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Hunger logró que el actor Michael Fasbinder saltara a la palestra de la actualidad; con Shame despertó los recelos de la sociedad más puritana, con una historia centrada en el sexo, y ahora, en su tercera película, viaja a la Luisiana del siglo XIX para contarnos una epopeya ambientada en la esclavitud del sur de los Estados Unidos, quizás la película más seria e impactante sobre este tema, jamás rodada en Hollywood.

“La historia está ambientada en 1841 cuando Solomon Northup fue secuestrado y convertido en esclavo en el sur de los Estados Unidos”. La película está basada en la autobiografía del personaje central, Solomon Northup, adaptado por John Ridley (guionista afroamericano que escribirá el reboot -la nueva versión- del clásico Ben-Hur) quién logra un filme alejado del maniqueísmo, aunque sea fácil para nosotros conectar con su trama por todos los personajes, hechos históricos y situaciones inhumanas que el cine ha ido denunciando a lo largo y ancho de su historia .

La película está narrada desde el punto de vista de un hombre libre que sufre una serie de desgracias antes de acabar relegado al peor destino posible: la esclavitud. Sin embargo, es el propio director quién matiza esta condición del personaje para profundizar en el mensaje que quiere ofrecer con esta historia: “También se trata de las reflexiones sobre las consecuencias de la esclavitud, principalmente en los Estados Unidos en donde las cifras del desempleo y de la población carcelaria afectan en mayor medida entre los afroamericanos. Así como la salud pública, la salud mental, el crimen, las drogas, etc. Esa es la reflexión que me gustaría plantear para que la gente comprenda cómo comenzaron todas esas cosas”.

 El precio de la supervivencia.

-Recojo trescientos quilos de algodón día tras día, más que cualquier hombre y mis manos siguen limpias.

Los doce años del título es el descenso a los infiernos del personaje principal (y de otros muchos, que comparten su mismo sufrimiento) sobre el cual planean algunas cuestiones que parecen no tener respuestas posibles: Definir los límites de la dignidad cuando está en juego la supervivencia. En una secuencia clave, unos esclavos son testigos impasibles ante el sufrimiento inhumano de uno de ellos, siendo  esta pasividad la que revuelta tripas y conciencia del espectador. En la secuencia, uno de los esclavos es salvajemente colgado, ante un grupo que le mira sin apenas inmutarse. “Lo que transmite esta escena es la esclavitud mental, no le pueden tocar porque si no estarían colgados a su lado. La idea es transmitir en imágenes tanto la tortura física como la mental”.

Cuando reflexionamos en amos y esclavos, en los horrores de la humanidad, es fácil relacionarlo con el nazismo y el holocausto judío, nuestro referente de conciencia más cercano. De hecho, encontramos una película  que tiene algunos matices próximos al filme de Steve McQueen: El pianista (Roman Pollaski). Otra autobiografía ambientada en un contexto de crueldad, llevaba a la gran pantalla, con el protagonismo de un cobarde, reflexionando sobre lo mismo.

-Nos dejamos llevar como corderos que van hacia el matadero. ¿Por qué no les atacamos? Somos medio millón, podemos escapar del guetto. Moriríamos con honor, no como una mancha en la historia.

12 años de esclavitud

El film de McQueen refleja la esclavitud desde una infinidad de perspectivas, mucho más que la crónica -de un individuo que pretende sobrevivir a cualquier precio, sometido -eso sí- a su deseo de libertad.

-Es un buen hombre.

-¡No, es un negrero!

-Sólo por las circunstancias.

-¿Las circunstancias? Disfrutas de su favor.

-¡Sobrevivo! Y me mantendré así hasta que recupere la libertad. Tengo la espalda repleta de cicatrices por reclamar mi libertad. Así que no me enjuicies.

El mismo actor estuvo presente en otro film antiesclavista con el personaje de traductor, Amistad (Steven Spielberg), película que destacaba la actividad ejercida por la Corona española en este comercio.

La cruel convivencia entre amos y esclavos.

La película es cruda, su visionado se hace con un nudo en la garganta, pero no se ha buscado una visión facilona maniqueísta, entre buenos y malos. Ni siquiera el héroe de la epopeya es un personaje de una sola  pieza, con sus claroscuros que se observan en pantalla, mientras quién representa la crueldad, Edwin Epps (Michael Fasbinder) un plantador de algodón “destrozaesclavos” termina destrozado, por su propios excesos (la bebida y su brutalidad), convertido en una patética representación de sí mismo.

-¡Me mantendré fuerte hasta que recupere mi libertad!

Solomon se convierte en una propiedad de distintos amos que se comportan con él de forma distintita. Así, la película oscila –dentro de esos personajes de “amos”- entre la frialdad del patrón que curiosamente lleva el apellido de Freemam (Paul Giamatti) y el bonachón pero cobarde (Ford, Benedith Cumberbach), quién no es partidario de tratar con crueldad a sus esclavos pero que tampoco se atreve a cambiar ese sistema social.  También el film no elude la violencia y los aspectos más duros de los doce años de esclavitud de Solomon Northup, a pesar de que no alcanza el grado de sordidez de Mandingo, referencia de este mismo tema a cargo de Richard Fleisher. Por ejemplo, Doce años de esclavitud cuenta con unas elegantes secuencias de transición, que dotan a la película de un cierto lirismo: la escena en la que Patsey hace una muñeca usando plantas o ese primer plano de Solomon (casi al final de la película) acompañado de una melodiosa música.

Sin embargo, hay violencia explícita a lo largo y ancho del metraje, con momentos muy crudos y significativos: La primera paliza de Solomon, empleándose una pala de madera y todo ello, filmado en plano medio; o el detalle de la señora Epps arrojando la botella de whisky a la cara de Patsey (ejecutado en un soberbio plano general). También  encontramos secuencias de sexo en el relato. Sin ser el eje central, como sucedía en Shame, vuelve a aparecer el sexo como elemento de frustración y liberación de sus personajes. Podrían servir como ejemplo, la forma en la que Edwin Epps hace el amor con su insatisfecha esposa, provocando el resentimiento de la pareja hacia la joven esclava Patsey; o en el personaje de la vieja esclava Sra. Shaw, forzada a casarse con un hacendado blanco y a usar su cuerpo para poder sobrevivir.

-¿Quería preguntarle de que parte del país es usted?

-Vengo del Canadá. Adivina dónde está.

-Sé dónde está Canadá, he estado ahí.

-¿Pero si allí no hay esclavitud?

Sin embargo, la película cuenta con algunos “defectos” propios del cine de Hollywood, representado en la figura de Brad Pitt (a fin de cuentas, coproductor) quien interpreta a un carpintero canadiense, Bass, que se manifiesta en contra de la esclavitud.  A pesar de todo ello, estas ideas no restan un conjunto muy equilibrado y sólido, posicionando a su director, Steve McQueen, como uno de los favoritos en la parrilla de los Oscar.  Hasta entonces, la película está muy bien posicionada en "Critics´Choicee Movie Awards", la antesala de los Oscars.