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 El cine japonés de animación ha contado con una gran popularidad gracias a su tendencia violenta y de fuerte dosis sexual del llamando manga o anime, dominadas por  la violencia, los robots, los monstruos o los mundos apocalípticos. Pero existe otra línea de creación, marcada por una tendencia poética y por la importancia de la naturaleza, en la que sobresale Hiyao Miyazaki.

 Mizayaki es alguien que trabaja artesanalmente y que tiene entre sus admiradores al propio John Lassitter, uno de los fundadores de Pixar. Un cineasta de animación cuyas películas podrían resumirse en pocas líneas, aunque se necesiten de muchas palabras para describir sus innumerables valores cinematográficos. Uno ocasión para reencontrarnos con uno de los realizadores más interesantes y delicados del cine contemporáneo, que ha decidido en este año 2013, retirarse de la profesión coincidiendo con su película más realista, estrenada en el reciente festival de Venecia.

                                        

 Hiyao Miyazaki es la figura fundamental de Ghibli, -en opinión de este cronista- la productora de animación más importante del mundo (superior a la Disney y Pixar) que toma sus iconos de la película Mi vecino Totoro, obra maestra de la animación japonesa. Y aunque es verdad que la fama de Ghibli se sustenta en el trabajo de Miyazaki, habría que ser justos y destacar la labor de otro gran animador llamado Isao Takahata. Ambos fueron compañeros desde que sus tiempos como animadores para la productora Toi, -creadores de series como Marco, Heidi o Las aventuras de Sherlock Holmes-.

 Tras una serie de colaboraciones conjuntas (“Nausicaa, El Valle del Reino”) lograron crear unos estudios que sirviesen de base de operaciones. La primera película oficial de la productora, El castillo ambulante, sirvió para que Miyazaki estableciese las marcas de la casa: amor por la naturaleza, niños protagonistas, derroche de sencillez formal, grandes dosis de lirismo y- muy importante-, la preferencia absoluta por la animación tradicional frente a la digital.

                                         

 Takahata - Miyazaki.

                  

 Sin embargo, el momento cumbre de la productora fue cuando Miyazaki dirigió Mi vecino Totoro y Takahata, La tumba de las luciérnagas, dos hitos fundamentales de la historia de la animación, en las que se percibía las grandes diferencias que marcarían ambos creadores. Takahata posee un estilo muy apegado a la realidad cotidiana de su país; ejemplo de ello, sirve su película más conocida La tumba de las luciérnagas.  Filme que ilustra las miserias de la población en los últimos días de la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial.

 -Nuestra casa se ha quemado, ¿verdad?

-Parece que sí.

-¿Y qué podemos hacer?

-Nada, pero papá ya se vengará.

 O La guerra de los pompocos, fábula sobre la destrucción de la naturaleza debido a la especulación urbanística. La conservación de la naturaleza ha sido un tema capital en Ghibli y muy recurrente en el cine de animación de Miyazaki. Uno de los valores en alza que presentaban sus creaciones, es la importante influencia del shintoismo, una religión animista, originaria de Japón. De hecho, buena parte de sus películas conservan esa pureza con el contacto de la naturaleza, esa pureza de las pequeñas cosas, que se ha perdido en el cine de animación americano. Por ejemplo, encontramos en Miyazaki, momentos de calma, con la única presencia de una mariposa, significando algo, como hace en Mi vecino Totoro. Pero es verdad, que Hayao Miyazaki no olvida la cultura occidental, recurriendo a temas propios y extraños, encontrando su inspiración en relatos ajenos al mundo japonés como sucedía con la versión de Alicia en el país de las maravillas, que era El viaje de Chihiro o el cuento de La sirenita, para su filme Ponyo en el acantilado. Ponyo, la chica pez, conoce a un niño de carne y hueso, de quien se enamora perdidamente. Todo ello narrado con una vehemencia tan tierna que derretía al más pintado. Pero para que pudieran estar juntos, debía romper el hechizo por el cual su padre le mantenía en el fondo del océano, alejándola de los humanos, a los que consideraba peligrosos.

 - Este no es lugar para los humanos, es una casa en donde ocho millones de dioses vienen a descansar sus molidos huesos.

 Otras grandes producciones suyas (La princesa Mononoke y El viaje de Shihiro) son dos destacadísimas películas, señalando que esta última sería la primera película de animación ganadora al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa.

Como debe ser, las noticias de los retiros profesionales siempre son malas noticias. Y la de Miyazaki ha sido como un jarro de agua fría para todos aquellos que hemos crecido viendo sus películas y sus creaciones televisivas. El animador decidió poner punto final a su carrera con un film emblemático, una especie de metáfora: «Kaza tachinu» («The Wind Rises»), tras su presentación en la 70 Mostra de Venecia. El protagonista de la película sueña con una idea que marcaría su vida: los genios de la técnica -en este caso los ingenieros aeronáuticos- solo gozan de una década de creación fructifera, y deben aprovecharla lo mejor posible. Una historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que centra la vida del inventor del modelo Zero japonés -el avión supuestamente indestructible de la aviación nipona-.