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Drama

Leones por corderos.

Leones por corderos.

Que la guerra es un gran negocio es algo que Hollywood sabe muy bien, pero este no es el caso; a pesar de su reparto, Leones por corderos dista mucho de ser una película comercial. Tampoco es un panfleto político, aunque Redfort bordea ese abismo. Presentada en el Festival de Roma de 2008, Leones por corderos no ofrece respuestas para los enquistados conflictos que Estados Unidos libra en Afganistán e Irak; por el contrario Robert Redfort plantea una serie de preguntas que cuestionan muy en serio la democracia norteamericana, dirigidas a la libertad de prensa, la educación y la integridad de sus gobernantes. Cualquiera que conozca su filmografía, al menos, la enfocada a los conflictos sociopolíticos, descubrirá que el realizador no cree en la propaganda, en términos cinematográficos, sino en el hecho de presentar la mayor parte de la complejidad posible y plantear preguntar para que los espectadores piensen.

 En lo que respecta al título, este hace alusión a una serie de guiños históricos. Se le atribuye a Alejandro Magno esta cita que sirve como enunciado del film: "Nunca he tenido miedo de leones comandados por corderos, sino de corderos que son liderados por un león". Como también parece ser que sirvió para que un general alemán alabara la valentía de las tropas británicas, sus enemigos, en la batalla de Somme, durante la Primera Guerra Mundial. Max Von Gallwitz dijo: "Jamás he visto leones tan valientes siendo comandados por corderos".

 Con un armazón más propio del teatro que del cine, Leones por corderos es una película atípica, estructurada en tres tiempos, dos de ellos consistentes en conversaciones en tiempo real, la entrevista de una reportera (Meryl Streep) a un senador (Tom Cruise), y la de un profesor de Universidad (Robert Reford) a un alumno (Andrew Garfield) que suman buena parte del metraje de la cinta. El tercer tiempo es un episodio de guerra en la que dos soldados quedan atrapados en medio del fuego talibán.

 Tom Cruise, interpreta al senador republicano Jasper Irving, que se enfrenta a la periodista que lanzó su carrera política, Jane Roth (Mery Streep), para ocultar un incidente militar en Afganistán. Él es un senador con aspiraciones presidenciales y ella, una veterana e influyente periodista, pero bastante escéptica, que se verán en un tira y afloja con el interés de reanudar ofensivas en suelo afgano, como telón de fondo.

En el primer episodio Redford, denuncia la complacencia de la prensa norteamericana con sus mandatarios. Que las cadenas oficialistas se hayan limitado a transcribir las emisiones recibidas por el gobierno, -sin ser el garante de la verdad, una de sus tareas fundamentales-, es algo obvio desde el comienzo del conflicto. Así lo encontramos, por ejemplo, en las escasísimas producciones que se han atrevido a sacar punta a la administración de Bush, como el panfletario documental de Michael Moore.

- ¿Qué soy partidista y tendencioso? No te quepa la menor duda. La prensa de los Estados Unidos, en general, es tendenciosa.

 Quizás esta desinformación explique el auge de Internet como medio de comunicación libre, utilizado por los combatientes para reproducir en primera persona la guerra. Fue Brian de Palma, en el pasado Festival de Venecia quien puso esto de manifiesto con su fallida, pero aún así loable Redacted.

 - Irak era un país casi del primer mundo.

- Era, porque ya no lo es.

- Lo tomamos tan pronto como tuvimos cifras. Afganistán era, es y será siempre del tercer mundo. Allí los grandes despliegues han fallado desde Alejandro fuera Magno.

- ¿Nosotros tomamos Irak? ¿Cómo se me ha podido pasar?

- Militarmente, sí.

Otra  gran reflexión, planteada en Leones por corderos tiene que ver con la clase política norteamericana. El senador, interpretado por Tom Cruise, encarna buena parte de los vicios del gobernante norteamericano, una ambición tan desmedida como amoral, junto con su exceso de carisma y una absoluta completa ausencia de capacidad para gobernar, o lo que es lo mismo:

 - Como no sabía que hacer, el Sr. Bush simplemente se quedó allí y continuó leyendo Mi mascota, la cabra.

 
Leones por corderos, posee una estructura teatral, con un espíritu concienciado, pero a título personal me caen mejor sus intenciones que sus resultados, aunque este sea bastante digno. En cierto momentos parece un quiero y no puedo, tanto que a ratos se observa tibieza en el tono narrativo. Percibes que el director quiere huir del panfleto, pero tanto afán por el razonamiento le hace perder brillantez y garra. En cuanto a la división de la película, estas tres historias llegan a parecerse densos planos secuencias con autonomía, aunque exista un hilazón argumental entre ellos. Al final, el resultado es muy agradecer, sobre todo si observamos otros proyectos sobre la misma temática. Y el mensaje, queda demostrado que no lo hace un profesional del panfleto o un incendiario radical, sino un cineasta modélico para la opinión mediática. Son palabras mayores.

 

 

La fuente de la vida.

La fuente de la vida.

El sueño humano por encontrar algo que le ayude a preservarle en el paso del tiempo y así obtener la inmortalidad, ha sido una de las aspiraciones y deseos que el cine ha plasmado con mayor entusiasmo y juicio crítico. Sobre todo recordamos aquellas películas que han tenido como argumento la búsqueda del Grial, objeto de culto del cristianismo que ha sido una de las bases míticas de este anhelo, en filmes como Excalibur (John Boorman) e Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg), e incluso el mismo sueño se observa en El dorado (Carlos Saura) con la epopeya de Lope de Aguirre y la llamada “fuente del agua de la vida”. Con la llegada de los nuevos tiempos, este deseo milenario se convirtió en el negocio redondo para aquellos que conocían la fórmula de la inmortalidad, como sucede en la comedia de Robert Zemeckis, La muerte os sienta tan bien.

- Si bebe esta poción no envejecerá ni un solo día, sino la bebe verá como se pudre lentamente.
 - ¿Cuánto cuesta?

 El trabajo de Darren Aronofski entronca con las anteriores películas al moverse entre el terreno de lo cotidiano, lo mítico y lo místico; de ahí que el director decidiera dividirla en tres, una historia real, otra surgida de la imaginación de la actriz protagonista y una llena de simbolismo, que no se adecua ni al tiempo ni al espacio. Con esta curiosa manera de presentar el film, Aronofski se sumerge en esta búsqueda atemporal que es la inmortalidad, simbólica o no, para sustentar el argumento de la película que tiene como protagonista a un médico, interpretado por el ya consagrado Hugh Jackman, que lucha contrarreloj para encontrar un remedio para el cáncer que padece su esposa.

- No, tengo miedo.
- Lo siento.
 - No sé lo que me pasa, he perdido la sensibilidad. Me siento diferente por dentro, lo sé, me siento diferente.

 Corre a cargo del personaje de Jackman encarnar la forma dramática con que la sociedad afronta la muerte y el paso del tiempo. Viéndose acorralado entre el pánico que le subyuga por el hecho de perder a su esposa para siempre y su obsesiva y ciega lucha por mantenerla con vida a toda costa. Pero mientras él se mantiene obsesivo, ella va aceptado poco a poco su destino y se prepara para la muerte con sorprendente serenidad. En un detalle de la película, el personaje femenino le entrega un regalo a su marido, con el deseo de tranquilizarle.

Es una historia de amor y muerte, en donde el director propone dos formas distintas de afrontar un mismo suceso y como ocurre con el Ging- Gang, el argumento se polariza entre dos formas de observar la trama. Él representa la clásica condición del ser vivo por negarse a aceptar el orden natural de las cosas, que unido al carácter científico de médico, le relaciona con uno de los mitos de la literatura europea, el de Fausto de Goethe, trasladado al celuloide por Murnau. Por otra parte, su lucha contra la muerte, con tildes románticas, se acerca al personaje femenino de uno de los clásicos del expresionismo Las tres luces (Fritz Lang).

Pero ella representa todo lo espiritual, el equilibrio, la candidez. Es portadora de todo lo que hay de místico en esta película, que no es poco, pero sí de muy cuestionable valía. De ella surgen dos mundos paralelos a la realidad, sobre todo cuando Aronosfki roza conceptos judaicos abstractos como la Vida en el Edén y su relación con el Árbol de los Sephirots cabalísticos. Para presentarnos una historia muy parecida a la búsqueda del santo Grial, que más tarde filtrea con los mayas, la meditación budista y la hermenéutica pura y dura. Pero si creen que para entender todo este batiburrillo seudointelectual, como compendio de sabiduría, hace falta ser un iluminado, se equivocan. Toda la verdad puede hallarse comprendida en el dorso de un bote de gel para la ducha. Leemos: “Zen es la filosofía oriental por la que el hombre forma parte de lo que le rodea y a través de la concentración de la mente, la conciencia del cuerpo y la calma del espíritu, retoma la naturaleza original”. Visto lo visto, Darren Aronosfki conoce la totalización de las ideas, cosas de la globalización, pero entre Fausto y el exotismo intelectual de la nueva película, nos quedamos con Fausto.

 Con tan sólo tres películas en su exigua filmografía, el cineasta se ha convertido en toda una firma respaldada por el entusiasmo tanto de crítica como de público, conectando con las generaciones de espectadores contemporáneos a él. Gracias a la puesta de escena y a los elementos visuales de su opera prima, Réquiem por un sueño, con su interesante análisis de la adicción, sea del tipo que sea, Aronosfki conectó con una generación que ha hecho de sus películas un clásico imprescindible de una época. Si Tarantino conquistó los noventa, Darren Aronofski es el dueño de la imaginería más actual, aquello que los jóvenes de comienzos del nuevo siglo demandan.



 Pero si Réquiem por un sueño sería la película que le hizo ganarse un hueco en el cine indie, fue Pi la que se ganó a público y crítica, sobre todo, tras su paso por Sundance. Y no fue para menos, porque Pi, que estaba rodada en blanco y negro, sabe aunar con perfección ciencia y religión. La clave de la genialidad de su guión radica precisamente en aquello que el director había olvidado en su última película, la abstracción.

 - Antiguamente se utilizaba el hebreo como sistema numérico, cada letra es un número. En hebreo la “a”, la aleph, es 1, la “b”, beth, 2, ¿lo entiendes?. Pero hay más. Todo está relacionado. Por ejemplo, “padre” es aleph y beth, es 1 y 2, que da 3. ¿Lo ves?. Y, ahora “madre”, es aleph y menth, 1 y 40, 41. 41 más 3, 44. Pues mira, la palabra “hijo”, madre-padre-hijo, es 10 y 34, que da 44.

 A través de las matemáticas, la ciencia y el estudio de los valores numéricos que contiene la Toràh y sus significados, Aronofski mostraba como nadie había presentado antes, un universo desconocido para muchos, en el que se limitaba a moverse como pez en el agua para conseguir resultados de una gran profundidad intelectual. El joven director norteamericano realizó una película con un significado religioso y humano más hondo de lo que pueda parecer a primera vista. Y su acierto fue hacer de Pi un film que gustase tanto a creyentes como ateos, porque nos libera de las ataduras conceptuales de la simbología. Precisamente este es el fracaso de su último trabajo en la dirección, La fuente de la vida, explicar con alegorías lo que sería mejor llegar al espectador con su propia reflexión.

 

Enfermedad y muerte en el séptimo arte.

 El tema de la enfermedad y el enfrentamiento a la muerte, remite a toda una filmografía que ha intentado captar, con mayor o menor dramatismo, los últimos compases de una vida que se consume por una dolencia. Casi de una manera inexorable, las tramas basadas en la pérdida de un ser querido, el dolor de la enfermedad o el duelo hacia la muerte son un terreno fértil para interpretaciones cosechadoras de Oscars y para sumergirnos en un sin fin de películas con los terrenos abisales del melodrama, de fondo. En este sentido, encontramos una serie de cintas como La habitación del hijo (Ninno Moretti), La vida sin mí (Isabel Coixet) o Al caer el sol, con el personaje interpretado por Gene Hackman, en donde se deja al descubierto este sentimiento visto trágicamente:

 - Quieres su opinión, el cáncer no remite. Me dan diez meses como máximo.
 
También queda reflejado en la película del danés Lars von Triers, Rompiendo las olas:

 - Su marido ha sufrido lesiones muy graves. La vida no debería mantenerse siempre ha toda costa.
- ¿Qué quiere decir?
- Lo que el doctor quiere decir es que, en algunos casos, cuando la vida no merece ser vivida quizás sea mejor morirse.

Otro tema que suele aparecer en este aspecto, es cuando la enfermedad se reviste con un predominante instinto de rechazo social. La irrupción del Sida, a principios de los años ochenta, se perfiló como todo un terremoto de imprevisibles consecuencias que vino a cambiar los ámbitos y costumbres no sólo de los grupos de riesgos, sino de todos los individuos, sin diferencia de raza, nacionalidad, sexo y posición social o sexual. De todo esto, levanta acta notarial, la última película del director francés André Techiné, Los testigos. El drama de unos cuantos personajes que sin tremendismos algunos, alcanza a ser un preciso reflejo y toda una tragedia colectiva.

- ¿Qué te ha parecido?

- Me sorprende que estés con un boy.

- A mí, también.

- Sabes, me he sentido un poco incómoda, es la primera vez que conozco a un amigo tuyo.

- Pero él es diferente, me alegra que le conozcas.

 Hasta cierto punto, en los años setenta, había una libertad de experimentación afectiva y sexual, mientras que hoy hay una especie de valor-refugio, una orientación más tradicional e interesante, algo parecido a una vuelta al puritanismo. Desde entonces, hay muchos acercamientos a ese tema, incluso desde la industria de Hollywood, con la película Filadelfia, que incidía tanto en el rechazo social como el problema del SIDA como enfermedad.

 Sin embargo, situarse en la distancia necesaria para ver con cierta ironía una realidad en torno a la muerte o el suicidio, cuando se ha perdido prácticamente todo, es un recurso que sólo los maestros del guión saben dominar. De uno de los representantes del cine clásico y dorado de Hollywood, Edmund Golding (en La amada dormida), encontramos un recurrente guiño en esta línea.

 - ¿Quiere hacerme un favor?
 - Claro.
 - Cuándo me abran la cabeza, mire a ver si encuentra algo de sensatez.

Pero este mismo planteamiento aparece en dos producciones españolas recientes, que tienen la enfermedad y la muerte como telón de fondo. Una de ellas, es la maravillosa película de Alejandro Aménabar, Mar adentro, centrada en el debate existente acerca de la eutanasia, es decir, la posibilidad de acabar con una vida humana si esta se encuentra en medio de una situación degradante y sin esperanzas. En un detalle, la protagonista femenina (Belén Rueda) le ofrece un cigarrillo a alguien empotrado en la cama y que sólo espera morirse.

 - ¿Usted fuma?
- Antes sí, pero se acabó. Además, ¿no dicen que mata?

 En el otro lado, la vitalidad y el optimismo de unos chicos, enfermos de cáncer, enmarcan una historia en donde el amor, la amistad y la enfermedad engullen a sus personajes (Planta Cuarta, Antonio Mercero.


 - Oye, Pepino, ¿para qué te van a hacer el análisis de sangre?
- Para ver si me tengo que ir al pabellón.
 - ¿Qué dices? ¿Quién te lo ha dicho?.
- El doctor Marcos.
- ¿Y qué es el pabellón?
- Donde te dan la quimio. El puto infierno.
 - ¡Dios, no seas tan bestia! A todos nos han dado la quimio y estamos cojonudos.
 - Cojos no, cojonudos.

 Conseguir un tono agridulce, capaz de aunar las escenas amargas con aquellas que hacen sonreír, es parte de un equilibrio con la amenaza constante de desplomarse sobre uno de los dos extremos. Una solución también complicada, paradójicamente, por su sencillez, consiste en hablar de la muerte con una cercanía absoluta, desde un punto de vista que no es otro que el de su principal protagonista. Esto lo vemos en el reciente documental Las alas de la vida (Antoni P. Canet) en cuya película, Carlos Cristos, nos da toda una lección de vitalidad, a pesar de su invalidez y la enfermedad que padece, por la que se ve obligado a recurrir a una otra persona para poder trasmitir verbalmente sus pensamientos, por su incapacidad para hablar normalmente.

 - Esta enfermedad no responde a ningún tratamiento conocido, por lo que sigue evolucionando inexorablemente hasta producir la muerte. Vamos a reflexionar para enfrentarnos mejor a lo que nos implicará a todos finalmente. Y si es posible, con una sonrisa.

 

Pozos de ambición (2008)

Pozos de ambición (2008)

There Will Be Blood, Habrá sangre. Habría sido mejor que quedará el título sin traducir que llevar el de Pozos de ambición, que me suena más a telenovela sudamericana que a obra maestra del cine y todo un tratado sobre la avaricia. Si ya nos había dejado fascinado con ese retrato sórdido y certero del mundo del cine porno en Booghy Nigth y a la hora de bucear en la infelicidad humana con tanta lucidez como hizo en Magnolia, Paul Thomas Anderson vuelve con su último proyecto, Pozos de ambición, a una turbadora película basada en la novela de Upton Sinclaire, Foil.

Es muy difícil ser objetivo con Pozos de ambición. Para empezar, porque muy pocas veces un filme de casi tres horas de duración te hace desear una hora más de metraje y porque durante su visionado resulta casi imposible no tener la sensación de no estar contemplando una obra maestra. Con su última película, este cineasta deja a un lado el mundo retorcido y bizarro que había caracterizado a su anterior cinematografía, para adentrarse en un clasicismo sereno que por momentos, -en especial, en su obertura, más de veinte minutos de cine mudo,- recuerda al maestro Kubrick. Basada en la novela de Upton Sinclaire, Foil, Pozos de ambición es un amargo tratado sobre lo peor de la naturaleza humana en la que es fácil encontrar los paralelismos con los conflictos de la sociedad actual.

               

                  

En Pozos de ambición, no existen maniqueísmos; es más, incluso podemos entender la actitud de su protagonista, un especulador en el que se encarnan los principios básicos del libre mercado, capaz de renegar de sus creencias, de pactar con el diablo y de vender a su hijo por unos cuantos barriles de petróleo. Un recorrido por los comienzos del Siglo XX en torno a la vida de este particular Ciudadano Kane, en donde el odio y la avaricia se representan como pilares de un empresario en el más seco terruño americano, de donde pudo sacar oro en forma de petróleo. Una metáfora tanto de los nuevos tiempos que corren como del Sueño Americano, labrado con individualidad y forjado a sangre a la tierra. Un drama que enseña la cara más oscura de la prosperidad americana, a través del implacable ascenso económico de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), minero de Texas convertido en magnate del petróleo. Un ascenso que recuerda a grandes clásicos como Avaricia (Von Stromhein) y la citada película de Orson Welles. Y su fuerte: edificar su empresa sobre vínculos familiares. Para demostrarlo va siempre con su hijo H. W, con quien al principio del filme parece tener una gran camaradería. Pero cuando recibe un soplo de una tierra poco fértil que esconde petróleo en Litlle Boston (California) su ambición le enfrentará a un joven predicador, Elli Sunday (Paul Delan), tan ambicioso como fanático.

 Así, el paisaje moral de Pozos de ambición se degrada progresivamente hasta resultar demoledor. Ni la religión, ni la familia, ni las convicciones personales soportan el influjo destructivo del crudo, o lo que es lo mismo, del dinero que produce. El escepticismo que pesa en la obra de Anderson encuentra su máxima expresión en la violencia, elemento recurrente con el que se solventan los conflictos generados por el llamado oro negro.

 - Cuando llegaste aquí, trajiste bien y prosperidad, pero también trajiste tus malas costumbres de reincidente. Deseaste a las mujeres y abandonaste a tu hijo.

En los últimos años hemos asistido a varias reflexiones, más o menos convincentes, sobre cómo el petroleo, su extracción y distribución no sólo dirige las carpetas de política exterior de algunos países (Estados Unidos, verbi gracia) sino que es fuente de conflictos aún sin resolver; un filme interesante en esta línea era Syriana. Pero resulta chocante que un director con una visión del mundo tan peculiar como Paul Thomas Anderson genere a juicio de este humilde crítico, la reflexión más acertada al respecto.

                   

 Pozos de ambición, genial historia que el tiempo tratará de obra maestra, nos acerca a la ambición desmedida, a la soledad, a la codicia, pero también a la familia y a la religión, temas que forjan el espíritu norteamericano. Una historia de petróleo con algunas peculiaridades, como la de de rodarse en los mismos escenarios que otra de las épicas producciones petrolíferas: Gigante (George Stevens) y a muy poca distancia de la otra película del año, No es país para viejos, de los Coen. Sin embargo, el filme de Paul Thomas Anderson será un título fundamental en lo que respecta la carrera de su protagonista. Con ocho nominaciones de la academia, Daniel Day Lewis sublima una interpretación soberbia que justifica su estatuilla, premio que ya obtuvo por su trabajo en Mi pie izquierdo, a las órdenes de Jim Sheridam, en una primera etapa que demostró su versatilidad de la mejor escuela británica, mientras que el oscar le abría las puertas de la industria de Hollywood que quiso ver en él un héroe al uso, y le volvió a nominar por su papel en la magnífica En el nombre del padre. Sabiamente, Day-Lewis empezó a rechazar proyectos y tardó en reaparecer una tercera nominación en Gangs of New York, de la mano de Martin Scorsese, con quien ya trabajó en La edad de la inocencia. Es cierto que hace una de las interpretaciones más brillantes de los últimas quince o veinte años, pero también hablar sobre el mundo del petróleo, sobre la ambición desmedida que puede provocar en un país como Estados Unidos, es toda una intención de principios políticamente incorrectos.

 

 

Expiación: El amor como motor de la historia.

Expiación: El amor como motor de la historia.

 Hay algo engañoso en las películas del británico Joe Wright, porque detrás de la apabullante puesta de escena, la pulcritud formal y la fidelidad a los originales que adapta, se esconde un mundo de sentimientos turbulentos. El realizador nos sitúa en una armonía quebradiza y rutinaria, que al mismo tiempo resulta ser tranquilizadora y angustiosa. Nos presenta, de esta forma, como si dos capas de la realidad, la ideal y la vivida, la soñada y la posible, circunscriben a los personajes de sus filmes. Así, celos, intrigas familiares, envidias infantiles, revelaciones interpretativas e incluso sospechas de plagio se dan cita en Expiación, que nació primero como una muy digna novela, luego película del año en el Reino Unido y hoy, una aclamada cinta que ya fue presentada en el Festival de Venecia. Una historia de amor, de esas que se alargan a través de los años, que atraviesa el tiempo y que intentan superar distancias. Keira Knightley se consagra en el filme sobre la doble moralidad británica antes de la Segunda Guerra Mundial, interpretando a un personaje que ve el peligro del amor de su vida por una falsa acusación de su hermana contra su prometido, un drama con trasfondo de lucha social analizado por Joe Wrigth, el autor de Orgullo y prejuicio.

 - Resulta que Robin, el hijo del ama de llaves, cuyo padre se esfumó hace veinte años acudió a una escuela por una beca, el hijo del amo Cambridge, y lo hizo al mismo tiempo que ella. Durante tres años no me habló, no me dejó ni acercarse a los señoritos de sus amigos.

Inglaterra, verano de 1935. Fiony Stalle y su familia viven en una mansión victoriana ajenos de la creciente amenaza de la Segunda Guerra Mundial. Fiony, con tan sólo doce años es una escritora en ciernes dotada de una imaginación prodigiosa. Una serie de malentendidos harán que acuse a Robin Turner, el hijo del ama de llaves y amante de su hermana Cecilia, de un crimen que no ha cometido. La falsa acusación cambia dramáticamente el curso de sus vidas. Este es el punto de Expiación, más allá de la pasión, un melodrama marcado por la culpa, la pulcritud estilística y un extraño deseo de redención a través del reconocimiento de los errores, a través de la escritura. Más allá de lo obvio (las dos películas de Wright son adaptaciones literarias, ambas están situadas en el pasado y están protagonizadas por la actriz Keira Knightley) entre Expiación y Orgullo y Prejuicio hay algunas coincidencias. Por ejemplo, no deja de ser una mera curiosidad que el escritor Ian McEwan iniciase su novela con una cita de Jane Austen, concretamente de su relato póstumo La abadía de Northanger. Como también reflejan, desde puntos de vista diferentes, pasiones humanas abocadas a la desdicha por motivos epicúreos como la envidia o la estupidez.


                       
Si nos fijamos en la literatura o el cine, podemos comprobar lo forzado de buena parte de los finales. La ética del happy end parece regir las producciones que llevan el sello de Hollywood, si nos referimos al séptimo arte. En el caso de las dos películas dirigidas por Wright, y sobre todo está última, nos encontramos con historias con un falso final feliz que se interroga a sí mismo sobre la moralidad de la tergiversación de los hechos que han dado pie a la narración de dicho final. Ese es el verdadero tema de Expiación, la historia de una escritora que se ve forzada a corregir sus errores mediante su obra escrita. Este personaje está interpretado por dos actrices, la adolescente Saoirse Ronan y la veterana Vanessa Redgrave. La segunda ejerce como narradora, -el filme es un largo flash-back-, de unos hechos sucedidos a mediados de los 30. Esta manera de contar un relato ha sido muy aprovechado por buena parte de historias, trasladadas al celuloide, compartiendo todas ellos, sino una nostalgia, sí una forma de redención. Por ejemplo, este mirar atrás en el tiempo es el punto de partida de El paciente inglés (Anthony Minguella), que reúne en una villa de la Toscana a unos personajes, una enfermera dedicada al cuidado de un hombre con el cuerpo completamente quemado (Ralph Fiennes), pero también de la versión de Titanic (James Cameron), La milla verde (Frank Darabont) o El hombre que mató a Liberty Wallace (John Ford). En el caso de Expiación, la futura novelista acusaba falsamente a Robbie Turner (James McAvey) de violación, condenando su vida al desastre y separándolo del amor de su vida. El clasicismo de la sociedad británica (las hermanas pertenecen a la alta sociedad mientras Turner es el hijo de unos empleados de la mansión) se suma la maldad o la torpeza de una chica de trece años que, sin saberlo, es capaz de hacer un daño terrible que le pesará toda su vida.

 Pero, en contra de las apariencias, son películas diferentes. Expiación es mucho más compleja y sofisticada que Orgullo y Prejuicio. En esta sólo había una línea narrativa, aunque hubiera muchos personajes. La obra de Asuten es más clásica, mientras que la novela de McEwam resulta una historia contemporánea que nos acerca al pasado.     
         

Uno de los retos del director fue mantenerse lo más fiel posible a la obra original Expiación, más allá de la pasión se divide en tres partes, argumental y estilísticamente hablando, y Joe Wright hace patente las diferencias de cada una de ellas, derivando a unos tonos más sombríos al tiempo que avanza la historia. La primera retrata la privilegiada y agradable campiña inglesa, basada en el montaje y muy bien trabajada a nivel de guión, mientras que en la segunda parte la sitúa en la guerra, por lo que la iluminación y la fotografía sufren más cambios y la cámara en mano da un pretendido realismo a la acción. El uso de la palabra prácticamente desaparece en detrimento de un fluir de imágenes de singular fuerza plástica. Una de las referencias que encontramos, entonces, además de la citada El paciente inglés es David Lean, concretamente, Breve encuentro, y Bernardo Berolucci (El inconformista), pero también trabajos de fotógrafos de guerra, lo que daría pie al director tomar material documental. Esta segunda parte del filme, en el que destaca el largo plano-secuencia, ejerce de retrato de una derrota. Con toda esa gente herida o muerta, las ruinas, el sacrificio de los caballos, una impactante imagen bélica que nos lleva al tercer acto de la película. Entonces, la acción se traslada al hospital y a las terribles consecuencias de la guerra, un mundo de dolor, angustia y sufrimiento.

 - ¿Por qué no quieres que lo lean?

- Es que aún no la he acabado.

En este caso en particular, parece que el realizador se mantiene muy fiel al espíritu de la novela, por ejemplo ha mantenido la estructura en tres partes, tal y como sucede en el original. Sobre todo cuando en todo proceso de traslación de una obra literaria a su versión cinematográfica se produce un proceso de demolición para convertir ciento treinta mil palabras en un guión de ciento diez páginas, unas ciento veinticinco mil palabras. Lo que sucede es que la novela es complicada a la hora de trabajar un guionista por ser un relato muy intimista que penetra en la conciencia de varios de los personajes.

 Como buen producto británico, la ambientación histórica, la actuación clásica y la continencia dramáticas lucen aquí, junto al trío protagonista y la fotografía. La excelencia de esta última hace fluir sin estridencias una trama que a veces resulta atropellada. Se da la sensación de que faltan minutos. Y es que no hay una forma más razonable de adaptar el relato de Ian McEwan con un metraje menor de tres horas y salir airoso. Sin embargo, tanto el realizador como el guionista hacen un magnífico trabajo, de este modo, la citada confrontación entre literatura y séptimo arte, no sólo han construido una emocionante historia a partir de un soberbio libro, sino aportan un final que en la novela era sobresaliente y que en imagen, alcanza una nueva plenitud.

Diamantes de sangre.

Con Leonardo DiCaprio y Jenifer Conelly, como principales reclamos, esta película sobre el cine-denuncia en suelo africano pretende concienciarnos acerca del precio que hay que pagar por conseguir estos diamantes, o lo que es lo mismo, el entramado dirigido por la industria de las piedras preciosas en los países productores. Nos presenta una reflexión acerca de la codicia occidental en el continente africano, pero además sobre prácticas aberrantes como el empleo de niños soldados. En realidad, es un típico producto que respeta al máximo las leyes del mercado, del director asiático Edward Zwick (Leyendas de pasión, El último samurai) que resulta ser el equivalente cinematográfico de la literatura de viaje: Bastan pocas páginas para intuir que la prosa no irá más allá de lo funcional y que las sorpresas no formarán parte de la ecuación. Como también bastan pocas páginas para adivinar como se repartirán los roles, quién suministrará el componente romántico y quien el centro ético. En realidad, Ziwck sabe muy bien apreciar la frase que dijesen los romanos con respecto al circo: Damos al público lo que realmente quiere ver.

Parece el título perfecto: literario pero efectivo, y lo suficientemente explícito como para llevar a gente al cine: Diamantes de sangre, expresión que hace referencia a los diamantes obtenidos en zonas de conflicto, en donde los Derechos Humanos brillan por su ausencia y la explotación de esta piedra preciosa estimula una y mil atrocidades. En este sentido, se observa la importancia de la empresa De Beers, la más importante de las que explotan las minas de diamantes sudafricanas, aunque bajo el telón de fondo de la ficticia Van Laer. Por otra parte, la película no se corta en reflejar situaciones tan provocadoras como las matanzas de la guerrilla Revolutionary United Front (FUR) o sus enfrentamientos con las fuerzas gubernativas que lo han convertido en una guerra civil que desangra al país.

El colonialismo, el racismo o el alcance los conflictos políticos en las decisiones vitales de la gente común, son temas recurrentes en el cine, cada vez que aparece África en la pantalla. Es la construcción de una cinematografía que muestra al continente negro como telón de fondo, donde se origina la tragedia de sus personajes. El cineasta recurre a imágenes que rozan el tópico, para ilustrar las guerras civiles, la pobreza y niños insurgentes que portan armas.

Uno de los aspectos más controvertidos de la película es la faceta de los niños soldados, que aparecen reclutados por la guerrilla y que refleja toda una realidad en el continente africano. En este sentido, Diamante de sangre sorprende por su sincero compromiso con una realidad muy cruda que al final de la película, en su última secuencia, se pretende cerrar cuando el personaje del humilde pescador, Solomon Vandy, decide testimoniar de los conflictos de su país a la comunidad internacional, presidiendo el popular actor de la serie 7 en el paraíso, Stephen Collins.

El guión de la película parte, al menos en su telón de fondo original, de la novela Okavango, escrita por C. Gaby Mittchell, que narraba las peripecias de un personaje similar a Indiana Jones pero cambiando diamantes por arqueología. Este relato había interesado a diversos directores: Michael Mann y Ridley Scott, entre otros, pero por problemas de financiación se tuvieron que suspender cada uno de esos proyectos, hasta que cayó en las manos del guionista de Diamantes de sangre, Charles Leavitt, aunque escribiese un argumento totalmente distinto. En vez del protagonismo blanco, el peso de la película recaía en Solomon (quien daba vida, Houson), un hombre que había perdido a su familia, su hogar y que hacía todo lo posible por recuperarlo.

Ambientada en Sierra Leona, en el corazón de los conflictos bélicos más sangrientos en la década de los noventa, la película propone la particular toma de conciencia en torno al personaje de un caza-fortunas, un mercenario sin escrúpulos. El personaje que interpreta Leonardo DiCaprio resulta muy cínico, un oportunista y desilusionado que quiere escapar de África a toda costa. La imagen del hombre blanco sudafricano en la era del nuevo apertheid, no es tan racista como pudo haber sido su padre, pero tiene todos esos fantasmas dando vuelta por dentro de su cabeza. Djimon Houson da vida a un pescador, que se ve obligado a trabajar en la obtención de los diamantes y a recuperar a cualquier precio a su familia. Por último, Jennifer Connelly será una intrépida periodista a la caza del gran reportaje.

- Sólo escribo sobre lo mismo, madres muertas, extremidades amputadas. ¡qué novedad!, bastaría para hacer llorar a algún lector y que enviase un cheque.

Jeniffer Conelly sigue siendo una de las actrices más prometedoras de su generación, modelo y portentosa actriz infantil con un aspecto a medio camino entre la sofisticación y la ingenuidad, por más que su carrera no hizo más que declinar debido a sus papales en donde no hacía más que explotar el lado erótico y sensual de su físico. En El secreto de los Abbott, por ejemplo, interpreta al putón de turno, siempre dispuesta seducir a un joven Joaquin Phoenix, e incluso compartió escenas de cama con Antonio Banderas, en otra película.

- Damos al mundo lo que realmente quiere. Estamos en el mismo negocio, ¡que te quede claro!

 - Sí, sí, claro. Pero no todas las americanas quieren una boda de cuentos de hadas, igual que todos los africanos no se matan como monos. Pero, ¿sabes qué? Todos los días se hacen cosas buenas.

Junto a ella y DiCaprio, el tercer protagonista de la película, Djimon Houson, es otro de los actores con una trayectoria ascendente, a pesar de interpretar personajes secundarios. Lo habíamos visto embarcado en el fiasco que supuso el barco Amistad, de Spielberg; en compañía de Russell Crowe en sus aventuras gladiatorias y, finalmente dentro de La isla, como uno de los caza-recompensas que perseguían a la pareja protagonista, entre otros registros. En esta película, mantendrá una peculiar relación con DiCaprio.

-¿Sabes que Solomon cree que su hijo llegará a ser médico algún día? Es posible que su bebé muera en ese campo, que quizás violen a su hija. ¡Quién sabe, que pase ambas cosas! ¿Eres consciente que ese diamante es la única forma que tiene de sacar a su familia?

-A ti, su familia no te importa nada.

 

 

 

Babel. González Iñárritu globaliza el dolor.

Babel. González Iñárritu globaliza el dolor.

 Poco podía imaginarse George Orwell, al introducir el concepto de neolengua en su visión distópica del futuro que es 1984, que estaba previendo lo políticamente correcto, sobre todo con el progresivo empobrecimiento del inglés y de la capacidad de reflexión resultante. Lo más grave es que la meditación que el escritor británico hizo de la decadencia de la expresión escrita de las ideas políticas, ha terminado trasladándose al celuloide, apareciendo una serie de directores que venden como compromiso un discurso tan complaciente como superficial y repleto de topicazos, como el de Babel (Alejandro González). El éxito entre ciertos sectores de intelectuales de esta postura de progresismo aburguesado y acomodaticio, que permite calmar el sentimiento de culpa de sus espectadores es lo que ha llevado a algunos realizadores a plantear de una forma crítica y veraz la realidad global.

Ni personas ni mercancias. Ahora lo que se exporta y cruza las fronteras de la globalzación es el dolor. Global, conectado y autoconsciente, se vertebra el dolor como un bastión en la última película del cineasta mexicano, esquema que suele gustar bastante a los realizadores de este lado del mundo, por la cantidad de películas que presentan esta misma estructura. Unos años antes de Babel, el también mexicano Gustavo Loza cambió Japón por Cuba en otro dramón con dolor globalizado, partiendo de México, Al otro lado, aunque vuelva aparecer en el fondo de la película el tema de Marruecos. En ambas cintas abundan los reencuentros, los accidentes y ensaladas de idiomas, e incluso el episodio que Gustavo Loza dedica a México, está ambientado en la frontera.

- ¿Y estos burritos que vienen con vosotros?

- Es que no les pude dejar con nadie, sus papás no regresan hasta anoche.

- ¿Quiénes son?

- Sus sobrinos.

- ¡No se parecen a usted, señora!

- No, no, no, solo cuido de ellos, soy su nana.

Al mismo tiempo, pero en un ámbito muy diferente, dos jóvenes pastores marroquíes ponen a prueba su puntería con un rifle. Sin embargo, el infortunio se abate en ellos y en un matrimonio norteamericano que viaja por el país. Ella recibe el impacto de uno de los disparos que movilizará a la policía local en su búsqueda y la solidaridad del marroquí que ejerce de guía al grupo de turistas.

Said Tarchani. - Está casi nuevo, con trescientas balas.

Boubker Ait El Caid.- ¿Qué me das si le doy a ese coche?

                      

El tercer episodio de la película nos lleva a Japón, siguiendo el rastro de ese rifle. Al parecer, un japonés había regalado el arma al padre de los chicos como agradecimiento por el trato que le había dado en un viaje a Marruecos. En este último acto del film, el protagonismo recae en una chica sordomuda, personaje con el cual sus responsables han querido destcar uno de los problemas de la posmodernidad, la incomunicación. Y una última pregunta, ¿qué diantres escribió Rinko Kikuci (esta chica sordomuda) en la nota que entregó al policia?.

Para los que creían que esta forma de presentar el discurso narrativo lo inventó González Iñárruti para este film es que no habían visto sus anteriores películas, Amores perros y 21 gramos, o Crash (Paul Haggis) e incluso Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, pero lo que muy poco sabrán es que todas estás películas, que presentan una serie de historia engarzadas en una única película, lo que sigue la geometría de rueda de carro, es un ingenio de Robert Altman, en pequeñas obras maestras como Vidas cruzadas.

Las historias causales que proponía este director fueran llevadas a escenas por Paul Thomas Anderson en el trabajo metacinematográfico que supuso Magnolia y por el guionista Paul Haggis, en Crash. En realidad, consiste en el ejemplo de la rueda de carro, en donde los radios se entrecruzan en un punto central, desde donde parten a una circunferencia que lo envuelve todo. De ahí que Babel sea un bucle, aunque a diferencia de otras películas suyas, aquí el director mexicano juega tanto con el tiempo, pero el mismo tiempo cinematográfico no es el real entre cada salto geográfico. El cineasta nos viene a decir que es posible el jet lang en las mesas de montaje.

                                          

De este modo, nos encontramos con algo ya visto, lo suficientemente familiar como para regresar a él en repetidas ocasiones, como si se tratase de una cafetería en la que somos parroquianos: un lugar en donde repetimos los rituales que más nos gustan, pero sobre todo porque encontramos en él, profesionalidad, compromiso e incluso algo de mesura. Puede decirse, en este sentido, que el cineasta nos recuerda a todo un elenco de directores que, salvando las distancias y cada uno en su estilo, presentan algunos elementos en común aunque también echemos otros en falta. Zhang Yimou, Carlos Saura, Clint Eastwood, Gustavo Loza, Edward Zwick o Frank Minguella son realizadores que saben vender sus propuestas en el mercado internacional, capaces de adecuarse a diversos sistemas de rodajes, e incluso en otros paises y lenguas que les resultan ajenos; hacen destacar las ideas generales sobre las particulares, interesándose más los derechos de la humanidad y los crímenes de guerra, que los probres o inmigrantes con quienes tropiezan a diario; y acaban haciendo cine a gran escala.

En realidad, Babel ha reunido a algunos detractores sobre todo por la compleja visión que arroja el film sobre el mundo entero. Yo, desde luego, no comparto la opinión de estos últimos, pues por mucho que la trama se expanda de una manera global, sin una mirada turística, los elementos narrativos son bien simples. No es nada novedoso que el cineasta nos cuente que los americanos perciben como una amenaza cualquier movimiento árabe, que incluso los padres más voluntariosos no entienden a sus hijas, que la policía suele sacar el arma a la primera ocasión, que ciertas tradiciones axfisian al mundo moderno, que las fronteras son una “chinguera”, que en las sociedades más modernas uno de los problemas sea la incomunicación o que los inmigrantes sean considerados como ciudadanos de sengunda. Hasta cierto punto son los mismos temas que aparacen, uno y otra vez, en los programas de radio, de televisión y reality-show.

                      

Por último, una reflexión final. Al tratar en la pantalla las consecuencias a nivel íntimo y humano no debería impedir ahondar en sus implicaciones políticas pues, recuperando las palabras de George Orwell, hay que tener en cuenta que "en nuestra época no es posible mantenerse alejado de la política. Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenía".

El caos y la confusión que viven los personajes de este film se trasladan a una banda sonora deliberadamente dispersa e incierta. Se apoya en un catálogo musical preexistente (entre ellos, citar a Chavela Vargas y el japonés Ryuichi Sakamoto), vinculadas a los lugares donde transcurre la acción, con fines ambientales y dramtáticos. Pero es notable la aportación de Gustavo Santaolalla (ganador de un Oscar por su trabajo en Brokeback Mountain).

 

El hombre que nunca estuvo allí: Los Coen en clave negra.

El hombre que nunca estuvo allí: Los Coen en clave negra.

Lo primero que encontramos al ver esta obra maestra de los hermanos Coen, es su gusto por el cine negro. Esta es su más clara exposición de este tema, pero ya había dado muestra en otras películas como Sangre fácil, Muerte entre las flores o El Gran Lebowski, y para resaltar este detalle lo decidieron rodar en blanco y negro, con unas pesadas notas de sonatas de Beethowen, para enmarcar la historia en el sentido fatalista propio de John Huston. Aunque de los múltiples filmes a los que hace un guiño, parecen destacar El cartero llama dos veces y Perdición de Frizt Lang. Vuelve a aparecer su actriz fetiche, la esposa de Ethan Coen (codirector, productor y guionista de la película, hermano de Joel), Frances McDormand, pero el peso del argumento recae en la figura de Billy Bob Thornton (Ed), un barbero silencioso y solitario que lleva a una de las claves del cine de los Cohen, la pasividad de sus personajes. Desde Jerry, el aburrido vendedor de coches que pretendiese asesinar a su mujer en Fargo al brillante Lebowski, se podrían considerar como víctimas de su destino o del azar, por el cual se dejan llevar; mientras actúan en ellos un pequeño catalizador que le lleva a esos sucesos. En este caso, el protagonista y a la vez, cronista de la historia, se ve en un conflicto, producido por la responsabilidad de su comportamiento y de los hechos. Ed siente la responsabilidad, aunque al mismo tiempo se escuda en ella para evadirse de esta.

 - Me tropecé con este trabajo o más exactamente me casé con él. No era mi negocio, como decía aquel, sólo trabajo aquí. Era un garito de veinte metros cuadrados, con tres sillones o plazas, como las llamábamos, aunque sólo trabajábamos dos personas.

 La historia centra a un barbero de cualquier barrio, y de cualquier ciudad, a un hombre que silenciosamente se resigna a la mediocridad en la que vive y trabaja, con su cuñado (Michael Badalucco), quien parece ser su polo opuesto. Ante alguien que se mantiene silencioso, como un frustrado náufrago existencial, este parece no callarse nunca en la barbería, e incluso  en medio del juicio. Pero sería el propio carácter del protagonista lo que convierte a esta película, de factura e historia sencilla, en una obra maestra. Cuando se encuentra ante la ocasión de ganar dinero, en serio, con un negocio que le propone un extraño individuo que llega un día a la barbería, otro de los secundarios de los Cohen (James Gandolfini), decide chantajear al jefe de su esposa, con quien le engaña. Los hermanos de Minnesotta saben aprovechar esas historias en donde la fatalidad tilda con lo absurdo.

 - Frank, mi cuñado era el peluquero principal. ¡Y joder, cómo hablaba! Sus puntos de vista pueden ser interesantes si tienes once o doce años, pero a veces me saca de quicio. Pero no suelo quejarme, como decía él era el peluquero principal. A August, el padre de Frank, le llamaban Guzzy, rapó cabezas en Santa Rosa, veinticinco años, hasta que se le paró el corazón a mitad de un peinado a cepillo. Le dejó el negocio a Franky, libre de cargas, y eso satisfacía todas sus ambiciones, cortar el pelo y darle a la lengua. Yo no hablo mucho. Me dedicó a cortar el pelo.

 La mejor película de los hermanos Cohen, desde Fargo. Originalmente estrenada en blanco y negro, fue rodada en color, en donde Rudyerd Dickins, el director de fotografía habitual de los Cohen utilizó este procedimiento porque el negativo original del color ofrece una mayor gama de grises, cuando se obtienen copias del blanco y negro. El hombre que nunca estuvo allí, nos traslada a un pueblo del norte de California, en los años cuarenta. Ed Green, barbero de profesión y hombres de pocas palabras, parece vivir la vida como si fuera un espectador. Green sospecha que su mujer le es infiel con su jefe, un empresario eufórico con la marcha de su negocio. Es un personaje hecho a su medida, modelo de contención y resignación a golpe de cigarrillo. Pero la aparición de un viajante que busca dinero para invertir, a cambio de una segura rentabilidad le da una idea, que transformará por completo su vida: vengarse de quien está acostándose con su mujer, chantajearle y de paso salir de su monótona existencia.

- Acompañaba a mi padre cuando iba a cortarse el pelo, Walter Ultars.

- A claro, Walter.

- Soy Rachel Ultars.

- Lo siento, no me acordaba.

- No importa, cómo acordarse de todas las flacuchas que acompañaban a sus padres.

 Una joven Scarlett Johanson, a las puertas del estrellato, toca en el piano la sonata Claro de luna, de Beethowen, que supone un oasis de sosiego al personaje principal.

En el argumento de la película se observa tres momentos o “evoluciones”. Por una parte, vemos a la mujer de un barbero que vive en una provinciana ciudad, trabajando en unos almacenes; luego, la mujer rubia, como arquetipo de la llamada femme fattale del cine negro, una mujer oscura e infiel, y por último, encontramos a la historia que va escribiendo Ed en la cárcel para una revista y donde el engaño, o sea, la infidelidad de su esposa, puede pasar como un ensoñamiento del protagonista o un recurso que va inventado sobre la marcha para atraer a más lectores. Lo que sí es verdad, es que el personaje frío y oscuro de Frances McDormand se opone al de la mujer casada y normal que encarna por ejemplo en el papel de la honrada y medio casquivana sheriff de pueblo en Fargo.