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"¿Sabes quiénes eran Carmen y Estrella? Antes de matarla las torturaron". Alberto Rodríguez realiza un cruce entre una buddy movie y un thriller rural, a través de un retrato de la Andalucía profunda de la Transición que convierte el paisaje en un personaje más. La isla mínima, título que podría pensarse en casi un mcguffin, alude a la cruda y brutal geografía en la que se mueve esta historia que abre nuevas perspectivas al relato criminal español utilizando elementos dispuestos de manera distinta en otras producciones cinematográficas o literarias. En este sentido, la cita a Truman Capote no es trivial, pues su obra “A sangre fría” es una de las cimas del trabajo literario-periodístico surgido de un crimen cometido en un contexto rural.

 La película es directa, e incluso incisiva, en algunos momentos, aunque con un ritmo casi sostenido y reposado, como sus dos protagonistas aunque esté mejor reflejado en el personaje interpretado por Javier Gutiérrez que anda y habla lento pero inquietamente, oprimido por una tensión interior que se intuye como sucede en ese pueblo de carácter infeccioso: la corrupción de los terratenientes, la miseria del pueblo y la presencia de la droga (tema clave en el director).

 -¿Quién fue?

-Usted no sabe cómo se organizan aquí las cosas.


 Sus dos personajes principales son dos policías de Madrid que van a un pueblo de Sevilla a resolver lo que parece una desaparición de dos hermanas (y luego será un brutal doble crimen), es decir, van de la capital a lo que consideran la periferia. Resulta significativo cómo, al principio de la película, uno de ellos guarda en un cajón el crucifijo con la foto de Franco que preside la habitación del hotel donde se alojan. “Es como otro país”, comentará su compañero. La idea no es baladí porque representa una etapa de transición dentro de la propia historia tal y como ya presentasen director y guionista en su anterior trabajo “Grupo 7”. Hay una continuación, sino argumental, sí temática y atmosférica que deja al espectador una sensación de ya visto.

 Su relación del sevillano con la capital hispalense, y su entorno, se remonta a sus primeros trabajos como aficionado junto con su compañero Santi Amodeo (el corto Banco) y ha continuado en sus películas en solitario (Siete vírgenes, Grupo 7 y La isla mínima). Aquí la marginalidad y la violencia se han ido estrechando en su filmografía, primero con unos jóvenes como protagonistas, que eluden la realidad a través de los excesos, y luego con dos historias policiacas. “Grupo 7” es una cinta de acción, sumamente dinámica, en la que un grupo de policías tienen como misión reducir la criminalidad y, sobre todo, limpiar las calles de la droga, en el contexto de la Expo de 1992.

 -¿Cómo habéis sido el grupo de la policía con más número de intervenciones?

                               

 Cuatro policías de paisanos imponen su propia ley para limpiar las calles de Sevilla, en los años previos a la Expo del 92, un evento que cambió la fisonomía de la ciudad.

-El año que viene hemos acabado con la droga de esta ciudad.

 En cuanto a La isla mínima es un film ambientado en las Marismas del Guadalquivir, con ligeros ecos a El séptimo día, película que -inspirada en la matanza de Puerto Hurraco- pretendió hablar de una España ancestral, cuya tierra reclamaba la sangre de sus habitantes. E incluso del citado Truman Capote, en el personaje del periodista que acompañará a los policías, hasta llegar al cine americano con True detective (eso sí, posterior a esta película), serie creada por Nick Pizzolatto, con dos personajes principales, dos policías torturados y torturadores, encarnados por Mathew McConaughey y Woody Harrelson. Serie que comparte con el film español un aire de thriller rural, el carácter de buddy movie y la descripción de la América más que profunda, hundida.

-¿Qué está pasando aquí?

-Las mata, las descuartiza y las tira al río.


Se repite también, de Grupo 7, la relación entre el veterano y el joven policía, entre el que ya va de vuelta de todo en la vida y el que ansía ascender para lograr un buen destino cerca de su familia. Si antes eran Antonio de la Torre y Mario Casas, ahora  son Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, quienes representan esos roles. El primero es un antiguo miembro de la político-social -la “Gestapo de Franco” como comenta el personaje del periodista-, de la que hereda sus métodos duros y su turbio pasado, y el otro es un joven policía que representa los nuevos tiempos. Repitiéndose un convencionalismo en este último personaje, el de la paternidad que vemos fuera de campo, a través de unas oportunas llamadas de teléfono. Recordamos el tema de la paternidad en Grupo 7, en el personaje interpretado por Mario Casas.

De los actores secundarios que acompañan a Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez, destacamos al malagueño Antonio de la Torre y al gaditano Jesús Castro, completo desconocido ascendido a actor tras su éxito fulgurante en la película El niño.

A pesar de ser un buen guion, no es redondo porque cuenta con algunos hilos deshilachados de la trama aunque es cierto que este circo de dos pistas (una historia central con dos pequeñas subtramas dentro) aprueba con nota.