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Cine español.

Los otros: conviviendo los vivos con los muertos.

Los otros: conviviendo los vivos con los muertos.

Los otros arranca presentándonos a una mujer que se despierta angustiada.  Grace (Nicole Kidman) vive encerrada en una mansión victoriana a causa de la alergia que sufren sus dos hijos pequeños, cuando la guerra la deja sola, tras la marcha de su marido al frente, junto a tres criados que se presentan en la casa. Tras el éxito cosechado por "Abre los ojos", Alejandro Amenábar se pone al frente de un film de terror, producido por Tom Cruise y los hermanos Weisenstein. 

 Se trata de una película de fantasmas, pero completamente original. Decía Stanley Kubrick, "Cualquier historia de fantasma es inherentemente un consuelo porque te muestra una vida después de la muerte".  El cine los mostrado desde todos los puntos de vista posibles  e incluso no ha escatimado a mostrar los tópicos, como hace Amenábar: "¿Fantasmas? ¿Por qué no van con sábanas y cadenas?".

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 Sus apariciones fantasmales recuerdan a uno de los títulos clave del cine de terror: ‘Suspense’ (Jack Clayton) adaptación de la famosa novela de Henry James "Otra vuelta de tuerca". Pero, detrás de Los otros, hay una historia trágica que iremos descubriendo junto a Grace y los demás habitantes de la casa. El director, incorpora a la historia una extraña melancolía, casi existencial, que comparte con algunas películas del cine de terror español (Darkness, El orfanato), encontrando similitudes de decorados y atrezzo. Una película de plástica sugerente en la que no se exageran texturas ni los ambientes, pero llena de ruidos extraños, susurros, el crepitar de la madera, puertas que se cierran solas. La atmósfera se consigue gracias al claroscuro, logrado por el prestigioso director de fotografía: Javier Aguirresarobe: “Jugamos con luces graduales, fluorescentes, para simular la luz de la vela y la escasa claridad que entra en las estancias donde están los niños”.

Los otros es puro cine de terror, aunque no recurre a elementos gores o exageradas puestas de escenas. Pero evidentemente conoce los códigos del género y presenta una estructura típica de estos filmes. Parte de una situación cotidiana que se dirige paulatinamente hacia una presencia amenazadora. En esto cobra importancia tema de la casa encantada, ese espacio cotidiano que se vuelve cada vez más aterrador e inhóspito.  

La historia se desarrolla en una enorme mansión en la isla inglesa de Jersey, en el Canal de la Mancha, al final de la II Guerra Mundial. La idea del asilamiento es una de las principales referencias al terror en la película, con una mansión victoriana (en realidad es el Palacio de los Hornillos, en Las Fraguas, Cantabria) con la presencia de la niebla. Nadie entra en esa casa, a excepción de los criados, y nadie sale de ella, salvo en una breve secuencia en la que Grace se encuentra con su marido, una entidad que resulta de lo más extraña. 

De hecho, el aislamiento es parte de la historia: Los niños sufren una extraña enfermedad: no pueden recibir directamente la luz del día. El encierro parece ser consecuencia de la necesidad de proteger a sus dos hijos de la grave alergia a la luz que sufren, al mismo tiempo que se ufana al revelar aspectos como la orgullosa afirmación de su resistencia contra la ocupación nazi.

En Los otros encontramos un maridaje entre feminidad y locura, propio de la novela gótica más tradicional. Al fin y al cabo es un cuento de horror gótico, con aire y factura clásica, que consigue crear una atmósfera inquietante.  

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El cine español: claroscuros de un cine que no termina de cuajar.

El cine español: claroscuros de un cine que no termina de cuajar.

- Se puede saber qué coño te pasa.

- Me pasa que tengo sensación de timo, eso me pasa.

El cine español, en teoría, equiparable al cine comunitario, mantiene pocos motivos para la euforia, distorsionados eso sí, acaso por la repercusión tanto en taquilla como a nivel internacional de un número reducidísimo de títulos. Aunque una mirada minuciosa pone de manifiesto, una incuestionable pluralidad en la que caben unos cuantos experimentos arriesgados y la difícil supervivencia de los más veteranos frente al aluvión inevitablemente desigual de nuevos directores. Porque en España, a pesar de lo que señalen unos cuantos enteradillos, sucede algo inaudito que aleja a nuestra cinematografía del resto del mundo. Salvo una o dos excepciones, en nuestro país parecen tener más interés las películas de los recién llegados que de los veteranos, por mucho que algunos cineastas experimentados se arropen de grandes actores o de historias consideradas universales. Garci abandonó años atrás ese estimulante principio que regía buena parte de su carrera: película estrenada, película que era nominada a los Oscars; otros como Carlos Saura, Gonzalo Suárez o Bella Portadella están bien lejos de ser considerados "populares", a pesar de que el último trabajo de Portadella es una de las joyas de la temporada.

- Me acuerdo un día en el granero de tu padre en el que fuimos mi primo y yo, y cuando empezó lo bueno me pusisteis a vigilar a fuera. Una cabronada.- ¿En el granero de mi padre?

- Sí.

- ¿Y yo contigo?

- Sí.

Entre los nuevos directores se situaba el debut de Bajo las estrellas, una vuelta al cine independiente que simultanea con cierta gracia el melodrama, la comedia y un apreciable sentido lírico, en torno a un perdedor en vías de redención interpretado por Alberto Sanjuán.

- No hay que llamar demasiado la atención.

- Es lo que se prentende.

- Tómatelo en serio si no quiere que te pillen.

- Es tu especialidad, ¿no?

                                 ladrones

Jaime Márquez debutó con Ladrones, un estilizado thriller rebosante de sensualidad con Juan José Ballesta (El Bola) y María Valverde como explosiva pareja de carterista y Lolita, que inaugura un panorama visual muy al estilo que nos ha acostumbrado el cineasta sudcoreano Wong kar wai, puesta en escena verdaderamente innovadora en el escenario cinematográfico español. De auténtica curiosidad puede calificarse la enigmática Yo, con la que debuta en el largometraje Rafa Cortés, un relato ambiguo sobre la identidad. 

- Hay una cosa que me preocupa, ¿qué pasó allá?

- ¿Allá? No te entiendo.

                        yo

Hans (Alex Brendemühl, co-autor del guión junto a Rafa Cortes) es un hombre de mediana edad, alemán, que viaja a un pueblito de Mallorca para trabajar como personal de mantenimiento, reemplazando a un empleado, con el que comparte nombre. La película cuenta como el segundo Hans, se va apropiando de la vida de Hans, el primero (que no aparece en pantalla) en un pueblo donde todos conocen la vida de todos. Así Hans segundo se va quedando con el trabajo, casa, amigos y amante del primer Hans.   

- ¿En qué año estamos, jefe?

- ¿En el 2046?

- Sí, pero ¿de qué siglo?.

- En el XXI.

- Claro, pero yo no veo ningún marciano. ¿Y tú?

El mismo actor aparece en otra peculiar historia, protagonizada por Mercedes Sampietro, 25 días de invierno, película que expone algunos síntomas del malestar social urbano contemporáneno, como la soledad o el desconcierto.

                         ray loriga

 De lo más destacado del cine español realizado en ese ya pasado año 2008 fue Teresa, el cuerpo de Cristo, con una Paz Vega como la controvertida Santa Teresa de Jesús, y Ray Loriga como el director de la función. No nos podríamos marchar de este repaso a la cinematografía español sin dedicar, al menos una reseña, de uno de los trabajos más cuirosos de nuestro país, el documental Las alas de la vida, con el cual el director Tony Canet levanta acta del testamento vital y vitalista de un amigo suyo médico, diagnosticado de una enfermedad degenerativa e irreversible.

El mundo es nuestro: Un atraco a la andaluza.

El mundo es nuestro: Un atraco a la andaluza.

-Si conectan la alarma ahora, me lío a tiros, ¿está claro?  ¡Qué os doy un tiro! ¡Qué estamos muy locos! 

La crisis está creando producciones cinematográficas, diferentes, disparatadas o que, al menos, pretenden dar un aire fresco al género que toca. En este sentido, encontramos El mundo es nuestro, que se presenta como divertida comedia con una peculiar pareja, dispuesta a atracar un banco, como consecuencia de la crisis. La producción sevillana ha sido creada por Alfonso Sánchez y Alberto López, o si prefieren, por el Culebra y el Cabeza una catódica pareja muy famosa gracias a Internet. 

El Culebra y el Cabeza son dos "filósofos de la calle" que alcanzaron una gran popularidad con una serie de cortos subidos a la red, sobre las reflexiones de estos dos sevillanos y su entorno. Desde trabajos como Esto ya no es lo que era:

-Se están cargado tó, tío, tó. ¡Tó!. ¡La sevillanía, la pureza, el enterismo!

Hasta "El verano de los compadres"

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-Ese el problema de España, la bohemia.

-Exacto.

-Mucho modernito y mucho vago, y todo el mundo subvencionado y nadie trabaja. 

-Mira, mira... toallita, caravana.

-¿Caravana? ¡Chiringuito!

Ahora estos personajes catódicos, se pasan al largometraje con su debut El mundo es nuestro. Continúan con ese estilo suyo, a medio camino a medio camino entre el humor disparatado y una sabiduría popular, para contarnos la realidad de la crisis, a través de una historia que conecta con el público. Sobre todo con el sevillano, pues se disfrazan de nazarenos para llevar a cabo el robo, pero también con el espectador general, al hablar de los parados, la crisis o la corrupción. 

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-Les queda cuarenta minutos, si la televisión no está en cuarenta minutos, me cargo a toda esta gente.

El mundo es nuestro es un atraco a un banco, mediante rehenes, como si fuera una versión sevillana de Tardes de perro (Sidney Lumet) en plena Semana Santa. 

-Mantengan la tranquilidad y conversen con el asaltante, ¿correcto?

-Correcto.

-Muy bien, Manuel, páseme con él.

-¿Con quién?

-Con el asaltante.

-¿A cuál?

-¿Cómo que a cuál? ¿Hay más de uno?

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Comedia coral en la que reconocemos muchas caras conocidas por ser secundarios en producciones andaluzas, como el también sevillano Antonio Dechent. 

-Manuel, ¿de qué me está usted hablando?

-De que uno es el de los explosivos y el otro de los penitentes. 

-¿De los penitentes?

-¿De qué hermandad?

Celda 211.

Celda 211.

El cineasta Daniel Monzón, antiguo crítico de cine y director del prestigioso programa Dias de cine, logra su mejor filme con este thriller carcelario. Monzón, que filtreó con la comedia, consiguió un estilo propio con el cine de género, La caja Kovac. Ahora se consagra con uno de los mejores títulos del cine español de los últimos años, que nos traslada a los muros de una prisión para revelarnos el cautiverio, la violencia de estado y la ambición como normas a seguir; como también la experiencia de un tipo corriente que sufre un profundo cambio cuando queda encerrado en la celda que da título a la película. 

De quien hablamos es Juan (interpretado por Alberto Amman) un funcionario de prisiones, quien en su primer día de trabajo sufre un motín, pero decide quedar infiltrado. 

-Johnny, debes estar loco si quieres que te internen en un manicomio, sólo para investigar un asesinato.

-Aunque no resuelva el caso, esto puede servirme para un libro, una obra de teatro o una idea para el cine.

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Bien como infiltrado en un manicomio (Corredor sin salida, Sam Fuller), una organización mafiosa (Infiltrado, Martin Scorsese) o una prisión, el cine nos ha mostrado a estos personajes que se atreven a adentrarse en ella. 

-Malamadre, aquí está el nota que te dije. 

-¿Y tú de dónde has salido?

-De la 211.

-Ese chabolo estaba vacío.

-Ya no.

Pero el personaje principal, en quien recae la gran parte de la historia, es el sensacional papel de Malamadre, interpretado por Luís Tosar. 

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-¿Cuánto tiempo llevamos quejándonos a todo Dios? Años. A los jueces, al defensor de su puta madre, a los periódicos. A todo Cristo, pero ¿qué hemos conseguido? Una mierda, una puta mierda, un carajo.

Su personaje, Malamadre, no solo es totalmente creíble sino que además ha permitido uno de ls registros más convincentes de su carrera, en la que llega a modificar su tono de voz para interpretar ese personaje. Pero ahora nos van hacer caso, porque les tenemos cogidos por los huevos. 

-Ahora tomaréis el rol de guardián de la prisión.

En función de los escenarios, estos experimentos se han llevado al cine con distintos resultados. Un ejemplo, fue el demoledor filme El experimento (Oliver Higsmitg), una película a medio camin o ente la ficción y el documental, en la que se atrevía encerrar a dos grupos de personajes para desempeñar los papeles de preso y de funcionario de prisiones. Volviendo a Celda 211, Daniel Monzón firma su cuarta película con Jorge Guerricaechevarría, en el guión, adaptando la novela homónima de Francisco Pérez Gandul.

No es que sea muy original su propuesta, pero tiene un estilo y una interpretación que no es propia de nuestra cinematografía. A parte, se aleja de un cine absorbido por las mismas ideas - treintañeros en crisis, destrozos familiares y películas ideológicas-.

Garci: ¡Qué grande es el cine!

Garci: ¡Qué grande es el cine!

José Luís Garci es un director de cine, productor, guionista, crítico y presentador de televisión, como conductor del programa emitido por TVE "¡Qué grande es el cine!". Consiguió el primer Oscar para una producción española, en la categoría de Mejor película de habla no inglesa: "Volver a empezar". Y fue el cineasta español más nominado con otras tres nominaciones más. Sus puestas de escenas muy clásicas, el domino del lenguaje cinematográfico y sus gustos literarios y cinéfilos, marcan la filmografía de este gran cineasta español.

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La carrera de José Luis Garci se divide claramente en dos etapas. En la primera, analiza la España de su tiempo a través de diversos retratos, quizás un tanto almibarados pero apasionados con los que ganó al público y algunos premios, entre ellos un Oscar. Sobre todo gracias a una ternura cercana al sentimentalismo, una nostalgia desilusionada y una eficaz relación de referentes populares: la música (Luna de miel, de Gloria Lasso, en el travelling final de Asignatura pendiente), o el cine (el "no se puede vivir sin Rosselini" de Sesión continua).  Sus comienzos los encontramos en la llamada Tercera vía, el cine que se realizó en las postrimerías del franquismo, con unas comedias que abordaban temas acuciantes de la realidad social. José Sacristán -abanderado de esta cinematografía- junto a Fiorella Falcoyano protagonizó las primeras películas de Garci. Su debut, Asignatura pendiente, fue un fenómeno sociológico y una declaración de intenciones, una comedia tintada de melancolía, junto a un crisol de ilusiones perdidas -como reminiscencia de la dictadura franquista- y una condición de sueño de libertad. El trío volvería a reunirse en Solos en la madrugada y Asignatura aprobada, tras el cual empieza a desmarcarse de la Tercera vía para fijar su mirada en el melodrama americano.

Con Canción de cuna Garci inicia una nueva etapa, menos interesante, en la que echa mano de textos más o menos clásicos de nuestra literatura como inventa otros (junto a Horacio Valcárcel) en los que resulta particularmente difícil adentrarse a causa de su particular forma de hacer cine.

El alejamiento del presente, el desapego de la realidad y las adaptaciones literarias, características de sus últimas producciones, parecen ser las señas de identidad de un cineasta cada vez más interesado por el clasicismo americano, las ficciones que ahogan en el pozo de una erudición pulida y la hojarasca cinéfila.

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Pero tan pronto como rastreamos en su filmografía, encontramos la literatura como fuente de inspiración de este director. Desde Canción de cuna, el melodrama de convento de monjas y huerfanita surgido de la pluma de Gregorio Martínez Sierra, la adaptación literaria ha sido una constante, agregándose luego Benito Pérez Galdós, Josep Segarra, Miguel Mihura o Ramón Pérez de Ayala , de quien retrató en su breve relato Luz de domingo.

Junto a esto, destaca en su cine su academicismo y su empalagamiento. En sus películas, de los conflictos que surgen entre los personajes parecen desprenderse un “almibaramiento”, si se puede adoptar la palabra. Eso pasaba desde El abuelo a Historia de un beso, incluso en su última producción Luz de domingo

Por poner un ejemplo, en Historia de un beso nos mostraba una España idílica, sin conflictos ni enfrentamientos, mientras que en Luz de domingo, un hecho brutal, divide la película en dos. La violación múltiple de Estrella (Paula Echeverría), novia del forastero Urbano, en una demostración de poder del instigador Atila Becerril (Carlos Larrañaga), el mandamás del pueblo a su lacayo, Longinos (Enrique Villén): "Lo que hemos hecho no es vicio, es política". La violenta escena es filmada púdicamente, desde la lejanía y con más susurros que gritos, que separa la película: pasamos del territorio de Canción de cuna a los dominios temáticos y estilístico del hombre que mece la cuna del odio: Michael  Haeneke. Adiós a los pajaritos y a los píos constantes, para encontrarnos con los pajarracos. Pajarracos encarnados en Carlos Larrañaga, sus tres vástagos y un sublime Enrique Villén.

                    El abuelo

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El propio estilo de José Luis Garci en sus últimas obras cinematográficas, presenta el retrato de un pueblo, siempre asturiano, que remite a un clásico del cine del Oeste, de Ford, Pasión de los fuertes, con esa composición circular y un estilo sencillo, contemplativo. Al principio de las películas no pasa nada. No hay apenas diálogos. Sólo imágenes que se encadenan con un sutil registro musical, melodioso, casi sentimental, para presentar esa Asturias que ocupa un lugar primordial en buena parte de la actual filmografía del realizador. En Gijón, sucede Volver a empezar, y en esa misma ciudad y en paisajes similares a los retratados en You´ re the one, inaugurando los escenarios a medio camino entre la realidad y la ficción, como si de un Macondo o Vetusta particular, brotase del talento del cineasta. En cualquier caso, este escenario para Garci no es una mera geografía, la conexión con la película de Lydia Bosh va más allá. Como el propio Garci ha señalado en alguna ocasión, el primer filme termina donde empieza el siguiente. El último plano de Volver a empezar es en blanco y negro, como  You ´re the one; casi se podrían solapar esas escenas. Seguramente, sólo los que conozcan la trayectoria de Garci se darían cuenta de esa conexión, que por otra parte se observa en la gradación dramática de sus historias. El último filme comienza casi como un cuento bucólico pastoril, con ese Urbano bondadoso paseando por los parajes asturianos o entregado a su pasión por la pintura. Una voz en off nos acerca a esas costumbres, casi de pueblo ideal, como si sus costumbres y moradores hubieran sido escupidos de un friso histórico.

- Poco después se congregaba en el paseo, en la plaza a disfrutar de la música y el baile, en la cháchara y otros merodeos.

Bienvenido, Mr. Marshall.

Bienvenido, Mr. Marshall.

Luís Berlanga (y sus colaboradores, a los que no se les podía olvidar, Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura) nos ofrecen la visión del pueblo español a través de un cuento, una metáfora de lo que sucedía en España en los años cincuenta, con las ayudas del Plan Marshall, como telón de fondo. Saca lo mejor de uno de sus actores fetiches, Pepe Isbert, y de un reparto de actores geniales, junto a todas sus claves cinematográficas propias: la trama coral, el plano secuencia o el detalle de la “guerra austro-húngara”.

 - ¡Eh, señor! Érase una vez un pueblo español, un pueblecito español.

 Ambientada en un pueblo imaginario, pero muy realista que hace las veces de microcosmos de la vida española, el pueblo de Villar del Río (en realidad, Guadalix de la Sierra) es el tamiz en el que reflejarse los sueños y esperanzas de un país sufrido, expuesta en clave de comedia costumbrista, con momentos de lo absurdo y oníricos. Incluso con el empleo de la farsa y la fábula, nos hace pensar que en esa desgraciada tierra todo estaba muy crudo, que se caía a pedazos. Se podría destacar que las obligaciones cotidianas imponían eso tan fatigoso de buscarse la vida, la necesidad del trapicheo y el sálvese quien pueda para seguir tirando. El tema de la inmigración, presente en algún título significativo, como Surco. Sin embargo, Berlanga confía más en la idiosincrasia de lo español, la creencia de que al final las cosas se resolverían por sus propios medios, por el hecho de que soñar era gratis y que suponía un incombustible motor vital.

 - ¿Quién no cree en los Reyes Magos? – Dirá el narrador (Fernando Rey) al final.

Así se refleja con dramatismo y comicidad la vida misma, sus complejidades y miserias, sus equívocos y ternuras, de esos tragicómicos habitantes de Villar del Río que esperan la inminente llegada de mister Marshall, para sacarles de la permanente ruina.

 - Dime pronto, ¿qué es lo que quieres?
- Quiero un espejo grande y una colcha y una…
- Y una porra.

 Fue la comedia ácida, con sorna y mucha mala uva la que empeló en una infinidad de ocasiones en su búsqueda crítica de la realidad, como si quisiera plasmar con el más genuino sabor español, la máxima de Preston Sturges en El viaje de Sullivan: “las posibilidades del cine como medio sociológico y artístico”. La cotidianidad de un pequeño pueblo castellano se rompe de la noche a la mañana, con la llegada de una artista, Carmen Vargas (Lolita Sevilla) “el máximo valor del cante andaluz”.

 - Los americanos son un gran pueblo que no duda en ayudar a los hermanos menos afortunados: traerán ferrocarriles para parar un tren.



Sin embargo, la noticia de un delegado del gobierno sobre la llegada de una comitiva de altas personalidades norteamericanas, que están dando dinero a nuestro país, va a revolucionar el pueblo. Se trataba del Plan de reconstrucción europeo tras la Segunda Guerra Mundial, junto con el recrudecimiento de la Guerra Fría, que trajo consigo fondos norteamericanos. En este contexto, del espejismo por recibir esa ayuda, se sitúa el filme. El acierto de la película es reducir esa situación a un conjunto de imágenes contundentes: la perplejidad de sus autoridades, el atraso del pueblo o las triquiñuelas para seducir a los nuevos invasores. Las máximas autoridades de la localidad no se ponen de acuerdo en cómo van a recibirlos. Pero el manager de la cantaora, Manolo (Manolo Morán), tiene una feliz idea: convertir a Villar del Río en un pueblo andaluz. Es decir, la típica imagen andaluza, con cantaora y canto folclórico incluidos: “Americanos os recibimos con alegría”.

 - Los americanos van a pasar por aquí y hay que gustarles para que nos den cosas.

- ¡Ah! ¿Pero regalan cosas los americanos?

- ¿Qué si regalan cosas los americanos? Ay, niña, dile…

- ¡Ozú!

- Ya lo ves.

 Las ilusiones del pueblo aparecían personificadas en los habitantes y autoridades locales, las “fuerzas vivas de la época” –el alcalde, el médico, el cura, la maestra- e incluso con el pregonero, el barbero o la influencia del empresario de espectáculos que hacía más llevadera la vida de aquellos difíciles años.

Cada uno se iba haciendo una idea de lo que supondría la llegada de los americanos, con esas geniales escenas oníricas. La original pesadilla del cura del pueblo, Don Cosme que ve en los americanos como portadores de herejías, con la alusión al Comité de Actividades Antiamericanas, en forma de procesión de Semana Santa y los emblemas de KKK (Ku-Kux-Klan) o la divertida secuencia del western, con el sheriff (don Pablo, el alcalde, Pepe Isbert) y el bandido (Manolo Morán, el manager) en el saloon.

 Y los había también reticentes a la llegada de los americanos, Don Luís, el hidalgo arruinado que mantiene el orgullo español, sobre la conquista de América y la condición de indios, como una alusión al cine histórico muy popular en España.

 -Pero, ¿Quiénes son esos americanos?
 
Pronto el filme evoluciona a lo que Berlanga quería reflejar, como símbolo de la España rural de posguerra. Los significativos planos al reloj del pueblo, permanentemente parados a las 3:10; al igual que nuestro país, que tenía parado el reloj, tanto política, como económica y socialmente. En este sentido, la película señala una multitud de detalles contundentes: los discursos del alcalde al pueblo, como si se tratase de una parodia a esos actos multitudinarios de Franco o Mussolini; el atraso industrial, presente en España antes de los Planes del Desarrollo, que aparece en el filme en un diálogo entre el alcalde y el representante de Madrid.

- Los americanos del Norte, los del Plan Marshall, visitarán la villa y hemos de hablar…
- ¿De qué?
- De la industria.
-¿De qué industria?

 La secuencia del sueño del tractor que cae del cielo, como traído en avión por la ayuda norteamericana, es otra breve referencia al problema agrícola español, que necesitaba de una urgente reforma.

                      

Todo el mundo sueña, cuando se anuncia por fin la llegada de la comitiva. Pero la larga caravana de coches no se detiene en Villar de Río que deja, tan sólo una polvareda a su paso. Algunos símbolos se suceden, la caída de la bandera americana que se cuela por el sumidero de un arroyo, como las letras de Welcome que se destiñen en una pancarta que salía a saludarles. Sin comprender lo que ocurre, la gente del pueblo se afana por pagar los gastos y volver a la cotidianidad. “Ahora hay sol y esperanza”, dice la voz en off del narrador.

Bienvenido Mr. Marshall es una de las obras maestras de nuestro cine español, un título que dio a Berlanga la oportunidad de coronarse cara a una cinematografía que estaba alejándose poco a poco del cine de cruzada y de evasión de la filmografía oficial. Mientras que cara al exterior, tuvo un éxito parcial gracias a su importante paso por el Festival de Cannes, ensombrecido en parte por la opinión norteamericana (Edward G. Robinson era el Presidente del Jurado).

Canciones de amor en Lolita´s Club.

Canciones de amor en Lolita´s Club.

"El comportamiento de un hermano por el mal es imprevisible". Con esta rotundidad comienza Juan Marsé su última novela, Canciones de amor en Lolita´s Club, una poderosa y provocadora narración que Vicente Aranda ha llevado al cine, convirtiendo en escenario el mayor prostíbulo de España, con la cuarta novela de Juan Marsé que el cineasta traslada al celuloide, en donde destaca Eduardo Noriega, con un doble papel, al interpretar a dos hermanos gemelos radicalmente distintos. De este modo, encontramos la ambientación en un club de alterne en donde la prostitución está forzada por las mafias con una historia de amor-odio entre una de esas prostitutas y un policía alcohólico y violento, que conseguirá redimirse gracias a su hermano gemelo. Con este nuevo film, el realizador Vicente Aranda vuelve al universo particular de Juan Marsé; Eduardo Noriega se desdobla en una especie de Caín y Abel, un poli resabiado y un tarado enamoradizo que trabaja en el nightclub. Tangas, lencería fina y un periodista voayer. Todos nos citamos en uno de los clubs de alterne más lujoso del país. El ambiente más exclusivo, las mejores copas en buena compañía. Un verdadero emporio del sexo de las carreteras levantinas, y para la ocasión el director de Amantes ha escogido a Flora Martínez, la colombiana de Rosario Tijeras.

 El equipo de rodaje no podía haber escogido un mejor escenario para la película que este impresionante local alicantino. El D´Angelo Palace (Lolita´s en la película), que aparece como el Xanadú de los burdeles. Columnas de mármol, piscinas con pianos de matacrilato, escrulturas mitológicas-pornográficas y una multitud de espejos, que por lo pronto, supone un reto para el director de fotografía José Luís Alcaine. Lo más próximo a este tipo de locales en su filmografía había sido un bar de carretera que aparecía en Celos. Pero más importante es el retrato de los personajes, con algunas jóvenes secundarias que interpretan a las chicas de ese club de alterne como Lara de Miguel (de la serie Compañeros y la secuela cinematográfica No te fallaré), Yohana Cobo (Volver) o Carla Sánchez (Madrigal). Pero quizás lo más interesante sea Eduardo Noriega, quien en su primera colaboración con Vicente Aranda, se ha enfrentado a uno de sus retos más difíciles dar vida: dar vida a unos hermanos gemelos.

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Lo protagoniza un policía nihilista y violento, en una constante estado de embriaguez, kamikaze y deslenguado. El personaje da un poquito de asco, al principio, pero su destierro a las tortuosas raíces familiares va a peor. Se convierte en un esperpento sin gracia, en complaciencia en la sordidez, temática que apasiona de siempre a Aranda y en la que se mueve a placer (inenarrable e inolvidable La mirada del otro), pero que inevitablemente resulta fatigosa, increíble y boba para cualquier espectador con paladar mínimamente educado. Resulta que este policía irascible solo guarda amor incondicional y sentimiento de protección hacia su hermano gemelo, un tarado, sin tampoco mucha gracia, que trabaja en el local de alterne que da título a la película. Un burdel de carretera poblado por explotadas prostitutas latinoamericanas y que este entrañable personaje está colgado de la más voluptuosa, yonqui y trágica dama del lugar, Flora Martínez. En torno a ella, surgirá unas relaciones supuestamente complejas y con sentimientos contradictorios, a pesar de que ni emotiva ni conmociona.

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- Mira a tu novia, ha ligado.

- No, no ha ligado, es su primo el vinatero que le trae noticias de su hija que está en Colombia.

- Sí, sí, su primo.

 Vicente Aranda es muy fiel a la novela, exceptuando el final, pues aquí el desenlace se dulcifica ligeramente. Pero la película no ofrece más que un exceso de licra y un Noriega que, sin denostar la dificultad de interpretar un doble papel de hermanos gemelos, se esfuerza para que sus personajes resulten creíbles. Sin conseguirlo. El ceñudo salvaje no asusta y el dulce tarado no enternece. Lo mejor, la anatomía y el rostro de Flora Martínez, pero no compensa tanto tedio.  Canciones de amor en Lolita´s Club termina moviéndose entre la fascinación por los perdedores y la vieja idea de que todos queremos ser otros.

 

Los crímenes de Oxford.

Los crímenes de Oxford.

Unos años después de su comedia ácida Crimen ferpecto, Alex de la Iglesia se pone serio en su lanzamiento internacional. Los crímenes de Oxford proyecta la alargada sombra de Hichtcock para acercarnos a una trepidante peripecia en donde el suspense y los asesinatos de unos psicópatas se entremezclan con las matemáticas.

 - Si conseguimos descubrir el sentido secreto de los números conseguiremos descubrir el sentido secreto de la realidad.

 Como en toda buena película de misterio en la última película de Alex de la Iglesia, no se desvela la identidad del asesinato hasta el final. Por supuesto, el elenco de falsos culpables es amplio. En primer lugar, Seldom, un carismático profesor de matemáticas, el motivo por el cual Martin (Elijah Wood, muy popular por su personaje de Frodo en la trilogía de El señor de los anillos) acude a la prestigiosa universidad inglesa. Movido por la ambición quiere a toda costa que su ídolo se convierta en el director de su tesis doctoral. Para ello se instala en la casa de la señora Eagelton (Anna Massey), una anciana enferma de cáncer que vive con su hija, la inquietante Beth (Julie Cox). La muerte de la señora Eagelton desencadena una serie de acontecimientos aparentemente inexplicables, porque los muertos de Los crímenes de Oxford son imperceptibles, pues el asesino tiene la costumbre de matar a personas que estén el umbral de la muerte, principalmente enfermos. En medio, un intrincado enigma pitagórico, la fascinación de los personajes por las series numéricas y la filosofía de Wiggenstein. De hecho, del clásico whodounit (nombre que recibe el subgénero en el mundo sajón, como "quiénlohahecho"), se pasa al auténtico enigma que planea en toda la película, aquel que Seldom escribe en la pizarra: "¿Podemos conocer la verdad?".

- Esto no tiene nada que ver con la verdad, ¿no os parece?. Esto es sólo un miedo, triste, pero es lo que hay.

Alex convierte la novela homónima de Guillermo Martínez en una eficaz maquinaria de tensar nervios. Y lo hace con las herramientas de un género ideal para mentes inquietas: la lógica-ficción. Los que disfrutaron con Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, de Douglas Hosfttander, lo harán con Sheldon, el personaje interpretado por John Hurt. Por una parte, los teoremas de incompletitud de Gödel (en un sistema, siempre es posible dar con una afirmación no demostrable dentro del mismo sistema); por otra, el principio de indeterminación de Heinderberg (es imposible determinar con exactitud la posición y el movimiento a la vez de una partícula); y en medio, Ludwing Wittgenstein (al que, por supuesto siempre se le cita la misma frase del Tratactus logico-philophicus: "de lo que no se puede hablar...").

 En Oxford las cosas no son lo que parecen: un cadáver no es tal, sino el inicio de una serie de lógica. Con la mayor concentración de cráneos privilegiados por metro cuadrado, el entorno académico de Oxford no parece ser el terreno ideal para cometer un crimen perfecto, pero el argentino Guillermo Martínez aceptó el desafío de conciliar Borges y las matemáticas. ¿El resultado? Una película a medio camino entre El secreto de la pirámide, aquella producción de Spielberg, que imaginaba a un jovencito Sherlock Holmes en medio de un elitista colegio británico, y las aventuras de Harry Potter, aunque cambiando magia por matemáticas.

 El cine de Alex de la Iglesia siempre ha sido explosivo y extrovertido, pero al cambiar de registro el director, la importancia del diálogo, incide sobre la imagen, una de las bazas fundamentales de su cinematografía. Ocurre, algo así, como los cómics de Tintín (no me he vuelto loco), siendo un buen ejemplo el álbum titulado Las joyas de la Castafiore, que sufre un proceso de transformación y te encuentras en que desaparece la acción. Todo ocurre en Moulinsart y lo emocionante de la historia son las posibilidades que surjen en algo que, al final, no es nada. Si trasladamos esta idea del dibujante belga a la historia surgida en la película, veremos una trama en donde dos mentes privilegiadas en el campo matemáticas presentan dos concepciones  diferentes del mundo y lo que hacen es plantear una serie de posibilidades a partir de un caso, que al final, no existe.


Pero no sólo de razón vive el hombre, diría Alex de la Iglesia, también de spaguettis, por ejemplo, y en semejante zona. Los crímenes de Oxford ha obligado al inmortal Frodo de la saga tolkeniana de Peter Jackson a licenciarse en un tiempo récord en el complejo arte de rodar escenas eróticas. Y es posible que Eliah Wood se sorprendiese que en su primera aparición en una escena de sexo, se presentase con una imagen a la que no pocos le puede resultar extravagente, al mezclar comida con erotismo. Leonor Wattling cocinando, en cueros, sólo con un delantal puede resultar tan estimulante, como encontrarnos con algún diálogo del joven Wood.

- Fuera de la habitación no hay nada, sólo tu, yo y los spaguettis.

La relación de sexo comida, o picacismo, es una obsesión de Hitchock. Mickey Rourne y Kim Basinger lo pusieron de moda en Nueve semanas y media, pero preferimos la parodia de su numerito en Hot shot! (J. Abraham) en la que la barriga de Valeria Golino servía para freír bacon. Pero las tórridas escenas entre Leonor Wattling y Elijah Wood son, también, parte de la carne que Alex ha puesto en el asador para contrarrestar las piruetas racionales de la trama.

 Hasta ahora el cine tan imaginativo de este director llevaba su sello. Los espectadores, incondicionales en muchos casos, sabían con lo que se iban a encontrar, independientemente del género que tratase. A saber: una exuberante imaginería visual, un sentido del humor desaforado, un pertinaz amor hacia lo esperpéntico, la sensación de que el horror y la risa son más fraternales que incompatibles, y afición a personajes y situaciones en donde aparece una sombra freak. Admitiendo que la personalidad de este realizador son reconocibles en todas sus obras, el resultado final ha sito tan original como deslumbrante, con tanto talento y gracia como El día de la bestia y La comunidad. Esa autoría no es perceptible en Los crímenes de Oxford, una intriga atractiva y rara, cerebral y sofisticada, construida con imágenes potentes y diálogos trabajados, sin una pizca de humor ni concesiones al jugueteo. Más pendiente al intelecto que a las emociones, una película que exige esfuerzo y concentración al espectador, al mezclar el rigor de las matemáticas y los brillantes hallazgos filosóficos de Wiggesnstein, con el enigma de asesinatos retorcidos.

Con todo esto, se podía hacer una buena película y hasta cierto punto, lo ha logrado. En cuanto al original, al llegar a las últimas páginas de la novela, el lector podía preguntarse sobre la idea de reunir a dos mentes matemáticas para descifrar el enigma elemental de la película. El libro era menos que la suma de sus partes: un ejercicio de trilero intelectual antes que un número de prestidigitación. Alex de la Iglesia y su coguionista parecen ser consciente del problema, pero su adaptación no logra trascender la debilidad del material de partida. La película se cierra con una soberbia escena de transferencia de culpa y se plantea como una insólita indignación sobre la epistemología del género (criminal): el plano secuencia citado es una exhibición de todo lo que un director puede dar de sí. Lo mejor, sin embargo, es John Hurt; los spaguettis en la ingle, como algo erótico, resulta gracioso, que pasa como una anécdota que por lo pronto no está a la altura de Nueve semanas y media, aunque eso sí, Elijah Wood se desvirga cinematográficamente con una escena que pasará a los anales.