don Shirley (Mahersala Ali), un pianista y compositor que debe viajar por la famosa carretera entre Mason y Dixon. Shirley o “Doc”, como lo llama Tony, es todo lo que él no es: educado, sofisticado y negro. Y esto provoca conflictos entre los personajes. Tony (un italoamericano) es un tipo agradable, pero de ideas anticuadas sobre todo en cuanto a los afroamericanos.

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De esta forma, recorrerán el sur de los Estados Unidos en 1962, en una época de profundas desigualdades y prejuicios raciales. Dos hombres, uno blanco y otro negro; personajes con dos caracteres opuestos se unen por una circunstancia especial. Aprenden el uno del otro, para luego descubrir que no son tan diferentes como creían. Reconozcámoslo suena a fórmula gastada y lo es. Pero lo suficientemente atractiva para haberse llevado algún que otro Oscar, incluido el de Mejor Película. Curiosamente se lleva 3 Oscars, los mismos que se llevó "Moonligth" hace 2 años, en donde Mashersala Ali también obtuvo su preciada estatuilla. 

El libretto parte de una historia real, de hecho, el hijo del auténtico Tony Lip (Nick Villalonga), coescribió el guión junto a Peter Farrelly. Tanto Mortensen como Ali interpretan a sus personajes con gran precisión y diferentes matices, pero también es un placer verlos juntos, al desarrollar mucha química. Lo realmente llamativo es que esta historia parta de un tipo que hacía comedias de bajo perfil en donde la escatología cobraba gran protagonismo:  los hermanos Farrelli. Me refiero a "Algo pasa con Mary" o "Dos tontos muy tontos".

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Moonlight. El drama de ser homosexual y negro en los Estados Unidos.

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Esta película centra un doble rechazo en los Estados Unidos, ser homosexual y negro –lo  que es una novedad en el cine- que vive en una zona deprimida de la ciudad de Miami (Florida). Un film –con aspectos autobiográficos del propio director- que toma su título “Moonlight”, de una obra de teatro: “In the moonlight, the black boys are blue”; una apreciación que hace uno de los personajes,  que podría traducirse como “En la luz de la luna, los chicos negros son azules”. Un estreno que vino precedido por las ocho nominaciones y sus tres Oscar, que finalmente se llevó a casa –aunque, en un momento,  estemos ante una película algo alérgica a las Academias de Cine-.

Brian Jenkings propone un viaje temporal de un chico afroamericano gay que vive en la opresiva grisura propia del cine del ghetto. Es normal que en los primeros compases de la película, sea un niño que sufra bulling (el acoso escolar); sin amigos y sin que nadie le comprenda. En ese sentido, sería como “Precius”, esa película fallida de Lee Daniels, que llegó a los Oscar con el aliciente de ser cine comprometido, aunque estuviese armada con la punta roma –en comparación con este film-, con una importante novedad, al poner en entredicho la masculinidad afroamericana, sobre todo porque ya no es tanto el modelo de personaje negro que solemos ver en el cine.

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-¿Quién eres Chiron?

Un chico callado de ojos tristes, cuya conmovedora historia se situaría entre lo más destacado del  regreso a la gran pantalla de la temática afroamericana, desde ese retrato del ghetto que nos dejó una multitud de cineastas –en los años noventa-, cine presidido por Spike Lee. De los cuales es el único de los títulos estrenados –“Loving”, “Figuras ocultas” e incluso el que nos faltaría, “Fesce”- que no tiene como tema determinante el enfrentamiento racial, de ahí que pueda centrarse en otros aspectos que marcan a esta clase social. En este sentido, lo que destaca es la búsqueda de la identidad, como obsesión para sus personajes –tema que ha estado presente en algunas películas de comienzos de años (“Lion”)-  lo que toma cuerpo en el film, sobre todo cuando el protagonista lucha para saber quién es.

Pero donde realmente triunfa “Moonlight” es al mostrarnos ese drama que sufre el personaje principal, a lo largo de los años; normal que muchos relacionen esta película con “Boyhood”.

¿El “Boyhood” afroamericano?

Hablar de eso son palabras mayores, pero sí es verdad que tiene ese poso que el paso del tiempo deja en sus personajes, de forma similar al que Richard Linklaker supo reflejar en esa pequeña obra maestra. Hay una evolución hacia la madurez adulta, que faltaría en la película de Linlaker

-Eres mi único amor y yo el tuyo.

Estructurada en tres episodios o partes, la película contrapone ideas como “herencia” y “educación”, aspectos que hacen de nosotros lo que somos y que define al personaje principal, tal y como el film lo presenta. De hecho, sería un título que ejemplifica cómo una persona puede ir cambiando –a lo largo del tiempo- según las condiciones y lo que se piensa de él. De esta forma, “Moonlight” se inicia con ese niño tímido y retraído al que llaman “Little” (pequeño) (Alex Hibbert), que sufre bulling en el colegio y es maltratado por los chicos del barrio.  Aparte vivirá condicionado  por una madre drogadicta, que poco a poco irá sumiéndose en el crack. En esta situación, es curioso que sea un narcotraficante –Juan- quién le ayude.

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Chiron representa al personaje adolescente, que descubre la atracción sexual –la homosexualidad- aunque también la delincuencia que le llevará de un reformatorio a otro. Black correspondería al tercer episodio en la vida de Chiron, cuando su personaje sale reformatorio convertido en alguien que no quería ser. Lo importante, en esta ocasión, es su grandeza física –una fachada con la que se defiende- en un momento en que se reencuentra con su único amigo.

El film, producido por la productora de Brad Pitt, Plan B Entertaiment, se llevó tres Oscar –al de Mejor Actor de Reparto (para Mahershala Ali), el mejor guión adaptado y Mejor Película- y protagonizó una histórica anécdota en la Gala, al ser parte del error que se cometió en la entrega a ese último premio. 

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Loving: una historia interracial.

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Precedida de algunas de las mejores revelaciones del cine independiente, llega el último trabajo del director norteamericano Jeff Nichols. Podríamos pensar que el título “Loving” (amando) sea un juego de palabras, pero lo cierto es que se trata del apellido de una familia real, que protagonizó un suceso tan impactante en su momento como para dar su salto al cine.  Una  historia basada en hechos reales, la de Mildred y Richard, una pareja interracial que desafió a la sociedad de Virginia, en la década de 1960.

En esta película, Nichols reestructura el cine de derechos sociales en cuanto no trata sobre batallas o luchas de sus protagonistas en pos de la justicia, para narrarlo desde la intimidad de un matrimonio. La pareja se casó en uno de los estados del norte del país, donde la unión interracial estaba legalizada, pero se marcharon al sur, en busca de nuevas oportunidades y empezar una vida. Para su sorpresa, en Virginia, donde se instalaron, el amor entre un hombre blanco y una mujer negra, era considerado antinatural y por tanto, prohibido. Estamos ante una emotiva y tierna historia real, cuyo caso fue llevado a la Corte Suprema, en donde se consideró la condena –por el matrimonio interracial- inconstitucional, sentando jurisprudencia.

El reparto.

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Joel Edgerton y  Ruth Negga encabezan el reparto y están soberbios en sus personajes, Richard Loving, Mildred Loving, quienes representan a un matrimonio interracial que sufren el rechazo del Estado de Virginia, en los cercanos años sesenta, es decir, sumergidos aún en un definido racismo.  Joel Edgerton es un actor australiano conocido por su papel en la serie The secret of life os us, mientras que en el cine le hemos visto Exodus o El gran Gastby, y sobre todo en El regalo, que también dirigió y escribió. Ruth Negga es una actriz etíope, presente en títulos como “Desayuno en Plutón”, “Guerra Mundial Z” o “Warcraft: el origen”.

Entre los actores secundarios, habría que destacar a Michael Shannon, el actor fetiche de Nichols en sus anteriores películas.

Una genuina visión del género “americana”.

Nacido en Arkansas, uno de esos Estados del Sur que tardaría décadas en erradicar este conflicto racial, el cine de Jef Nichols se caracteriza por no alejarse de este territorio geográfico de los Estados Unidos. De esta forma reinventa un género tan genuino como el cine “americana”, la mejor expresión estadounidense.  Estuvo representado por directores  clásicos como  John Ford o Henry King, o contemporáneos como David Lych (Una historia diferente) o Paul Thomas Anderson (Pozos de ambición), pero también lo encontramos en la literatura (John Steimback), la música (el folk, el country, o en figuras como Bill Frisller) y la pintura (Edward Hopper).

Por centrarnos en la filmografía de Nichols, “Take Shelter” era mucho más que una combinación de género “americana” y fantasía, sobre premoniciones apocalípticas. “Take shelter” (Resguardarse) era cine de catástrofes con un sabor indie, una película que basculaba entre la realidad, entendida como tal, y lo que cada uno de nosotros podemos entender como real, esa que viene marcada por nuestros miedos o deseos.

-Tengo sueños, siempre empiezan como una tormenta.

 

Un hombre normal, con una familia normal, empezará a sentir sueños o premociones sobre una inminente tormenta, por lo que le surge un deseo de proteger a su familia, más allá de lo que parece razonable. Pero ese presentimiento, que le aparece en forma de visiones, le llevará a la obsesión y, por último, a poner en riesgo aquello que con tanto interés quería proteger.

“Mud” (Barro), tenía como referencia ese paso de la adolescencia a la madurez, con un sentido de la aventura y de la pérdida, sin recurrir a las convenciones genéricas de este tipo de películas. El film recurría a la literatura (Mark Twain), pero también a un lugar geográfico: Arkansas, Illinois, el Mississippi. Así comprobamos cómo el cine de Jeff Nichols se sitúa en esa franja geográfica de los Estados del Sur, más conservadores y en donde el problema racial se hace más evidente. El aspecto central que se vincula con su último trabajo.

-Quizás perdamos las batallas más pequeñas, pero ganaremos, al final la guerra.

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En “Loving” la causa que abandera esta pareja se hace desde la más estricta intimidad. Es una familia sencilla, propia de esa América Profunda, que lleva a cabo una vida sencilla, sin estridencias de ningún tipo. De ahí que la lucha que llevan no esté representada por procesos judiciales, manifestaciones, tribunales o la justicia más esencial. Pero eso no quita que, desde la perspectiva de sus personajes, no sientan profundamente todo el proceso que se estaba produciendo en torno a ellos. A su pesar.

-La he comprado, la media hectárea entera, voy a hacerte una casa.

Con cinco películas en su haber, y a falta de conocer su  último trabajo “Midnight Special”, el cineasta norteamericano se ha ganado el derecho a ser seguido con especial atención.  Seguramente la película no gane ningún Oscar, no esté entre los títulos que gocen de ese privilegio que otorga la Academia y por eso, quizás pase algo desapercibida por el público. Es curioso como el cine de mi comarca “Odeón”, situado en el Campo de Gibraltar, el único superviviente de su género, haya optado por programar “Figuras ocultas” en vez de esta pequeña maravilla –dentro de la categoría de cine social con ambiente afroamericano-, pero su apuesta por la sencillez, por construir personajes a la altura de las expectativas de una película, que las cumple de sobra, es merecedora de todos nuestros halagos.

La buena mentira. Inmigración, conciencia y África.

La buena mentira. Inmigración, conciencia y África.

Mamere, Paul, Jeremiah y Abital (Arnold Oceng, Emmanuel Jal, Ger Duanyy Kuoth Wiel ) son los héroes de esta historia, una que no dejará indiferente a nadie y que a más de uno le hará un nudo en el estómago. Sobreviven al ataque de su aldea y a una dura caminata de mil kilómetros hasta llegar a un campo de refugiados. Pero cuenta con la suerte de que una vez adultos, logran marchar a Estados Unidos, Kansas, donde conocerán a una trabajadora social (Carrie Davies) que les ayudará a desenvolverse en el mundo real en Occidente.

-Vosotros debéis ser los chicos de Somalia, ¿Senegal?

-Sudán.

Reese Witherspoon, en un sorprendente papel (lejos de los que nos suele tener acostumbrados) nos sitúa en la línea de lo políticamente correcto de cómo debería actuar el hombre de la calle ante esa misma situación. Partir de un desapego inicial para ir volcándose, poco a poco tras ir conociendo de primera mano la terrible experiencia de esos hermanos. Comparándolo, eso sí, con los casos más reconocibles (el gerente de un supermercado que  desaprueba que uno de sus empleados diera comida destinada a la basura a un indigente; los holgazanes compañeros de trabajo o la burocracia que se desentiende ante los problemas reales).


-Después de haber leído Las aventuras de Huckleberry Finn, ¿de qué hablamos cuando nos referimos de La buena mentira?

-Cuando le dice a los tratantes de esclavos que no tiene esclavos, su mentira es creíble. Así que miente bien, pero lo importante es que se trata de una mentira desinteresada porque salva a Jim.

La buena mentira, título que recuerda a la obra de Mark Twain –Las aventuras de Huckleberry Finn-, (el personaje prefiere liberar a Jim, antes de embolsarse el dinero de la venta como esclavo) se contrapone al de Mamere (devuelve un acto de sacrificio del pasado a uno de sus hermanos). Una película del canadiense Philippe Falardeau, tras su impresionante El profesor Lazhar, film con el que comparte no pocos puntos en común.

 -Usted no es de aquí y hay matices que se les escapa. Preferimos que se limite a enseñar y no a educar a nuestra hija.

 Un profesor no sólo extranjero sino de otra cultura y religión que logra el puesto de profesor para una suplencia que nadie parece querer cubrir, pero que pronto se ganará el afecto de sus alumnos. No solo por su comprensión, sino por su eterno optimismo que encierra –eso sí-, una terrible tragedia personal, que le ocurrió en el pasado, junto con el dolor y la culpabilidad de otra experiencia no menos intensa que vivió uno de sus alumnos.


-Te fuiste de Argelia por culpa del terrorismo.

-Todos fueron asesinados, murieron quemados.

El período de duelo, el dolor y el sentimiento de culpa están presentes en ambas películas. También el hecho de que sus protagonistas sean refugiados víctimas de la violencia política (en el caso de El profesor Lazhar, el terrorismo de Argelia; en el de La buena mentira, la guerra de Sudán y la política norteamericana posterior al 11S), junto a la presencia de un trauma psicológico (el suicidio de la profesora en la primera, y el sacrificio de uno de los hermanos, para salvar al resto, en el caso de la segunda película). 


Dos premisas muy oscuras que nos llevan a la luz. Si el punto de partida de El profesor Lazhar es el suicidio de una profesora que lo descubre uno de los niños que quedaría profundamente traumatizado, en La buena mentira es la guerra civil sudanesa, de la que sobrevivirán –no sin taras emocionales- llegando a Estados Unidos.

-Es culpa mía.

-¿Qué es culpa tuya? Dejé que uno de los soldados se llevaran a mi hermano, en vez de a mí.

Pero América, tampoco será un camino de rosas para nuestros protagonistas (los hermanos son separados, lo que ni siquiera la guerra y todo tipo de problemas había impedido en Sudán), experimentan la soledad o descubren la falsedad entre los valores de Occidente. Al fin y al cabo se trata de un encuentro de culturas distintas,  que encierra diferentes lecturas: “¿sonreír sin motivo no es ser hipócrita?”.

Y por último, la película abandona la ambientación en Canadá (el Montreal del título anterior) por la presencia de productores americanos que hacen un film algo más crudo en el fondo (parte de una guerra civil, con un trasfondo muy duro) pero más suave en las formas. Logrando algo muy loable en el director, no convertir en puro telefilm –de moqueo pañuelo en mano- una historia ya de por sí desgarradora. 


12 años de esclavitud: El deseo de ser libre.

12 años de esclavitud: El deseo de ser libre.

Hunger logró que el actor Michael Fasbinder saltara a la palestra de la actualidad; con Shame despertó los recelos de la sociedad más puritana, con una historia centrada en el sexo, y ahora, en su tercera película, viaja a la Luisiana del siglo XIX para contarnos una epopeya ambientada en la esclavitud del sur de los Estados Unidos, quizás la película más seria e impactante sobre este tema, jamás rodada en Hollywood.

“La historia está ambientada en 1841 cuando Solomon Northup fue secuestrado y convertido en esclavo en el sur de los Estados Unidos”. La película está basada en la autobiografía del personaje central, Solomon Northup, adaptado por John Ridley (guionista afroamericano que escribirá el reboot -la nueva versión- del clásico Ben-Hur) quién logra un filme alejado del maniqueísmo, aunque sea fácil para nosotros conectar con su trama por todos los personajes, hechos históricos y situaciones inhumanas que el cine ha ido denunciando a lo largo y ancho de su historia .

La película está narrada desde el punto de vista de un hombre libre que sufre una serie de desgracias antes de acabar relegado al peor destino posible: la esclavitud. Sin embargo, es el propio director quién matiza esta condición del personaje para profundizar en el mensaje que quiere ofrecer con esta historia: “También se trata de las reflexiones sobre las consecuencias de la esclavitud, principalmente en los Estados Unidos en donde las cifras del desempleo y de la población carcelaria afectan en mayor medida entre los afroamericanos. Así como la salud pública, la salud mental, el crimen, las drogas, etc. Esa es la reflexión que me gustaría plantear para que la gente comprenda cómo comenzaron todas esas cosas”.

 El precio de la supervivencia.

-Recojo trescientos quilos de algodón día tras día, más que cualquier hombre y mis manos siguen limpias.

Los doce años del título es el descenso a los infiernos del personaje principal (y de otros muchos, que comparten su mismo sufrimiento) sobre el cual planean algunas cuestiones que parecen no tener respuestas posibles: Definir los límites de la dignidad cuando está en juego la supervivencia. En una secuencia clave, unos esclavos son testigos impasibles ante el sufrimiento inhumano de uno de ellos, siendo  esta pasividad la que revuelta tripas y conciencia del espectador. En la secuencia, uno de los esclavos es salvajemente colgado, ante un grupo que le mira sin apenas inmutarse. “Lo que transmite esta escena es la esclavitud mental, no le pueden tocar porque si no estarían colgados a su lado. La idea es transmitir en imágenes tanto la tortura física como la mental”.

Cuando reflexionamos en amos y esclavos, en los horrores de la humanidad, es fácil relacionarlo con el nazismo y el holocausto judío, nuestro referente de conciencia más cercano. De hecho, encontramos una película  que tiene algunos matices próximos al filme de Steve McQueen: El pianista (Roman Pollaski). Otra autobiografía ambientada en un contexto de crueldad, llevaba a la gran pantalla, con el protagonismo de un cobarde, reflexionando sobre lo mismo.

-Nos dejamos llevar como corderos que van hacia el matadero. ¿Por qué no les atacamos? Somos medio millón, podemos escapar del guetto. Moriríamos con honor, no como una mancha en la historia.

12 años de esclavitud

El film de McQueen refleja la esclavitud desde una infinidad de perspectivas, mucho más que la crónica -de un individuo que pretende sobrevivir a cualquier precio, sometido -eso sí- a su deseo de libertad.

-Es un buen hombre.

-¡No, es un negrero!

-Sólo por las circunstancias.

-¿Las circunstancias? Disfrutas de su favor.

-¡Sobrevivo! Y me mantendré así hasta que recupere la libertad. Tengo la espalda repleta de cicatrices por reclamar mi libertad. Así que no me enjuicies.

El mismo actor estuvo presente en otro film antiesclavista con el personaje de traductor, Amistad (Steven Spielberg), película que destacaba la actividad ejercida por la Corona española en este comercio.

La cruel convivencia entre amos y esclavos.

La película es cruda, su visionado se hace con un nudo en la garganta, pero no se ha buscado una visión facilona maniqueísta, entre buenos y malos. Ni siquiera el héroe de la epopeya es un personaje de una sola  pieza, con sus claroscuros que se observan en pantalla, mientras quién representa la crueldad, Edwin Epps (Michael Fasbinder) un plantador de algodón “destrozaesclavos” termina destrozado, por su propios excesos (la bebida y su brutalidad), convertido en una patética representación de sí mismo.

-¡Me mantendré fuerte hasta que recupere mi libertad!

Solomon se convierte en una propiedad de distintos amos que se comportan con él de forma distintita. Así, la película oscila –dentro de esos personajes de “amos”- entre la frialdad del patrón que curiosamente lleva el apellido de Freemam (Paul Giamatti) y el bonachón pero cobarde (Ford, Benedith Cumberbach), quién no es partidario de tratar con crueldad a sus esclavos pero que tampoco se atreve a cambiar ese sistema social.  También el film no elude la violencia y los aspectos más duros de los doce años de esclavitud de Solomon Northup, a pesar de que no alcanza el grado de sordidez de Mandingo, referencia de este mismo tema a cargo de Richard Fleisher. Por ejemplo, Doce años de esclavitud cuenta con unas elegantes secuencias de transición, que dotan a la película de un cierto lirismo: la escena en la que Patsey hace una muñeca usando plantas o ese primer plano de Solomon (casi al final de la película) acompañado de una melodiosa música.

Sin embargo, hay violencia explícita a lo largo y ancho del metraje, con momentos muy crudos y significativos: La primera paliza de Solomon, empleándose una pala de madera y todo ello, filmado en plano medio; o el detalle de la señora Epps arrojando la botella de whisky a la cara de Patsey (ejecutado en un soberbio plano general). También  encontramos secuencias de sexo en el relato. Sin ser el eje central, como sucedía en Shame, vuelve a aparecer el sexo como elemento de frustración y liberación de sus personajes. Podrían servir como ejemplo, la forma en la que Edwin Epps hace el amor con su insatisfecha esposa, provocando el resentimiento de la pareja hacia la joven esclava Patsey; o en el personaje de la vieja esclava Sra. Shaw, forzada a casarse con un hacendado blanco y a usar su cuerpo para poder sobrevivir.

-¿Quería preguntarle de que parte del país es usted?

-Vengo del Canadá. Adivina dónde está.

-Sé dónde está Canadá, he estado ahí.

-¿Pero si allí no hay esclavitud?

Sin embargo, la película cuenta con algunos “defectos” propios del cine de Hollywood, representado en la figura de Brad Pitt (a fin de cuentas, coproductor) quien interpreta a un carpintero canadiense, Bass, que se manifiesta en contra de la esclavitud.  A pesar de todo ello, estas ideas no restan un conjunto muy equilibrado y sólido, posicionando a su director, Steve McQueen, como uno de los favoritos en la parrilla de los Oscar.  Hasta entonces, la película está muy bien posicionada en "Critics´Choicee Movie Awards", la antesala de los Oscars.

 

El mayordomo: Elogio de la raza negra.

El mayordomo: Elogio de la raza negra.

No es casual que la llegada a la Casa Blanca del primer presidente negro con Barack Obama correspondiese con una particular lucha por los derechos civiles por parte de Hollywood; sobre todo cuando el tema de la esclavitud todavía aparece como una herida aún por cerrarse. Esta película que finaliza con referencias al Apartheid y a los campos de concentración, tiene una secuencia en donde Martin Luther King (interpretado por Nelsan Ellis) se refiere a una subversión invisible: cientos de afroamericanos decidieron mantener algo más que una actitud servicial cuando pasaron a servir a ricos blancos; lo que el cine ha refleja en un centenar de películas.

-¿Le interesa la política, señor Gaines?

-No señor.

-Muy bien, porque toleramos las opiniones políticas en la Casa Blanca.

Lee Daniels (el director de El chico del periódico y Precius) apuesta por la historia real de Eugene Allen (el único afroamericano que logró, tras treinta años de servicio en la Casa Blanca, convertirse en el mayordomo jefe), basándose en el artículo de Will Haygood, publicado en el Washintong Post: “A Buttler Well Served by This Election”. En la película lo interpreta magistralmente Forest Wittaker, bajo el nombre de Cecil Gaines, en una trama muy americana: un recorrido de los cuarenta años de los Estados Unidos, acompañando a un personaje que estaba sirviendo a cinco presidentes.

-Hermano, el servicio doméstico tiene un valor muy importante en nuestra historia. 

El mayordomo echa la mirada a un largo trayecto de la historia norteamericana, desde los movimientos por los derechos civiles, el asesinato de JFK o el caso Watergate, a través de una serie de mandatarios: Eisanhower (Robin Williams), Reagan (Alan Rickman), Nixon (John Cusack) Johnson (Liev Schreiber) y Kennedy (James Mardsen). “Elegir a los presidentes fue lo más difícil porque no querías que vieras a John Cusak, interpretando a Nixon a Robin Williams, interpretando a Eisenhower,  que quería era que desaparecieran como actores, sin hacer caricaturas y dejar que fueran humanos”. Un reparto de secundarios de lujo, junto a Ophra Winfrey (como la mujer alcohólica de Whitaker), Lenny Kravitz y Mariah Carey.

De este modo, el personaje interpretado por Forest Wittaker es testigo de la historia reciente de los Estados Unidos y sufre los dilemas de la actitud combatiente de su hijo Louis que coquetea con los panteras negras, aunque la película toma partido por la actitud pacífica del personaje principal.

-No fui al colegio, señor presidente, me crié en una granja de algodón.

Lo más flojo de la película es el guión que acusa los fallos de una película que pretende abarcar demasiado y al final quedan descompensadas algunas partes e ideas bastante interesantes. Entre lo primero, el primer tercio del film: las escenas que retratan la infancia del personaje principal se describen deprisa y corriendo, porque a Daniels sólo parece interesarle su llegada como mayordomo de la Casa Blanca.

Una historia muy americana, con un mayordomo que quedará en la historia del cine.

-Sabes, nunca llegaré a entender todo lo que habéis sufrido hasta que he visto esto.