Desde la primera secuencia, con el inolvidable personaje de Francisco Rabal, corriendo por el bosque mientras responde al reclamo de una lechuza, a la foto de familia de esta peculiar película, acompañando a los créditos iniciales, junto con la música sentimental y nostálgica de Antón García Abril, se da inicio a este friso rural tan nuestro, en donde los tópicos y clichés de España más profunda conecta en un film mítico, llena de crudeza, nostalgia y ternura. 

- La "c" con la "a" no hace "za", sino "ca"; la "c" con la "o" no hace "zo", sino "co". No son caprichos. El señorito dice que son cosas de la gramática y que si tenemos alguna duda se lo preguntemos a los académicos.

- ¿Por qué, papá?.

- Como la "g" con la "i", no hace "gui", sino "ji", como la risa, cosa de los gramáticos. 

Basada en la novela  escrita por un clásico de la literatura española contemporánea, Miguel Delibes, quien también colaboró en el guión, y dirigida por un cineasta que representa lo mejorcito del cine patrio, se ha convertido en todo un mito de nuestra cinematografía, por mantener intacta su fuerza para conmocionar al espectador. La diferencia con respecto a la novela es que en un par de páginas se atomizaban una serie de acontecimientos, aunque siempre con la atención del propio escritor que incidió en algunas pautas del argumento, por ejemplo en la importancia del personaje de Azarías (Francisco Rabal). 

- El señorito me ha despedido.

- ¿Qué te ha despedido?.

- Dice que ya estoy viejo. 


Los Santos Inocentes es una de esas películas que consiguió llevar a la sala, tanto a los que suelen atraerles este tipo de cine como a los que no, por algunas de esas imágenes que lograron pasar al imaginario colectivo de nuestro país.  Un filme que gana por momentos hasta alcanzar escenas muy emotivas sobre todo gracias a la excelente composición de sus actores. Para contemplar la actitud servil de Alfredo Landa, el desconfiado gesto de Terele Pávez, las caprichosas maneras de Juan Diego, los inquietos andares de Agustín González o la magnífica calidad humana de Paco Rabal. De hecho, regresó del festival de Cannes con el compartido premio a la mejor interpretación junto Alfredo Landa. (Presidente del Jurado: Dick Bogarde) - ¡Qué la Milana se me ha escapado!

- Déjala que se vaya.

- No, no, no quiero que La Milana se me vaya. Milana bonita. 

Una película que fue un éxito de crítica y público, al lograr calar hondo en la sociedad española, pues la realidad de la que hablaba tanto el filme como la novela de Delibes todavía seguía en la memoria, el de un país rural que aún estaba en la trastienda de la mayoría de las familias, de costumbres que minaban la dignidad de quienes la padecieron. 

- ¿Cómo está la familia, Facundo?

- Con salud, señora, gracias a Dios.

- ¿A ahuecado?- Este año, Dios no lo quiso, señora. Seguimos con los ocho.

- Pues que sean nueve, Facundo, que sean nueve. Dios lo querrá.  

                                           

Los santos inocentes reinventó el drama rural español, confirmó el nuevo rumbo de la trayectoria de Alfredo Landa y nos mostró de nuevo a un gran actor de nuestro cine como es Paco Rabal, que tuvo la posibilidad de reinventarse a sí mismo de manera magistral, junto a un elenco de grandes actores que encarnaron a personajes por los que se les recuerda, recortados por la fotografía dura y cerebral de Hans Burman y rodeado de la dirección artística  de Rafael Palmero. Profesionales del cine español, cómplices de Mario Camus y conjurados para hacer una historia de amos y siervos, gañanes y señoritos. - A mandar, para eso estamos. Para poner en imágenes la obra de Delibes, el cineasta empleó un montaje analítico junto a algunos incisos temporales que le dan enorme precisión a este drama rural. Por lo que sus limpias imágenes, sin concesiones, aparece impreso por una sobriedad muy acorde con la novela, para encontrarnos ante una de las mejores películas de democracia. La adaptación está muy lograda, a pesar de que al traducir el relato del autor vallisoletano, tuvieron que modificar algunos pasajes importantes. De hecho, termina el filme, igual que la novela, con una muestra de violencia frente a la soterrada y continua que es ejercida por los amos, los caciques, representado por principalmente por el personaje de Juan Diego, a lo largo de la cinta. Parece la imposición de una ley antigua, salvaje, al ahorcar al señorito Iván en medio de campo, como la catarsis de este personaje bíblico, Azarías, casi un niño, siempre azotado por esta especie de Iván el Terrible, que como curiosidad, en los estrenos, el público respondía con una evocación expresada ante la imagen de este personaje. José Luis Guarner en su ensayo Escritos sobre el cine español: 1973-1987, la filmografía de aquella época todavía estaba bajo el influjo de la guerra civil, los traumas generacionales, la amargura de los explotados, junto a otros temas hasta entonces prácticamente inexistentes y tabú en el cine español. Surgía, ahora, una línea estética más dramática, llena de unhappy ends, naturalista y severamente comprometida. De los autores más relevantes destacaron dos Carlos Saura y Mario Camus. Mientras que el primero realizaba un cine crítico y muy hermético, con algún drama rural en su haber, la filmografía de Camus tenía preferencia por las incursiones literarias: La Colmena y Los Santos Inocentes.