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El cine del Imperio de Hollywood ha generado gran parte de lo más interesante. Empezaba la temporada con un filme controvertido y muy esperado, el Apocallypto de Mel Gibson, en donde más allá de los polémicos flancos que han caracterizado los últimos proyectos del actor -ahora como director-, ofrece una imagen de la civilización maya, en los momentos previos de su decadencia. Una historia algo simplista, pero con intensidad dramática y que parecía encerrar un mensaje: sobreviven quienes estructuran su convivencia en base a unos valores. La barbarie no es patrimonio de las civilizaciones primitivas. Esto queda claro cuando se ve ese monumental fresco épico sobre la batalla de Iwo-Jima, contado en dos películas, sobre ambos bandos del frente, algo nunca visto, y que ofrece interesantes perspectivas. En la primera de ellas, Banderas de nuestros padres, Clint Eastwood, se centraba más en la propaganda, tan necesaria en el mundo de hoy -esté o no en guerra- analizando esa famosa foto de los soldados americanos izando la bandera.

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Cartas desde Iwo-Jima, desvela tragedia vivida por los japoneses con una solemnidad y precisión sobrecogedora. El visionado de ambas películas consigue transmitir el efecto perseguido por su director, hablarnos de la inutilidad de la guerra, en la que miles de jóvenes murieron sin la oportunidad de vivir una vida. La segunda guerra mundial era el último gran conflicto en donde las ideologías estaban claras y en la que el mundo occidental agradeció la salvadora participación norteamericana. Unas cuantas décadas después la geopolítica es tan compleja y sujeta a interpretaciones que el relativismo campa a sus anchas. De unas cuantas películas dedicadas a la errática invasión de Iraq, destacan algunos títulos que han presentado una visión agridulce de la última guerra mantenida por los Estados Unidos.

- Mírame, tengo amigos, amigos blancos. Sin mí no eres más que otro puto negro en África.

Cambiando de conflicto geopolítoco, el permanente dolor del continente africano tuvo un par de traslaciones que merecieron la pena. Diamantes de sangre, en plena guerra civil de Sierra Leona, en la que Leonardo Dicaprio daba vida a un traficante de diamantes cuyos beneficios nutren ambos bandos armados. Por su parte, El último rey de Escocia, justo Oscar para su intérprete principal, Forrest Wittaker, dando vida al cruel y extravagante dictador Idí Amin Dadá.

 - Se me quejan de que no permiten ir hoy ha votar al personal de cocina.

- No van a votar, la mitad son ilegales. No pueden votar.
 

Cuando se desclasifican los papeles y las conciencias, encontramos algunas producciones interesantes que han revisado la historia reciente de la primera potencia, llena de claroscuros. Bobby, recreaba con desigual fortuna, el día y el entorno de Robert Kennedy, probablemente el sueño que puso fin a un sueño colectivo.

 

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- Estudio poesía, no política.- Nos interesaría averiguar los nombres de los otros organizadores del comité cultural.

El buen pastor, el regreso de Robert de Niro a la dirección, revisaba el nacimiento de una de sus instituciones más conocidas, la CIA y su papel en la Guerra Fría, que al final no aporta gran cosa, salvo decirnos lo dura que es la vida del espía.

- Me han dicho por ahí que quería matarme.

- ¿Por qué?

- No les gustó cómo le retrate en mi artículo. Afirma que me contó cosas extraoficialmente.- ¿Y no podía comprobar sus notas?

- No, yo nunca tomo notas.
 

También hay retratos de la América más profunda, como el que hace Toby Jones encarnando a Truman Capote, en la investigación de un crimen múltiple que conmovió a toda una generación y que dio lugar a una famosa novela, de título A sangre fría, y con algunas adaptaciones meritorias en la gran pantalla. El modo de acercarse a las mentes de los asesinos, recogido en este relato periodístico, era más incisivo que el que nos ofrecía el año anterior la película Capote. Sin embargo, la mejor descripción de América, al margen del Sueño Americano, nos lo ofrecía David Mamet como productor e inspirador en un filme de corta duración y largo alcance, Edmond. Stuart Gordon, el director de Reanimator, ya lo decía al adaptar la obra de Mamet: "da mucho más miedo la realidad que las películas de terror". William H. Macy brindaba una ejemplar lección de cómo interpretar a un americano medio, con su pastiche de ideas e influencias, en un periplo nocturno que parece haber salido de Taxi Driver (Martin Scorsese), para bajar un peldaño en cada secuencia hacia la degradación moral.

- ¿Y mamá? ¿Mamá? ¿Dónde está?

- ¿Por qué no te vas? Vete de casa.

- ¿Me has que querido?

- ¡He dicho que te vayas!

- Papá, ¿me has querido o no?

- Un padre…

- Un padre, no… ¡tú!                                                    

                        Memorias de Queen

Pero si destacásemos a un nombre dentro del cine made in USA, habría que señalar a Robert Dowing Jr., que nos demuestra que para ser un buen actor no hace falta ser una persona ejemplar. Su comedida y sobria presencia daba mucha entidad a Memorias de Queens, otro capítulo más del género “volver a casa”, no solamente por Navidad, sino para reconciliarse con el pasado y con el padre.

- ¿Cuatro escenas del crimen y ninguna huella que se pueda utilizar? Están los mensajes cifrados y las huellas de botas militares, eso debería bastar.

- Todas circunstanciales.

El mismo actor hacía una soberbia composición del periodista del San Francisco Cronical, Paul Avery, que junto a Robert Gracesmith,  dedicó toda una vida a desenmascarar la personalidad de Zodiac, uno de los grandes casos sin resolver de la historia criminal de los Estados Unidos. Para nosotros esta es la mejor película del año; el tiempo nos lo demostrará. David Fincher redefine el género del serial-killer, ajustándose a la realidad, contada a través de una exhaustiva investigación mostrada como una epopeya incierta. El retrato de los años sesenta y setenta, en el área de San Francisco, nos ofrece el reverso oscuro de una época mitificada.

infiltrados

Pero cuando las exploraciones del mundo no parecen llegar a buen puerto, el cine hollywoodiense echa mano de una fórmula segura, nítida e imperdurable: el cómic y sus héroes. Sam Raimi continúa con su disección de este personaje -surgido de la narrativa gráfica- que es Spiderman III, logrando que de momento no nos cansemos de Peter Parker a pesar de jugar a ser Mr. Hyde. Lo mismo sucede con estas adaptaciones, más o menos afortunadas, pasa a las sagas de estos blockbuster que se multiplican como Gremlims en una piscina del inserso, pero aportando pocos alicientes originales e interesantes a los títulos precedentes. Prueba de ella fue la tercer entrega de Piratas del Caribe, más de lo mismo, salvo el cameo de Keith Richard como el padre de Jack Sparrow -ya se sabe que Johnny Depp se basó en el Rolling Stone para crear su personaje-. Al mismo tiempo que las sagas continúan, lo hace la adrenalina, en una carrera loca por ver quien ofrece el ritmo más rápido y la acción más trepidante. En este sentido, encontramos las siguientes entregas de las aventuras del joven mago, escritas por J.K. Rowling, Harry Potter y la orden del Fénix. El protagonista, tratará de informar a sus compinches mágico-festivos del regreso de Lord Volvemor.

- Pero si escuchais que un cierto mago oscuro ha vuelto de nuevo, eso es mentira.

- No es mentira, yo le he visto.

Nadie le cree, como es natural, lo que origina una trama que origina las delicias de sus incondicionales, amantes de las escobas mágicas. Otro personaje que resucita como si surgiera de las cenizas del ave Fénix es John McClane, lo mejor de la Jungla 4.0, el héroe analógico encarnado por Bruce Willis que reaparece en plena era digital. Sin embargo, si nos quedásemos con un blockbuster, surgido de una saga, esa es la de Jason Bourne, quien también regresa, para -al principio- no volver jamás. El famoso espía, interpretado por Matt Damon, cuenta con una saga cuyos títulos son tan poco pretenciosos a nivel argumental como bien ejecutados. En esta ocasión, con el epígrafe de Ultimatum de Bourne, Peter Greengrass nos descubrirá su identidad. Eso está bien porque el pobre personaje lleva estraviado y amnésico desde finales de los ochenta cuando le diera vida al personaje Richard Chamberlanin en El caso Bourne:

- Dígame su nombre, si es que tiene alguno.

- ¿Mi nombre? Dios Mío, no tengo ni idea.

El Woody Allen de ese año, seguía la estela de Match Point no sólo por acercarnos a Londres como escenario, sino por alejarse temporalmente del humor que nos tenía acostumbrado, aunque el personaje que interpreta el propio Allen, lleva consigo el mismo modus operandi de siempre. La película se llamaba Scoop y tampoco fue una maravilla. La verdad. El año se cierra con una interesante película de ganster, con la que Martin Scorsese, por fin, se reencontraba con los Oscars, una incursión a la mafia irlandesa, asentada en Boston. Infiltrado es una historia coral, marca de la casa, apoyada por un gran reparto y un despliegue de mucha violencia.