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El luminoso rostro de Robert Redfort, desprovisto de expresividad y ofreciendo la sensación de que los abusos de la cirugía plástica se ha ensañado con él, por su deseo de revivir la nostalgia de un pasado esplendor, ha ido representado durante más de treinta años la cara más grata y civilizada de los Estados Unidos. La sensación de que era tipo de fiar, con cerebro y conciencia, un hombre de bien, independientemente de los personajes y los atributos con los que Hollywood suele premiar y mimar a sus estrellas tan rentables como eternas. Como Cary Grant, James Steward o Gary Cooper es impensable verle como villano y dando vida a lo enfermizo o al reverso tenebroso de América. Demócrata y ecologista convencido, a lo largo de su trayectoria, Redford ha demostrado una coherencia política en la elección de sus papeles más comprometidos. En El candidato denunciaba a una clase política muy preparada para ganar unas elecciones pero incapaz de gobernar.

- Bueno, ¿qué vamos hacer ahora?
- ¿Qué?
- Vale, ya soy senador, ¿Y ahora qué?

Protagonizando Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula), Redfort abogó por la libertad de prensa como pilar fundamental de la democracia, mientras que con Sidney Pollack denunció los oscuros métodos del terrorismo de Estado en Los tres días del cóndor.

- Oiga, hijo de perra, estaba lloviendo, volví con los bocadillos y los habían asesinado a todos. Todos han muerto.

Paradójicamente, por vocación, convicción o mala conciencia, esta mina de oro, todo un símbolo dentro de la gran industria de Hollywood, dedicó su fama, su dinero y prestigio al mecenazgo, producción y distribución del cine independiente, a través de la plataforma del Festival de Sundance. Mientras que como realizador, ha dirigido películas sensibles y críticas, esforzadamente líricas, con más ambición que perfección pero muy dignas. Filmes en donde el compromiso político también está presente en su obra como director, en especial en Un lugar llamado milagro, fábula cercana al realismo mágico con la que denunciaba el mercantilismo salvaje ejercido sobre la tierra por las grandes multinacionales.

- ¿Allí estará el lago y el albergue de esquiadores?
- Sí.
- Los apartamentos y el campo de golf.
- Eso mismo, lo has entendido.



Más allá del compromiso político, el cine de Robert Redfort contiene reflexiones, en ocasiones puramente existenciales, que cuestionan con amargura el Sueño Americano, a través del significado del triunfo, tema central de La leyenda de Bagger Vance, pero sobre todo de Quitzshow, en donde el cineasta y actor disecciona los mecanismos fraudulentos con los que la televisión, y por extensión, la sociedad construye a sus triunfadores.

- He mentido al pueblo americano, he mentido acerca de lo que sabía y también he mentido acerca de lo que no sabía.

En la excepcional Gente corriente, opera prima por la que Redford ganó el Oscar al Mejor Director, se confronta a una destrozada familia por un traumático accidente con la exigencia social de encajar en el Sueño Americano. Un prometedor nadador adolescente, un padre y una madre, ejemplares.

- Hace mucho tiempo la lluvia cayó sobre el barro y se convirtió en piedra, hace millones de años. Pero aún antes que eso, sobre las piedras yacía la palabra de Dios.

 Menos amargas y más cercanas a sus creencias budistas y ecologistas son El río de la vida y El hombre que susurraba los caballos, suertes de encuentros místicos entre el hombre y la naturaleza, en donde el ritmo contemplativo y el preciosismo fotográfico son dos manifiestos existenciales empleados por Redford para dotar de armonía, lirismo y belleza a sus filmes.