El 13 de marzo de 1996, hace veinte años, fallecía Krzsysztof  Kieslowski, uno de los grandes realizadores polacos, que logró un estilo personal y un cine con mayúsculas; capaz de  inculcarnos el deseo de que nos invada Polonia.

Kiesloswki nace el 20 de junio de 1941, en Varsovia, cuando la ciudad estaba ocupada por el Tercer Reigth y optaría por el cine, después de renunciar a sus sueños juveniles de ser bombero. Ingresó en la  prestigiosa “Escuela de Cine de Lodz”, donde se formarían otros grandes cineastas polacos como Andrzej Wajda o Roman Polanski, y emprendió su carrera con el documental cuyo contexto social estaría marcado por el lenguaje de lo cotidiano.

Entre 1968 y 1980, produjo una diversidad de historias documentales, destacando Zdjecie  (1968) y Bylem Zolnierzem (1970), en la que rastreaba la difícil adaptación a la vida normal tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras que en Punto de vista del vigilante nocturno  (1977) mostró la condición del poder en los contextos cotidianos explorando la mirada de un vigilante nocturno de una industria, como  imagen de la actividad diaria bajo el orden y la disciplina y la exploración de la vida privada.

                                                              

Durante estos años su cine documental  describía las angustias cotidianas de una sociedad de posguerra. La intelectualidad polaca percibió los aires de cambio y la crisis del comunismo, cuya transformación estaba ligada con la política del régimen, sobre todo con el recrudecimiento de una crisis económica y social.

Desde entonces abandona su estilo documental e inicia el camino de la ficción, con películas (La cicatriz, Sin fin o El azar), que le empezaron a reportar un prestigio internacional, a través de festivales como el de Cannes o el de Venecia.

El decálogo y La doble vida de Verónica.

Kiesloswki empezó a ser reconocido mundialmente por dos trabajos: El decálogo y La doble vida de Verónica, su etapa de madurez cinematográfica. El decálogo (1988) es una serie para la televisión polaca en donde traslada los diez mandamientos a la Varsovia actual, en concreto a Stowki, donde se encontraban unos bloques de apartamentos de la posguerra.

Unos mediometrajes de poco menos de una hora en donde plantea los dilemas morales, surgidos de cada uno de los diez mandamientos cristianos (No matarás, no robarás, etc…) y dominados por un existencialismo muy en la línea de Kierdeergar. Musicalizados por su gran amigo Presvner, "Decálogo” fueron coescritos junto a Krzsysztof  Piesiewicz, el guionista de la “Trilogía de los colores”.

                                

El mito del doppelgänger, el tema del doble, aparece en la película “La doble vida de Verónica”. Una auténtica tradición cinematográfica y literaria que Kiesloswki recoge con un profundo existencialismo e intimismo. Una Verónica vive en Cracovia, la otra vive en París, pero a ambas les mueve una misma pasión: la música. Ambas son el reflejo de la otra, así que cuando la primera muera en su debut como cantante, la otra Verónica sentirá un gran vacío.

Su cine nos interroga a través de planteamientos abiertos y de unos símbolos, con los que busca la subjetividad de cada espectador para, al final, decidirse por un estilo intimista, regido por las sensaciones y estados de ánimo.  De hecho, en sus películas, Kiewlovski se preocupa por una mirada estética y humana. Esto lo consigue  a través del tratamiento de la imagen, el uso del color y los contrastes pero  también por el empleo de la música –siempre a cargo de su amigo Presvner -, y una técnica vanguardista, basada en imágenes-movimiento y en el silencio de sus personajes, logrando un esteticismo visual, con el que sus historias trascendían.

Al final, Kiewlovski se   instaló en Francia, en donde nacería la Trilogía de colores: Azul (Libertad), Blanco (Igualdad) y Rojo (Fraternidad), entre 1993 y 1994, el punto final de su filmografía. Relata las casualidades, las historias inesperadas, la búsqueda de algo que se ha perdido. De hecho, el cineasta despliega en estas tres películas sus grandes obsesiones como los encuentros casuales, la predestinación o el azar. También aparecen algunos detalles muy curiosos como la anciana a la que le cuesta tirar una botella al contenedor del vidrio. Algo querrá decir con ello, cuando lo repite en estas películas e incluso en su Decálogo. En gran medida, Kieslowski nos retrata la soledad, el desengaño y la  compleja  condición  humana envuelta en  las más sutiles  pasiones; y todo ello acompañada de tres grandes actriz que encabezan cada una de las películas: Kuliette Binoche, Julie Delpy e Irène Jacob.