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Segunda colaboración entre el actor Ryan Gosling y el particular cineasta establecido en el neo-noir desde un estilo posmoderno, “Solo Dios perdona” (2013), película que supuso una indignante sorpresa para una parte del público y de la crítica después de quedar maravillados por “Drive” (2011). Pero, ¿por qué un título como Drive fue aplaudido de forma tan vehemente mientras “Solo Dios perdona”, fue recibido con dureza por mostrar una violencia atávica e irreal que encontramos, por ejemplo, en Tarantino? Las valoraciones suelen estar condicionadas por un sentido inflamado y así apreciamos o prejuiciamos, algunas veces, sin el merecido conocimiento de alguna película. Este sería el caso de “Solo Dios perdona”.

Julian (Ryan Gosling) regenta un club de boxeo que le sirve de tapadera para todo tipo de mercancías ilegales. Pero cuando su hermano Billy (Tom Burke) aparece muerto, tras verse involucrado en la violación de una menor, su psicópata madre Crystal (Kristin Scott Thomas) le presionará para que vengue su muerte. Eso sí, estará perseguido por un policía retirado, Chang (Vithaya Pansringam), que intenta esclarecer el caso.

La intención de Winding Refn era rodar Solo Dios perdona antes que Drive,  e incluso había pensado en otro actor para protagonizarla, pero el escogido, el británico Luke Evans se retiró del proyecto por El Hobbit. Fue entonces cuando fue fichado Gosling, quién se trasladaría a Tailandia para aprender Muay Thai y prepararse el personaje. Con Julian (Ryan Gosling) al igual que en “Drive”, el actor volverá a interpretar a un personaje silencioso y de rostro impertérrito que apenas cuenta con una veintena de frases en toda la película.

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Una irreconocible Kristin Scott Thomas interpreta a una matriarca White trash, muy alejada de los personas sofisticados y elegantes que suelen ofrecerle (El paciente inglés, Anthony Minguela). Una mujer que sentirá un desprecio por la novia de Julian, Mai (Rhatga Phongam).

Pero en esta aventura posmoderna se cruzará un violento policía retirado, Chang, interpretado por un especialista en artes marciales, que pasa el tiempo imponiendo su propio sentido de la justicia y cantando en un local de karaoke.

-Ha llegado la hora de conocer al Diablo.

El director.

Resultado de imagen de solo dios perdona Nicolas Winding Refn

Nicolas Winding Refn es un director danés que saltó a la fama con la trilogía “Pusher” (1996) y luego vendrían películas como “Fear X” (2003), inédita en España, con John Turturro como un viudo visionario; Bronson (2008), con un brutal Tom Hardy; y Valhalla Rising (2009), con un de sus actores fetiches, Mads Mikkelsen. En 2011, el director ganaría en Cannes el premio al Mejor Director por “Drive”.

Un estilo con criterio.

Hace unos años publicaron en el prestigioso The New Yorker un artículo, escrito por un tal Richard Brody, sobre el legado negativo que tuvo “El padrino” en las generaciones posteriores de cineastas. Brody destacaba peyorativamente el estilo de Coppola, señalando el carácter barroco y categórico de sus imágenes y haciendo hincapié en la violencia que heredarían directores encuadrados dentro del cine posmoderno como Tarantino o Winding Refn. 

Quizás la soberbia “Drive” –que fue considerada como una bocanada de aire fresco- hubiera puesto el listón demasiado alto, pero tampoco la segunda colaboración entre Gosling y se merecía el recibimiento que tuvo. Drive fue aclamada por todos, cuando muchas de sus imágenes y estilo remitían a filmes desde el precedente más claro, “Drive” (Arthur Miller) a los viajes nocturnos en coche de “Gosth dog, el camino del samurái” (Jim Jarmush).

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En este sentido, resulta más que evidente la dedicatoria que Winding Refn dirige a directores como Alejandro Jodorowski o Gaspar Noé. El primero era representante de la contracultura, un escritor, director, escritor y tarotista, creador de un universo lisérgico, mientras que el cineasta francés representa el cine posmoderno, con una última película Enter the void (2009) con algunos puntos en común con Sólo Dios perdona. Ambas se desarrollan en ciudades cosmopolitas con ambientación exótica –Tokio y Bangkok-, con historias centradas en traficantes de drogas. Pero, evidentemente, ese estilo pausado que precede al gesto violento le acerca mucho al cine de Quentin Tarantino (Reservoir Dogs) y la puesta de escena alucinada, es propia de un David Lych pasado de revoluciones –habrá quienes recuerden el playback de Dean Stockwell de Terciopelo azul en algunas de las canciones de karaoke que luce Chang-.

Pero lo que más ha llamado la atención, es el tratamiento de una violencia irreal como sus personajes, que responden a arquetipos, con algunos instantes de puro gore como aquel en que Ryan Gosling mete la mano en el vientre de su madre muerta. Eso sí, otras veces el punto de vista marca algunas de las secuencias más provocadoras: se trata de la escena del interrogatorio que mantiene el policía con el propietario norteamericano de uno de los locales. Consiste en una tortura, que consiste en clavarle diversos instrumentos puntiagudos en diferentes partes de su cuerpo, mientras obliga a los hombres, que se encuentran en el local, que no dejen de mirar, y sugiere a las mujeres que cierren los ojos. El punto de vista que toma el director es de esas mujeres que optan por cerrar los ojos y que se imaginan lo que sucede por los gritos y efectos de sonidos que Winding Refn crea para la ocasión.