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Milos Forman era un cineasta checoslovaco que llevaba diez años en Hollywood cuando acometió su trabajo más brillante y todo un icono del cine de los 80: su particular visión de un genio como Wolfgam Amadeus Mozart. La película Amadeus (1984), -que este 2014, cumple su 30 aniversario- reunió a un reparto encabezado por unos sobresalientes F. Abraham Murray y Tom Hulce, al dramaturgo Peter Shaffer, a un director de orquesta, de gran prestigio Neville Marriner -como supervisor de la obra de Mozart- y al productor, Saul Zaentz, que imprimió su fuerte carácter al film.

Una película sobre la mediocridad y el talento, sobre la amistad – enemistad entre Antonio Salieri y Mozart. Un film que reflexiona sobre la genialidad, eso que distingue a una persona de otra, pero también sobre el amor a Dios (y su posterior sentimiento de abandono) por parte del músico italiano y sobre todo esto, su amor a la música. Salieri aparece retratado como un personaje oscuro, como un cuervo que pende sobre el destino de Mozart. Un personaje muy importante en la Corte de Viena de José I, consciente de que la música de verdad era la de, Amadeus, aunque siempre manteniéndose entre la admiración y la envidia. Son admirables los planos de Forman en los que Salieri aparece en la soledad del palco, como parte de una admiración secreta, o en las veces que las hace de forma confesa, considerándola como milagrosa.

-No era un simple accidente, de nuevo era la voz de Dios.

                                          

La película hacía hincapié en la profunda  devoción religiosa que sentía Salieri, que incluso ofreció su castidad a cambio del éxito musical (dato que no es histórico, pues el Salieri real estaba casado, llegó a tener siete hijas, y hasta contaba con amantes). Pero se sintió engañado y abandonado por Dios, cuando descubre que su ídolo no era más que un “hombrecillo” que no merecía el don que poseía ("Puedo ser vulgar, pero mi música no lo es").

-A partir de ahora somos enemigos, tú y yo. Porque eliges como instrumento a un jactancioso lujurioso, obsceno, infantil muchacho… y a mí solo me recompensas con la capacidad de reconocer la encarnación. 

El guión procede de una obra teatral, escrita por Peter Shaffer (hermano de Anthony Shaffer, autor de La huella, versionada por Joseph L. Mankievitz) que fue estrenada en Londres, asistiendo –de mala gana- Milos Forman a su estreno en Broadway, invitado por Shaffer. Forman detestaba las biografías musicales, pero salió encantado de esa adaptación por lo que le propuso versionarla al cine. De hecho, el guión fue obra de ambos, aunque soló Peter Shaffer apareciese como el guionista.

Uno de los éxitos de la película es contarnos la historia en flashbacks, recayendo el protagonismo en Salieri, que nos lo presenta con una confesión rotunda: “Yo maté a Mozart”.

                          

Mozart vs Salieri.

Los biopics de los genios musicales son dados a la hagiografía –la música es algo que reconocemos de forma universal e inmediata, más que la pintura o la literatura- y sobre todo porque la relación entre el cine y la música es muy estrecha, siendo Amadeus, una de las más destacadas fusiones que jamás se hayan visto. Sobre Mozart o sus obras (Don Giovanni, La flauta mágica) se han hecho diversas versiones cinematográficas; a fin y al cabo, el séptimo arte siempre se ha visto interesado por la ópera (el llamado arte total).

Sobre Beethoven, otro genio musical, hubo una película cuya calidad cinematográfica estaba lejos de ésta (Copying Beethoven, Agnieszka Holland) y faltaría un film a la altura de las grandes producciones de Hollywood para el tercer nombre destacado de la música clásica: Bach. Lo cierto es que sobre Mozart se creó un mito, alimentado por las insinuaciones de su hijo Leopold de una posible conspiración en Viena contra el compositor: la película sugiere la participación del propio Salieri en el destino de Mozart.

                          

                           

Sobre la rivalidad entre Salieri y Mozart poco se puede decir, que aporte algo de novedad, tras todo lo que se ha ido comentando desde que esta película saliera a la luz en 1984. De este enfrentamiento apenas existe una base histórica cierta, más allá de una lógica rivalidad entre dos artistas. Uno, Salieri, un gran compositor, representante del clasicismo más académico, mientras que Mozart, supuso una gran revolución en su época. No sólo en la brillantez de una música vibrante (“demasiadas notas”, se quejarán en la Corte) sino en las puestas de escena de sus óperas (Don Giovanni, Las bodas de Fígaro, La flauta mágica, El rapto de Serrallo), a las que Forman dota de un carácter de musical, en un sentido espectacular y cinematográfico.

En la película aparece Salieri representado como un personaje que sigue el camino cortesano, mientras que Mozart, no. Él es un auténtico torbellino fuera de control, expresándose con una ingenuidad y espontaneidad, que resulta incómodo para la Corte. Hay un momento muy curioso de su impertinencia cuando le dicen: “Toca como Bach”, “Toca como Haendel”, “No, me aburre”. “Toca como Salieri”.

La figura del padre es otro de los grandes temas de Amadeus que aparece en una multitud de momentos de la película. Llegando incluso a presentarnos al propio Salieri como un preceptor con la idea del padre que mata al hijo; una obsesión en los Shaffer como vemos en La huella, obra de otro Shaffer que presenta una velada intelectual con un amante de la literatura (como Salieri que amaba la música), que comparte con su rival la codicia por un mismo objeto: su mujer. 

Al final, Amadeus está marcada por la superposición del padre, Salieri y la música que se reflejaría en el Requiem. Antonio Salieri supo explotar el punto débil de Mozart, que lo descubre en la representación de Don Giovanni, con la figura tétrica de su padre: “Yo conozco la clave, -dirá Salieri, al sacerdote- “se le ha escapado a todos, pero yo sé que se trata de su padre”.

La película concluye con una simplicidad compositiva del funeral de Mozart, frente al barroquismo del que hace gala en la puesta de escena, a lo largo del filme. Para terminar en una especie de “alguien voló sobre el nido de Salieri”, en el manicomio donde está internado este compositor, donde se confiesa ante el sacerdote -y alguna forma, ante Dios-, junto con  esa célebre frase, que parece sobrar a la altura de la historia: “Mediocres del mundo, yo os absuelvo”.

 

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