20140711145143-la-ventana-indiscreta-4.jpg

 Ya era el mejor director (y hablo de director, no de autor) del cine británico cuando lo llamó el productor David O. Selznick, emprendiendo su segunda etapa de su filmografía con películas con Rebeca o Sospecha, pero su inmensa fama todavía estaría por llegar y vino de la mano de dos críticos franceses –que lo que realmente querían hacer es cine- Claude Chabrol y Eric Rohmer, con un libro –la primera monografía sobre el realizador británico de muchas por llegar- llamado Hitchcock, asombrados por el talento del nuevo cineasta que empezaron a considerarle como un gran autor. Y lo cierto es que a la fecha de esta publicación, aún le quedaban algunas de sus obras maestras: Vértigo, Con la muerte en los talones o ésta, a la que nos vamos a aproximar.

Uno de los grandes inconvenientes que tiene el cine de Hitchcock es que de todas sus películas se ha dicho prácticamente de todo, de ahí que sea muy difícil presentarlo con una cierta originalidad. Es el film en donde depura al máximo su propio estilo, una de las dos favoritas de François Truffaut, quién se consideraba un auténtico apasionado de su cine. Es la primera vez en la que insinúa el toque de erotismo que desarrollará en películas posteriores como Marnie la ladrona y una de las colaboraciones con uno de sus actores fetiches, James Steward, después de La soga.

 Un tema recurrente y un prodigio técnico.

 Hitchcock puso de manifiesto a ese mirón que todos llevamos dentro, mostrando cómo la curiosidad obsesiva podía traer consecuencias nefastas, ponía en otros personajes el interés por mirar a los demás. Lo que parecería un recorrido roussoniano por la condición humana, esconde también un crimen espeluznante cometido en una asfixiante ola de calor. 

 

 

            La Señorita Torso                                       Señorita Corazón solitario

 

         Los recién casados                                                 El Pianista

                                 

                                                   La escultora

           

                                                    Lars Thorwald

 Del voayer perfecto (James Steward) de La ventana indiscreta pasa al mirón por excelencia en el personaje de Anthony Perkings en Psicosis. Igualmente el maestro del suspense, que desarrollaba ampliamente estas ideas y construcciones formales en sus largometrajes, las había planteado en la serie televisiva Alfred Hithcock presenta, sobre todo en los episodios que llebavan la forma del realizador, como por ejemplo, El secreto del Sr. Blantcha, que centraba la obsesión de una novelista que cree que había asesinado a su esposa.

 - ¡Ya me gustaría coger a ese hombre! ¡Ha salido de la casa, y además lleva algo que parece un saco grande!

Otro de los aspectos fue el diseño de producción, complicadísimo, dirigido por Hitchcock –quién solía controlar todo el proceso de la película, de principio a fin-. Siendo uno de sus grandes retos, la iluminación que requirió de toda la luz con la que contaba la Paramont en esos momentos  (lo que se destaca, sobre todo en esos planos del callejón en donde discurre la vida normal de la calle). Otra dificultad es que, entre plano y plano –de luz- pasaban horas por iluminar esos planos generales, los interiores y la citada calle, todo en un mismo plano, que a veces era de grúa.

              

 Al ser este personaje un fotógrafo, le permitía cambiar las dimensiones de los planos –porque tiene unos prismáticos y una cámara fotográfica- sin que nunca perdamos el punto de vista de este personaje. Hay incluso planos panorámicos, como los de la casa del viajante, llegando incluso al concepto de la “pantalla dividida”. Pero, en la realidad, la estructura de la película es tan simple porque sólo cuenta con tres aspectos. Primera idea: alguien mira, Segunda idea: lo que mira y Tercera idea: la reacción por parte del voayer. Sin llegar a existir el “experimento kulechov”, sino que el personaje de James Steward tiene plena intención de lo que ve. Ese experimento consistía en presentar a un actor con una mirada inexpresiva ante determinadas situaciones: un plato de comida, un paisaje o una imagen erótico. Con el mismo actor, inexpresivo, los espectadores llegaban a percibir una serie de emociones, diferentes, según la comida, el paisaje o la escena erótica.

 - La gente debería salir de sus casas y mirar hacia dentro, para variar. Sí, señor. ¿Qué le pareció ese poso de filosofía casera?
- Reader’s Digest, abril de 1939.
- Bueno, sólo cito de lo mejor.

 Existiendo un cierto pudor, muy de hithcockiano, cuando el propio mirón se avergüenza en ciertos momentos (ante la pareja de recién casados que se pasan la película haciendo el amor o ante  la bailarina, duchándose). O en la propia historia de amor de los dos personajes protagonistas.

 -Ella pertenece a esa atmósfera enrarecida de Park Avenue: Restaurantes caros y fiestas de cóctel de intelectuales. La gente sensata se queda en el lugar donde pertenece. ¿Puede imaginarla vagando por el mundo con un fotógrafo que nunca tiene más que el salario semanal en el banco? Si sólo fuera común y corriente.

 Dos personajes completamente distintos, una mujer sofisticada y un hombre, aventurero. De hecho, la secuencia del beso supone casi una invasión por parte de Grace Kelly.

  La ventana indiscreta es una película con un suspense muy diferente al falso culpable de Con la muerte en los talones y que se acerca un poco a La sombra de una duda, sobre todo en ese retrato del pueblo, desde que empezaba hasta que terminaba. E incluso rompe con las reglas del suspense de sus propias películas (sabe el personaje lo mismo que el espectador), sobre todo en la secuencia en la que el personaje de Raymond Burr va a la casa de James Steward (lo importante no es saber lo que va a pasar, sino cómo se va a librar de la situación).

Para acabar igual que empieza pero con un sentido completamente diferente. El termómetro marca un descenso de las temperaturas, el personaje de James Stewart está feliz y a su lado, Grace Kelly como si estuviera instalada en el piso, leyendo un libro de viajes que cambia por una revista de moda.