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A veces viene bien defender tus ideas en público o compartirlas con los demás, aunque en el fondo, todo cineasta debería defender sus películas solo con la existencia de las propias películas. Esto tiene mucho que ver con el ausentismo mediático característico del cineasta que obtuvo la Palma de Oro, en Cannes, por El árbol de la vida, por lo que fueron Brad Pitt y Jessica Chastain quienes tuvieron que defender lo que solo podía defender el director.

“¿Quién asentó su piedra angular mientras cantaban a coro las estrellas del alba?

¿Quién encerró con doble puerta el mar cuando salía a borbotones del seno de la tierra?”

La película arranca con una cita bíblica tomada del libro de Job, para luego mostrarnos un caleidoscopio poema visual que fluye desde lo íntimo (la pérdida de la inocencia) a lo cósmico (el encuentro con el universo). A lo que habría que añadir un gran peso de la filosofía (Martin Heidegger, sobre todo por “el tiempo y el ser”, obra que tradujo el propio Malick), aspectos autobiográficos (una familia conflictiva y la muerte de un hermano del cineasta, en condiciones extrañas, de la que el propio director se sintió culpable) y un sentido espiritual de la naturaleza próxima al trascedentalismo (la visión panteísta de que Dios aparece en la naturaleza, junto con la sensación de trascender a un nivel espiritual con la música). La verdad es que en esta sinfonía a lo new age cabe casi de todo: cataratas, imágenes de planetas, volcanes y mares, e incluso alguna recreación digital de dinosaurios.


En este punto, se ha querido continuar el análisis a través de la mirada de tres grandes cineastas.

La influencia de Kubrick.

Terrence Malick va camino de convertirse en el nuevo Stanley Kubrick (tanto en algunos temas que le obsesionaban como en la forma de trabajo). A parte de su nula comparecencia mediática y rodar sus trabajos con décadas de distancia, las referencias al maestro Kubrick van más allá. Para narrarnos una historia muy escueta: la muerte de un crío y cómo le afectaba a la familia, no sólo vuelve atrás en el tiempo para contarnos el pasado de esa familia sino que nos muestra la concepción del mundo, a través del origen de la vida. Se trata de un montaje de hermosas imágenes que recuerdan a “2001, una odisea en el espacio”. De hecho, uno de los asesores de la película fue Douglas Trumbull, el responsable de los efectos especiales en el film de Kubrick.

También en Malick ejerce una gran importancia la capacidad sensorial de las imágenes y una estética muy particular, llena de virguerías visuales, en la que recurre por primera vez al tratamiento digital y a cámaras especiales como la Phanton, de alta velocidad. O el peso de la música, sobre todo la clásica, siendo Kubrick uno de los grandes melómanos del cine. Si Carl Orff estaba presente en “Malas tierras”,en esta película, encontramos a Bach, Mozart, Berlioz o Presner, el compositor asociado con otro gran cineasta “trascedentalista” de origen polaco: Kristoff Kievslowsky.

                                      

La mirada caleidoscópica y antinarrativa de Alain Resnais.

“La vida moderna es fragmentaria, la literatura y la pintura dan testimonio de ello. ¿Por qué el cine, en lugar de seguir apegado a la narrativa lineal, no hace lo mismo?”. Alain Resnais (El año pasado en Mareinbeud) introducía un nuevo lenguaje audiovisual, siendo Terrence Malick uno de los mayores representantes de este cine antinarrativo.

Frente a películas como Badlans (1973) o Días del cielo, sus últimos films se caracterizan  por una fusión de imágenes y palabras, a través de una voz en off, que no sólo acompaña la narración, sino que aporta una reflexión filosófica a la historia. Pero también, su cine más reciente destaca por mantenerse fuera de los cánones de lo estrictamente narrativo. Construye la vida de esa familia –sobre todo desde la mirada de los tres hermanos- a través de fragmentos y no de secuencias elaboradas. A Malick le basta una imagen del padre (Brad Pitt) colocando su mano sobre el dedo del hijo recién nacido, para mostrarnos el nacimiento, y la relación que se establece entre los padres y sus hijos. Un acercamiento de cámara a uno de los niños o un gesto airado es suficiente para construir una vida. Cada plano nos indica un tiempo y una cotidianidad. Los años cincuenta –casi reflejado como un Edén con esas casas rodeadas de jardines- contrastando con la modernidad –los rascacielos de un mundo artificial, propia de un etapa en la que se pierde la inocencia-. También nos cuenta las contradicciones de un padre atento, pero autoritario, y la mirada del hijo rebelde que crecerá con el rostro de Sean Penn. O la contraposición de un padre -que llega a utilizar la violencia en su ámbito doméstico- a la actitud sumamente cariñosa, pero sumisa, de la madre, relegada a un segundo plano en la historia.


Los “planos vacíos” de Yasuhiro Ozu.

La siguiente influencia nos acerca tanto al concepto zen que mantenía el cineasta japonés como a una de sus características más destacadas: los planos vacíos. Los planos vacíos o  “pillow-shots” - en acepción de Noël Burch-, son desvíos de la lógica del raccord clásico. El director aleja la atención de la historia en pequeños trazos de realidad que prácticamente no tienen justificación pero que mantienen unos lazos en común: el disfrute catártico de la naturaleza.  Lo que no es algo nuevo en el cine de Malick. En Malas tierras, sus protagonistas llegan a las Badlands de Montana; en Días del cielo,  los personajes principales huyen a los latifundios de Texas; mientras en La delgada línea roja, uno de los soldados deserta para buscarse un paraíso en el Pacífico, lejos del estruendo de la guerra.

En “El árbol de la vida”, tanto las secuencias que recrean el origen de la vida como las de la playa (las más confusas y controvertidas, que parecen recrean un paraíso celestial donde se encuentran sus familiares y conocidos del pasado), responden a esta condición cinematográfica de Ozú. Del mismo modo, que nos encontramos con el espíritu del new age en la película y la presencia de la cita de Job, da una condición panteística y bíblica a la relación entre el padre y el hijo. Una curiosidad: Jack O´Brien, el personaje de Sean Penn, tiene en su acrónimo el nombre de Job. Al fin y al cabo, el film no es más que un intento por responder esas preguntas universales sobre nuestro presente, pasado y futuro: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?, y, ¿A dónde vamos?