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“Hijo, hay muchas cosas feas en el mundo. Me gustaría poder evitar que las vieras, pero no es posible”. Atticus Finch (Gregory Peck, dixit) en Matar a un ruiseñor

El séptimo arte ha demostrado que saltarse la ley es tremendamente agradecido, tanto que llega a ser una de las constantes en la gran pantalla, en la que encontramos a padres inconscientes y trastornados. Sí, han leído bien. Progenitores que parecen olvidar la premisa de cuidar adecuadamente a sus vástagos y con un sentimiento de propiedad de las madres sobre los hijos que puede llegar a no tener límites. Una cinematografía que quiere ilustrar con suficiente sugerencia el comportamiento materno-filial, que excede los propios instintos naturales de protección comunes a casi todas las especies animales. Las madres conflictivas han dado mucho juego en el celuloide y casi siempre como auténticos monstruos disfrazados de corderos, seres de compleja personalidad que transmiten sus frustraciones y sus armas de perfección en la figura, por lo general, indefensa y moldeable de sus hijos. 

El cine ha dejado constancia de la generalidad de este comportamiento, que no se puede asociar a nacionalidades o clases sociales concretas. Tanto en las más familias humildes reflejadas en la película Mamá sangrienta (Roger Corman) a los sectores de la alta sociedad de Queridísima mamá (Frank Perry), la madre puede llegar a simbolizar un sentimiento de posesión absorbente, próxima a la tiranía. 

- ¿Has dejado hoy limpio el suelo del cuarto de baño?

- Sí, mami.

- Sí, mami, ¿qué?

- Sí mami querida.

 Hay madres de baja extracción con desmesuradas e ingenuas ansias de notoriedad para sus criaturas, como pretendiendo llevar a cabo sus propios deseos de niñez o continuasen en sus hijos sus mismas apetencias. Un ejemplo lo encontramos en un título poco conocido de Luchino Visconti, Bellísima.

 - ¿Has visto las manos? Hija mía, pero si tú también sabes actuar, pero no balbucees, porque sino no nos van a coger. Tienes que hablar sin balbucear, ¿entendido? Tú si que puedes ser actriz, mi cara bonita, como yo si hubiese querido.

 Sofisticadas madres absorbentes e incestuosas, que encarnan la casuística y la mitología psicoanalítica. El director británico Joseph Leo Manckiewitz, acostumbrado a presentarnos a personajes femeninos intensos en algunas de sus obras maestras, nos acerca en De repente el último verano a un recorrido cambiante de los afectos en la figura de una madre posesiva en uno de sus mejores estudios psicológicos.

 - Mi hijo y yo compartíamos un único y maravilloso amor, había comprensión entre nosotros, una especie de contrato, un pacto entre los dos. Y él rompió el pacto y se la llevó a ella. E incluso cuando estaba conmigo había algo que le asustaba, pero yo sabía cuando y qué. Yo estaba en la mesa y me tocaba las manos, yo no decía ni una palabra y sólo unía sus manos con las mías.

                                                           

La belicosidad o la violencia de los hijos no son más que modelos de comportamientos alentados por las complejas características de sus progenitoras. Uno de los más clásicos gansters, -el personaje de Cody Garret (James Cagney) en el film Al rojo vivo de Raoul Walsh- mantenía una estrecha relación con su madre, al depender en exceso de ella.

- La cima del mundo, hijo.

- No sé lo que haría sin ti, mamá.

 Alfred Hitchcock fue uno de los mayores expertos en modelos dominantes y marimandones, al juzgar por el número de estas, que podemos encontrar en sus películas, por ejemplo en Los pájaros. Pero la sabiduría del mago del suspense se extiende inevitablemente a los efectos desbastadores de una madre pasada de revoluciones. Al llegar a imprimir en sus cachorros huellas indelebles que traspasan los límites de la propia identidad. El mejor exponente lo encontramos en Psicosis, en el personaje interpretado por Anthony Perkins, Norma Bates, el desquiciado propietario de un motel de carretera, con ínfulas de voayer y una psicopatía producida por su madre.

  - Es muy triste que una madre llegue a declarar contra hijo, pero no podía permitir que creyeran que el crimen lo cometí yo. Ahora le matarán, tuve que hacerlo yo misma hace tiempo. Siempre fue un malvado.

 Los resortes de dominación no discriminan, necesariamente, entre hijos e hijas, pero el grado de dependencia que se establece entre mujeres ha sido representado con una sobriedad impactante. Como ilustración extrema de que la realidad supera a la ficción encontramos el caso real de Hildegard Rodríguez Carballeira, reconstruido en el celuloide por Fernando Fernán Gómez (Mi hija Hildegard), niña prodigio a la que su madre quiso convertir en un modelo de mujer del futuro.

 - Si cuando vuelva esta noche y las firmas estén borradas, sabré que eres una perdida como tantas otras.

 Los excesos maternales también han sido representados por el cine español con un amplio espectro que abarca desde la elocuente expresión de los resortes más irracionales hasta la caricaturización del dominio más convencional. Un ejemplo en este sentido, lo encontramos en Belle Époque (Fernando Trueba).

 - Esta pulsera se la dieron a mi abuela, a mi madre y luego a mí. Oye, ¿le has dicho que cuando os caséis, voy a vivir con vosotros?

- Eso luego, mamá.

                                                         

Mi hijo, obra del debutante Martial Fougeron, es uno de los últimos referentes del tema. El cineasta nos acerca a un atrevido (y si se quiere, políticamente incorrecto) drama, ambientado en una pequeña ciudad de provincias y centrado en un personaje, que a pesar de reflejar corrección y virtud, presenta una situación patológica con su hijo en la intimidad. Galardonada con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, nos remite a una realidad, que lejos de la mojigatería de una sociedad que observa con preocupación y cierto tabú, la violencia doméstica, lo hace con ingenuidad y escepticismo cuando se trata del lado oscuro de este pilar fundamental de la institución familiar. Las situaciones que desfilan por la pantalla, manifestaciones de un amor obsesivo, transformados sin concesiones en un acoso agobiante y en una serie de ataques de celos, nos remiten a lo más parecido al terror, que además de miedo provoca evidente malestar e incomodidad.