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El cortometraje se alza con el Premio al Mejor Corto Internacional en un festival griego, una ocasión para recordar un proyecto muy interesante que viaja por todo el mundo a través de una treintena de selecciones finalistas, desde los cuatro meses de promoción.  

 "Estábamos en un parón del rodaje de La última víctima, Ángel Gómez Rivero, José María Galeano y el director de fotografía Fernando Moleón, empezamos a fantasear a modo de broma. "Tenemos que hacer un western", "yo voy a hacer de vaquero" hasta que de repente empezamos a pensar que por qué no lo hacíamos", recordó Ángel Gómez Hernández. "Los cuatro nos dejamos llevar siendo conscientes de que era muy difícil que aquello saliera".

La historia parte de un relato del escritor y confidente del cortometrajista, Ángel Gómez Rivero, enlazando el western con el terror bajo un concepto que definirían como "westerror".  Ambos eran unos entusiastas del viejo Oeste y del cine de Sergio Leone, lo que les proporcionó la puesta de escena e inclso alguna cita en el diálogo.  Pero también Gómez Rivero adoraba la prosa de Lovecraft, incluyendo en la historia el nombre de Arkham, una de las ciudades estadounidenses que forman parte del imaginario lovecraftiano. E insluo debería existir una relación entre la historia de este cortometraje y su amigo Paul Nashy, quíen habría escrito algunas novelas ambientadas en el Oeste. 

El problema del western es que se trata de un género agotado, prácticamente no se puede hacer nada original y en muchas ocasiones se han limitado a rescatar eso que llamamos “espíritu” y sus escenarios. Ese es el gran hándicap de servirse de decorados mil veces visto, que el cinéfilo se pierde en la historia y se limita a recordar tiempos mejores. Pero pronto comprobamos que más allá del western clásico, hay algo más, dando cabida a elementos fantásticos (Wild Wild West) o de terror (Ravenous). 

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En un episodio de la serie ‘Friends’, Rachel espera impresionar a sus amigos con un postre, pero debido a su particular habilidad para la cocina, prepara una extraña mezcla entre dos recetas. El resultado es un desastre, todos se inventan excusas para no comerlo, excepto Joey.  “¿Cómo no iba a gustarme? La nata, me gusta. La mermelada, me gusta. La carne, me encanta”. Esta anécdota nos sirve para explicar una obsesión del cine, la de reinventarse los género. De hecho, se han atrevido a vulnerar sus fronteras genéricas y ponerlo en relación con otro aparentemente antitético: el terror y fantástico. De esta fusión surge el concepto ideado por ambos de westerror, con gran importancia de la atmósfera, en la frontera entre lo onírico y lo mítico. 

 El terror es un género que cuenta con buenos reciclajes, renovaciones y puesta al día de sus elementos más clásicos, mientras que el western se trata de un género clásico más o menos en desuso. Además de la inspiración y dinámica aventurera, tiene una corporeidad especial (gestos, ropajes, escenarios, acciones) y una relación entre los personajes y el paisaje. “Y la muerte lo seguía” es un western de terror e incluso un thriller de "investigación", con elementos sobrenaturales con un escenario del Salvaje Oeste. El título no se ha escogido por azar, da un gran sentido a la historia. Se ha tomado del Apocalipsis bíblico, pero también tiene relación con uno de los western más interesantes de Clint Eastwood, Jinete pálido. "Miré y vi un jinete pálido, el que cabalgaba tenía por nombre muerte, y el infierno le seguía". 

 El espectador descubre el Salvaje Oeste lleno de sudor y tensión. La historia celebra los elementos más emblemáticos de los westerns canónicos. Fred Carlson recupera la tradición de todos esos personajes movidos por la venganza; otra parte del relato se desarrolla con ‘Centauros del Desierto’ (The Searchers, John  Ford) en mente. Hay un pueblo amenazado por un pistolero violento, saloons, prostitutas, un duelo, e incluso una lucha grupal como elemento hawksiano. 

En este sentido, la escena de presentación es toda una declaración de principios.  Existe una “necesidad de ensueño”, escribía Ortega y Gasset, y el cine ha saciado una sed por contar historias que arrastra el hombre desde que pintaba bisontes en las cavernas. El western podría ser la representación del nacimiento de su propio país. Una visión de su historia, con un sentido épico más que historicista, tal y como se hacían con los Cantares de Gesta o las tragedias griegas. En su historia, se representa una amarga realidad sobre el transfondo de un pueblo convertido en nación a lo largo del siglo XIX, conviviendo en donde el mito, la épica y la aventura tienen su protagonismo, junto con el derramamiento de sangre y la venganza: una nación forjada a golpe de revolver. 

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                      y la muerte lo seguía