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-Estás enamorado de una fantasía.

-Estoy enamorado de ti.

Gil (Owen Wilson) es un escritor en horas bajas que viaja a París, siguiendo esa estela de norteamericanos seducidos por la ciudad de la luz; pero lo hace junto a su prometida (Inez, Rachel McAdams) y los suegros, haciéndose coincidir este momento de inseguridad creativa con otro de índole sentimental. La película comienza con una discrepancia menor entre la pareja y concluye con ambos, preguntándose si esa elección sentimental es la más adecuada; de por medio, se encuentra su suegro, un republicano excesivamente tirando para la derecha, que al mismo tiempo tacha de comunista a su futuro yerno y sobre todo, un engreído amigo de su prometida, que se pasa el rato haciendo gala de una pedantería gratuita hasta llegar al punto de corregir a la guía de un importante museo (Carla Bruni).

Su falta de empatía con el grupo se  compensa con la admiración que siente por la capital francesa.

-Esta noche mi libro no me importa en absoluto, quiero pasear por París con usted.

La película arranca con esos planos generales “turísticos” de Paris, al igual que otros prólogos con fondo musical de otros filmes suyos como A Roma con amor o Manhattan, como respuesta a esa visión de ensueño por una ciudad que se nos ha vendido como una de las más seductoras del mundo. Cesare Pavese podría ayudarnos a comprender al personaje de Gil, en una cita que encabeza la recomendable “El placer del viajero” (Ian McEwan): “Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos”. A la pareja de viajeros de Allen pasan unos días en París cargados con un equipaje emocionalmente delicado, por sus dudas, desequilibrios y la crisis de la propia relación, mientras que la ciudad queda secretamente a un lado, al menos por el día.

Será la noche parisina lo que le haría vivir una fantástica experiencia, viajar en el tiempo para recabar en el tiempo soñado por el personaje principal, un Owen Wilson fascinado y fascinante como alter ego del propio Woody Allen. Un mágico viaje en el cual, el escritor dará con Hemminguey, Picasso, Buñuel, Dalí o Scott Fitdgerald, sólo por citar algunos de los personajes de aquella edad dorada, y entre ellos, quién se convertiría en su musa, Adriana interpretada por la siempre espléndida Marion Cotillard. “Medianoche en París trata sobre un tipo no se ve en su propia época y cree que sería más feliz en otra, pero al viajar a esa época pasada ve que tampoco es feliz allí. El mensaje de la película es insatisfactoria permanezcas o no en tu época”.

 

 

     

Una cuestión de estilo.

La idea principal de Midnight in Paris recuerda a esa celebradísima serie Dimensión desconocida, en donde los viajes en el tiempo formaban parte del argumento de muchos episodios. En realidad, habría que destacar el capítulo A Stop at Willoughy (primera temporada), en el cual su personaje principal llegaba a un pueblo, situado fantásticamente en el siglo XIX, la época soñada por el protagonista. De hecho, lo mismo sucede a Gil, a cada medianoche y subiéndose en un coche de época, acompañando a grandes celebridades de esos años treinta, e incluso dando nuevo salto en el tiempo hacia el Maxim´s de la Belle Époque.

Al mismo tiempo, cuenta con una de las temáticas preferidas por el director, el juego de la realidad y la ficción, pues el filme nos deslumbra con una ensoñación de escenas memorables al estilo de Sueños de un seductor, y sobre todo La rosa púrpura del Cairo.

-Señorita, creo que le encanta esta película.

-¿Me habla a mí?

Personajes de ficción que iluminan las vidas grises del que está al otro lado, e incluso aproximándose a otros ficticios interactuando con personajes históricos, como el propia Woody Allen había planteado en Zelig. “La película nos dice de una forma explícita –continuaba comentando el cineasta- que la labor del artista es encontrar en su propia época, lo necesario, para que su vida sea tolerable. Encontrar belleza en el presente”.