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Joel Schumacher es uno de los directores más freaks en ese peculiar mundo que conocemos como Hollywood, uno de los todoterrenos que la industria norteamericana tiene tanto para un roto como para un descosido, que abarca desde el thriller al drama romántico o a la trama judicial, pasando por el blockbuster del superhéroe de turno. Su irregular trayectoria está jalonada por taquillazos de muy dudosa valía cinematográfica, que le han dado fama de director “veraniego”. Además, de casta le viene al galgo en su acepción del látex negro, que luce el personaje de Batman, e incluso del exagerado colorido de las plumas de su versión El fantasma de la ópera, pues se inició como diseñador de vestuario de cineastas como Woody Allen, y tras una exigua trayectoria como guionista, comienza su andadura en la realización con una versión femenina de la historia del hombre menguante. Homosexual confeso, recibió críticas de la comunidad gay por la imagen que ofreció en una de sus primeras películas, con el mundo de la homosexualidad de fondo, Nadie es perfecto.

Pero su eclosión se produce en los años 80, cuando aprovecha la llamada generación drug – pack y dirige cintas de bajo presupuesto y calidad cinematográfica, como Palermo, Punto de encuentro y Jóvenes oculto, una floja versión del cine de vampiros con elementos que luego repetiría en buena parte de su producción filmográfica, su humor descerebrado, los excesos horteras y la asimilación de los códigos vampíricos, desde el punto de vista adolescente.

- Eres una criatura de la noche, cómo sui hubieras salido de un cómic. ¡Mi propio hermano es un vampiro! Ya verás cuando se enteren papá y mamá.

El cineasta alemán descubre a los vampiros cómo una transposición perfecta de los delirios de grandeza y las fluctuaciones típicas de la pubertad: La concepción de no pertenecer al mundo de los adultos, la iniciación sexual y la exploración de las propias cosas.

Los noventa, sin embargo, supondrían para el director el momento más fructífero de su carrera, con algunos filmes interesantes, como la de una pandilla de estudiantes de medicina en busca de emociones fuertes (Línea mortal), aunque la más destacada sería Un día de furia, con un magnífico y neurótico Michael Douglas con el que deberíamos sentir empatía los españoles, sobre todo en época de elecciones o crisis.

- ¿Por qué me atraerán el tipo de hombre equivocado? En el colegio eran los chicos con pendientes, en la universidad, las motos y las chupas de cuero, y ahora, la goma negra.
- Inténtalo con los bomberos, llevan menos ropa.

Tras las dos primeras versiones de la saga de Batman, Schumacher sustituye a Burton al frente de las siguientes continuaciones y excepto por el nuevo bat-traje, el director no aporta nada original. Mucho mejor, porque en la cuarta entrega del superhéroe, los excesos de pluma y la recuperación del colorismo de la serie de los setenta convirtieron a Gotham City en el Día del Orgullo Gay, lo cual es muy respetable pero supone una traición a la tradición oscura y fría que la saga había acuñado gracias la genialidad de Tim Burton. Ya por entonces la numerología de pacotilla estaba presente en la obra de Schumacher. La W, la letra 23 de nuestro alfabeto, se relaciona con una interrogación, con Enigma, nombre del supervillano interpretado por Jim Carrey.

La época posterior a las dos últimas películas de Batman, vuelve a caracterizarse por su eclecticismo, en donde dos adaptaciones de John Grisnam, uno de los especialistas de la literatura judicial, The Clean y Tiempos de matar le relacionan con el cine de David Lumet, aunque salvando las distancias. Mientras tanto sus colaboraciones con Collin Farrell y una con Anthony Hopkings se salvan con aceptables beneficios económicos y pésimas críticas, pero será sólo Asesinato en 8 mm, el que le devolvería parte de su prestigio perdido tras la cuarta entrega de la saga del murciélago, Batman y Robin. Una de las claves del cine de Schumacher lo encontramos en el personaje interpretado por Joaquin Phoenix.

-  Mire yo no sé lo que está buscando, pero para que quede claro desde el principio, yo soy hetero.
- Felicidades.
- Gracias. Pero puedo buscarle un rollo. Usted diga el vicio y yo le diré el precio.

En El fantasma de la ópera, Schumacher se siente como pez en el agua entre máscaras, plumas y terciopelo, por lo que serían los patrones de vestuario y no los numéricos a los que debía que dedicarse el director, porque en lo que respecta a lo segunda, se debe tener una concepción del mundo menos frívola y sobre todo no dejarse engañar por esoterismos propios de Iker Jiménez. Esto lo descubrimos en su última película, El número 23, una pesadilla en torno a la esquizofrenia que produce la numerología. ¿Qué ocurre si toda tu vida está relacionada con el número 23? Bueno, al menos eso es lo que le sucede al sufrido protagonista, interpretado por Jim Carrey.