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Películas como Caramel (Nadine Labaki) o la jordana Capitán Abu Raed (Amir Matalqa) nos muestran la vida cotidiana del Próximo Oriente por otros canales, pero solemos identificar el cine de esta región con las atrocidades que recogen las películas palestinas y la conciencia autocrítica de algunos productos israelíes hechos desde la izquierda. De hecho, esta será la línea que siga esta interesante e intensa película.

Vals con Bashir es una mezcla de documental y cine de animación, un sobrecogedor retrato de la guerra del Líbano, de 1984, y de la matanza de los palestinos, de Sabra y Chatila, que derrocha antibelicismo. La historia está contada desde el punto de vista del propio director, que participó en esa guerra como soldado. Un vals, que en el Próximo Oriente, nunca cesa. Una película interesante por inaugurar un género tan poco frecuente como el del documental rodado en formato de animación. Y lo hace con el estilo de un vibrante collage de imágenes cruzadas entre la realidad y la ensoñación, una realidad maquillada, pero el impacto que produce al espectador no reside en la calidad del dibujo, sino en la planificación de la película: Los movimientos de cámara, los énfasis cromáticos o el empleo del sonido.

  - Aquella noche la vi después de veinte años, me volvieron a la cabeza imágenes de la guerra del Líbano. Pero no sólo del Líbano, sino de Beirut oeste; y no sólo de Beirut, sino de la matanza en los campos de refugiados de Sabra y Chatila.

Con la película, Ari Folman sigue la trayectoria marcada por Persépolis, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud: una producción animada dirigida al público adulto y con un contenido social muy crítico. Ari es director de cine, es israelí y vive tranquilamente. Sin embargo, una pesadilla recurrente le asalta cada noche: 26 perros le persiguen ferozmente hasta la extenuación. Ayudado por un amigo, llega a la conclusión de que ese sueño tiene algo que ver con la Primera Guerra del Líbano.

- ¿No es peligroso? Quizás descubra cosas sobre mi mismo que no quisiera.

El personaje casi había enterrado en su memoria el trauma vivido en ese conflicto bélico, una cruenta guerra, silenciada, que fue para Israel algo así como Vietnam para Estados Unidos. Vals con Bashir también se acerca al filme de Richard Linlaker, Walking Life, sentándose en el diván donde atienden a los soldados traumatizados por la guerra. La película es ante toda una gran reflexión sobre los traumas  y la memoria, sobre los mecanismos de autodefensa de la memoria humana que facilitan el olvido o el escamoteo de situaciones traumáticas del pasado. Las imágenes reflejan tanto lo subjetivo como lo histórico, con relato a medio camino entre la exactitud de los hechos y las ensoñaciones de una pesadilla. Una perspectiva que llega a ser como un exorcismo individual – el del protagonista- y de un colectivo –Israel-.

No es una película política, ni revisionista ni un ajuste de cuentas. De hecho se aferra a la versión oficial acerca de la masacre, sacando eso sí los trapos sucios del alto mando israelí, aunque eximiendo de toda culpa al ejército en las brutales represalias cometidas por los aliados cristianos. Porque el propósito de Vals con Bashir es otro: detrás de la amnesia ante el horror, se esconde una incisiva reflexión acerca de la elaboración de una identidad nacional crítica y consciente de sus rincones más oscuros.

- Me dijeron que pronto atacaríamos Beirut, pero en la playa no pensábamos en la muerte.

Estamos en 1982, el que escribe llevaría dos años en el mundo, cuando el ejército israelí invadió el sur del Líbano tras varios años de bombardeos palestinos. El plan era ocupar el país y nombrar como presidente de la región ocupada a Bashir Gemayel (sí, el del título). Sin embargo, no tardaron en asesinarle, y en venganza, las fuerzas falangistas cristianolibanesas, tomaron posiciones cerca de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila y masacraron a su población. Supuestamente la seguridad estaba a cargo de las tropas israelíes,  pero estas no intervinieron para detener el horror.

 El gobierno de Israel asumió la complicidad de su mando militar, aunque nunca dirimió la responsabilidad de los soldados que presenciaron la masacre. Ese dilema ético aflora aquí, a medida que Folman vuelve a acercarse a los hechos. La guerra, entonces, es recordada en términos oníricos, porque el tiempo difumina los recuerdos. Perros rabiosos corren por la ciudad desierta, soldados desnudos que emergen de las aguas, un recluta baila en la calle –al son de Chopin-. Es la misma demencia bélica que se aprecia al contemplar Apocalipse Now o el Guernica de Picasso. La película, de hecho, funciona mejor en su formato de animación con fondo onírico, porque al final el director quiere enlazar con la realidad de los hechos con escenas de archivo. Sin embargo, sobresale lo postizo que resulta el epílogo de la historia.

Vals con Bashir es mucho más que una película documental porque detrás de sus cautivadoras imágenes borbota un empeño principal: la reconstrucción del pasado y la imperiosa necesidad de construir una conciencia nacional.