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Bien a dos ruedas o con cuatro de ellas, el road movie se ha identificado como un canto a la libertad, una poética necesidad de romper con el pasado, dejar atrás las ataduras de una vida sumida en la rutina, que los protagonistas lo consideran tanto como un viaje iniciático o desde la lejanía de la experiencia de quien ha vivido tanto.  Como expresión de los ideales surgidos en una de las décadas más contestataria como los años 60 e influidos por el modo de pensar del movimiento hippy, el road movie funciona como un intento de alcanzar la libertad (Easy rider, Dennis Hopper), así como presentando los resortes en donde unos personajes desorientados se enfrentan a su propio destino; este es el caso de Carretera asfaltada en doble sentido o The brown bunny, de Vicent Gallo, filme que tuvo en su momento el marchamo de ser la peor película proyectada jamás en Cannes, mientras que para quien escribe se tratase de un clásico por derecho.

Los años de la Gran Depresión configuraron el caldo de cultivo idóneo para entresacar en la pantalla a personajes que deambulaban sin retorno fijo, sin más pretensiones que la mera supervivencia o con destellos, más o menos concretos, de rebeldía, de sinsentido hacia la justicia y animadversión hacia el sistema y sus instituciones. Individuos anónimos, por lo general, o voces carismáticas que pusieron música y letra a inquietudes individuales y sentimientos colectivos. Eran los tiempos en que los trenes de mercancías se llenaban de mendigos y de buscavidas, desarrapados de cualquier condición que buscaban estímulos suplementarios en el interminable juego del gato y del ratón, burlando a los celosos empleados de las compañías ferroviarias. El propio cine, en la espléndida Los viajes de Sullivan, Preston Sturges reflexionó sobre si mismo y el sentido de la comedia y del drama, alrededor de la aventura didáctica de un escritor de éxito, decidido a experimentar en carne propia los sinsabores de la pobreza extrema.

- Buenas tardes. ¿Vais a viajar muy lejos? ¿No os importará nuestra compañía?

Con el paso del tiempo, los caminos cambiaron a los mendigos por otro tipo de aventureros más cercano a la generación beat de Jack Keurac y compañía, que desembocó en el mundo contracultural de los hippies. Uno de los mejores testimonios cinematográficos lo representaba el road movie, y la película emblemática de la época, Easy Ryder (Dennys Hopper).

- Lo que representáis para ellos es la libertad.

- ¿Y qué tiene de malo ser libre? Todo el mundo la quiero.

- Sí, desde luego, todo el mundo la quiere pero una cosa es hablar de ello y otra muy diferente es hablar de ello.

                 

Estas reflexiones tuvieron un resurgimiento desigual en los 90, con algunas referencias interesantes en Mundo perfecto (Clint Eastwood), pero sobre todo en Thelma y Louise, un alegato feminista que tuvo como antecedente una de las películas menos conocidas de los sesenta de Martin Scorsese, Alicia ya no vive aquí.

- Mamá, ¿estamos ya en Arizona?

- Si sigues preguntando eso, sales por la ventanilla. Quédate sentado y disfruta de la vida, que la vida es corta y tú, un pesado.

 Sin embargo, es en esos momentos cuando se extiende este denominado subgénero a otras producciones dirigidas, en parte, por la filmografía del cineasta iraní Abbas Kierostami. Con la excusa del viaje, el director retrata un bacheado camino en donde personajes deben enfrentarse a una serie de reflexiones que luego aparecerían en cinematografías de otras latitudes. Algunas de estas, y sobre todo debido a la característica fisonomía el paisaje de su país, el road movie es mucho más que el sentir generacional de un puñado de realizadores. En este sentido, en Argentina muchos autores tienen en este subgénero una parte importante de su filmografía. Carlos Sorín, aprovecha los espectaculares paisajes patagónicos como escenarios para actores no profesionales, cuyos personajes hallan el sentido de sus vidas en un viaje.

- ¿Qué haces acá?

- Estudio la vida.

- ¿La vida?

 El también argentino, Carlos Trapero, toma esta peculiaridad para recorrer el país durante la crisis del corralito, en Familia rodante, del mismo modo que Henry Fonda atravesaba los Estados Unidos en los años de la Gran Depresión, en Las uvas de la ira (Jhon Ford). Pero el existencialismo viajero tiene otro importante referente cinematográfico, el del último viaje. Huida a ninguna parte o búsqueda de los cabos sueltos, en los que sus protagonistas presienten el final del camino, con un clásico título referencial: Una historia verdadera.

- Algo bueno tendrá envejecer.

- La verdad es que no se me ocurre nada bueno en quedarse ciego y cojo al mismo tiempo, pero a mi edad ya he visto casi todo lo que la vida puede ofrecer.

A bordo de un peculiar medio de transporte, una máquina cortacésped, un anciano recorría todo un Estado en un último viaje, similar al que emprendía Jack Nicholson en Mr Smith. Sin embargo, este tipo de road movies entre delirantes y existencialistas es una marca de la casa del cineasta David Lynch. En Corazón salvaje, el particular realizador propone una psicodélica montaña rusa, con la historia romántica de fondo. Por último, el relato on the road nos lleva a tema del inocente perseguido (El fugitivo, por ejemplo); películas que llevan a diversos cambios de escenarios por medio de desplazamiento en trenes, autobuses y otros vehículos.