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La comunidad gay ha visto crecer su presencia, sin tapujos, en el séptimo arte, acompañando un largo camino ansiado: el de la liberación sexual y la igualdad social, ante una sociedad que se considera igualitaria y libre, aunque no siempre lo refleja realmente. La homosexualidad empezó a cobrar importancia en el más influeyente de las manifestaciones artísticas a través de una película de cine mudo, Distinto a los demás (Richard Oswald, 1919). Eso sí, durante muchos años aparecerá en la gran pantalla con una visión deformada de la homosexualidad.

"Distinto a los demás" fue rodada en la Alemania de entreguerras, una época de miserias sociales pero también de liberación sexual como quedó reflejada en la película Cabaret (Bob Fosse). Aunque como vaticinaban los personajes del film, de la libertad se pasaría al horror del nazismo. Quién sabe si por esta circunstancia, Alemania abanderaría la vanguardia social en cuanto a la homosexualidad, lo que se reflejó en el cine en el Festival de la Berlinale, al ser el primero que dedicaba un gran premio a películas centradas en esta temática. Tampoco parece ser casualidad que la primera en recibir dicho galardón fuese la española La ley del deseo (Pedro Almodóvar) sobre todo, teniendo en cuenta las preferencias del cineasta manchego.

-¿No tendrás una enfermedad venerea?

-¿Por qué me preguntas eso?

-Porque eres tan promiscuo.

                           

 Pero es Hollywood de donde vienen la mayor parte de la producción cinematográfica sobre esta temática y, desde sus inicios, se manifestó por una marcada ambigüedad.

-¿Cómo es posible comprender la idea de poder compartir la vida con un hombre?

-¿Y eso está bien, magestad?

Fue introducida en el argumento de un puñado de obras maestras, aunque quedase en un segundo plano, de forma velada. Así aparecía desde La reina Cristina de Suecia (1933) a La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks) o De repente el último verano (Joseph L. Mankiewicz), dos películas basadas en obras teatrales de Tennessee Williams; pero el tema de la homosexualidad aparecía a través de personajes atormentados.

-Hace cinco horas teníamos una vida decente, ahora no nos queda más que la basura que nos ha echado encima.

-La basura que vosotras mismas se han echado.

E incluso se dieron casos de cineastas que repitieron temática como sucedió con William Wyler, con Esos tres y La calumnia. En estas películas se llegaba a demostrar cómo el reproche social era tal que incluso se instalaba en el propio personaje, a través de un deseo sexual que no podía reprimir.

-¡No puedo soportar que me toques, no puedo soportar que me mires! Todo ha sido culpa mía, he destrozado tu vida y también la mía.

En otro extremo, encontramos los personajes de Richard Burton y Rex Harrison presentados como un matrimonio convencional en La escalera; una atrevida tragicomedia de temática gay rodada por Stanley Donen.

-Te casaste, tuviste a una hija y ahora me tienes a mí, a Harry la fregona que vive, come y desayuna cuando quiere el señorito, aunque preguntale a alguien, un poco más y volveré a estar en la cumbre.

-¿Vas a dejar la vida que llevabas?

-Pues claro, ya lo verás.

-¿Te vas a vivir al Hilton?

-O a un ático con terraza.

-Me dejas sin respiración... mientras tanto, baja la basura, amor mío.

Toda una excepción, debido a que la política mantenida en los grandes estudios era la autocensura, lo que quedó demostrado en Espartaco (Stanley Kubrick), con una memorable secuencia que fue eliminada en el montaje final:

-¿Consideras que comer ostras es moral y comer caracoles, inmoral?

-No, por supuesto que no.

-Es cuestión de gustos, ¿verdad?

-Sí, amo.

-Y el gusto no es lo mismo que el apetito. Por lo tanto no es cuestión de moralidad.

Sin embargo, en el contexto americano existe otra tendencia, marcada por el cine underground fuera de las márgenes comerciales, que no iba dirigido precismente a mostrar la denuncia sino a dar riendas sueltas a las fantasías. Andy Warhol y Jack Smith dirigían unas películas que luego se proyectarían en museos y en salas de cine de arte de y ensayo. Hasta llegar, en los setenta, a producciones bastante extravagantes muchas de ellas de la mano de John Watters y de su cine escatológico. En este tipo de películas, se exponen todo tipo de estereotipos acerca de la comunidad gay, con unos aspectos que pueden provocar el rechazo por parte del espectador. Eso sucede con Pink Flamingos una de las películas más conocidas del controvertido realizador.

En los noventa, el cine empezó a tratar el tema de la homosexualidad en una serie de películas que incidían en el transformismo, la figura de la drag queen y la libertad sexual -Priscila, la Reina del desierto o Wong Foo (Gracias por todo)-. Hasta que se hace frecuente encontrarnos en cartel personajes y situaciones que antes eran censuradas, incluso en producciones hollywoodienses de consumo familiar (Los chicos están bien, Lisa Cholodenko) con sentimiento buenrollista propio del nuevo milenio (In & Out, Frank Oz)

-¡Dios mío, díos mío!

-¿Qué te pasa, jovencita?

-Tambíen he estudiado con el profesor Bracket, y me está pasando... soy gay.

Podemos concluir el reportaje con el mayor problema que acompañado a la homosexualidad, la aparición de la enfermedad del SIDA. La irrupción del Sida, a principios de los años ochenta, se perfiló como todo un terremoto de imprevisibles consecuencias que vino a cambiar los ámbitos y costumbres no sólo de los grupos de riesgos, sino de todos los individuos, sin diferencia de raza, nacionalidad, sexo y posición social o sexual. De todo esto, levanta acta notarial, el director francés André Techiné, con un puñado de películas sobre esta temática (Los testigos).

- ¿Qué ocurre, es que tengo la peste?

Fue en los años ochenta, cuando el también francés Ciá Collant se atrevió a hablar alto y claro sobre el tema, en una pantalla de cine, adpatando una novela autobiográfica, Las noches salvajes, en la que daba buena cuenta de sus propias experiencias como seropositivo. Todo un tabú, en los noventa, como refleja la interesante película Filadelfia (Johnathan Denme).

- Este caso no trata sólo del SIDA, ¿sabe?, ¡así que hablemos de lo que trata realmente!: del odio del público en general, de nuestra repugnancia, nuestro temor, a los homosexuales. Y de cómo ese clima de odio y temor desembocó en el despido de este homosexual en particular: mi cliente, Andrew Beckett.

Pero no quisiera terminar con un drama, sino trasmitir una sonrisa al lector, con un divertido guiño a cargo del genial Billy Wilder.

                            

-¡Soy un hombre!

-Nadie es perfecto.