20110617021559-lumet.jpg

- Dígame lo que significan estas palabras: "A través de un cristal oscuro".
- Es cómo lo ven, algunas personas.

(El zurdo, Arthur Penn)

Estos dos cineastas compartieron en su momento el pertenecer a la llamada "Generación de la televión", interesante por ser el mejor cine norteamericano de los años sesenta y setenta, y por su línea concienciada con los problemas de su país. La relajación de la moral sexual, el choque generacional, el auge de la violencia juvenil, junto al creciente presencia de la televisión, estaban presentes en esta década.

Sus personajes, representan los lados oscuros del mundo en que vieron estos dos cineastas, ese lado de Norteamerica, cuyas conciencias pretendían despertar sus películas, a base de "estimular el pensamiento", según las propias palabras de Sidney Lumet, uno a los que homenajeamos. "Toda película debe ser un entretenimiento, pero el cine debe recoger algo más: estimular el pensamiento".

Y si en este director, prevalecen los melodramas judiciales y la corrupción, como hizo en uno de sus títulos más emblemáticos, La noche cae sobre Manhattan.

- Y olvíndese de las putas normas, que a nadie se le ocurre mencionar sutilezas como los derechos civiles. Ustedes cojan a esos malditos asesinos y yo me ocuparé de la Asociación por los Derechos Civiles.

En Arthur Penn, el interés estriba en mostrarnos la violencia de su momento reflejada en una visión más contemporánea del western, como hizo en Jauria humana.

- Su sueldo sale de los impuestos de todos,  tiene obligación de protegernos.
- Si algo les ocurre, caballeros, les prometo devolverles el dinero.
 
De ahí que en estas historias no se haga raro encontrarnos con auténticos ambientes fatales, en donde no existan los vencedores; en estas películas "unos pierden más que otros", como decía el personaje interpretado por Gene Hackman en La noche se mueve, de Arthur Penn, el primer director al que vamos a referirnos. Unos destinos fatales que aparecen en otros tantos títulos, como por ejemplo, en Bonnie and Clayd.

- Caerán justos algún día, justos los sepultará, y aunque unos lo lamentén, muchos lo celebrarán. Para Bonnie and Clayd, habrá llegado el final.

La figura del gánster es presentada como un romántico modelo constestatario a las audiencias de la América del Watergate. Ahí explica que el romanticismo de la pareja protagonista, ganara en simpatías, por quienes veían en su epopeya socialmente amoral, subversiva y vitalista, una huidiza cualidad trágica.

A su manera, Penn hizo una particular visión de lo que había sido América así como su concepción que tiene de sí misma; a través de la Gran Depresión o de los westerns reinventados por el mismo,  celebrando la épica de los perdedores.  Bien tomando una lectura psicoanalítica del Oeste, con El zurdo, como de su violencia en Missuri.

- ¿No es partidaria de colgar a un ladrón?
- No señor, no lo soy.
- Pues yo sí. ¿Cómo si no íbamos a tener ley y orden?

E incluso podemos rastrear una crítica del genocidio a las minorías indias, en su película Pequeño gran hombre, una visión desmitificadora del general Custer. Se denuncia el sempiterno etnocentrismo WASP, al mismo tiempo que deconstruye la mitología del western.

- Se nos están acabando las municiones.
-¡Bien, se están acabando las municiones! Le advertí que pasaría esto, pero el se quedó allí, en la Casa Blanca y además se rió de mí.

Pero también quedó reflejada en su filmografía la tremenda decepción de los escándalos políticos, desde el de Watergate como el de los asesinatos de los Kennedy; apareciendo en La noche se mueve.

- ¿Qué hacías la noche en que asesinaron a Kennedy?
- ¿Qué Kennedy?
- Cualquier Kennedy.

Esta decepción quedó reflejada en la historia de la película, al ser un thriller en donde el personaje, un detective no termina por descubrir el caso, llendo en círculos al final del filme.

- ¿Es usted uno de esos detectives que metidos en un caso nadie les puede sacar de él?
- Eso era en los viejos tiempos, ahora estamos sindicados.

                                                                      ****

- Once han votado culpabe. ¿Alguno vota inocente? Uno, muy bien. Once culpable y uno, inocente.
- Bueno, y ahora ¿qué pasa?
- Tendremos que hablar.
- ¿Así que inocente?
- No lo sé.

Este seguramente sea el momento central de su película más conocida, Doce hombres sin piedad, del segundo director que homenajeamos de la llamada "Generación de la televisión". Sus filmes escarban en algunas de las mayores mezquindades humanas, incidiendo en la falta de justicia y de ética, como se aprecia en ese melodrama con dimensiones intimistas que fue su epitafio cinematográfica: Antes que el diablo sepa que hemos muerto.

- Es la tienda de papá y mamá.
- Lo que te decía, un negocio familiar.

Unió a  Al Pacino y a John Cazale, que una vez fueron hermanos de esa gran familia de los Corleone (El Padrino, F. F. Copolla) para encarnar a dos auténticos antihéroes que pretenden robar un banco. Lumet aprovechaba la historia para esbozar dos temas tabúes, la homosexualidad y la condición mediática de los delincuentes.  

- ¿Qué me dice? ¿Qué por qué lo hago? ¿El qué?
- Atracar un banco.
- Qué pregunta más tonta. Robo un banco porque hay dinero, porque sino no lo robaría.

Como nadie otro, Sidney Lumet supo plasmar en la gran pantalla el poder de la televisión, logrando su éxtasis en Network. Por el camino, habría otras historias igualmente crudas e impactante como la de ese judío, supeviviente del Holocausto, de El prestamista.

- Yo no creo en Dios, ni en el arte, ni en los periódicos, ni en la política, ni en los filósofos.
- Entonces, profesor, ¿en qué crée usted?
- En el dinero.

O también reflejó la tensión de la llamada Crisis de los misiles, con Cuba, en su película Punto límite.

- En toda guerra, incluso en una nuclear, hay un ganador y un perdedor. ¿Quien preferiría ser?
- en una guerra nuclear todos perderíamos, la guerra ya no es lo que era antes.
- Sigue siendo una solución para los conflictos políticos y económicos.
- ¿Habría cien millones de muertos, qué clase de solución sería esa?
- No serían cien millones.
- ¡Ni sesenta!