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Hubo un tiempo en que el pulso del entretenimiento y de las noticias procedían de la radio, medio que tuvo su hegemonía antes de que existiese la televisión, y por supuesto de Internet y de las redes sociales. Hoy, sin embargo, resiste la dura competencia, gracias a la experiencia, la gracia o llamémoslo como queramos, de unos locutores, los amos de las ondas. Y el cine ha puesto la mirada en la radio en numerosas ocasiones.

No todo era espectáculo y juego de artificio, también había tiempo para la intimidad, tiempo en el que el diálogo se convertía en confesión, como ocurría en Elígeme, Alan Rundolph: “No eras bueno en el sexo, Tom, bueno, tal vez ella sí, así que le animo a que se esfuerze a tratarla como se merece”. El locutor seducía a los espectadores, pero rechazaba tener contacto con ellos por precaución. Nunca se sabe quién puede estar al otro lado. “Especialmente dedicado a Evelyn”. Lo sabría muy bien, Clint Eastwood, en Escalofrío en la noche, en donde interpretaba a un locutor de radio que caía en la seducción de una mujer obsesionada por él. En otros casos, el locutor se convertía en un testigo de una persecución, como sucedía en Punto límite cero, Richard C. Safarian.

-En honor al último hombre americano, para quien la velocidad significa libertad de espíritu.

La radio se convirtió en un icono, para los adolescentes que no sabían qué hacer sin la voz de un gurú. George Lucas planteó esta idea en su película American Graffiti: “¡Aquí está, The Player!”. La satisfacción era tan grande que algunos locutores llegaban a creerse los amos del universo, como le sucedía al personaje de Jeff Bridges en El rey pescador.

-Son malos, Edwin, les repelen la imperfección, les dan horror lo banal, todo aquello que América defiende, todo lo que tú y yo luchamos.

La radio ha emitido terror.

- Si en el término de veinticuatro horas no se decide enviar las tropas de Polonia completamente, se instaurará el Estado de Guerra entre nuestros dos países.

Unas veces reales, como el inicio de la Segunda Guerra Mundial, reflejado en Esperanza y gloria, uno de los filmes menos conocidos de John Boorman.

Otros son casos ficticios.

-Sydney, esta es nuestra primera cita.

-¡Ah, Ellen, ya sabes lo que siento por ti!

-Interrumpimos el programa para emitir un informativo especial. Retrasmitimos desde New Jersey, lo que parece el aterrizaje de centenares de naves espaciales no identificadas. Confirmamos la invasión a gran escala de la Tierra, por los marcianos.

Lo sabría Woody Allen, quien recurre a ella, en Días de Radio, para contarnos los mismos traumas de siempre, con la Guerra de los Mundos de H. G. Wells, de fondo. Pero siendo cierto, que sin ellos, ya nos hubieran invadidos hasta las hormigas. El cine siempre ha sentido esa comunión entre locutores y espectadores, por encima de todo. Ellos necesitan de sus oyentes, nosotros de sus voces.

¡Ah! y todos a escuchar la radio; es mucho más que música, es espectáculo, información, actualidad, es un medio que no podemos permitirnos perder porque perderíamos una parte de nosotros mismos. Y es gratis. 

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