20100206015400-capitalismo-fotos.jpg

 - El 90% de los americanos tienen muy poco, yo no creo riqueza, yo poseo. Nosotros ponemos las normas, pon el hambre, la paz en una hoja de papel. Nosotros somos los que sacamos el conejo del sombrero, mientras que los demás están sentados preguntándose cómo lo hacemos, ¿no serás tan ingenuo de creer que estamos en una democracia, Buddy?

Gordon Genko (Michael Douglas) en Wall Street. Oliver Stone.

 No abandona ni su gorra de béisbol, ni su pinta de niño grande, pero desde hace 30 años toca las narices al país más poderoso del mundo. A Michael Moore le hemos visto detrás de la guerra de Irak, la política sanitaria o la posesión de armas. Ahora vuelve a la carga con su mejor artillería, para lanzar una arenga contra el capitalismo, una mirada crítica a la economía global; el resultado: Capitalismo, una historia de amor.
                 
 Sin duda, lo logrado por Moore debe despetar curiosidad, rivalidad e incluso envidía, entre los que hacen grande a Hollywood: recoger un Oscar, hacer taquilla y provocar –como nadie- contando siempre la misma historia. En esta ocasión, se trata de la historia de un sistema –el capitalismo-, convertido en la principal pesadilla.

 - El capitalismo es un mal, y el mal no se puede regular. Hay que erradicarlo, pero en base a leyes, sino a través de la democracia.



Ni economistas ni historiadores se ponen de acuerdo sobre el origen del capitalismo. Para algunos es tan antiguo como el trueque, para otros, tan moderno como la economía de mercado. Pero nadie duda que el sistema creado bajo los auspicios anglosajones, tuvo el éxito en las Colonias, hasta convertirse en la religión de los Estados Unidos. Si nos quedamos con referencias cinematográficas sobre el tema, destaca 2012 de Roland Emmerich -porque sus conclusiones resultan más objetivas y sinceras que las de Moore-, y Wall Street (Oliver Stone).

 Sin embargo, habría que hacer un inciso, el sistema económico al que Michael Moore dirige sus críticas no es el Capitalismo con mayúsculas, sino una versión de este. Quizás su versión más depredadora, la que abandera los Estados Unidos y que tiene su catedral en Wall Street. De hecho, el cineasta no pone en cuestión el capitalismo, pero su discurso se identifica con las posturas democráticas, que encuentran en Barack Obama su principal esperanza. Su principal argumentación se asienta en una tesis: Lo mejor del Sueño Americano es la creencia en los Estados Unidos, en la democracia y en la justicia, pero es difícil cuando la economía rige los resostes de un país. El mensaje de Moore es incontestable, el capitalismo nos está destrozando; pero su envoltorio es tan entretenido que resulta peligroso por dejar demasiadas puertas a la manipulación. Es como si Buenafuente o el Gran Wyagoming hubieran hecho una tesis del estado económico actual y no escatimaran en supuestos.

 Por otra parte, de nuevo Michael Moore llena la pantalla de su omnipresencia figura y de unos datos de dudosa valía. La crisis actual ha puesto a las finanzas internacionales contra las cuerdas, ha provocado millones de desahucios, un 10% de desempleo, deudas públicas de más de un billón de dólares y ha destapado vicios y escándalos estratosféricos. Con el capitalismo, como objetivo, Michael Moore recorre la geografía de la crisis que en Estados Unidos ha destruido millares de empleos, mientras que advierte a los europeos del modo de vida americano: “Cuanto más os parezcais a nosotros, peor será para vosotros”.

 Al fin y al cabo, los ejemplos con los que ilustra su discurso son tan burdos como contradictorios: unos casos de desahucios no demuestran la situación de todo un sistema económico, a lo sumo subrayarían sus imperfecciones. Por esa razón, el director acierta más en la situación general que en los casos particulares. Se encuentra más cómodo en sus críticas hacia la política de Whashington, que favoreció a los grandes bancos, que en los ejemplos concretos (resulta incomprensible la defensa de los pilotos de aviación, como víctimas del sistema). También se le ve bastante descolocado en sus intervenciones en pleno Wall Street (esa escena en la que se le ve precintando un banco, en domingo, como una revolucionaria medida de protesta), meras acciones cara a la galería, celebradas por sus seguidores. Los mismos espectadores que seguramente no sepan que si una película como esta llega a las salas de cine es gracias al capitalismo.

 Michael Moore es un realizador que se mueve por el telereportaje de actualidad con fondo social y político como un showman con vocación de Pepito Grillo. Todo un demagogo que pisotea a sus anchas otra de las instituciones consagradas de los Estados Unidos, aunque se siente más cómodo en su vena de humor cínico que en su crítica objetiva. La película, El capitalismo: una historia de amor termina siendo un ensayo simplista y manipulador, dirigido más por un telepredicador que por un verdadero crítico del sistema.