20140106002636-18-cocinas-de-cine-que-no-necesitan-a-chicote-3392-662x430.jpg

- La vida de un crítico es sencilla. Arriesgamos muy poco y abusamos de nuestro poder sobre aquellos que someten su trabajo a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, que son divertidas de escribir y también de leer. Pero la triste verdad es que cualquiera de sus basuras tiene más significado que nuestras críticas.

 En Ratatuille, Peter O´Toole daba voz a un personaje peculiar que ponía en sus labios una declamación como esta. Se llamaba Antón Ego, un crítico gastronómico, un malvado personaje, feo, seco y amargado que vive en soledad en constante cabreo en una lujosa mansión. Comenzar una aproximación al cine gastronómico, desde la perspectiva de un tenaz crítico es como poco, extravagante, una sutil autocrítica al pequeño oficio de cinéfilo. La película de animación, Ratatuille, nos contaba la historia de una rata que cocinaba a escondidas unos manjares tan sabrosos, que el retorcido de Ego tuvo que reconocer que le había devuelto a su paladar el plato favorito de su infancia.

 Metiéndonos en harina, nos pondremos morado, con una degustación de los mejores platos, pero de una dieta extraña: una empanada de cine. Donde poder picar de aquí y de allá sin miedo a engordar. Esta noche vamos a asistir a un menú alternativo, ni jamón de pata negra, ni canapé de Foie, ni congelados ni fritos, sólo comida internacional. Un menú a la altura de las expectativas, un menú con los mejores manjares cocinados en el cine. Buen provecho.

 “¡Qué festín, qué festín! Un banquete de postín, ahí está la servilleta, da comienzo el trajín: Soupe d´oignon, canapé, especialité del chef, pruebe el hígado de pato. ¡Y le envidiarán los platos!”

 No habría mejor forma que empezar que con suculento tentempié de la factoría Disney, La bella y la bestia, en donde Lumière, un simpático mayordomo, hacía las delicias del paladar más exigente. La cocina francesa, de entrante, es una excelente forma para abrir boca, pero no hemos dejado fuera de la carta el producto nacional, así que prepare una buena cena, comida en abundancia y buena compañía.  Sobre todo si se trata de una ración de humor negro y con mucha sorna, a cargo de Berlanga, el guionista Azcona y un reparto coral. El título, todo un clásico de nuestro cine: Placido.

- ¿Hay besugo?

- No, no hay besugo.

- Lo que faltaba, una Nochebuena sin besugo, no hay Nochebuena.

- ¡Déjate de besugo! Perdices escabechadas, foigrás, jamones dulces. ¡Ay Paquito, cómo nos vamos a poner si sobra!

 Como todo el mundo sabe, en todas partes "cuecen habas", incluso en el país que inventó el McDonalds.  Así que dejemos a un lado prejuicios y tópicos: en América no sólo hay hamburguesas y fast food, también puede haber una comida casera como la que recordaba con cierta tristeza Jessica Tandy en Tomates verdes fritos: “Hecho de menos el olor del café, y del bacon frito. ¡Oh, lo que daría a por un plato de tomates verdes fritos como los que comíamos en el café!” Ya se sabe, comer no es sólo un placer, sino la salsa de la vida: “Todo su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices y en cada uno de los olores de la comida”. (Arcelina Ramírez dixit, Como agua para chocolate). Sobre todo para aquellos que sólo viven para comer, beber y amar, aludiendo a un filme de Ang Lee. Para ellos, nunca se es suficiente, si hablamos de comida.

 - Sólo he tenido tiempo de preparar unas cosillas: costillitas muy doradas y cangrejo con setas, gambas con guisantes con salsa agridulce y tu plato favorito: sopa de melón amargo. 

Después de los primeros platos, nos endulzamos con el postre. Nada como el chocolate de Juliette Binoche en Chocolat: “Seguro que nunca han tomado un chocolate deshecho elaborado con una receta de 2000 años”. Lo que lleva a una pregunta obligada: ¿Están reñidos los bombones con la moralidad? Juliette Binoche, chocolatera de pro, lo tiene claro: sabe que la comida es poder.  Pero ella no es la única en derretir paladares en los fogones del cine, el arte culinario de Gerard Depardieu en Vatel (Roland Joffé), al servicio del Rey Sol, Luís XVI, ponía talento para sus platos y a los pies de Uma Thurman. No nos pongamos demasiados extravagantes en la mesa, no hay mejor que la imaginación para llevarse un buen bocado. Ya lo sabía el personaje del vagabundo de Charlot en La quimera del oro, que a falta de pan buenas son botas. O los Niños perdidos de Hook, con un adulto Robin Williams en busca de la magia de la imaginación. “Déjate de juegos, quiero comer de verdad ¡Quiero un filete, quiero huevos y quiero un café!”.

 Las películas que subliman la cocina entre su argumento, todo un subgénero, apelan a los infinitos placeres que provocan una buena receta, con la sensualidad que evoca este arte de los fogones; el plato como arma de seducción que resulta ser un tópico. Así es la cocina, por destino o instinto, capaz de cambiar la vida de los demás o la suya propia. Aunque tanta comida pueda empachar. Así que tú cocina, que nosotros limpiamos los platos y en medio, repasamos una ración del cine del bueno. Pero tened muy presente el consejo del simpático Rémy, el protagonista de Ratatuille, antes de poneros frente a los fogones: “¡Los que manipuléis comida caminad sobre las patas traseras!”.