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There Will Be Blood, Habrá sangre. Habría sido mejor que quedará el título sin traducir que llevar el de Pozos de ambición, que me suena más a telenovela sudamericana que a obra maestra del cine y todo un tratado sobre la avaricia. Si ya nos había dejado fascinado con ese retrato sórdido y certero del mundo del cine porno en Booghy Nigth y a la hora de bucear en la infelicidad humana con tanta lucidez como hizo en Magnolia, Paul Thomas Anderson vuelve con su último proyecto, Pozos de ambición, a una turbadora película basada en la novela de Upton Sinclaire, Foil.

Es muy difícil ser objetivo con Pozos de ambición. Para empezar, porque muy pocas veces un filme de casi tres horas de duración te hace desear una hora más de metraje y porque durante su visionado resulta casi imposible no tener la sensación de no estar contemplando una obra maestra. Con su última película, este cineasta deja a un lado el mundo retorcido y bizarro que había caracterizado a su anterior cinematografía, para adentrarse en un clasicismo sereno que por momentos, -en especial, en su obertura, más de veinte minutos de cine mudo,- recuerda al maestro Kubrick. Basada en la novela de Upton Sinclaire, Foil, Pozos de ambición es un amargo tratado sobre lo peor de la naturaleza humana en la que es fácil encontrar los paralelismos con los conflictos de la sociedad actual.

               

                  

En Pozos de ambición, no existen maniqueísmos; es más, incluso podemos entender la actitud de su protagonista, un especulador en el que se encarnan los principios básicos del libre mercado, capaz de renegar de sus creencias, de pactar con el diablo y de vender a su hijo por unos cuantos barriles de petróleo. Un recorrido por los comienzos del Siglo XX en torno a la vida de este particular Ciudadano Kane, en donde el odio y la avaricia se representan como pilares de un empresario en el más seco terruño americano, de donde pudo sacar oro en forma de petróleo. Una metáfora tanto de los nuevos tiempos que corren como del Sueño Americano, labrado con individualidad y forjado a sangre a la tierra. Un drama que enseña la cara más oscura de la prosperidad americana, a través del implacable ascenso económico de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), minero de Texas convertido en magnate del petróleo. Un ascenso que recuerda a grandes clásicos como Avaricia (Von Stromhein) y la citada película de Orson Welles. Y su fuerte: edificar su empresa sobre vínculos familiares. Para demostrarlo va siempre con su hijo H. W, con quien al principio del filme parece tener una gran camaradería. Pero cuando recibe un soplo de una tierra poco fértil que esconde petróleo en Litlle Boston (California) su ambición le enfrentará a un joven predicador, Elli Sunday (Paul Delan), tan ambicioso como fanático.

 Así, el paisaje moral de Pozos de ambición se degrada progresivamente hasta resultar demoledor. Ni la religión, ni la familia, ni las convicciones personales soportan el influjo destructivo del crudo, o lo que es lo mismo, del dinero que produce. El escepticismo que pesa en la obra de Anderson encuentra su máxima expresión en la violencia, elemento recurrente con el que se solventan los conflictos generados por el llamado oro negro.

 - Cuando llegaste aquí, trajiste bien y prosperidad, pero también trajiste tus malas costumbres de reincidente. Deseaste a las mujeres y abandonaste a tu hijo.

En los últimos años hemos asistido a varias reflexiones, más o menos convincentes, sobre cómo el petroleo, su extracción y distribución no sólo dirige las carpetas de política exterior de algunos países (Estados Unidos, verbi gracia) sino que es fuente de conflictos aún sin resolver; un filme interesante en esta línea era Syriana. Pero resulta chocante que un director con una visión del mundo tan peculiar como Paul Thomas Anderson genere a juicio de este humilde crítico, la reflexión más acertada al respecto.

                   

 Pozos de ambición, genial historia que el tiempo tratará de obra maestra, nos acerca a la ambición desmedida, a la soledad, a la codicia, pero también a la familia y a la religión, temas que forjan el espíritu norteamericano. Una historia de petróleo con algunas peculiaridades, como la de de rodarse en los mismos escenarios que otra de las épicas producciones petrolíferas: Gigante (George Stevens) y a muy poca distancia de la otra película del año, No es país para viejos, de los Coen. Sin embargo, el filme de Paul Thomas Anderson será un título fundamental en lo que respecta la carrera de su protagonista. Con ocho nominaciones de la academia, Daniel Day Lewis sublima una interpretación soberbia que justifica su estatuilla, premio que ya obtuvo por su trabajo en Mi pie izquierdo, a las órdenes de Jim Sheridam, en una primera etapa que demostró su versatilidad de la mejor escuela británica, mientras que el oscar le abría las puertas de la industria de Hollywood que quiso ver en él un héroe al uso, y le volvió a nominar por su papel en la magnífica En el nombre del padre. Sabiamente, Day-Lewis empezó a rechazar proyectos y tardó en reaparecer una tercera nominación en Gangs of New York, de la mano de Martin Scorsese, con quien ya trabajó en La edad de la inocencia. Es cierto que hace una de las interpretaciones más brillantes de los últimas quince o veinte años, pero también hablar sobre el mundo del petróleo, sobre la ambición desmedida que puede provocar en un país como Estados Unidos, es toda una intención de principios políticamente incorrectos.