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Con la cercanía de los Goyas, recordamos una de las películas que podrían auparse con los mejores premios de este año: Nadie quiere la noche, de Isabel Coixet. Esta temporada nos deja dos filmes protagonizados por mujeres, junto a la belleza, cruel y desmesurada de la naturaleza. La que aún está por estrenar, La reina del desierto  y Nadie quiere la noche, que presentamos en estas líneas.

-Si vuelvo atrás nada habrá tenido sentido, debo estar con él. Se tiene que terminar lo que se empieza. Y yo pienso acabarlo.

Hay una historia del cine que podría escribirse a través de las actrices más destacadas. El séptimo arte no sería lo mismo sin Ingrid Bergman, Anna Karina o Juliette Binoche, quien pertenecería a este estirpe de actrices, al trabajar junto a los mejores cineastas, desde Kievlowski a Abbas Kierostami, Michael Haneke, Oliver Assayas o Louis Malle.

Que Isabel Coixet se haya interesado por la figura de Josephine Peary es un acontecimiento. No tanto por el hecho de dirigir una película centrada en un personaje histórico, con los sobrados clichés que ofrece todo biopic, sino por el conflicto de la protagonista, y sobre todo por la particular localización de la historia que nos lleva directamente al Polo Norte. Tampoco se trata del primer personaje histórico encarnado por la actriz francesa; hace unos años interpretó a Camille Claudel, la escultora que mantuvo una turbulenta relación profesional y sentimental con Auguste Roden (Camille Claudel 1915,  Bruno Dumont).

Protagonizada por una de las grandes musas del cine europeo,  “Nadie quiere la noche” hace referencia a la noche polar. La historia sigue de cerca a la mujer de Robert Peary, el explorador estadounidense que en 1919 alcanzó el Polo Norte, demostrando el cine –una vez más- que detrás de un gran hombre, hay una gran mujer. Otro de los personajes casi desconocidos que salen a la palestra gracias al cine, para contarnos historias bigger that life; eso sí,  sin abandonar temas presentes en el cine de esta directora catalana, como la importancia de los hombres en sus películas, el romanticismo con un poso trágico o la infidelidad. Para ello, cuenta con el personaje de una joven esquimal, interpretada por la japonesa Rinku Kikuchi que ya había estada a las órdenes de la cineasta española en “Mapa de los sonidos de Tokio”.

La odisea de Josephine Peary.

Coixet, que era una autora por excelencia con un estilo muy personal, se está acostumbrando a escoger proyectos con guiones ajenos; como sucede con “Nadie quiere la noche”, escrito por Miguel Barros.  

-Es la naturaleza, es ella la que dicta las normas.

Debió ser una excentricidad en su momento que una dama de la alta sociedad abandonara su vida cómoda, para embarcarse en una expedición junto a su marido y cinco hombres más, la odisea real que viviría Josephine Peary en el Ártico. La propia Josephine escribiría en un libro de memorias sobre aquel viaje: “cuando vas por la ciudad piensas en cómo te verán, en el Norte, vistes para estar caliente y nada más”. El cambio de vestimenta es uno de los aspectos reseñados en el film, por el que “pasó de ser un pavo real a ser un perro”, tal y como describió la propia actriz.

De esa forma, dejaba atrás los sombreros, el corsé, los miriñaques y el polisón –una especie de almohadilla para resaltar el trasero, bajo el vestido- que identificaba su clase social. Seguro que la película de Isabel Coixet, la más ambiciosa hasta la fecha, marcará un antes y un después en la carrera de la cineasta como el personaje que encarna la intérprete francesa, de una forma sencillamente genial. Una película que ocupa un lugar de honor entre las nominaciones de los Goyas.

-Estos hombres no tienen dioses, pero tienen esto y eso más poderoso que cualquier Dios que puedan tener.

-¡Eso no tiene nada que ver, no lo hago por Dios, lo hago por el teniente Peary! ¡Y usted le juró lealtad!