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Luís Berlanga (y sus colaboradores, a los que no se les podía olvidar, Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura) nos ofrecen la visión del pueblo español a través de un cuento, una metáfora de lo que sucedía en España en los años cincuenta, con las ayudas del Plan Marshall, como telón de fondo. Saca lo mejor de uno de sus actores fetiches, Pepe Isbert, y de un reparto de actores geniales, junto a todas sus claves cinematográficas propias: la trama coral, el plano secuencia o el detalle de la “guerra austro-húngara”.

 - ¡Eh, señor! Érase una vez un pueblo español, un pueblecito español.

 Ambientada en un pueblo imaginario, pero muy realista que hace las veces de microcosmos de la vida española, el pueblo de Villar del Río (en realidad, Guadalix de la Sierra) es el tamiz en el que reflejarse los sueños y esperanzas de un país sufrido, expuesta en clave de comedia costumbrista, con momentos de lo absurdo y oníricos. Incluso con el empleo de la farsa y la fábula, nos hace pensar que en esa desgraciada tierra todo estaba muy crudo, que se caía a pedazos. Se podría destacar que las obligaciones cotidianas imponían eso tan fatigoso de buscarse la vida, la necesidad del trapicheo y el sálvese quien pueda para seguir tirando. El tema de la inmigración, presente en algún título significativo, como Surco. Sin embargo, Berlanga confía más en la idiosincrasia de lo español, la creencia de que al final las cosas se resolverían por sus propios medios, por el hecho de que soñar era gratis y que suponía un incombustible motor vital.

 - ¿Quién no cree en los Reyes Magos? – Dirá el narrador (Fernando Rey) al final.

Así se refleja con dramatismo y comicidad la vida misma, sus complejidades y miserias, sus equívocos y ternuras, de esos tragicómicos habitantes de Villar del Río que esperan la inminente llegada de mister Marshall, para sacarles de la permanente ruina.

 - Dime pronto, ¿qué es lo que quieres?
- Quiero un espejo grande y una colcha y una…
- Y una porra.

 Fue la comedia ácida, con sorna y mucha mala uva la que empeló en una infinidad de ocasiones en su búsqueda crítica de la realidad, como si quisiera plasmar con el más genuino sabor español, la máxima de Preston Sturges en El viaje de Sullivan: “las posibilidades del cine como medio sociológico y artístico”. La cotidianidad de un pequeño pueblo castellano se rompe de la noche a la mañana, con la llegada de una artista, Carmen Vargas (Lolita Sevilla) “el máximo valor del cante andaluz”.

 - Los americanos son un gran pueblo que no duda en ayudar a los hermanos menos afortunados: traerán ferrocarriles para parar un tren.



Sin embargo, la noticia de un delegado del gobierno sobre la llegada de una comitiva de altas personalidades norteamericanas, que están dando dinero a nuestro país, va a revolucionar el pueblo. Se trataba del Plan de reconstrucción europeo tras la Segunda Guerra Mundial, junto con el recrudecimiento de la Guerra Fría, que trajo consigo fondos norteamericanos. En este contexto, del espejismo por recibir esa ayuda, se sitúa el filme. El acierto de la película es reducir esa situación a un conjunto de imágenes contundentes: la perplejidad de sus autoridades, el atraso del pueblo o las triquiñuelas para seducir a los nuevos invasores. Las máximas autoridades de la localidad no se ponen de acuerdo en cómo van a recibirlos. Pero el manager de la cantaora, Manolo (Manolo Morán), tiene una feliz idea: convertir a Villar del Río en un pueblo andaluz. Es decir, la típica imagen andaluza, con cantaora y canto folclórico incluidos: “Americanos os recibimos con alegría”.

 - Los americanos van a pasar por aquí y hay que gustarles para que nos den cosas.

- ¡Ah! ¿Pero regalan cosas los americanos?

- ¿Qué si regalan cosas los americanos? Ay, niña, dile…

- ¡Ozú!

- Ya lo ves.

 Las ilusiones del pueblo aparecían personificadas en los habitantes y autoridades locales, las “fuerzas vivas de la época” –el alcalde, el médico, el cura, la maestra- e incluso con el pregonero, el barbero o la influencia del empresario de espectáculos que hacía más llevadera la vida de aquellos difíciles años.

Cada uno se iba haciendo una idea de lo que supondría la llegada de los americanos, con esas geniales escenas oníricas. La original pesadilla del cura del pueblo, Don Cosme que ve en los americanos como portadores de herejías, con la alusión al Comité de Actividades Antiamericanas, en forma de procesión de Semana Santa y los emblemas de KKK (Ku-Kux-Klan) o la divertida secuencia del western, con el sheriff (don Pablo, el alcalde, Pepe Isbert) y el bandido (Manolo Morán, el manager) en el saloon.

 Y los había también reticentes a la llegada de los americanos, Don Luís, el hidalgo arruinado que mantiene el orgullo español, sobre la conquista de América y la condición de indios, como una alusión al cine histórico muy popular en España.

 -Pero, ¿Quiénes son esos americanos?
 
Pronto el filme evoluciona a lo que Berlanga quería reflejar, como símbolo de la España rural de posguerra. Los significativos planos al reloj del pueblo, permanentemente parados a las 3:10; al igual que nuestro país, que tenía parado el reloj, tanto política, como económica y socialmente. En este sentido, la película señala una multitud de detalles contundentes: los discursos del alcalde al pueblo, como si se tratase de una parodia a esos actos multitudinarios de Franco o Mussolini; el atraso industrial, presente en España antes de los Planes del Desarrollo, que aparece en el filme en un diálogo entre el alcalde y el representante de Madrid.

- Los americanos del Norte, los del Plan Marshall, visitarán la villa y hemos de hablar…
- ¿De qué?
- De la industria.
-¿De qué industria?

 La secuencia del sueño del tractor que cae del cielo, como traído en avión por la ayuda norteamericana, es otra breve referencia al problema agrícola español, que necesitaba de una urgente reforma.

                      

Todo el mundo sueña, cuando se anuncia por fin la llegada de la comitiva. Pero la larga caravana de coches no se detiene en Villar de Río que deja, tan sólo una polvareda a su paso. Algunos símbolos se suceden, la caída de la bandera americana que se cuela por el sumidero de un arroyo, como las letras de Welcome que se destiñen en una pancarta que salía a saludarles. Sin comprender lo que ocurre, la gente del pueblo se afana por pagar los gastos y volver a la cotidianidad. “Ahora hay sol y esperanza”, dice la voz en off del narrador.

Bienvenido Mr. Marshall es una de las obras maestras de nuestro cine español, un título que dio a Berlanga la oportunidad de coronarse cara a una cinematografía que estaba alejándose poco a poco del cine de cruzada y de evasión de la filmografía oficial. Mientras que cara al exterior, tuvo un éxito parcial gracias a su importante paso por el Festival de Cannes, ensombrecido en parte por la opinión norteamericana (Edward G. Robinson era el Presidente del Jurado).