20151025022041-vygxu64hysazqiicojavbnjn5z4.jpg

El nombre de Georg Wilhelm Pabst seguramente no suene a casi nadie y de hacerlo sería por “Sucedió un 20 de julio” o acaso por “La caja de Pandora (Lulú)”. Fue un director que se atrevió a dirigir una versión musical de nuestro clásico “El quijote” y de los pocos grandes cineastas que prefirieron permanecer en Alemania, después de la guerra.

“Bajo la máscara del placer” o “La calle sin alegría” (Die freudlose Gasse, 1925) es un estudio descarnado de la posguerra vienesa de la Primera Guerra Mundial. Asfixiada por la inflación, la metrópoli austriaca se convierte en el dominio de todo tipo de especulación, en donde un avaricioso carnicero  aparece como el personaje central, cuya influencia negativa dominaba la vida en la calle vienesa donde se desarrolla. Entre los personajes secundarios encontramos a un profesor pobre, su  atribulada hija, un idealista voluntario de la Cruz Roja americano y una prostituta furtiva. Cada personaje es fotografiado de una manera simbólica subrayando su principal personalidad: el carnicero es fotografiado desde un ángulo bajo, haciendo hincapié  su poder corrupto, mientras que el profesor es fotografió con un plano largo, destacando la desnudez de su apartamento, y por extensión, de su vida.


Entre las estrellas del “La calle sin alegría” encontramos a Asta Nielsen y Werner Krauss, pero el lector mostrará más interés  por el personaje interpretado por una joven Greta Garbo. Por cierto, a pesar de las afirmaciones de algunos historiadores del cine, y de aparecer en muchísimas webs, Marlene Dietrich no aparecía como extra en la película.

El film de George W. Pabst es uno de los pocos ejemplos de cine expresionista alejado del terror (Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari) o de la ciencia-ficción (Metrópolis) para encuadrarse en un estilo realista de denuncia social. De hecho, sería un reflejo perfecto de lo que sería cualquier ciudad alemana o austriaca, al finalizar la guerra, en donde se apiñaban los más pobres en largar colas en busca de una comida que a veces no llegaba, mientras que los ricos derrochaban el dinero a mansalva. Pero nadie representaba la villanía, en la película, como aquel carnicero que explotaba a sus clientas, forzando a las mujeres más atractivas a pagar su mercancía a cambio de relaciones sexuales.

Continuamos con un reportaje, en dos partes, sobre el legado del expresionismo alemán, en Hollywood.