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Una obra maestra en la que Joseph Losey y Harold Pinter reflexionaba sobre las diferencias de clases en una película que cumple cincuenta años. Un filme difícil de clasificar, dirigida por un cineasta americano que se instaló en Gran Bretaña tras el proceso de la “caza de brujas” del McCarthismo, adaptando una revolucionaria novela gracias al talento de Harold Pinter, un dramaturgo de gran prestigio que terminaría obteniendo el Premio Nobel de Literatura.

-¡Qué delicioso!

-Lo sencillo y clásico siempre es lo mejor.

-¿Esto es clásico? ¿Más que clásico parece prehistórico?

-Lo tenemos desde siempre y me gusta.

A parte encontramos una de las interpretaciones más destacadas de esos años sesenta, la de Dirk Bogarde, todo un ejemplo de actor capaz de transmitir emoción con la expresión corporal –especialmente con la mirada- como ya hiciese en ese otro canto a la grandeza cinematográfica que fue Muerte en Venecia.  Igualmente, esta película permitió al actor romper con el encasillamiento del personaje de galán que le ofrecía la THE RANK ORGANISATION (de la que citaremos, por ejemplo, una auténtica rareza: Moonraker, dirigido por Orson Welles en la que  Bogarde interpretaba al mítico 007). Tras El traje, habría que esperar sus otras dos grandes cimas interpretativas para encontrarnos con lo mejor de uno de los actores más sobresalientes del séptimo arte. Hablamos de Muerte en Venecia (Luchino Visconti) y Portero de noche (Liliana Cavani).

Un plantel de actores jóvenes arropó a Dick Bogarde. Tony (James Fox), el londinense de fortuna, de Susan (Wendy Craig), la novia de Tony, que sospecha de Barret y aborrece todo que él implica.

-¿Qué es lo que quiere de esta casa?

-¿Qué quiero?

-Sí, ¿qué quiere?

Entre otras cosas, la película alcanzó una cima dentro del cine británico de los sesenta, superando a los directores del llamado “free cinema” –el cine social en boga en aquellos momentos-, con una historia que lograría subvertir el orden establecido. El sirviente transcurre en una mansión del barrio londinense de Chelsey, en el cual el joven de clase acomodada contrata los servicios de un mayordomo, el personaje interpretado por Dick Bogard. Pero la relación entre ambos van dinamitando las jerarquías.

-Eres el sirviente, ¿no?

-¿Espera que me encargue de toda esta basura yo sólo? ¿De todo lo que deja tirado por todas partes sin ninguna ayuda? Necesito que venga una criada para que me eche una mano. No puedo trabajar en una pocilga, es imposible que haga mi trabajo en estas condiciones.

-Haga su trabajo y déjeme en paz.

Al final, Barret presentara a Vera (Sarah Miles) como su hermana, para optar a un trabajo como criada, pero resulta que en realidad Vera es su amante. Ambos comienzan un juego perverso de maquinaciones, que poco a poco van transformando sus papeles de una manera tan sutil como perversa, hasta reemplazar de hecho los de Tony y Susan.

Interpretaciones de un clásico.

Resulta evidente que cuanto más compleja sea una obra de arte, (no me refiero sólo al cine, sino a la literatura, al arte, etc.) da pie a que cada espectador la entienda o la vea de forma distinta. Esto sucede con el film que nos atañe, porque muchos críticos han sacado conclusiones muy diversas sobre El sirviente.

 En los sesenta fue considerado como el paradigma cinematográfico de la lucha de clases, en una de grandes tensiones sociales pero en los que también la rígida etiqueta social británica empezaba a deteriorarse. Precisamente se le atribuía a  Harold Pinter esta visión de la sociedad que quedó planificada en la última secuencia –idea suya- en la que el personaje del joven con porte aristocrático, Tony, intenta no perder la posición siempre un poco más elevada mientras juega con su sirviente, con una pelota de tenis, en la escalera.

Pero en la película encontramos una lectura más profunda, más allá de lo que la historia aparente a primera vista, con sus silencios, pausas y atmósferas inquietantes como parte del estilo cinematográfico de Pinter que compartía con buena parte del equipo de la película. Lográndose, al final, el juego de la ambigüedad. De hecho, el filme de Joseph Losey también ha reposado en la tesis de una lectura homosexual entre ambos roles, sobre todo teniendo en cuenta la mayor profundidad emocional de los personajes masculinos sobre los femeninos, algo extraño en el cine europeo de los sesenta - Recordemos, por ejemplo al cine de Ingman Bergman o el de Buñuel, cada uno en su estilo-. Como también sería relevante que para el año de El sirviente -1963- la homosexualidad estaba penada con la cárcel y toda aproximación al tema creaba resquemor en el ambiente.

-¿Lo ve? Todavía pienso en las cosas que le gusta, no encontrará a nadie como yo.

Pero aquí no terminan las teorías con respecto a la película. Otros críticos observan en el filme de Joseph Losey una versión moderna del mito clásico de Fausto. Barret, el personaje encarnado por Dick Bogarde, sería el Mefistófeles de la historia, fagocitando el alma de un joven –bastante dependiendo como Tony, como hemos podido comprobar por las líneas de diálogo-.

-Lleva una falda muy corta.

-¿Muy corta?

-Tiene un secreto que esconder.

No sería justo terminar con la película, olvidándose de otro de los grandes nombres del equipo que marcaría el estilo visual de El sirviente, el director de fotografía, Douglas Slocombe, trabajando la luz y la sombra, moviendo la cámara o sacando un gran partido a los espejos distorsionantes que definirían la película.