20090106132718-4896.jpg

- Le habían acusado de esos robos y de los diecisiete asesinatos que afirmaba haber cometido, el cinco de septiembre de 1875, Jesse James cumplió los 34 años de edad.

Siempre que me acuerdo de la historia de Jesse James me viene a la memoria una curiosa anécdota del rodaje de la película Duelo al sol, de King Vidor, sobre todo en los momentos previos en que su productor, David O. Selznick, buscaba al actor principal que encabezase el reparto de este nuevo proyecto. En las memorias escritas de Gregory Peck, la conocida estrella de Hollywood señalaba que había quedado una tarde con el productor para comentar la historia de la futura película, coincidiendo con el funeral de una de las actrices colaboradoras de Charles Chaplin. Durante todo el viaje el actor le ponía en conocimiento todos los asesinatos que acusaban al personaje sobre quien iban a rodar el film, así como otros homicidios que a este pistolero se había atribuido. Pero David O. Selznick no dijo nada. Sólo al final del funeral, se acercó a Gregory Peck y le susurró: "Son demasiados muertos". "Pero, ¿ha muerto alguien más?", comentó sorprendido el actor. "Son demasiados muertos los que aparecen en la historia", respondió finalmente el productor.

Mis primeras impresiones sobre esta película fueron ambiguas, dando fe que los films más grandes de la historia del cine poseen casi siempre títulos pequeños y contundentes (Ciudadano Kane, El Padrino, El apartamento), un enunciado tan abusivamente largo como explícito y solemne, me resultaba extraño. Pero por otra parte, puede presagiar seriedad cuando templos tan alérgicos al género del western, como son los Festivales, -en concreto la Mostra de Venecia- conceden el honor de incluir una película del Oeste entre su seleccionado repertorio. Lo que indica que este último trabajo de Andrew Dominik se centrará más en las formas que en el fondo, con un lenguaje artístico.

Además, el propio título ya nos está poniendo en aviso. Gracias a él, sabemos exactamente lo que nos va a contar, conocemos el final y la catadura de cada uno de los personajes. La literalidad de su enunciado anuncia la sinopsis de la película para que nadie se lleve a engaño: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Sin espacio para el suspense, con un despliegue de la historia bien conocida que resulta de la novela de Ron Hansan, adaptada al celuloide por el propio director.

              El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert

Por tanto, las previsiones se cumplen. El realizador, amparado por la producción y protagonismo de Brad Pitt -desde Seven obsesionado por conseguir guiones prestigiosos que otorguen verdadero arte a su comercial carrera-, dirige un western del que chorrea psicologísmo por los cuatro costados. Un intento de ser deslumbrante desde el punto de vista estético, desmitificador, con permanente exhibición del estilo, con una narrativa que intenta combinar realismo, pero también lujo y un afán lírico. Igualmente ha necesitado de un excesivo metraje de 160 minutos para que no se le quedara nada en el tintero, para que su obra llegase a buen puerto tal y como la concibió. Parece que nadie le ha podido convencer de las virtudes de la síntesis, la necesidad de la elipsis y los milagros que puede lograr el montaje en los proyectos vocacional y excesivamente ambiciosos. Es una película con cierto poder de fascinación, pero que también me hace consultar en la oscuridad de la sala más de una vez el reloj, síntoma inequívoco de que el tiempo no vuela, de que estás deseando que no se prolongue hasta el infinito el ya conocido final. Lo mismo me sucedió con otra película de factura titánica, ambiciosa y sobrevalorada hasta el exceso, Titanic de James Cameron, con mucho más metraje del necesario a pesar de que todo el mundo ya sabía previamente su final. A pesar de naufragar como el famoso trasatlántico, el filme cosechó un envidiable record de Oscars. Será que a los académicos de Hollywood eso de desmitificar historias más que manidas es una garantía de éxito. Lo que seguramente tuviera en mente el propio Brad Pitt, que quizás vea su interpretación dirigida a la alfombra roja de los Oscars.


Andrew Dominik debe de considerar muy frívola aquella compleja certidumbre fordina de que prevalezca la leyenda sobre la realidad. Borges ya se encargó por escrito de demoler, en su Historia universal de la infamia, el mito del buen ladrón que acompañaba a Billy El Niño. De Jesse James no contó nada, pero si lo hubiera hecho también saldría malparado. Pero en el cine y en la cultura popular, el forajido confederado Jesse James gozó de una aureola intocable durante mucho tiempo, de encarnar el terror de los poderosos como la solidaridad y el heroísmo para los desheredados.

Walter Hill no sembró dudas sobre la ejemplaridad de los idolatrados hermanos James en la turbia Forajidos de leyenda. Andrew Dominik no se permite el dilema de la duda. Entra directamente con el bisturí en la personalidad de aquel jinete en la tormenta que suponíamos épica y transgresora, encarnación de las causas perdidas. También sabíamos que se lo cargó por la espalda uno de los suyos,  un villano con hambre de dólares, fama y trascendencia histórica.

- Sus amenazas dejarán pronto de ser importante. Seamos nosotros quienes se hagan ricos con él.
- Pero, ¿no es amigo nuestro?
- Asesinó a Ed Miller y matará a quien se ponga por delante si tiene oportunidad. No es más que un ser humano.

A pesar de la historia, nos quedamos con Patt Garrett y Billy el Niño de Sam Peckipah, con la que comparte equivalencias muy interesantes. Ambas cintas cuentan la historia de un traidor (Patt Garrett, Robert Ford) que termina asesinando a una figura mítica del old west (Billy el Niño, Jesse James) después de haber recorrido juntos, con más o menos fecunda amistad, un largo trecho vital. Las dos se ocupan de narrar no la historia que convierte en mito al personaje traicionado, sino los últimos tiempos de éste, cuando el outlaw vive ya en retirada, progresivamente aislado y acorralado por la ley. Las dos convierten al traidor en una gran figura trágica, atrapada en el espesor de la mitificación y la realidad cotidiana, sujeto de contradicciones internas y psicológicas que lo dominan y que condicionan su comportamiento. Los dos ponen en escena el proceso que conduce a la traición con explícita y deliberada forma ritual, plenamente conscientes de que la materia narrativa deriva de la leyenda.