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Una ciudad similar a cualquiera otra gran capital. Grandes muchedumbres de gente y todas con prisas, monumentos y calles que han visto todo tipo de acontecimientos, de odio, de alegrías, de amor. Así, volvamos de nuevo a un viaje cinéfilo y turístico por la ciudad de la luz. Francófobos, abstenerse.

 Si trasladas el trío que hizo posible El apartamento (Billy Wilder, Jack Lemmon y S. McLaine) a París te sale una maravilla, y en Tecnicolor. Situada en el barrio rojo parisino, en la zona del Pigalle, nos encontramos a Irma la dulce, una encantadora película sobre una prostituta que se enamora de un ingenuo gendarme. Montmartre fue visitado otras tantas veces en la pantalla, el cine ha sentido una gran atracción por este lugar, como en aquel elogio de “Le photomaton” que fue Amélie (Jean Pierre-Jeunet), con un Montmartre coronado por ese merengue arquitectónico llamado Sacré Coeur. Y su idílico fotomatón.

Con el personaje de Amélie Poulain, descubrimos un mundo muy distinto, mientras se dedicaba al fabuloso destino de hacer felices a los demás; enanos de jardín, incluidos. Esa sería la máxima al uso en otro colorido París, esta vez abierto desde su más celebre cabaret, Moulin Rouge (Baz Luhrmann), falso y decimonónico para todo un subidón de pop. Habrá quienes prefieran, sin embargo, la versión clásica de ese mundo colorista de Toulouse-Lautrec.

En París, también pueden darse cita dos desconocidos y enamorarse mutuamente y de una ciudad que la descubren como el mejor escenario posible para sus paseos y conversaciones de unos personajes en deriva emocional. Meg Ryan pasaba del amour fou a acabar como El expreso de medianoche por culpa de Kevin Kline, en esa comedia romántica que fue French Kiss (Laurence Kasdan). Pero para aquellos que piensen en París, como el lugar idóneo para un amor espontáneo, quedará el paseo turístico, el almuerzo y el beso romántico de Antes del atardecer (Richard Linlaker). París es la ciudad perfecta para encontrarse con ese desconocido que te enamoró en un tren años atrás; y todo contado en la franja temporal de una noche.

  - Cuando llegue la mañana nos convertiremos en calabazas.

                      

Las noches parisinas son para conocer a unos desconocidos, bailar, pasear o hacer el idiota, como hacía el protagonista de La cena de los idiotas, una genial comedia a cargo de Francis Veber.

- Doctor, esta noche tengo a un idiota de primera. ¡Se lo suplico, haga algo, déme calmante, antiinflamatorios, lo que sea, pero ayúdeme!

Existe otra París de postal, en blanco y negro, con una Jean Seberg, niña bien con pelo a lo garçon, y un Jean Paul Belmondo, el malote a lo Martini. Un amor con remordimientos, en Al final de la escapada (Jean-Luc Godard). Y si escarbábamos más allá de la novelle vague, nos encontraremos con un mayo del 68, presentado como un puro ménage à trois. ¿La escena? El Museo del Louvre, a la carrera, como sucedía en Jules et Jim, de Trufautt. Con Soñadores, Bernardo Bertollucci nos cuenta la Revolución por el amor al arte.

Por el amor al arte, pero de otro tipo, fue por lo que una adorable rata decidió un buen día armarse con las cazuelas y las pintas de cocinero. Con Ratatouille solo a Pixar se le ocurrió eso de que las ratas preparasen la comanda de una visita animada por los barrios bajos de París, donde Remy servía de chef en la cloaca.  Será por la cocina francesa, por el cual el mismo Bertolluci nos introdujo, en su Último tango en París, toda una lección de picacismo y en semejante zona. Un hombre de mediana edad se enamora de una francesita. Sí, el tópico, pero en realidad funciona. Además, la  película demuestra que una barra de mantequilla sirve para algo más que a la gastronomía. Bon apetit!

París hay muchas y no podremos contentar a todos quienes busquen su propia París cinematográfica. Cerraremos nuestra visita turística con otro clásico eterno del séptimo arte, que al menos la cita de forma elíptica, Casablanca. La ciudad de la luz queda aquí como el reflejo de un amor ya pasado, con esa fracesilla de aquel particular galán que era Rick (Humphrey Bogart).

- Al menos, nos quedará París.