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“Lo maldito destruyó todo el pueblo”, se decía en  “La cosa maldita”, capítulo de Maestros del horror, dirigido por Tobe Hopper. Y en el cine hemos visto en centenares de ocasiones a pueblos, dejados a la merced del horror, poblados de calles malditas.

En todo el mundo existen centenares de auténticos pueblos fantasmas que viven abandonados a su suerte, creando una mitología de terror, aprovechado por el cine de género. De hecho, son incontables las películas que acercan sus personajes a lugares vacíos de gentes, sugestionables por este sentimiento que es el miedo. Pero aunque haya pueblos fantasmas repartidos por todo el mundo, lo cierto es que los que han servido para el imaginario del cine de terror son bastante reconocibles y localizados. Primero, en el medio oeste americano, próximo a aquella América Profunda de los pueblos situados en medio de ninguna parte; y por otra, los "apacibles y pintorescos" pueblos de Maine, presentados como pueblos malditos por la literatura.

El género de terror gótico, ya sea el clásico o el moderno, han dado gran importancia a sus escenarios, a la atmósfera en donde se describen las historias de horror. De hecho,  Stephen King, Lovecraft y gran parte del cine, en general, nos muestra cómo el horror vive en los pueblos pequeños. Pueblos como el descrito en Salem´s Lot, Los chicos del maiz, El horror de Dunwich  y otros tantos, de calles solitarias, casas encaramadas en lo alto de una colina, callejones ocultos por la niebla. Los pueblos olvidados pertenecen a nuestro imaginario colectivo y muchos escritores del género lo utilizan como decorado para sus historia. No vamos a negar que esta es una de las grandes temáticas del cine de terror de todos los tiempos y de estos dos autores, en particular, entendiendo que  Stephen King ha bebido de Lovecraft en muchas de sus narraciones. 

La búsqueda de eso que llamamos "atmósferas", crear un ámbiente idóneo, en unos escenarios creíbles pero sugestionables, ha llevado a enmascarar todo tipo de historias en pequeños pueblos. Dónde un día, la cotidianidad se tornó en violencia atávica, vemos los miedos que surgen a raiz del fanatismo y de las pesadillas (Silent Hill), de adolescentes brutales (Los chicos del maíz) o de terribles criaturas surgidas de la imaginación de un escritor (En la boca del miedo).

-Un lugar real en un estado real, New Haphsire, para ser más concretos. 

-Pero no aparece en el mapa.

-Bueno, mapas nuevos, propietarios antiguos. Hay pueblos olvidados en toda América. ¡Sería un gran concurso! ¿no cree? Una las piezas, encuentra la localidad y gane fiambrera de Shutter Cane. 

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Un curioso ejemplo lo encontramos en En la boca del miedo (John Carpenter). Propone un cine más basado en el terror, que en el horror o en el susto fácil (es decir, en la atmósfera, en la trama y en los personajes), en la que un investigador busca a un escritor de best-sellers (una mezcla entre Stephen King y H. P. Lovecraft). Desaparecido sin dejar rastro junto con los últimos capítulos de su novela, les introducirá, sin saberlo, en el mundo ficticio creado por ese escritor. John Carpenter y los directores artísticos Jeff Ginn y Peter Grundy, crean un pueblo muy de Stephen King. 

Otra analogía se encuentra entre estos lugares malditos y la "isla", como lugar hermético y desconectado de la realidad. Estos escenarios se convierten en islas físicas o mentales, e incluso mundos oníricos como los sueños creados por aquel hombre del saco que era Freddy Krueger. Estos planteamientos estéticos superaban el límite de los clichés temáticos, dotándoles en ocasiones de identidad a la trama. Así aparecen atmósferas venosas y recargadas, pueblos semiabandonados con sus calles sucias y casas malditas. Pueblos perpetuamente encapotados por cenizas, en los que se asoman un espacio onírico y sobrenatural como el de "Silent Hill". Lo que más llama la atención de la película es su poder visual,  la dirección artística y algunas de las diabólicas criaturas. Lo destacado serían aquellas imágenes del pueblo fantasma envuelto en niebla y ceniza.     

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La niebla es el elemento capaz de crear la atmósfera idónea para una historia de terror. La presencia de esta niebla permite que aumente la sugestión del miedo entre el espectador, pues algo amenazante puede surgir de esa expesa capa de neblina. Así, aparecía en películas como The fog (La niebla), de John Carpenter o en La niebla (Frank Darabont), sobre un relato de Stephen King. Pero también la niebla ha servido para enmascarar decorados, casas o castillos, dotándolo de una mayor sensación de misterio. Un ejemplo, lo encontramos en la mansión de Los otros (Alejandro Amenábar).

                          LosOtros

Aunque en otras ocasiones, ese mismo efecto se logra mostrando la casa desvencijada, en ruinas.

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