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Pocos personajes han resultado tan influyentes en la política como Giulio Andreotti que ha conseguido sobrevivir a varias masacres terroristas, calumnias, aunque una de las instituciones más poderosas de Italia, como la mafia, sin embargo, ha logrado debilitarle. De todo esto nos habla Il Divo, filme  que demuestra el buen momento del cine italiano.

 En una de las secuencias de la película, el personaje principal aparece en un hipódromo con un montaje en paralelo, la atenta mirada en la carrera hípica se mezcla con las imágenes de un hombre al que intentan asesinar. Se trata de un miembro de la Democracia Cristiana, que en marzo de 1992 fue asesinado, uno de sus brazos derechos y su relación más directa con la Mafia. Según estas imágenes podríamos cuestionarnos si fue el propio Andreotti quien ordenó su asesinato. Este es parte del estilo del director, Paolo Sorretino, para mostrarnos las dobleces de un personaje considerado en un símbolo de poder en Italia. Fue siete veces Presidente del Gobierno, en otra veintena de ocasiones Ministro y a finales de los años ochenta fue nombrado Senador vitalicio. A pesar de esta brillante carrera, no ha podido quitarse de encima el baldón de la corrupción y de sus vinculaciones con la mafia.

 - Puedo haber cometido muchos errores en mi vida, pero la mafia nunca. Jamás, ¡Jamás!

 Con sus mecánicos movimientos, los gestos de las manos y su particular forma de caminar (camina encogido por el Quirinal, con el momento del gato que huye despavorido). No tiene una imagen autoritaria, ni un físico aterrador, sino una apariencia seca y enfermiza, pero realmente Andreotti asusta porque el verdadero poder no necesita de la arrogancia y de una voz aterradora, sino que estrangula con encanto y elegancia, como sucedía con otros personajes como el capo Vito Corleone (M. Brandon) en El Padrino.

 - Guerras púnicas aparte, me han acusado de todo lo sucedido en Italia. En el transcurso de los años me han honrado con numerosos apodos: “El divino Giulio”, “El jorobado”, “El zorro”, “La salamandra”, “El papa negro”, “El hombre de las tinieblas”, “Belcebú”. Pero nunca me he querellado por un solo motivo: poseo sentido del humor.

                             

 Una de las escenas cumbre de esta extraordinaria película –como si fuese una biografía no autorizada del personaje (magníficamente interpretado por Toni Servillo)- nos enseña la llegada al palacio del poder, haciendo ostentación de éste y de toda su corte. Roma sigue siendo esa cloaca de césares y crímenes, con un fiel reflejo de la realidad política de Italia. Políticos (como los de una Democracia Cristiana en guerra intestina), senadores, fantasmas (Aldo Moro), mafiosos (Toto Riina), periodistas y magistrados (juez Falcone) forman parte del coro de esta tragedia que más que parecer cosa del pasado, parece hablar del presente (también hay alusiones a Berlusconi). Quizás, lo peor de la película es que exija al espectador español un conocimiento previo del tema.

 “Las investigaciones sobre el dirigente de los Democristianos y la Mafia”, “A sus sesenta y siete años Giulio Andreotti, será juzgado hoy”, “En Italia se considera como el proceso del siglo”, “Un tribunal de Palermo le ha absuelto de asociación mafiosa”, “Italia está conmocionada por la condena de quien fue el Presidente del Gobierno, Giulio Andreoti, con 24 años de prisión”, “Giuilio Andreotti, hoy senador vitalicio, no irá a la cárcel”. Como personaje fundamental de la Italia moderna (en paralelo, quizás, con el actual mandatario del país, Berlusconi, también con sospechas de asociación mafiosa), su proceso judicial fue noticia durante años, siendo estos algunos de los titulares recogidos por el Telediario de TVE, en todo ese tiempo.

 - Es necesario hacer el mal para perpetuar el bien de la ciudadanía.

 Sorretino sublima los mecánicos aspectos genéricos (véanse las secuencias de asesinatos) con montajes paralelos al estilo de El Padrino, para centrarse en el inmortal drama de la ambición, la gloria y la imperfección humana. Pocas veces, la ciudad de Roma aparece en nuestros ojos tan nítidamente como sucedía en Romanzo criminale, de Michelle Placido, que nos mostraba unos nuevos Borgias surgidos del arroyo, como si se tratase en una versión criminal de la trágica familia de Rocco, de Lucino Visconti. 

 Con esta película, el director ha modernizado el cine político italiano, que se une a Gomorra, para desmentir una cinematografía con una profunda falta de ideas. A finales de los setenta, nadie hablaba de “falta de ideas” al contemplar los trabajos de Francesco Rosi (especialmente la película, Excelentísimos cadáveres) y Elio Petri (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha), la principal influencia del director. Pero, con mezcla de cine político y documental, en Il Divo hay mucho más que la recuperación de un prestigio cinematográfico, es una historia de crímenes, un relato de la convivencia entre la mafia, la política e incluso sectores de la Iglesia, los poderes fácticos del país que resultaron de la crisis sufrida con Garibaldi.

 - Algo había que cambiar, para que todo siguiese como estaba.

Una desunión que el cine italiano ha sabido reflejar magníficamente en un repertorio de títulos de calidad, desde El Gatopardo a los excelentes retratos de Novecento o La mejor juventud (Marco Tulio Giordiana).

 - ¿Y la pistola? ¿Sabes usarla?

- No.

- Ya aprenderás.

 Aunque tuvo que ser un americano, descendiente de italianos, el que estableciera como nadie las relaciones entre la alta política, la Iglesia y la mafia. Por supuesto, estamos hablando de El padrino, especialmente en su tercer episodio de la saga, que presenta a un personaje próximo al de Andreotti, el banquero Calvi.

 - El poder desgasta al que no lo tiene.

 A Sorretino le gustan los montajes paralelos de los que nos aficionó Coppola, uno de los elementos en común con la grandiosa trilogía sobre el crimen organizado. Pero Il Divo juega con la ensoñación de un político y una forma de vida. El resultado provoca la curiosidad malsana que se siente al asomarse sobre las cloacas de la política. Sorretino sabe mostrar, la cámara seduce con la habilidad del encantador de serpientes acostumbrado a lidiar con la muerte. Al final, el veredicto queda en manos del espectador rendido a este fascinante retrato humano de las paradojas de la Historia. Un cine con mayúsculas, una excelente película, sin duda.