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Una nación en ruinas. Adultos inflexibles hacia los jóvenes y adolescentes que se ven obligados a luchar hasta la muerte. Podríamos estar hablando de "Los Juegos del Hambre", pero lo cierto es que nos referimos a su más importante inspiración, el clásico japonés de culto, "Battle Royale", dirigida por Kinji Fukasaku y basada en la novela de Koushun Takami.

Se trata de una película, no apta para todos los estómagos, que hará las delicias entre cinéfilos curtidos en sangre y vísceras; espectadores de Disney, por favor, abstenerse. Una historia que lleva consigo un radical método educativo, olvídense de los conservadores planes de estudio del elitista Welton (El club de los poetas muertos), de los conflictivos institutos del Bronx o de las collejas que  se daban en los colegios de curas. La auténtica máxima de “la letra con sangre entra”, la encontramos aquí.

                                          

 Aclamada en el festival de Sitges –como no puede ser de otra forma con el cine de culto- con todo un despliegue de violencia y polémica, sigue al pie de la letra el manual de buenos usos y costumbres. Pero lo cierto es que una maravilla, una estética del exceso que no escatima encadenando emociones a través de una pura distopía con un grupo de jóvenes como protagonistas. Lo que si es cierto es que no podemos tomárnoslo demasiado en serio porque la película roza en algunas ocasiones el absurdo mientras que en otros momentos, nos pone en un vilo por su terrible planteamiento: En un Japón futuro, en donde los adultos han perdido el control de la juventud, el Gobierno plantea una medida extrema: La B. R. El plan es abandonar a un grupo escolar en una isla para que, literalmente, se aniquilen entre ellos con el fin de que solo permanezca uno con vida. La historia no es nueva, retoma la estructura de films como Rollerball, The running man e incluso encontramos ideas que aparecían en el clásico de la literatura: El señor de las moscas.

Pero son los estudiantes, y dos en especial, -Shuya Nanahara y Noriko Nakagawa (interpretados por Tatsuya Fujiwara y Aki Maeda) – el centro de la historia. Se presentan como una pareja romántica, pero la película no explota el romance. Junto a ellos surgen todo un mundillo de lealtades y traiciones a través de un conjunto de personajes arquetípicos. La guapa,  el paria, la chica dulce, la niña mala, el friki de la informática, el solitario, y el héroe, pero estas etiquetas no será lo único que los defina. La película es capaz de dar forma a los individuos como genuinos a través de sus preocupaciones y relaciones, a pesar de la brevedad en que muchos de ellos aparecen en pantalla.

                            

Vemos la paranoia, la venganza, la compasión y el anhelo por una aceptación. En el rostro de la muerte, la historia se convierte en un reflejo magnificado de la adolescencia y la humanidad. A un nivel más profundo, se nutre del conflicto generacional japonés mejor que cualquier otra película reciente. En una sociedad donde la tradición y el pasado se mantienen como un valor creciente, se utiliza una imagen sombría contra esta responsabilidad cultural, a cargo de un director septuagenario como Kinji Fukasaku, conocido por películas contra la hipocresía japonesa de la posguerra (como Batallas sin honor ni humanidad, dentro del popular cine de yakuza, o la parte japonesa de la conocida Tora, tora, tora).

Eso sí, el film no se limita a retratar a los adultos como villanos. También se presentan como influencias e inspiraciones, donde cobra importancia el personaje interpretado por toda una estrella, el actor y director, pero también showman, músico y presentador de uno de los programas televisivos más exitosos de todos los tiempos (“Humor amarillo”) Takeshi Kitano.