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-¿Tienes miedo a tocar? Ya sabes lo que es el pánico escénico.

Elijah Wood –alejándose de su personaje Frodo en El señor de los anillos- y John Cusack –como el villano de la función, con unas apariciones más o menos breves- son los dos protagonistas de la película, una producción española, rodada en inglés y dirigida por Eugenio Miras. Ya no es noticia que el cine español albergue producciones de estas características, ni siquiera la factura técnica impecable de la que son capaces de lograr; pero habría que detenerse en la puesta de escena de esta película, un thriller al estilo del maestro del suspense, Alfred Hithcock.

La película fue estrenada en el festival de Sitges (2013), -primera vez, en los últimos años, que falto a dicha cita- aunque tuvimos ocasión de conocer a Eliah Wood en la anterior edición, a tenor de su filme Maniac (Franck Khalfoun). En Grand Piano, interpreta a Tom Selznick un pianista de gran talento, pero precozmente retirado, que regresa a las tablas para ofrecer un prometedor concierto: de ahí que deba templar sus miedos.

-No es posible tocar esa partitura sin fallar alguna nota.

Pero una vez comenzada la función, el pianista descubrirá un inquietante mensaje en su partitura, y en un palco, al francotirador que le amenaza. “La película se gira hacia un demiurgo que aparentemente está torturando a nuestro protagonista”, en palabras del director.

Cierto, un arranque inverosímil y un desarrollo increíble; pero, ¿no son así muchos thrillers de los 70 o las propias películas de Hitchcok? La primera diferencia sería que el maestro del suspense sabía dosificar muy bien las partes de la historia para sorprender al espectador en el último momento; de ahí que la promesa del giro final siempre se cumpliese. Con esto se explica que la principal referencia de la película, sea un film clásico del cineasta británico: El hombre que sabía demasiado.

Muertes entre bambalinas.

El clásico de Hithcock (hablamos de la versión norteamericana, por supuesto) llegaba a su clímax, con los personajes de James Steward y Doris Day en un concierto de música clásica (con el gran Bernard Herman, el autor de la partitura, al frente); una pieza musical, “Storm Clouds Cantata” y, concretamente, el choque de los platillos, marcaban la acción de un tirador oculto en un palco. En la película de Eugenio Mira se logra un ritmo similar, con una fusión entre la puesta de escena y la música, dirigida por una orquesta que acompaña al personaje de Eliah Wood.

Creo que fue necesario el magnicidio de un presidente americano, el de Abraham Lincoln, para que el teatro o una ópera se convirtiera en un escenario idóneo para llevarse a cabo el plan de un asesinato. De esto lo sabría perfectamente Alfred Hitchcock que lo ambientó en dos películas, la citada y Pánico en la escena, y por supuesto, no podemos olvidar el clímax de la trilogía de El Padrino (quizás lo mejor de la tercera entrega).

Como si fuera una maximización de estas películas, la originalidad de la apuesta de Eugenio Miras es llevar a lo máximo el clímax de estas películas, en un thriller claustrofóbico.

  El espacio único como puesta de escena.

Parece haber una obsesión entre los directores noveles españoles por querer demostrar en su ópera prima todo el potencial que pueden llegar a desplegar. De ahí que muchos debuts cinematográficos sean ejercicios sorprendentes y poco convencionales; podríamos quedarnos con algunos ejemplos: Las horas del día (Jaime Rosales), El habitante incierto (Guillem Morales); La habitación de Fermat (Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña) o The Birthday (Eugenio Miras). Y lo cierto es que salvo Jaime Rosales, al resto de los realizadores les ha costado continuar con su carrera o ni siquiera han transcendido. Así es la industria española, suele cobrarse un alto precio el atrevimiento con una obra tan personal en su primera película.

En cuanto al “espacio único”, pocos cineastas clásicos como Hitchcock han recurrido tanto a la teatralidad y a este marco espacial de rodaje, pero ahora parece que está de moda ya sea por una cuestión de estilo en la puesta de escena o por pura economía cinematográfica. La verdad es que cada vez son muchos los filmes que cuentan con esta premisa en su argumento: La habitación de Fermat sería un ejemplo, aunque sobresalgan dos películas sorprendentes firmadas por un realizar español: Rodrigo Cortés. Hablamos de la excepcional Buried y la menos interesante, Luces rojas.

La mención a Cortés no es baladí, por ser uno de los productores de Grand Piano y mantener la película una gran similitud con el segundo título citado. Luces rojas parece seguir la estela marcada por El truco final (The Prestige, Christopher Nolan), estructurada como un espectáculo de ilusionismo, a donde desembocan todos los temas presentados con el fin de desviar la atención y al final, engañar al espectador. Así, sucede con Grand Piano: Los planes del malvado personaje de John Cusak o la propia cita musical no sirven, en realidad a la hora de contar el desenlace, sería los McGuffin –como diría Hitchcock-.

Pero Grand Piano es también deudora de la ópera prima de Eugenio Miras. The Birthday (luego, rodaría el melodrama gótico Agnosia) era un film de terror, sustentado en una estética de los ochenta (semejanza con los filmes de la firma Amblin), una iluminación gótica y muy pocos elementos: Un hotel que recuerda al teatro donde trascurre la acción, sobre todo con una similar paleta de colores: predominancia por los tonos dorados y rojos.

El guión de Damien Chazelle hace partir a la historia con un nivel de tensión elevadísima y es el director quien debe lograr mantenerlo en pantalla. Será el espectador quién juzgue si esta apuesta lo logra el realizador español.

-Soy el tío del pánico escénico, al que mandas mensajes para que esté cagado. ¿Qué quieres de mí?

-Si sales del escenario lo sabré, si pides ayuda lo sabré. Si haces cualquiera de las dos cosas, tu mujer morirá. Si fallas una sola nota, serás tú quien muera.