Es una historia ya ha sido contada muchas veces antes, algunas de ellas filmadas por grandes del séptimo arte. Henry King (Tierra de audaces), Fritz Lang (La venganza de Frank James), Sam Fuller (Balas vengadoras), Nicholas Ray (La verdadera historia de Jesse James). ¿Qué sentido tendría entonces volver a contar de nuevo unos sucesos que han ingresado de pleno en la leyenda popular y que son de dominio público?

 Detengámonos en la idea de leyenda y volvamos de nuevo a la cuestión narrativa para responder al interrogante. El relato avanza parsimonioso, el tiempo se dilata y se expande. Dominik pretende lograr una historia desmitificadora, veraz y que deslumbre arrojando al exterior aquellos rasgos identificativos del mito que había acompañado a esta figura histórica. Pero todo es aquí liturgia y rito, escenificación y ceremonia. No importa lo que sucede, los hechos, sino cómo suceden, cómo se escenifica el relato y cómo se filma el desenlace de uno de los outsiders del western clásico más conocidos. De ahí que el tiempo del mito deje paso al tiempo de la representación: el ocaso de Jesse James da ocasión para definir la puesta de escena del crimen, la traición del que Robert Ford hizo caja durante mucho tiempo, interpretándose a sí mismo en los teatros, quizás para buscar la legitimización de su asesinato en la proyección mediática.

 
En este sentido, la vieja épica del western, hija de una civilización contemplada desde la perspectiva de la nueva sociedad industrial (la narrativa popular, el Hollywood clásico) es desplazada por una representación kistch, frente a un espectador que busca en la historia la nostalgia de los viejos mitos. Dominik retrata el reverso tenebroso del mito y las tortuosas razones de su matador. Consigue que sintamos adversión hacia Jesse James, carne de psicoanálisis, pero tampoco el traidor Robert Ford te incita a compartir su patetismo y sus angustias. Mitómano frustrado, con necesidad de interpretar el asesinato que cometió para su propia supervivencia, aunque al lado de su infame víctima parece dolorosamente humano. En realidad, esa relación de amor-odio que tiene el traidor Ford con el pistolero Jesse James aparece tratada más como una tragedia griega que como una película del Oeste.


Al fin y al cabo, uno de los temas claves del filme es la idea de la fama, que forma parte de la leyenda y la historia: cómo afrontar la fama. Tenemos, por una parte, a un hombre atrapado por su fama: "Contemplo mis manos ensangrentadas y mi gesto malvado y me pregunto por qué ese hombre se ha equivocado tanto", y a un joven obsesionado con ella, que ha sido humillado y que ve en la fama una salida.

- He sido un donnadie toda mi vida, el niñato, al que hacían promesas que nunca se cumplían y, desde que tengo memoria, Jesse James, ha sido grande como un árbol. Sé que estoy preparado para esto, Jim, y voy a cumplirlo.

Por eso, se acerca a Jesse James, la estrella del momento, pero se siente rechazado y termina destruyendo todo aquello que más ama.

- No me puedo creer que esté aquí sentado con Jesse James, me he pasado muchas esperas despierto, sin poder dormir, boquiabierto leyendo acerca de tus aventuras.
- Son todas mentiras.
- Es interesante como tu y yo coincidimos en tantas cosas. En realidad tenemos más en común de lo que crees. Eres el menor de los tres hermanos James y yo el menor de los cinco hermanos Ford. Tienes ojos azules, yo tengo ojos azules. Tu mides 1,77 y yo mido lo mismo.
- No lo entiendo, quieres ser como yo o quieres ser yo.
Hay dos incidentes en los que los historiadores norteamericanos no se ponen de acuerdo en cuanto a su significado y trascendencia. Es cierto que Jesse le dio le dio a quien iba a ser su asesino el arma con que le dispararía unos días después.
- Coge esto, Bob, ¿Lo vas abrir? A lo que quiero decir es que últimamente mi paranoia me ha llevado a ser un grosero contigo y me agradecería que aceptaras este revólver en desagravio.
- ¿Sabes?, yo podría ser más grosero en tu lugar.
- No, ¡qué va!, yo no he sido correcto, ni me reconozco cuando me enfado.

Por otro lado, está el hecho de que se despojase de su cinturón, algo que nunca había hecho, nunca iba desarmado, salvo en el momento de su asesinato. Una de las razones por la que se convirtió en una leyenda fue por la forma de morir y durante mucho tiempo. Todo lo que se sabía de él era a través de los cómics y la literatura, que ofrecía una idea bastante parcial de su vida y su asesinato.
 
- ¿Por qué está tan nervioso tu hermano?
- ¿Cuál?
- Bob.
- El es así, ansioso.
- Puedes seguir durmiendo.
- Pero ahora es a mí, al que has puesto nervioso.
- Sí, no hay paz si el viejo Jesse anda cerca.

 Pero Robert Ford descubrirá con sorpresa, subido en los escenarios, una América que no quiere traidores, porque sólo añora a los héroes, aunque estos sean unos criminales. De forma coherente, la retórica de la escena termina por desvelar la inutilidad del gesto.

 Brad Pitt, actor notable sobre todo si no anda pendiente de la taquilla y de su magnética y millonaria imagen (es decir mucho mejor en Seven y Babel que en la saga de Ocean´s), se esfuerza en que le odiemos, en destacar sus intensos silencios, una interiorización a lo Actors Studio. Seguramente espere estar nominado al oscar con su trabajo, su interpretación de un personaje cruel y paranoico, un pistolero aventajado y atormentado, aspirante a pequeño burgués, buen padre y marido, desleal a casi todo, sin ninguno de los atributos líricos que caracterizaban a los fronterizos. Y quizás, consiga incluso llevarse la preciada estatuilla a casa. Pero puestos a elegir prefiero al inquietante Cassey Affleck, hermano de Ben Aflleck que, por cierto, le reservó un papel bastante interesante en su debut en la dirección Adiós pequeña adiós, película que llega a las salas de los cines al mismo tiempo que el filme de Dominik, precedida de una intensa repercusión mediática.

 Volviendo al trabajo de Andrew Dominik, la caracterización de los personajes está muy lograda, la ambientación es primorosa, con una atmósfera y un tono que hipnotiza a ratos. Es cierto que esta sorprendente, extraña y sugerente película no conecta demasiado con los modales más convencionales del cine actual de gran espectáculo, pero lleva dentro suficiente material visual, estética, narrativa para integrarse, con pleno derecho, en la filmografía más distinguida y significante del western. Y lo demás como en cualquier otra película hollywoodiense, buena fotografía y una melodiosa banda sonora. Sin embargo, sus 160 minutos resultan excesivos.