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Uno de los aspectos habituales del último cine es reutilizar los viejos motivos argumentales y cambiarles el género de sus protagonistas.  Lo que sucede no sólo en el contexto europeo ni en el nuestro más inmediato, sino ahora en ámbitos más globalizados: se está teniendo pretensiones de avanzadilla social, insistiendo en cuestiones extráidas del panorama político como la preocupación por el medio ambiente, el sufrimiento de los inmigrantes, la memoria histórica o la crítica hacia una sociedad patriarcal o sometida al yugo masculino.

 Ocurría con Belle Epoque, en la que Fernando Trueba juntó todos estos aspectos en una misma película. Si contásemos esa misma historia, invierténdo los papeles -una chica llega a una familia de cuatro hermanos, que se la tiran sucesivamente; la madre de los chicos permance fiel a su marido huído porque a pesar de sus múltiples amantes, sólo disfruta haciendo el amor con él- el resultado sería menos divertido, pero además menos moderno. En realidad, nos encontraríamos con los estereotipos machistas -la mujer abusada por hombres-. No obstante, lo políticamente correcto no es el cuerpo desnudo de la mujer desde el punto de vista comercial-publicitario, sino lo que está bien visto es que aparezcan hombres enseñando abdominales y asumiendo el lugar de cuerpo objeto.

 Es cierto que cada vez más se hace un cine hecho por y para las mujeres, en donde la mirada femenina está ya dirigida a la inspiración del equipo cinematográfico, lo que ha sabido bien el realizador Ang Lee en su nuevo proyecto. En esta ocasión, el cineasta twaivanés abandona los pechos planos masculinos en la soledad de las praderas americanas para trasladarse a una historia con trasfondo histórico en donde teñir su relato de la feminidad de un personaje imbuído en las dificultades de un conflicto.

 Punto de vista de la Historia.

Ang Lee regresa a una época y un contexto que ha sido perfecto para retratar historias trepidantes en un escenario exótico. El Imperio del Sol (Steven Spielberg), El último Emperador (Bernardo Bertolucci), Devils on the Doorsstep (Jiang Wen) o La condesa rusa (James Ivory) han sido algunos de los títulos más destacados que han centrado, con mayor o menor profundidad esta misma temática.

Uno de los puntos novedosos de Lust, caution es ver la dominación nipona en la que vive China, de un modo más objetivo. En esta ocasión, Lee toma un relato de la invasión japonesa a China, para hilvanar una preciosista tragedia en tres actos. La obra literaria de la que parte la película, de una de las escritoras más estimadas en su país de origen, se centra en historia evocadora de las relaciones humanas, sobre la psicología sexual femenina, en pleno época de la ocupación japonesa.  Ser una espía y un torturado en la Shanguai ocupada por los japoneses es casi tan axfisiante como ser homosexuales en el medio Oeste americano. Después de todo, Brokeback Mountain y Deseo, peligro no son tan distintas. Ambas están protagonizadas por seres humanos que deben representar un rol específico a su pesar o a su disgusto, pero al mismo tiempo, mostrar una imagen diferente cara a la sociedad, lo que les condena a la clandestinidad. También Sentido y sensibilidad (la adaptación de Jane Austen) podría verse en esta nueva incursión por su China natal. En la anterior, el diálogo se establecía entre la obligación social y la libertad personal, mientras aquí el conflicto moral se debate entre la parte más cerebral y más instintiva del ser humano. Así podemos entender el título de la película. El deseo es lo que hay oculto en nuestro interior, mientras que la sensación de peligro es lo que utilizamos para conseguir convivir en paz con quienes nos rodea.

 "El hombre es un animal, envuelto en luto profundo, con un abrigo negro, forrado de piel negra". Son palabras de W. G. Sebald en De Natural. Si no fuera porque la obra fue escrita a finales de los ochenta (del siglo XX) se diría que el autor alemán había saboreado la visión del verdugo encarnado por Tony Leung, en Lust, Caution. Pero Deseo, Peligro, es una historia de amor, a pesar de todo, entre una joven e inexperta aprendiz de espia y su amante circunstancial, en el momento en el cual, el Imperio del Sol Naciente invadía parte de China. En este sentido, estamos ante una nueva genialidad del realizador. Una película que retrotrae el cine de espionaje en su clave más negra, lo que podría recordar a una filmografía entre Encadenados (Alfred Hithcock) y Los verdugos también lloran (Fritz Lang); pero plagados de agujeros argumentales de los que el espectador está obligado a imginar. E incluso no nos alejamos demasiado de títulos actuales como Promesas del este o Zodiac, pues estas muestran esbozos, fragmentos, piezas de un puzzle que no terminan de recomponerse al final. Lee es mucho menos críptico que Cronemberg o Fincher, pero aún así no esconde la realidad macabra tras el relato; en especial todo aquello que envuelve al colaboracionista y torturador Mr. Yee, centrando su atención en los intentos de una infiltrada Wong Chai Weng, que le seduce.

 Con esta idea, Lee, -un director con fama de metódico y dotado de un ojo clínico-, se deleita en el aprendizaje sexual pero también emocional, de la jovencita encarnada por la debutante de nombre Wei Tang, en marcado contraste con el personaje interpretado por su partenair. Un alma sin luz con una única fidelidad dirigida a su patria, que se ve arrastrado a amar, a desear sin control, a lo que no está acostumbrado y Ang Lee lo deja muy claro en la película. Un derroche de pasiones orientales que en un contexto desasosegante, está muy bien.

 Es la fascinación que demuestra la narración por los entresijos del mal, el que llena la mirada de Tony Leung y se observa incluso en el primer encuentro sexual de la pareja; el que llama la atención en este filme: todos sabemos cómo va acabar esta historia y a Lee no le importa dilatar el tiempo para recrearse en ese inevitable final. Lust, caution no alcanza el nivel de Brokeback mountaint. Quizás se deba a la cadencia china, hay algo de relamido, de corografiado en esas dos horas y media. Incluso en las escenas de sexo, abundantes y realistas (cositas       escandalosas que gusta mucho en los festivales), asoma a veces el cartón del mal cine porno.  De hecho, nos presenta un thriller de contenido erótico de casi tres horas de duración. Una superproducción, lujosa, potente y rica, exageradamente larga. El director pierde demasiado tiempo en contar cómo la heroína del filme  Wong Chia Chi (la debutante Tang Wei) diseña la máscara de hierro que va a ocultar las verdaderas intenciones del personaje. Su fascinación por los rituales, las reuniones y los espejos terminan deteniendo la acción hasta tal punto que la película se ensimisma y se atasca en un arranque que dura la mitad del metraje. Tanto minutaje acaba perjudicando al filme que, pese a los elementos empleados por Lee, carece de escenas corales y evita la opción de crear un gran tapiz sobre la China de su época. El alma de la película se esconde en las habitaciones cerradas donde transcurre la mayor parte de la acción: un grupo de mujeres que juegan obsesivamente al mahjong (un pasatiempo con características del bridge y del dominó) y una pareja de amantes.

 A medio camino, la película toma un interesante giro. Como se veía en el trayecto final del recorrido inicial, la historia llegaba a un callejón sin salida: Mr Yee abandonaba Hong Kong dejando sin objetivo a los jóvenes contrarrevolucionarios. La narración se detiene para estallar la violencia en una memorable secuencia en la que los jóvenes acuchillan al chofer del personaje interpretado por Tony Leung. Para este momento, Lee recurre a la violencia desaforada, en la que todos -excepto Wong- participan, acuchillando a un cuerpo ensangrentado que se niega a fallecer. Entonces, la secuencia torna a un tono casi tragicómico, que recuerda a la vertiente asiática del género -Park Chan-Wook (Simpatías hacia Sr. Venganza), Bong Joon-ho (Memorias de un asesino)-, en la que la protagonista femenina sale corriendo y se pierde en la oscuridad.

 El jefe de la policía secreta, un colaboracionista, es interpretado por el galán del cine chino. Al ver una película asiática de época protagonizada por Tony Leung parece imposible no pensar en el Sr. Chow y en Deseando amar (Wong Kar-way). Ese es el personaje que durante años ha representado en más ocasiones este actor, un hombre frágil y apuesto, diametralmente opuesto al de Deseo, peligro. Del mismo modo, en el filme de Lee encontramos detalles que lo asemejan con la anterior más allá del actor fetiche de Kar-way. Hay una toma calcada de Deseando amar, aquella en la que Leung acompaña a Tang Wei a su piso y le vemos caminar de espalda, en donde caminaba junto a Maggie Cheung (protagonista de la cinta anterior).

 El reencuentro en Shanguái de Yee y Wong centra la segunda parte del relato. Siguen las mujeres, las partidas de majhong y la resistencia que aparece organizada (aunque Lee retrata la crueldad en ambos polos). Ahora, lo que destaca es el desenfreno sexual, en largas secuencias en tomas cenitales de un hardcore que palidece los intentos transgresores de Winterbottom, Medem y Chéreau.

                                    

  El tercio final, lo mejor de la película, se va dirigiendo lentamente a la conclusión que termina dando el film. De cómo los hombres osamos, nos atrevemos a creer que podemos cambiar a alguien. Es donde yace el corazón de Deseo, peligro, un corazón al que le sobra estilo, pero le falta tensión, rebosante de belleza, pero negra como el carbón. Por eso, el aroma de tragedia se toma sin sorpresas, sin efectismos. Sólo dos planos finales donde la oscuridad es la principal fuerza plástica. El abismo de Wong cobra forma en su vertiente más literal, aunque sea del Mr. Yee -menos tangible- el más demoledor: enfrentado a las sombras de la habitacvión que ocupaba su amante toma conciencia de que acaba de perder lo poco que le convertía en ser humano. Una conclusión tan devastadora y al mismo tiempo tan bella, en donde se contempla el sacrifico como algo inevitable, y sin embargo, inútil.