20140907222639-1237322644576-f.jpg

 El mundo de los niños, la infacia, no siempre es un camino de rosas por donde los más pequeños transitan con alegría y jocosidad. No todos son seres agradables, con carrillos rojizos y rostros sonrientes, cuya única preocupación sería la de estudiar lo suficiente como para tener unos padres contentos que, de tarde en tarde, les compensen con regalos y mimos. La pobreza, los conflictos armados, el SIDA, en definitiva la lucha por la vida de unos niños que aprenden a hacerse mayores antes de tiempo, como también el hecho de aquellos progenitores de ambos sexos que no están capacitados para traer niños al mundo y que tampoco cumplen la legislación vigente. El artículo 27, apartado segundo de la Declaración Universal de los Derechos del Niño (Naciones Unidas) lo deja bien claro: "A los padres u otras personas encargadas del niño les incumbe la responsabilidad primordial de proporcionar, dentro de las posibilidades económicas, las condiciones de vida para su desarollo".

 El retrato de unos niños cuyas vidas no son amparadas por instituciones públicas, niños que se sitúan al margen de la sociedad y que forman parte de las estadísticas del hambre y la violencia en el mundo. Niños que, sin el amparo de padres y adultos, deben coger las riendas de la vida con sus propios medios. Los niños abandonados a su suerte, niños soldados, delincuentes juveniles, la infancia desarraigada, desprotegida, sumida en el horror de las circunstancias y oprimidos por el yugo del abuso y explotación de los adultos, ha sido desde los inicios del cine, tema en un sinfín de películas con desigual resultado. Ya sea en forma de comedia, melodrama y, sobre todo, tragedia. Este tema fue la base de una de las mejores películas de Charles Chaplin, El chico, en su estilo particular que sabía aúnar dosis de comedia y drama, para contarnos como el vagabundo Charlot se convertía en el protector de un bebé encontrado en la calle. La idea del niño abandonado también aparecía en El padrino II, en la figura del gran mariscal de los Corleone que conoció de pequeño la violencia de las familias mafiosas y buscarse la vida cómo podía, cuando le enviaron a América.

 - ¿Cómo te llamas? ¿Tou nomen?

- Vito Andolini. 

- Corleone, Vito Corleone.

                              

 La mayor parte de los retratos de adolescentes, abandonados al flujo abigarrado de las calles, ha surgido en el cine americano y transcurre, sobre todo en los distintos barrios de Nueva York. De sus huellas indelebles quedaron unos personajes que de mayores destacarían por su profesionalidad mafiosa y criminal.

 - Este es nuestro barrio, Hellskitchen. Las calles del Westside de Manhhattan era nuestro patio privado. Aquí es donde nos sentíamos como reyes absolutos. En Hellskitchen convivían una mezcla incómoda de trabajadores irlandeses, italianos, puertoriqueños y americanos, hombres de clase media-baja.

 De los chicos de Sleepers (Barry Levison) a los de otros neoyorquinos carismáticos, como Martin Scorsese. Este cineasta basó buena parte de su filmografía en la vida en el barrio, en ambientes turbios. Así, lo reflejó en Malas calles, el relato de unos jovenzuelos atrapados en los mecanismos de la violencia y los complejos sentimientos de la culpabilidad, mientras que en Uno de los nuestros, los recuerdos de un niño dispuesto a adoptar los modelos que observaba a su alrededor.

 - Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. Ellos eran distintos a todos, me refiero a que hacían lo que les daba la gana.

 Necesariamente cercano a Scorsese se encuentra el actor Robert De Niro, quien debutó en la dirección con la estupenda Una historia del Bronx, en la que contaba los recuerdos de otro niño inclinado más por las actitudes arrogantes de los gansters de su barrio que por la honradez de su propio padre.

 - Este es mi padre, Lorenzo, conducía el autobús que pasaba por la calle 187. Me gustaba subir y hacer con él la ruta.

 Sobre los mismos temas y en geografías similares, pero desde su particular y combatiente perspectiva, Spike Lee se ha explayado instantemente en el retrato de los niños de la calle, a merced de sus instintos y de los intereses siempre ambiguos del Bien y del Mal. El sentido racial, la marginalidad y las drogas, suelen estar presente en su filmografía, con un título intersante en este sentido, Camellos.

                         

 Uno de los pioneros en esta cruda intromisión a los infiernos de la marginalidad fue Luis Buñuel en Los olvidados, un retrato cruento, descarnado y sin concesiones de la infancial marginal de México, que podía sublimarse de un modo universal. Mientras que en España, fue Carlos Saura el primero en sumarse a este sugerente apartado con Los golfos, en donde sus personajes mediatizados por la moda de la época, parecían más variopinto de lo que realmente eran.

 - Hay que hacer aquello del garaje, que preparamos hace tiempo. Lo he vuelto a pensar, a lo americano: Y hay que tenerlo previsto, paso a paso. Os voy a contar mi plan.

 Más estilizada y próxima en el tiempo, se sitúa Barrio (Fernando León de Aranoa), en torno a tres chicos abandonados al azar, en su lógica particular, del ambiente de la calle.

 - Con un bazoca.

- Sí, con un bazoca, con un tanque.

- No hace falta, cogeremos la pistola de mi padre y le ponemos la pipa en la cara, mientras le damos un tiro al otro y nos llevamos el camión.

- ¿Y si no sale?

- Seguro que sale.

- Igual no, ¡tú que sabes! Igual se caen mal y le da igual que le peguen un tiro al otro.

- ¿Cómo se van a caer mal? A ti, lo que te pasa es que te da miedo.

                             

  Siete Vírgenes (Alberto Rodríguez) viene a constatar con contundencia que la marginalidad es también un hecho consumado en las ciudades de tamaño medio, pretendiendo erigirse como una imagen premonitoria de ese momento sin retorno, para muchos, cuando se deja de ser niño y se toma conciencia de que la vida va en serio. Otras producciones más recientes surgen de la influencia en la infancia de una sociedad maltrecha. Seguramente la película actual más interesante, sobre este desolador asunto sea Ciudad de Dios (Fernando Mierelles), ambientada en Brasil.

 - En aquella época, yo creía que los chicos del Tío Ternura era los más peligrosos de Río de Janeiro. Pero en realidad sólo eran un atajo de novatos.

 Pero el cine latinoamericano ha sido prolijo en retratar estos asuntos de chicos engullidos literalmente por la violencia, sobre todo en Colombia, en donde basta poco menos que abrir el periódico para encontrar materiales equiparables con los que Barber Schreder encontró en la novela de Fernando Vallejo, para poner en pie La virgen de los sicarios. Como La vendedora de rosas, del colombiano César Gabiria, consigue emocionarnos, en esta ocasión con una historia de unos niños de la calle en Medellín, los gamines, los meninos da rua, que deambulan por las calles y duermen a la interperie, con mucho atributo a Los olvidados de Buñuel, e incluso a Pasolini, si se quiere, como una excursión al fin de la noche en los últimos barrios de una ciudad en donde el único lenguaje posible es el de la navaja.

 - ¿Así que vos soys “La laguna azul”? ¿Por qué matastes a Alexi?

                                             

Crecer en un territorio adverso y conflictivo ha sido un espectáculo muy recurrente y enriquecedor de la historia del cine. En esta línea, algunas obras maestras de la literatura han sido fuentes de inspiración para historias que tienen en una infancia maltrecha el centro del argumento. Lo que hace que cobre una clara importancia el famoso relato de Charles Dickes, Oliver Twist, en la mejor de las versiones cinematográficas a cargo de Carol Reed.

  Otros clásicos del séptimo arte, cuyo paso del tiempo no han hecho más que realzar su discurso, nos presentan a niños desarraigados de esa primera etapa vital y fundamental de toda persona. En Alemania, año 0, de Roberto Rossellini hacía hincapié en el Berlín de posguerra, desde el punto de vista de un chico que se reencontraba con su antiguo maestro de escuela.

 - Ya te lo he dicho, déjate de sentimentalismos, la vida es como es. Hay que afrontarla con valentía. ¿Tienes miedo que se muera tu padre? ¡Aprende de la naturaleza!

                               

 Eran los golpes que se recibían en la infancia: lo mismo daba que viniesen de una situación de guerra, que te obligase a afrontar la vida con valentía, o del propio seno familiar. Sentímos empatía con el protagonista de Los cuatrocientos  golpes (F. Truffaut) cuando se le malinterpretaba cada vez que llamaba la atención.

 - Tus padres dicen que mientes más que hablas.

- ¡Qué miento! ¡Qué miento! No es para tanto. Si le dijera algunas cosas que son verdad, no me creerían y prefiero mentir.

 En ocasiones, el séptimo arte se ha detenido en el caso de niños abandonados, lejos del calor del hogar y sus padres. Charles Laugthon nos presentaba en La noche del cazador a dos críos acechados por un ogro con la piel de cordero y los dedos tatuados con las palabras "amor" y "odio". Otras veces es el  niño de ocho años más listo del cine quien se defiende cuando unos desvalijadores amenazan su territorio. Sólo en casa, de Chris Columbus, nos demostraba que dejarse olvidado al niño en casa, cuando se van de vacaciones, puede ser el mejor sustituto de las compañías de seguridad. Uno de los abandonos más deslumbrantes del séptimo arte lo protagonizaba un niño robot que, en pleno bosque, ve que no sólo no es querido como el quisiera sino que, para colmo, se le deja tirado como un perro. La mejor escena de Inteligencia Artificial (Steven Spielberg).

                               

  Sin embargo, no todas las miradas inocentes de los más pequeños aparecen regidas por los insoportables y sabelotodos macaulyculkins. En el país del videojuego, en donde la cultura del trabajo y la competividad hacen estragos en las relaciones personales, una serie de cineastas recurren al tema de la infancia, porque en el Japón consumista, deshumanizado e hiperindustralizado del siglo XXI también suceden estas cosas. La mirada de estos niños queda reflejada en los ojos del pequeño Yang-Yang en la inolvidable Yi Yi (Un uno y un dos), del taiwanés Edward Yang; de Kikujiro, el pequñín que pasaba el verano como podía junto a Takeshi Kitano, o de los escolares chinitos que retrataba Zhang Yimou en Ni uno menos. También los clásicos siguen esa imagen de la infancia: las travesuras de los chavales de Buenos días, de Yasujiro Ozu, que era un remake de otra película con niños titulada I was Born, But. El maestro Kurosawa también trató este tema con un jovencito minusválido psíquico en Dodescaden.